Año VII - Número 42
Actualizado a 29/05/2011
Manuela García
portada del libro.
Siempre resulta interesante la publicación de un libro sobre Sorolla, y más si sus autores son especialistas en el tema como ocurre con el que les presentamos de cuya edición son responsables Felipe Garín y Facundo Tomás. Se trata de un encargo hecho a principios de este año por la Generalitat para que se reuniera en un volumen un importantísimo lote de cartas autógrafas del pintor, y 65 documentos relacionados con él, que la institución adquirió en 2005. Una correspondencia mantenida entre Sorolla y su amigo y mecenas Pedro Gil-Moreno de Mora que ofrecen una visión íntima del artista permitiéndonos profundizar en el día a día de su trabajo. A través de ellas descubrimos las dos preocupaciones principales del pintor: su familia y su pintura.
Pedro Gil-Moreno había nacido en París el 29 de mayo de 1860, en el seno de una familia de banqueros catalanes asentados en París, así que su situación económica le permitió vivir desahogadamente y dedicarse a la pintura de forma amateur. Conoce a Sorolla en Roma en el año 1885, donde ambos compartieron estudio, y a partir de este momento surge una intensa relación entre ellos que perduraría hasta la muerte del pintor. Amistad, en un principio, llena de favores a Sorolla (sobre todo económicos, pero también de influencias) por parte de Pedro Gil, que el pintor devolvería en la misma forma en la segunda fase de sus relaciones.
El libro tiene una primera parte en la que Felipe Garín, Facundo Tomás, Blanca Pons-Sorolla y Florencio de Santa-Ana escriben sobre las relaciones entre el pintor y el banquero. La segunda es una trascripción de las misivas llena de notas aclaratorias, apuntes, cuadros y dibujos que directa o indirectamente tienen relación con ellas. Finaliza con una amplia bibliografía, un índice onomástico y otro de obras. El epistolario, que se inicia en 1886, nos descubre curiosidades sobre los lienzos, las ideas vitales del pintor y su afán de alcanzar el éxito para poder vivir de su profesión. Así en la introducción se dice: En una de las cartas hace su aparición una de las frases más afortunadas que Sorolla escribió nunca; le decía a su amigo Pedro Gil: «Los duelos con sol son menos»; en esas breves palabras estaba encerrada toda su concepción erótica de la existencia, la afirmación de la «España blanca», de la pintura como alegría de vivir y la búsqueda de la felicidad a través del rechazo de la muerte;...
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Sorolla tuvo una gran amistad con Vicente Blasco Ibáñez, por eso no es de extrañar que el libro esté plagado de notas en las que a él se hace referencia. Una de las primeras es la del artículo, escrito en 1907 para La Nación, en el que bajo el título de Nieto de Velázquez, hijo de Goya, Blasco dice, refiriéndose al pintor: Para él la pintura es lo único serio que existe en el mundo. Lo demás son cosas que indudablemente tienen cierto interés, pero que no le interesan gran cosa. Para él se divide la humanidad en pintores y no pintores, y el inmenso número de éstos fue creado por Dios para servir de modelo a los otros. (?) La pintura absorbe su existencia. Si no pintase querría morir. Ocupado en su arte, ha pasado por la vida, y pasa hoy en plena gloria, sin querer enterarse de que en el mundo hay otras cosas. (?). Esta es toda la vida del insigne artista. Fuera de esto su existencia es tranquila, laboriosa, igual, sin emociones, sin apasionamientos, como lo fue la de don Diego Velázquez de Silva, y como lo fue la de los frailes pintores que, vecinos al Renacimiento, trabajaban en sus monasterios, en la santa calma de un fervor artístico superior aún a su fervor religioso.
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