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Número 39
24 de Noviembre de 2006

Oro Viejo

FATIMAH

Vicente Blasco Ibáñez y la cocación historicista

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Año VII - Número 39

Actualizado a 29/05/2011

FATIMAH

Vicente Blasco Ibáñez

Un jove Vicente Blasco Ibáñez

Un jove Vicente Blasco Ibáñez

Estimados lectores, con este cuento medieval cerramos la trilogía que hemos escogido para mostrar los primeros escritos de un joven Blasco Ibáñez universitario, estudiante de derecho. Han sido publicados; La noche de San Juan, La espada del templario y este último titulado Fatimah.

En el próximo número publicaremos La Torre de la Boatella traducido al valenciano por Constantí Llombart y cuyo original en castellano escrito por Blasco Ibáñez no se encuentra actualmente. La torre de la Boatella se publicó, pues, solamente en el calendario Llemosí 1882-1883.

Acompañaremos la traducción realizada para la ocasión por José luis León Roca, que está ultimando en estos días.

Dice León Roca en la Biografía de Blasco: Blasco Ibáñez escribió algunas narraciones, que traducidas al valenciano por Llombart, vieron la luz pública gracias a la amistad de este.

La primera narración que Blasco Ibáñez vio publicada fue la que tituló `La torre de la Boatella´, incluida en el Almanaque Lo Rat Penat de 1883. El trabajo ocupa las páginas 81 al 88 de la mencionada publicación y está fechado por el autor en noviembre de 1882. Al año siguiente, y en el mismo Almanaque, publicó la leyenda árabe titulada Fatimah, dedicada por Blasco Ibáñez al distinguit escriptor i popular poeta Constante Llombart.

FATIMAH

Vicente Blasco Ibáñez

Fantasías. (leyendas y tradiciones)

Imprenta El Correo de Valencia

Pág. 161-189

Valencia 1887

I

El valiente adalid de la frontera aragonesa, el terror de los rumíes, como sus soldados lo apellidaban, el walí de Yahia, rey de Valencia, Sidi Aben-Faraje, agítabase en su lecho de pieles de tigre una noche de invierno, clara y fría, sin lograr que la hada de la noche le cerrase los ojos y le abismara en las sombras del sueño.

En vano intentaba el walí dormirse, pues por más esfuerzos que hacía para lograrlo, los mil ruidos propios de la noche, juntos con el bramar del torrente que al pie del castillo se despeñaba y los gritos de los centinelas, que vigilantes se paseaban por entre las almenas, eran suficientes para tenerlo en continuo insomnio.

Aben-Faraje quería dormir á toda costa, más que para descansar, para ver otra vez aquella hermosísima visión que todas las noches se le aparecía en ensueños, y por lograr tal deseo, con todo el fervor de su fanatismo oriental murmuraba invocaciones á la hada de la noche para que viniera en su auxilio, al mismo tiempo que distraídamente miraba á los ajineces como si aguardara ver entrar por uno de ellos envuelta en luz, y vaga y vaporosa. Pero todo era en vano, porque la hada parecía sorda á sus ruegos.

A la vista del ardiente deseo del walí ocurría preguntar que era lo que en sueños contemplaba que de tal modo se apoderaba de su voluntad. Porque Aben-Faraje, en punto á afectos, era extraño a todo aquello que no fuera la destrucción y el combate.

El walí era ya algo viejo, aunque fuerte y robusto, y cuando montado en su negro caballo y empuñando la fuerte azagaya de dos filos se lanzaba al combate, semejaba el tétrico arcángel Az-rael (1), sembrando la destrucción por todas partes.

Si alguna cosa había deseado de joven, era tener armas brillantes y veloces caballos como los que él veía que poseían los nobles; mas cuando después, gracias á su valor, ocupó un alto puesto, su único deseo quedó satisfecho con creces, y de aquí que fuera un hombre completamente indiferente ante los bienes mundanos y sin otra aspiración que la de lograr, al morir, una de las huríes que encierra el quinto cielo, para lo cual eran título suficiente los muchos cristianos que su espada había inmolado.

Aben-Faraje no era un apuesto guerrero; antes al contrario, su figura no podía ser más repulsiva, pues aunque fornido y de atlética estatura, tenía el rostro de color cetrino y sucio, y cruzado por una ancha cicatriz, obra de una espada cristiana.

Era de humilde familia, y sólo al heroico valor que desplegó defendiendo al rey Yahia en las revueltas que precedieron su subida al trono, debió el ser elevado á la alta categoría de walí.

Muy pronto conoció al rey que no cuadraba al carácter guerrero de Aben-Farje el permanecer en la corte de Valencia, que en lujo y ostentación igualaba por entonces á la de Córdoba, por la que colmándolo de grandes mercedes lo envió á la frontera de Aragón como Adalid (2), dándole un buen número de castillos roqueteros construidos en los picos de las montañas, con las cuales podía impedir las continuas algaradas que los cristianos hacían en tierras de Valencia.

En una hermosa cámara de uno de estos castillos es, pues, donde principia el desarrollo de la presente narración; cámara amueblada con toda la fantasía del gusto oriental, con supiso alicatado, sus paredes rojas y verdes con caprichosos dibujos dorados, su techo de rica ensambladura con incrustaciones de nácar y ébano, su cornisamenta llena de delicadas filigranas y sus rincones cubiertos por pebeteros, divanes y alkatifas.

El genio guerrero del walí había puesto también su sello en aquella estancia, y pendientes de las paredes se veían armaduras, cascos, lanzas y espadas que reflejaban en su tersa y luciente superficie la tibia luz que una lámpara de plata, con borlas de seda roja, derramaba por la habitación.

Aben-Faraje, mientras en vano pretendía dormir, contemplaba distraídamente todos los detalles de la cámara y pensaba en la bella visión de sus ensueños, que era una doncella de rara hermosura, con sus ojos negros y de mirada melancólica, velados por sedosas pestañas, y sus luengos cabellos, arrollados por el viento á un cuello blanco y puro como la espuma del mar.

El walí, recordando la hermosa aparición, agonizaba con el deseo del primer amor, pues jamás hasta entonces las mujeres habían merecido su atención, y ninguna de sus esclavas cristianas había logrado cautivar su corazón.

Contando la noche en que da principio esta narración, eran ya siete las que el wallí soñaba con la blanca doncella, y siete también las que despertaba al cantar el gallo la media noche, y en el mismo instante en que, frenético y tembloroso, iba á estampar un beso en la rosada boca de la gentil aparición.

Aben-Faraje, pensando en ésta, y con el deseo de dormir, se revolvió repetidas veces en su lecho, hasta que, por fin, convenciéndose de la inutilidad de sus esfuerzos, se levantó murmurando:

-Alláh ó Eblis (3) hacen que yo sueñe estas cosas y al mismo tiempo no pueda dormir. ¡Alláh es grande! Conformémonos con su santa voluntad.

Y el walí púsose a pasear por la cámara, hasta que, por fin, se acercó á uno de los ajineces, y abriendo las celosías se asomó.

El cielo estaba puro y sereno; ni una nubecilla empañaba la azulada bóveda, y millones de estrellas centelleando semejaban otros tantos ojos que contemplaban cómo la luna recorría pausadamente el espacio.

Allá, bajo del castillo, se veía la extensa llanura poblada de caseríos, que por obra de las continuas algaradas tan pronto eran de los alarbes como de los cristianos, y en último término las altas montañas que, como cadena de hierro, recortando sobre el iluminado horizonte sus faldas y negros picos cerraban el paisaje; al lado del castillo veíase el torrente que, rugiendo, caía por entre los peñascos para ser alumbrado por la luna y convertirse en ondulante raudal de plata, y destacándose sobre los pardos muros veíanse por entre las almenas las blancas figuras de los centinelas que, apoyados en sus ballestas, dormitaban al arrullo del torrente y del fresco vientecillo que después de gemir entre las ramas de los árboles venía á orear sus tostados rostros.

Aben-Faraje, apoyado en una de las dos columnas de alabastro que ornaban los costados del ajimez, y contemplando el hermoso paisaje, comenzó á entornar los ojos y á adormecerse mientras pensaba en la doncella de sus ensueños.

Mas de pronto se despertó sobresaltado, creyendo oir los gritos de alarma de los centinelas del castillo.

Y, en efecto, así era. El walí, comprendiendo el motivo de la alarma, miró á lo lejos y vió allá en las montañas algunos puntos luminosos que se apagaban y encendían rápidamente. Aquellos eran las señales hechas por las torres atalayas para indicar que los cristianos habían hecho alguna algarada por aquellos contornos.

Apenas vió aquello Aben-Faraje, salió rápidamente de la cámara, atravesó los abovedados corredores del castillo, llegó a la plaza de armas en donde dispuso todo lo necesario para una cabalgada, volvió á subir a su cámara, en donde un esclavo negro le ayudó á ponerse una de las armaduras que colgaban de las paredes, y poco después, montando su negro caballo y seguido de un escuadrón de atezados beduínos armados de largas lanzas y montados en caballos ligeros como el viento, salió como un huracán por la poterna del castillo, devorando el camino y dejando al poco rato detrás de sí montañas y pueblecitos.

Antes que el walí saliera del castillo llegó á éste un alarbe fugitivo; por él se supo el lugar en donde los cristianos estaban haciendo su correría, y allí se dirigió el veloz escuadrón.

-¡Vuela, hijo del desierto, vuela!- decía Aben-Faraje á su caballo. ?Ya hace tiempo que la sangre cristiana no ha enrojecido tus piernas, ni tus pies han aplastado cristianas cabezas. ¡Corre!, que por Alláh yo te juro que esta noche haremos grandes proezas. Lleguemos cuanto antes, que yo me encargaré de castigar á esos osados infieles.

Y el caballo corría como si comprendiera las palabras de su dueño, y este le espoleaba sin parar, movido por su deseo de llegar pronto.

Para el walí ya no existían en aquel instante la doncella blanca y los plácidos ensueños; todo lo había olvidado ante la esperanza de ver correr sangre y sembrar la muerte con su potente brazo.

El caballo del desierto estiraba su largo cuello, y arrojando por las narices y boca columnas de humo y copos de espuma, galopaba sin cesar.

Los beduinos, para seguir al walí, tenían que espolear furiosamente sus caballos, y marchaban sobre éstos con el cuerpo inclinado hacia delante y el alquicel suelto á las caricias del viento juguetón.

La luna alumbraba la vertiginosa carrera con sus misteriosos rayos, que proyectaban sobre el suelo, de una manera fantástica, las figuras de los alarbes y sus caballos, hasta el punto de que cualquiera que en aquella noche hubiera podido ver las veloz cabalgada la hubiera creído mesnada de guerreros muertos á quien el Profeta, por singular merced, había permitido volver a la tierra.

Galopando mucho tiempo los unos tras los otros dieron atrás mucho camino, hasta que por fin, al dar la vuelta a la falda de una montaña, apareció ante los ojos del walí y sus acompañantes un pequeño pueblecito coronado de llamas y en el que se escuchaban rumores de combate.

-¡Ya los tenemos!- gritó Aben-Faraje con salvaje alegría. -¡Aquí de mis tigres africanos! ¡Sobre ellos hasta que logremos destrozarlos! ¡Sólo Dios es vencedor!

Diciendo esto el walí clavó sus largas espuelas en los ijaros de su caballo, sus soldados lo imitaron, y poco después aquel escuadrón, como una tempestad, entró por las tortuosas calles del pueblo cayendo sobre un buen número de cristianos aragoneses que sin orden saqueaban la casa, mientras otros se batían con los pocos alarbes del pueblo que todavía se defendían.

El combate fue corto, pero terrible. Los cristianos, á más de estar ya cansados y ser menores en número, habían sido atacados por sorpresa, y de aquí que se defendieran muy débilmente.

Aben-Faraje aparecía en todas partes sembrando la muerta. Las lanzas de los beduinos hacían grandes estragos en los cristianos, por lo que éstos, olvidándose del botín robado en el pueblo, se retiraron desordenadamente.

Los soldados del walí los persiguieron hasta las afueras del pueblo, y en el entretanto, aquél, seguido de algunos de los suyos, se dirigió á la plaza.

Al llegar á ella vieron a un hombre que, á juzgar por su traje y armas, era algún jefe de los cristianos, el cual se disponía á montar á caballo llevando en brazos una mujer envuelta en amplio albornoz.

Aben-Farje, sin que pudiera darse cuenta de ello, se sintió atraído por aquella mujer, y de allí que, espoleando su caballo se lanzara en persecución del cristiano en el mismo instante que éste salía de la plaza.

El caballo de Aben-Faraje, como si conociera el interés que su amo demostraba en alcanzar al cristiano, corría como el viento, y el de este último galopaba de tal modo, que el walí comenzaba á ver que era algo difícil alcanzarle.

Y de esta manera, saltando las dos cabalgaduras casas incendiadas y ruinosas, y atravesando calles, salieron al campo, en donde á la luz de la luna semejaban sombras de paladines escapados de la tumba recorriendo los campos, en otros tiempos testigos de sus hazañas.

El walí apretaba los dientes con rabia, pues veía claramente, que si su caballo no había perdido nada en distancia en la persecución, tampoco ganaba un palmo, cuando de repente lanzó un grito de alegría al ver como el corcel del cristiano tropezó, en su desenfrenada carrera, con un gran árbol, encabritándose después furiosamente y cayendo al suelo con el jinete y la grupa.

El cristiano y la dama acababan de levantarse del suelo, sin que por fortuna la caída les hubiera causado gran daño, cuando llegó el walí, y desmontando de su trotón, se dirigió al primero.

-¿Quién eres tú?- dijo este último saliendo al encuentro del walí. -¿Quién eres tú que te atreves a seguirme?-

-¿Qué quién soy yo?- dijo Aben-Faraje con voz que tenía algo de solemne. ?Yo soy el hombre que Alláh se ha complacido en hacer valiente y fuerte como el león. Los míos me llaman el castigo de los rumíes, y soy Aben-Faraje, walí del rey de Valencia, y adalid de la frontera, encargando de escarmentar á los cristianos cuando hacen irrupciones en tierras sarracenas. Y tú ¿quién eres?

-Nada te importa. A mí los alarbes sólo me conocen por la punta de mi espada.

-Soberbio eres, rumí.

-Soy el brazo más fuerte de Aragón. Pero, ¿qué esperamos? Saca la espada y luchemos.

-Entrégame esa mujer y te perdono.

¡-Donosa proposición! Esta mujer sólo puede separarse de mí por la muerte.

-Así sucederá.

-No lo creas, infiel. Saca la espada, walí, pues quiero probarte lo infundadamente que los tuyos te llaman el castigo de los rumíes.

-¡Sólo Alláh es vencedor!- dijo con entonación fanática el walí; - y sacando su rica espada que á la luz de la luna brillaba como un rayo, se fue sobre el cristiano que le aguardaba preparando la defensa.

A los primeros golpes, Aben-Faraje comprendió que se las había con un fuerte brazo, pero á pesar de esto él obligó al poco rato al cristiano á dar más de un paso en retirada.

El alarbe redobló sus golpes hasta el punto de que el aragonés apenas si tenía tiempo suficiente para pararlos, hasta que por fin el walí le tiró una tremenda cuchillada que rajó la cabeza de su enemigo.

Este dejó caer su espada, abrió los brazos, y dando un grito de agonía vino al suelo.

El walí estuvo un corto rato apoyado en su espada contemplando el cadáver del cristiano.

-Alláh lo ha querido- murmuró; -y después fue adonde estaba la velada dama, que durante el combate había permanecido inmóvil y silenciosa como si su éxito le fuera indiferente.

Aben-Faraje la contempló algunos instantes silenciosos, y después, con ese lenguaje enfático é hiperbólico propio de los orientales, aunque no en consonancia con sus años, la dijo así:

-¡Estrella del alba! ¡Luz del cielo! ¡Rosa del paraíso!, ¿quién eres tú? ¡Oh!, ¡contesta por Alláh!

-Yo- dijo la encubierta con voz dulcísimo ?soy creyente; soy una pobre alarbe.

-¡Oh!, bendito sea Alláh que tales cosas crea. Sigueme, sultana; vamos hasta aquella arboleda cercana. En ella me dirás quién eres.

El walí y la dama se encaminaron á un pequeño grupo de árboles, por medio de los cuales corría murmurando una fuentecilla.

Al llegar los dos se sentaron sobre el musgo, en un sitio que la luna alumbraba de lleno envolviendo en la tenue gasa de sus rayos á la dama encubierta y al walí, que por una fuerza extraña ya agonizaba de amor.

-¿Quién eres tú, sultana?-dijo Aben-Faraje.-

Por Allah contesta pronto y calma el tormento que sufre mi corazón. Descúbrete y enséñame esa cara que en hermosura debe competir con la de los luceros.

-Mira-dijo la mujer separando la capucha del albornoz que le cubría el rostro.

El walí dio un grito de sorpresa, y después dijo:

-Tú eres la hurí que todas las noches se aparece en mis ensueños.

-¡Amor! Mío!- dijo la dama con cariñoso acento.-¿Dices tú que yo aparezco en tus ensueños?

-Si, sultana.

-Pues tú también te apareces en los míos, y por eso he venido á buscarte desde Africa. Allah nos ha criado el uno para el otro.

-¡Oh! Hermosa-dijo el walí con voz débil y desmayada mientras fijaba en la mujer sus ojos de tigre que en vano querían mirar amorosamente- cuéntame tu historia.

-La mía es muy corta, pero escucha.

(1) El arcángel de la muerte.

(2) Título á que los cristianos dieron después el nombre de Adelantado.

(3) Nombre que los árabes dan al diablo.

II

El vientecillo algo frío de la noche suspiraba entre las ramas de los árboles; la fuentecilla murmuraba al arrastrarse sobre su lecho de fina arena; la luna, asomando su ancho rostro por entre el follaje, parecía contemplar á la dama y al walí, y allá á lo lejos escuchábamos los gritos de los beduinos que perseguían a los cristianos y los de los despavoridos habitantes del pueblo, que se ocupaban en apagar las incendiadas casas.

La amada de Aben-Faraje comenzó á hablar así:

-Noble walí, á mí me llaman Fatimah la Hermosa, y nací allá en donde el sol quema con sus rayos de fuego las doradas arenas del desierto y en donde se alzan, mecidas por el caluroso viento, gallardas palmeras, que con su verde copa parece como que sostengan el cielo puro y esplendoroso.

Mi padre era uno de los walíes del rey de Marruecos, y con él y una hermana pura y hermosa como el alba vivía en un fuerte castillo, situado en el centro de un fértil valle, que el Sus (I) regaba con sus claras aguas. Un día, los beduinos del desierto hicieron una entrada en las tierras gobernadas por mi padre, y éste se vio obligado á ponerse al frente de su mesnada y marchar en busca de los invasores.

Al encontrarles, el combaste fue terrible, y tan negra la suerte de mi padre, que en medio de la lucha encontró la muerte. Mi hermana y yo, al morir aquel, quedamos desamparadas, pero un tío nuestro que vivía en la corte del rey, por ser uno de sus favoritos, nos amparó prestándonos la protección necesaria.

Mi hermana, al poco tiempo, se casó por orden del rey con un walí español; y yo, obedeciendo igual orden, con el hombre más de confianza del soberano, que era un viejo miserable enamorado de mí.

Mi hermana partió para España, y yo, el mismo día que me uní con Salem (que así se llamaba mi esposo), quedé viuda, pues el negro arcángel Azrael le cubrió con sus negras alas.

Quede libre y dueña de fabulosas riquezas, y desde entonces comencé a verte todas las noches en mis ensueños, siendo inútil todo cuanto hice para borrar tu imagen de la memoria.

Siempre te veía ante mí gallardo y hermoso, á pesar de tus defectos físicos, y creció tanto en mí la pasión amorosa, que deseé encontrarte, y despidiéndome del rey de Marruecos vine a España, en donde por secreta intuición creí desde el primer instante que estabas.

Corrí los reinos de Córdoba y Murcia, pregunté á ambos reyes por sus walís por ver si tú te encontrabas entre ellos, pero todo fue inútil. Por fin determiné venir a este reino, pero no queriendo pasar por Valencia por temor al rey Yahia, rodeé la frontera (pues un genio oculto parecía decirme al oído que tú eras un Adalid), y entonces caí prisionera, con todo mi acompañamiento, de esa mesnada de runíes, a cuyo jefe acabas de matar. Esta es mi historia, noble walí. Te amo como el ciego a la luz, como la flor al sol y como el guerrero a la lucha.

-¡Oh, ángel mío! ?dijo Aben-Faraje con voz desfallecida.-Yo te aseguro que nunca he sentido lo que ahora. Yo agonizo, Fátima mía, agonizo de amor. Vamos a mi castillo, en donde tú serás la reina.

-Vamos, walí.

Aben-Faraje puso sobre la delantera de la silla de su caballo a Fatimah, después montó, y espoleando al corcel llegaron al pueblo al poco rato. El incendio ya se había extinguido, y por las calles se paseaban los beduinos del walí algo recelosos por la ausencia del señor.

Este dio la orden de montar á caballo, y poco después Aben-Faraje, estrechando entre sus nervados brazos la flexible cintura de la hermosa, salía del pueblo seguido de sus soldados que custodiaban en gran número de camellos cargados con las riquezas de la amada del walí, que al huir habían abandonado los cristianos.

Como se ve, la ornada no podía haber sido mejor para Aben-Faraje.

Algunas horas antes había salido de su castillo con la cabeza llena de delirantes ensueños, y ahora volvía á él llevando sobre sus caballo la realización de éstos, á más de un tesoro tal vez mayor que el del rey Yahia.

El walí podía muy bien bendecir á los cristianos por su algarada, pues á ella lo debía todo.

(I)Río de Marruecos.

III

El sol comenzaba a asomar su rubia cabellera tras el azulado mar, dorando con sus primeros rayos los altos alminares de las numerosas mezquitas de Valencia, y en las plataformas de aquellas veíase a los almuédanos (1) que, gesticulando y agitando furiosamente los brazos, llamaban á los creyentes al templo para que rezasen la oración del Azobhi (2).

Las puertas de la ciudad acababan de abrirse y no daban paso, como en otros días, á labriegos que, cargados de comestibles, venían á venderlos al mercado, sino que les dejaban entrar vestidos con sus mejores trajes y montados en sus asnos, llevando á la grupa á sus mujeres, envueltas en el amplio haikel (3).

La ciudad presentaba un aspecto de fiesta. Por las calles transitaban grandes cuadrillas de músicos que, tocando atambores, atakeviras, tañafiles y dulzainas, despertaban á los dormidos habitantes, mientras que en la plaza Mayor de la ciudad los maestros alarifes (4) dirigían á toda prisa la construcción de un extenso palenque para correr por la tarde anillos y cañas.

Bien merecía tanto esplendor lo que motivaba la fiesta. El rey Yahia iba á casarse, y por esto que la mayor parte de los curiosos se dirigiera al palacio real de donde debía salir la regia comitiva nupcial.

La gran plaza que se extendía delante del palacio veíase atestada de gente que apenas sí podían poner en orden los soldados de la guardia de Yahia, á fuerza de golpes con las conteras de sus lanzas.

El sol iba remontándose por un cielo azul, puro y diáfano, dejando caer sus rayos calientes sobre las espaldas de los buenos muslines que pacientemente aguardaban la salida de su rey.

De pronto sonó un grito en toda la plaza, anunciando lo por tanto tiempo anhelado, y al mismo tiempo comenzó a salir del palacio la vistosa comitiva que precedía á Yahia.

Primero salieron beduinos y guardias negros montados en caballos que inquietos hacían mil movimientos, detrás de éstos un escuadrón de músicos á caballo, después más soldados, al poco rato pajes á pie con sus casquetes de plata y sus hachas de acero bruñido, y al final de una balumba de soldados y esclavos del palacio, montando un corcel nervudo, blanco como la leche, al lado de una litera de fabuloso valor y vestido con ropas cuajadas de diamantes que á la luz del sol chispeaban como fuego, apareció Yahia.

Dentro de la litera iba la que muy pronto sería la sultana de Valencia, Fátima la Hermosa, aquella mujer á quien el Adalid Aben-Faraje adoraba locamente.

De seguro que el lector se extrañará al ver marchar á Fátimah á unirse con el rey, cuando parecía tan perdidamente enamorada del walí, por lo que será útil que le demos á conocer algunos hechos ocurridos con anterioridad.

El rey Yahia se encontraba por entonces en el apogeo de su vida. Las amorosas caricias de sus concubinas no llenaban el vacío que el rey sentía en su corazón, pues deseaba algo más que el cariño de una esclava.

Un día Yahia llamó á Valencia á todos sus Adalides y walíes, y Aben-Faraje tuvo que cumplir tal convocatoria, viéndose obligado á llevar en su viaje á Fátima, pues deseaba visitar la ciudad, y sus deseos eran órdenes para el tosco guerrero.

Aben-Faraje se sentía cada día más enamorado de Fátimah, y ésta, á pesar de haberle dicho que le amaba, se mostraba cada vez más desdeñosa con el infeliz walí.

Algunos días después de la noche en que ambos se encontraron, fue cuando emprendieron su viaje á Valencia, y una mañana, los dos, seguidos de una lucida cabalgata, penetraron en la ciudad, aljándose en un fondak de los más lujosos.

A las pocas horas Yahia supo que Aben-Faraje había traído consigo una mujer, é interesándose por la que había logrado conmover el selvático carácter de su Adalid, quiso verla, lo que logró después de algunas ligeras dificultades.

Apenas sus ojos contemplaron la soberbia hermosura de Fátimah, quedó completamente enamorado.

Fiando en su despótico poder, se dirigió entonces al walí y le ordenó que le entregara aquella mujer para hacerla su esposa, y éste, pensando que una negativa podría acarrearle la muerte, ahogó en su pecho la ira, y obedeció la orden de su soberano para asistir después á la boda con aspectos graves y ceñuda frente, tras la cual bullía una verdadera tempestad.

Aben-Faraje, con tal continente, marchaba á caballo confundido en la balumba de walís y altos dignatarios que seguían á Yahia en el cortejo nupcial.

Este atravesó las calles y plazas de la ciudad, y entre la lluvia de flores y perfumes que caía desde las azoteas de las casas, llegó á la mezquita mayor.

Todos entraron en ella, y Yahia y Fátimah, cogidos de la mano, avanzaron por bajo los afiligranados arcos hasta llegar al mirab (5), ante el cual se posternaron. El faquir de los faquires pronunció desde el almimbar (6) de ébano y oro la oración nupcial, y declaró á Fátimah la esposa del rey de Valencia.

La comitiva salió al poco rato de la mezquita, los invitados tornaron á montar a caballo, y entre las alegres músicas y las aclamaciones del pueblo volvieron al palacio; y como ya era la hora del adhoar se celebró un espléndido banquete, después del cual hubieron fantásticas danzas y guerreros ejercicios en el palenque que en la plaza se había levantado.

Por fin vino la noche no tan aprisa como hubiera deseado Yahia, que cada vez miraba más extasiado a su esposa.

El gentío acompañó al rey con antorchas encendidas hasta la puerta de su palacio.

Al llegar á éste, los Adalides y walíes entraron en la gran cámara de honor, en donde de una manera solemne reconocieron a Fátimah como esposa del rey, retirándose después, no sin hacer grandes zalemas ante la regia pareja.

AbenFaraje, apoyado en una columna, contemplaba inmóvil aquella escena, y cuando le llegó el momento de acercarse al rey, pronunció su juramento con voz parecida al rugido del león; más al ir á retirarse, Fátimah le mandó que se quedara.

Poco a poco todos se fueron marchando, y por fin sólo quedaron en la cámara el rey, la reina y el walí.

-¿Qué me quieres, señora?-dijo este último.

-Voy a pedir a mi esposo el regalo de esponsales, y quiero que tú apruebes lo que voy a pedir.

-¡Oh, ángel mío!-dijo entonces Yahia.-Pide lo que quieras, que estoy seguro de que el walí se conformará con ello.

-Pues bien. Rey Yahia, ¿sabes lo que quiero como regalo?, la cabeza de Aben-Faraje.

Este, al escuchar tales palabras, tornóse pálido y apretó los dientes con furor, mientras Yahia, asombrado, fijaba su vista en Fátimah como interrogándola.

Por fin la hermosa comenzó á hablar, y dijo así:

-Noble rey, ¿no es verdad que te extrañan mis palabras? Pues sepas que el regalo que te pido me lo concederás indudablemente. Tengo muy poderosas motivos para desear la cabeza de ese hombre. Escucha, y tú mismo juzgarás. Yo tenía una hermana, hermosa y pura, que jamás había sentido palpitar su pecho por hombre alguno, hasta que un día vió á Alí-Gazul, joven embajador enviado pot tu padre, el rey de Toledo, á nuestro rey de Marruecos. Aquel alarbe español, tan hermosos como gallardo, se enamoró también de mi hermana, y ambos juráronse eterna pasión. Llegó un momento en que el embajador tuvo que partir para su patria; pero antes de hacerlo, Gazul pidió al soberano marroquí la mano de mi hermana, que le fue concedida, y después de haberse celebrado los esponsales con la mayor fastuosidad, los dos emprendieron con su comitiva el viaje, dirigiéndose á Valencia, que entonces era el único puerto de que podía disponer el rey de Toledo. Más antes de llegar, una terrible tempestad sumergió la nave que les conducía, pereciendo todos los tripulantes menos Gazul y mi hermana, que pudo salvarse gracias a los desesperados esfuerzos de su esposo.

Luego de pasar mil penalidades, montados sobre unos débiles maderos llegaron a la playa, y después de dar gracias á la Providencia que tan milagrosamente los había salvado, se ocuparon en encontrar una vivienda por aquellos contornos hasta que descubrieron un castillo atalaya, del cual era alcalde ese hombre que ahí ves.

Y al decir esto. Fátimah señaló á Aben.Faraje, que, cada vez más pálido y aterrado, escuchaba la narración.

-Crees tú, noble Yahia-continuó aquella ?que el alcalde protegió á Gazul como embajador de su rey? Pues antes al contrario, cegado por la belleza de mi hermana dio muerte á Gazul, y después de abusar brutalmente de la esposa de éste la vendió á unos piratas berberiscos, que, según después he sabido, la arrojaron al mar; pues del dolor que le produjeron tantas, enfermó durante la navegación. ¡Ah, Yahia! Por mis venas corre sangre de tigre, así es que cuando me contaron después de algunos años todo lo sucedido resolví vengarme. Pasé por la frontera para encontrar á Aben-Faraje, caí en poder de unos cristianos, y él me rescató después; me dijo que todas las noches me veía en sueños, y yo, aprovechando la ocasión, le conté como historia mía una fábula que él fácilmente creyó. Después hice lo posible por verte, tú te enamoraste de mí, logrando al mismo tiempo interesar mi corazón, y ahora que eres mi esposo te pido la cabeza de ese hombre.

-Concedido- dijo Yahia. ?Ese hombre va á morir. Walí, entrega tu espada.

-Mi espada- dijo Aben-Faraje con orgullo ?mi espada, que es un mundo de gloria, no se entrega á un rey cobarde que se deja conducir por las mujeres.

Y después, con voz fosca y ademán de reto, dijo:

-¡Ven por ella si te atreves!

Yahia, al escuchar tales palabras, se irguió con majestad, envolvió con una fulminante mirada al osado guerrero y silbó de una manera extraña.

El walí, comprendiendo lo que aquel silbido significaba, se dirigió á la puerta para escapar, mas en el mismo instante ésta se abrió y encontraron, yatagarán en mano, una docena de etíopes pertenecientes á la guardia del rey.

-Ese hombre es un traidor- dijo Yahia ?desarmarlo y atadle.

En un momento los guardias obedecieron el mandato, y después, á una indicación del rey, salieron de la estancia, dejando al walí atado y arrastrándose por el suelo.

Fátimah se levantó entonces de su diván, empuño el ancho cuchillo de Yahia, que la contemplaba fascinado, y acercándose al humillado walí, se arrodilló junto á su cabez.

-¡Miserable!-le gritó.-Muerte, y que mi venganza se cumpla.

Y al decir esto levantó su alabastrino y mórbido brazo, cargado de ricos brazaletes, y lo deja caer con fuerza, armado del cuchillo del rey, sobre el cuello del walí, separando de un solo golpe la cabeza del tronco.

La sangre brotó á raudales, salpicando á Fátimah y manchando el artístico mosaico del pavimento.

La reina contempló el mutilado cadáver del walí durante algunos instantes y después se dirigió adonde estaba Yahia, el cual, asombrado, contemplaba la fiereza de aquella mujer.

Ya soy tuya-dijo envolviéndolo en una mirada tentadora.

El rey se levantó de su asiento, ciego por la pasión, abrazó la cintura de Fátimah dándola en la boca un ardiente beso y desapareció con ella tras una artística puertecilla.

Al escapar, murmuraba con acento de plácida duda:

-¿Serán acaso como ésta las huríes del Profeta?

(1) Especie de sacristán encargado de llamar desde los alminares á los creyentes para que rezasen las oraciones del día.

(2) Oración que se rezaba al salir el sol.

(3) Capa que usaban las mujeres.

(4) Arquitectos.

(5) Adoratorio.

(6) Púlpito.

IV

Pasaron muchos años. El Rey Yahia, embriagado con el amor de Fátimah á quien cada día adoraba más, dejó olvidados todos los negocios de su estado en manos de los walíes que, con sus desaciertos y exacciones, lograron hacer odioso para el pueblo el nombre de su soberano.

El descontento y la indignación fueron cundiendo, hasta que por fin estalló la tormenta. Un día apareció alas puertas de Valencia un escuadrón de caballeros muslines de vecinos reinos que, llamados por los de la ciudad, venían a destronar a Yahia.

Este malaconsejado, en vez de presentarles resistencia ó atacarles, completamente desesperanzado huyó de Valencia temiendo que sus súbditos le asesinasen, y se dirigió, disfrazado de mujer, á una hermosa alquería que tenía en la huerta, y en la cual moraba desde algún tiempo la heroína de esta leyenda.

El rey entró en la alquería con la intención de permanecer en ella sólo los necesarios instantes para despedirse de Fátimah y después escapar; mas las amorosas caricias de ésta lo detuvieron, y cuando al apuntar el día quiso marcharse, vió la casa rodeada por completo de enemigos ocupados en forzar las grandes puertas para llegar hasta donde él estaba.

Al ver esto Yahia, atemorizado y tembloroso, buscó un punto por donde escapar.

-¿Acaso tienes miedo, noble rey?-le dijo Fátimah con entereza.

-¡Ah!-contestó Yahia.-Bien sabe Alláh que no; pero soy ya viejo, me es imposible defenderme y yo no puedo conformarme con la idea de que el que ha logrado salir vencedor en cien combates vaya á morir sin gloria en manos de unos traidores.

-¿Y no temes la muerte?

-No, Fátimah mía. ¿Pero escuchas? Los traidores han llegado ya á las puertas de esta cámara. Mira como apenas si pueden resistir sus fuertes golpes.

-Dentro de un instante caerán rotas-contestó la hermosa con frialdad.

-Escucha, noble rey-prosiguió.-Tu vida ha terminado ya, y dentro de unos instantes serás con el ángel Azrael. ¿Quieres que esos infames no te contaminen de tridora impureza al rasgar tu pecho con sus puñales?

-Sí, esposa mía.

-Pues prepárate á morir. Yo misma te daré una puñalada.

-Pero?¿y tú? ¿Qué será de ti cuando quedes sin mi apoyo en poder de esos malditos?

-Yo no tardaré en seguirte. Pero no hay tiempo que perder. ¡Adios!, mi única pasión.

Y Fátimah, al decir esto, clavó su puñal con mango de pedrería en el pecho de Yahia, que cayó al suelo sonriéndose en las contorsiones de la agonía.

En el mismo instante, las puertas, cediendo á los golpes de afuera, cayeron rotas en pedazos, y espada en mano precipitóse dentro de la cámara un tropel de caballeros alarbes.

-¿Qué queréis?-les gritó Fátimah irguiéndose altiva.

-¿Dónde está Yahia?-contestó el jefe de los recién llegados.

-Yahia ha muerto. Un rey de Valencia tiene valor para matarse antes que permitir que sobre su cuerpo pongan los traidores sus impuras manos. Yo soy la reina y estoy obligada a seguirle. ¡Cobardes! ¡Mirad como muere la esposa de Yahia!

Y al decir esto, Fatimah se clavó el ensangrentado puñal en su pecho alabastrino é incitante, y cayó junto al cadáver de su esposo.

Los rebeldes se retiraron asombrados, pero al marcharse entregaron á las llamas la alquería.

Así murió Fátimah, reina de Valencia y heroína de esta leyenda.

Los cronistas nada han dicho de su existencia; algunos se ha atrevido hasta negarla; pero para destruir tal afirmación existe una rima, hecha por un poeta alarbe de aquellos tiempos, en que se habla de Fátimah, y se dice que ésta era un mal espíritu que, para tentación y ruina de los hombres, había encerrado Alláh en el cuerpo de una hurí.

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