Año VI - Número 35
Actualizado a 29/05/2011
Conmemorando el V Centenario de la muerte de Cristóbal Colón (mayo de 1906-2006) avanzamos el prólogo de la novela de Blasco Ibáñez ?En busca del Gran Kan?. Novela que escribió a finales de su vida y que se editó después de su muerte
Vicente Blasco Ibáñez (1928)

Fin de En busca del Gran Kan
Desde 1910, o sea hace 18 años, vengo estudiando la personalidad enigmática de Colón, pudiendo afirmar que he leído todo lo que escribieron sobre él los cronistas de su época y los autores modernos más importantes. Cuando aparece en esta novela impreso entre comillas es fragmento exacto de algo que escribió Colón o dijeron sus contemporáneos, y en mi próxima novela, El nacimiento de América, haré lo mismo al describir los últimos años del famoso Almirante.
Este sólo empieza a existir para la Historia, de un modo indudable, en 1486, al aparecer en España. De los años anteriores, como reside en Portugal, se sabe muy poco y con cierta vaguedad. Antes de su llegada a Portugal no se conoce otra cosa que lo que él ha querido decir o lo que se le escapó en cartas y conversaciones, tal vez contra su deseo. Y es todo tan contradictorio, tan confuso, que hace dudar de la veracidad de Colón hasta a aquellos que lo admiran como un hombre sobrehumano.
Pocos personajes de la Historia pueden compararse con Colón por el misterio que lo envuelve hasta la edad madura, misterio que se restablece después de su muerte. A estas horas nadie puede probar con una certeza indubitable dónde nació, y, lo que es más raro, cuál es su verdadera tumba.
En pasadas edades hubo grandes hombres a los que atribuyeron diversas cunas, y aún se viene discutiendo sobre ellas. Pero Colón, además de la variedad de sus diversos nacimientos, ofrece la particularidad de tener dos tumbas y haber dejado después de muerto dos cadáveres, lo que no creo haya ocurrido nunca a ningún personaje histórico.
Solamente en Italia, pretenden ser su pueblo natal Génova, Saona, Cuccaro, Nervi, Prudella, Oneglia, Finale, Quinto, Palestrella, Albisoli y Coceria.
La ciudad de Calvi, en la isla de Córcega, lo tiene igualmente por hijo suyo, y los historiadores corsos ofrecen numerosos argumentos como prueba de dicha afirmación.
Además, en España, numerosos autores lo suponen español. Unos lo creen nacido en Extremadura, descendiente del famoso rabino de Cartagena, don Pable de Santa María, que se convirtió al catolicismo, fue amigo del Papa Luna ?protagonista de ni novela El Papa del mar- y llegó a ser arzobispo de Burgos, ocupando sus hijos diversos obispados. Otros españoles, los más, le creen nacido en Galicia, en la provincia de Pontevedra, y dicen que su madre fue judía.
Es digno de mencionarse que todos los que creen a Colón español le dan un origen judío, explicando así su deseo de envolverse en el misterio para evitar de tal modo las persecuciones de la malquerencia de que eran objeto en aquel tiempo todas las personas de sangre judía.
Tenemos con todo esto once cunas italianas de Colón, una corsa y dos españolas; total, catorce.
Cuando murió en España, su cadáver fue llevado años después al Nuevo Mundo, a la que se llamaba entonces isla Española (Haití y Santo Domingo), enterrándolo en la catedral de la ciudad de Santo Domingo.
En 1795, al abandonar España a la República francesa, por el tratado de Basilea , la parte española de dicha isla, o sea la actual República de Santo Domingo, creyó oportuno llevarse el cadáver de Colón, y después de numerosas investigaciones, actas notariales y demás ceremonias lo trasladaron con gran pompa a la catedral de la Habana. A fines del siglo XIX, cuando reconoció España la independencia de Cuba, se llevó de nuevo el cadáver a Sevilla, y allí reposa actualmente, en la catedral de dicha ciudad.
Este es el cadáver de Colón número uno.
En 1877, cerca de un siglo después de haber abandonado los restos de don Cristóbal la catedral de Santo Domingo, un obispo de dicha ciudad que se llamaba Cocchia, y un canónigo Bellini, los dos italianos, a juzgar por sus apellidos, para consolarse, sin duda, de tal soledad, encontraron un segundo cadáver de Colón, dando a entender que los comisionados españoles del siglo XVIII se habían equivocado al hacer el traslado de los restos, y en vez de llevarse el cadáver del Almirante habían cargado con el de su hijo o nieto, pues los tres estaban enterrados en el mismo altar.
Para que nadie dudase de la autenticidad de dicho hallazgo, el féretro tenía dentro una inscripción en la que se da al muerto el título de descubridor de ... América, y todo el mundo sabe que la palabra América sólo llegó a generalizarse más de doscientos años después de la muerte de dicho personaje, cuando los Estados Unidos hincaron su independencia. Hasta mediados del siglo XVIII la América actual fue llamada siempre por los españoles Indias occidentales.
Además, como los inventores del segundo cadáver de Colón conocían mal el español antiguo, tradujeron defectuosamente un escrito del célebre navegante en el que este describe los apuros pasados en una terrible tempestad y se vale para ello de una imagen, diciendo: Se me ha abierto la llaga
, en estilo figurado. Y por esto tal vez apareció en el féretro una bala o pelota de hierro
, atribuyéndola a cierta herida de Colón que no existió jamás pues el Almirante no habla de ella en ninguna parte.
Pero dejemos a un lado tales detalles, ya que para mí es de interés secundario que los restos de Colón estén en Sevilla o en Santo Domingo. Reconozco, sin embargo, que existen dos tumbas de Colón, y tengo por muy natural y humano que la República de Santo Domingo considere siempre que su tumba es la auténtica y que muchos hombres nacidos en el Nuevo Mundo, por patriotería continental, se muestren inclinados a creer que el segundo cadáver de Colón, el de 1877, es el legítimo, por ser el único que ha quedado en América.
Tampoco me inspira un interés vehemente lo de la cuna de Colón. Lo mismo me da que sea italiano, corso o español.
Él sólo se acordó de decir que era genovés al sentirse viejo y andar en pleitos con el rey de España para que este lo reconociera como propietario de todo el Nuevo Mundo. En su juventud y en su edad madura fue un aventurero ?como dice Pereira, el historiador de América más moderno y claro en sus juicios-, un hombre sin otra patria que la de sus conveniencias.
En realidad, sólo creía en él mismo y sólo sintió interés por los consanguíneos que llevaban su nombre. En cuanto a su obra ?sea su patria la que sea-, sólo pudo realizarla gracias al auxilio de los españoles.
España y Portugal eran entonces los únicos pueblos de Europa donde podía encontrar ayuda. Llegó en la hora precisa para utilizar la fuerza descubridora que venían incubando estas dos naciones durante el siglo XV. Sin Colón, sólo se hubiese retardado el descubrimiento de la actual América unos pocos años.
Los marinos portugueses y españoles hablaban a todas horas de este viaje a las Indias por el Occidente. La navegación hasta el cabo de Buena Esperanza hacia inevitable el encuentro casual del Nuevo Mundo un día u otro. Seis años después del primer viaje de Colón, el portugués Cabral, que navegaba hacia el Asia empujado por los vientos, fue a dar sin saberlo con la costa del Brasil.
Repito que para mí no es de enorme importancia decidirme por una de las numerosas patrias de Colón. Cuanto hizo fue apoyándose en España, que le dio dinero, buques y hombres.
La mayoría de los autores le creen italiano, porque así lo dice él al hacer testamento en los últimos años de su vida, y así lo manifestó a los que lo rodeaban. En los primeros tiempos de su aparición en España sólo figura como extranjero, sin precisarse su nacionalidad de un modo determinado.
En la historia de este hombre célebre es muy poco lo que se ve claro y sin inspirar dudas. Su hijo legítimo, don Fernando, que lo acompañó en su último viaje, poseyó todos los papeles de la familia y pudo oír además a su tío don Bartolomé Colón, aún hizo más grande el misterio al escribir la historia de su padre, absteniéndose de marcar con claridad dónde y cuándo había nacido.
El famoso Almirante mostró especial empeño en dejar envueltos en sombra y misterio los orígenes de su nacimiento, y sus contemporáneos ?entre ellos el padre Las Casas, que tuvo en sus manos todos los documentos de Colón- no fueron más claros. La confusión empieza por el nombre. Cristóbal Colón se llamó siempre así. Jamás Cristóforo Colombo, como escriben los italianos, ni Colombus, como le llaman en los países de lengua inglesa. No existe un solo documento en su verdadera época histórica, o sea desde que aparece en España, realiza su primer viaje y se hace célebre, que no sea firmado siempre en español: Cristóbal Colón.
Conocía, indudablemente, varias lenguas, pero todas mal, como les ocurre a muchos navegantes. El castellano era la que hablaba mejor, y escribía en ella admirablemente, con una frescura de poeta ingenuo. Yo lo admiro como uno de los escritores más atractivos de aquella época. Tal vez digan algunos que las cartas a sus amigos y los memoriales a los reyes de España que han llegado hasta nosotros se los retocaba algún español allegado a él. Esto no es verosímil, pues no podía llevar tal maestro a su lado a todas horas, y menos en sus viajes, cuando redactaba los dramáticos incidentes de estos en sus Diarios de navegación.
En cambio, no existe de este italiano más que un pequeño y único papel escrito en dicho idioma, y abundan en cada línea faltas gramaticales y disparates inconcebibles en un hombre que, de ser genovés, debió aprender la lengua italiana de pequeño.
Siempre empleaba la lengua española hasta cuando se dirige al embajador de Génova en España y a otros extranjeros. Y la única vez que escribe en italiano se expresa de un modo torpe e incomprensible, a pesar de que el primer idioma aprendido en la niñez nunca se olvida. ¿Cómo explicar este misterio?...
En los últimos escritos de su vida se acuerda de Génova y declara que es su patria. Esta declaración no ofrece ninguna duda de autenticidad. Hay también en apoyo de su genovesismo el haberse encontrado en Génova últimamente escrituras notariales que hablan de un Domenico Colombo, tabernero y cardador de lana, hombre pobre y además algo manirroto, que tuvo muchas deudas y apuros financieros. Domenico Colombo aparece con tres hijos: Cristóforo, Bartolomé y Diego. Efectivamente, los mismos hermanos que tuvo el Almirante.
Los sostenedores del origen italiano de Cristóbal Colón afirman que este se llamaba en realidad Cristóforo Colombo, y al pasar a España españolizó su apellido, llamándose Colón. Pero es raro que ni una vez llame Colombo a los parientes que dejó en Génova. En su testamento cuando alude a su familia de Génova, la llama simplemente los Colones
, y era natural que añadiese una aclaración poniendo al margen Colones que allá llaman Colombos
, tanto más cuanto que en España abundan las gentes de apellido Colón, y parecería natural y lógico que separase a unos de otros.
Pero, en fin, vamos a lo más esencial de la oscura historia de este Cristóforo Colombo nacido en Génova, hijo de un tabernero y cardador de lana y a su vez humilde traficante en vinos y lanas, como su padre.
Estas escrituras notariales encontradas en Génova no ofrecen duda para mí. Creo en ellas por la confianza que me inspiran los historiadores italianos que las encontraron. Y debo advertir que dicha confianza no resulta extemporánea, pues no ha sido raro en Génova fraguar falsificaciones históricas para probar que Colón fue Genovés, siendo la más escandalosa de dichas imposturas el llamado Testamento militar que le atribuyeron, sólo para hacerle decir en él: Génova, mi amada patria
, falsificación histórica de las más indecentes que se han conocido y olvidada ya ahora en el mismo país donde la fabricaron.
Todas las piezas notariales del tabernero Domenico Colombo y de sus hijos son exactas; pero ocurre con ellas lo que con ciertos documentos de identidad que presentan los caminantes desconocidos a los agentes de Policía cuando les piden los papeles. Los documentos están en regla, ninguno es falsa; pero la fotografía que figura en ellos no concuerda con el personaje que los lleva. El Cristóforo Colombo nacido en Génova aparece en dichos documentos notariales como tabernero y traficante en lanas, más allá de sus veinte años de edad; y en dicha época ya hacia varios años que navegaba por el mundo el Cristóbal Colón que encontró después a América. Este mismo Colón, el de España, o sea el navegante, declara en sus cartas a los reyes que entró en el oficio del mar antes de los catorce años
, y desde entonces ha estado navegando. ¿Cuándo pudo hacerse hombre de mar el joven Cristóforo de Génova que pasados los veinte años era aún tabernero y lanero? ¿Cuándo pudo mandar una nave de Renato de Anjou, si tenía diez o doce años en la época que el Colón navegante declaraba haber sido capitán de dicho buque? ¿Cuándo pudo guerrear a las órdenes de los almirantes piratas llamados Cullones, apodo que las gentes convirtieron en Colones? ¿Cómo le fue posible al pobre menestral de Génova hacer estudios de cosmógrafo y de marino?
Colón no fue el sabio universal que se imaginan los ignorantes i los idólatras. Sus conocimientos estaban muy por debajo de lo que sabían otros hombres de su época; pero, de todos modos, había leído los libros científicos más populares de entonces, había aprendido a dibujar mapas, conocía la astronomía, hablaba y escribía el latín, aunque fuese imperfectamente. ¿Cómo pudo procurar esta educación científica y marinera el hijo del tabernero Domenico Colombo que todavía figura en las actas notariales al lado de su padre en 1471, o sea, cuando el otro, el que se llamó siempre Cristóbal Colón, era ya capitán o piloto de nave?
Algunos, para poder juntar dos cosas tan opuestas, emiten la hipótesis de que el Cristóforo Colombo tabernero bien pudo navegar algunas veces en su juventud, bajando luego a tierra para ayudar a su padre en el modesto negocio de vinos y lanas. Para el que haya estudiado un poco la vida marinera de aquella época, esto no puede resultar más absurdo. En aquellos tiempos no había escuelas de navegación. El marinero necesitaba toda una vida para formarse. Entraba de grumete en los buques aprendiendo oralmente las lecciones de los marinos viejos y observando directamente los misterios del mar y de la atmósfera en el curso de los años.
El verdadero Cristóbal Colón, el que apareció en Portugal, desarrollándose luego en España, demostró ser un navegante de gran experiencia al emprender su primer viaje de descubrimiento, menos práctico que los Pinzones, pero, de todos modos digno compañero de estos lobos de mar. ¿Cómo pudo adquirir tanta experiencia el joven genovés Cristóforo Colombo navegando a ratos perdidos cuando su padre no lo necesitaba en la taberna?
Además, este tabernillero que tiene veinte años en 1473, resulta mucho más joven que el marino Cristóbal Colón, el cual, a juzgar por los biógrafos que lo conocieron personalmente, debía de tener entonces más de treinta y llevaba ya más de dieciséis navegando.
¿Cómo convertir en una misma persona el Cristóforo Colombo, tabernero e ignorante, que aparece en las escrituras notariales de Génova, y al Cristóbal Colón, marino desde los catorce años?...Misterio.
Hay también un detalle psicológico que echa abajo las tales escrituras, con todas sus firmas notariales, más aún que los detalles biográficos. En una de dichas escrituras se menciona al Cristóforo Colombo en la calidad de tabernero y lanero de profesión, lo mismo que su padre. En las restantes no le dan profesión determinada; pero figura entre modestos menestrales, algunos de ellos sastres, oficio que, como diré más adelante, era menospreciado, especialmente por el marino Colón.
Nunca figura en dichas escrituras el Cristóforo Colombo hijo de Domenico con el carácter de maestre de nave, de piloto o de simple marinero, y bien sabido es que los hombres que arrostran las cóleras del mar muestran cierta vanidad con su arriesgada profesión, y aprovechan todas las ocasiones para hacer constar su diferencia con las gentes que viven tranquilamente tierra adentro. Lo natural era que el hijo del tabernero Domenico se enorgulleciese de ser marino entre los cardadores de lana, albañiles, sastres, etc., amigos de su padre. ¿Por qué no dice ni una sola vez que es marino?... Misterio.
El otro, el Cristóbal Colón que encontró a América, personalidad compleja, abundante en cualidades geniales y defectos enormes, era vanidoso: el primero en admirar su propia grandeza. Amaba los honores como nadie, discutió con los reyes de España sus títulos tanto como sus ganancias, y lo primero que exigió fue el privilegio de que todos añadiesen el tratamiento de don a su nombre de Cristóbal. De ser don Cristóbal Colón verdaderamente hijo de Domenico, el tabernero de Génova, y hallarse navegando desde los catorce años, ¿cómo pudo comparecer varias veces ante los notarios de dicha ciudad rodeado de una caterva de pobres gentes sin exigir que detrás de su nombre pusieran maestre de nave o cuando menos marinero? ¿Cómo iba a tolerar que lo dejasen sin esta denominación honrosa, al lado de taberneros y sastres, cuando años después, al dar quejas a los Reyes Católicos por la gran abundancia de gentes que salían a navegar siguiendo sus huellas, decía con tono despectivo: Hasta los sastres se meten ahora a descubrir
?...
Y si Cristóforo Colombo, el de Génova, en 1473, cuando tenía más de veinte años, sólo pudo comparecer como tabernero y lanero, y no se había embarcado nunca ni había aprendido lo que luego demostró saber Cristóbal Colón, ¿cómo diablos pudo improvisarse navegante experto y educarse científicamente en los poquísimos años que restan entre su comparecencia ante los notarios de Génova y la aparición del ya experto marino Colón en la corte de Portugal?... Misterio.
Tal vez transcurran siglos y siglos sin que el nacimiento y la verdadera nacionalidad del Almirante queden probados de un modo indiscutible y para siempre. Es indudable que quiso ocultar su origen, y antes de morir pudo alabarse de haberlo conseguido: tan embrollado dejó todo lo concerniente a su vida. Su hijo don Fernando, que podía haber puesto las cosas en claro, aún agravó más la confusión y el misterio de la primera parte de su existencia.
Como toda acción humana obedece a un deseo o una necesidad, se han forjado tres hipótesis para explicar el motivo de que Colón se esforzase por envolver su origen en una oscuridad que da lugar a tantas contradicciones y eternas dudas.
Unos creen que hizo esto por vanidad o, empleando un neologismo corriente, por snobismo. Como los reyes de España le confirieron altísimos honores que hacían de él el segundo personaje de la nación, y su primogénito iba a casarse con una hija del duque de Alba, sintió vergüenza de su origen modesto y mintió descaradamente en los últimos años de su vida. Otros explican este embrollo por sus mocedades de pirata y de negrero. Indudablemente, fue pirata. El mismo, por unir su nombre oscuro con el de los falsos Colones o Coullones, dio a entender que había navegado a las órdenes de estos bandidos del mar, los cuales cometieron grandes atrocidades en las costas del noroeste de España. Un cronista de la época dijo que el nombre de dichos piratas, llamados Colones por el vulgo, hacía llorar en sus cunas a los niños de Galicia
. Además, según parece, también navegó Colón de joven en galeras piratas de Túnez que saqueaban las costas españolas de Levante. Se comprende que procurase ocultar su origen en España para que nadie sospechara las fechorías de sus mocedades. También navegó en buques portugueses de los que iban a las costas de China, y bien sabido es la finalidad de tales navegaciones en aquella época. Los productos del mencionado país ?oro en polvo y especias- ocupaban poco espacio, y la parte mayor del buque se llenaba con ébano vivo, o sea con negros, para venderlos en Lisboa.
La tercera explicación del misterio es el judaísmo. Muchos han visto en este vidente la exaltación de los profetas y los guerreros del antiguo pueblo de Israel. Además, mostró en sus tratos una predilección especial por lois judíos conversos de España y estos le protegieron no menos. En su época, que fue la del establecimiento de la nueva Inquisición y la expulsión de los judíos de España, muchos hombres ocultaron su origen y cambiaron su nombre.
La apreciación de su valor histórico resulta tan diversa y contradictoria como sus mismos orígenes.
Para muchos, Cristóbal Colón es un santo y debería figurar en los altares de la Iglesia Católica.
Tal disparate es obra de cierto escritor francés, el conde Roselly de Lorgues, quien lo describió como un personaje caído del cielo, todo de una pieza, para descubrir América tal como la vemos actualmente, dándole el título de el Embajador de Dios.
Como el tal conde sabía mal el español y peor aún el que se hablaba en el siglo XV, se basó en grandes errores de su traducción para decir las cosas más disparatadas. Tales fueron sus enormidades, que el célebre escritor español Menéndez y Pelayo, una de las eminencias más altas del catolicismo intelectual, no obstante las ideas religiosas de dicho conde, iguales a las suyas, le llamó, indignado, fanático charlatán.
No; el amante de la abandonada Beatriz Enríquez, el que se quedó con el premio del primer marinero que descubriese tierra, el que habló mal de todos, absolutamente de todos los hombres que lo acompañaron en sus viajes, y se mostró olvidadizo con los contados que le siguieron fieles a pesar de su ingratitud y su aspereza notorias, no puede ser un santo. De ser un enviado de Dios, como quiere el conde Roselly, resultaría que el Dios de este fanático charlatán sabía menos que sabe hoy un niño de la escuela, pues Colón, su embajador, vivió y murió ignorando la existencia de América, convencido de que había llegado cerca de Asia oriental, y todavía seis años después de su muerte, su hermano don Bartolomé y otros allegados a él declaraban que el nuevo mundo recién descubierto era un extremo del continente asiático.
Otros se imaginan a Colón como un hombre superior a su época, un ser de inmensa sabiduría, un luminosos precursor al que no pudieron entender sus ignorantes contemporáneos y que, a causa de ello, se vio perseguido.
El error de Colón sabio es tan enorme como el de Colón santo. Como hombre de ciencia, no conoció más que lo que en su época era del dominio vulgar. Basaba sus teorías en manuales enciclopédicos al alcance de todo el mundo y en novelas de viajes. Muchos de los que escuchaban sus planes sabían más que él.
Su hijo don Fernando fue hombre de estudios, y al escribir la vida de su padre, muchos años después de la muerte de éste, se avergonzó de su ignorancia, y para disimularla atribuyó a los jueces que le habían juzgado algunos de los disparates de la geografía delirante de Colón. No es admisible que los que escucharon a Colón en Córdoba creyesen, como dice don Fernando, que los buques navegaban cuesta arriba o cuesta abajo a causa de la redondez de la Tierra. En aquel tiempo, los portugueses habían ya pasado el Ecuador, avanzando muchísimo en el hemisferio austral y volviendo a su punto de partida, sin todos estos inconvenientes ilusorios de navegar hacia arriba y hacia abajo. En cambio, Colón, muchos años después, en la última parte de su vida seguía afirmando que el mundo no es redondo, sino en forma de pera
o de teta de mujer
, y que en el pezón, o sea la parte más alta del mundo, está el paraíso terrenal. Y como el mundo es en forma de pera, al llegar los navíos, según él, a su parte más alta, navegaban cuesta arriba
. También hizo el descubrimiento en 1501 de que a nuestro planeta sólo le quedaban ciento cincuenta y cinco años de vida y que el fin del mundo iba a llegar exactamente en el año 1656.
No fue Colón un Copérnico ni un Galileo. Estos realizaron sus descubrimientos sobre las deducciones lógicas de su razón, sin ayuda de la suerte. Tampoco se vio perseguido por la ignorancia y el fanatismo como aquellos sabios indiscutibles, equivocándose en esto racionalistas y librepensadores. La doctrina científica de Colón ?llamémosla así- consistió simplemente en ir a Asia navegando por el Oeste, y esto le parecía sumamente fácil, ya que se imaginaba, como algunos de su tiempo, basándose en ciertos profetas bíblicos, que de las siete partes de la Tierra seis eran enjutas y una sola ocupada por el mar
.
Jamás tuvo la sospecha de que pudiera existir un nuevo mundo no mencionado por los libros santos. Cuanto se ha escrito de juntas científicas celebradas en Salamanca ante obispos y frailes ignorantes que lo persiguieron, todo es fábula; una escena amañada de gran ópera o de cuadro de historia que tiene por protagonista al sabio Colón perseguido por el fanatismo porque hablaba de la redondez del mundo, admitida desde siglos antes, y de ir a la India por Occidente, que a muchos les parecía camino muy largo.
Colón no fue sabio ni santo. Fue simplemente un hombre extraordinario, dotado de gran imaginación y fimísima voluntad, con alma de poeta y avaricias de mercader, audaz unas veces y otras prudente en exceso, hasta el punto de dejar sin terminación las más de sus exploraciones; genial en muchas de sus concepciones y en otras obcecado y testarudo de un modo incomprensible. En resumen: un hombre de enormes cualidades y grandes defectos, favorecido extraordinariamente por la suerte en su primer viaje y maltratado por ella en los siguientes, que encontró un nuevo mundo sin saberlo nunca, tropiezo el más famoso y trascendental de la historia humana. El misterio que envuelve su origen tal vez se aclare algún día o tal vez sea eterno.
Bien puede ser que transcurran siglos sin que los humanos lleguen a ponerse de acuerdo sobre quien fue verdaderamente el hombre de las catorce cunas y de las dos tumbas.
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