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Número 33
11 de Noviembre de 2005

Oro Viejo

"La horda" de Blasco Ibáñez. (II)

Confe-siones, II. Francisco de Cossio.

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Año VI - Número 33

Actualizado a 29/05/2011

Confe-siones, II. Francisco de Cossio. Madrid 1959. Capítulo XXXII.

Algunos días, después de almorzar, recogía a Blasco en su hotel para dar un paseo. No iba nunca al Café de la Rotonda,. Ni a ningún lado donde pudiera cortarle la palabra un desconocido. Solíamos pasear, las tardes de sol, por el jardín del Palais Royal, que más bien es una plaza de provincia, en el mismo corazón de París. En el centro había un restaurante económico, entre cristales, y bajo los porches, tiendas antiguas, que ya vendían objetos raros para el caprichoso, ya otros para fomentar la vanidad, un comercio de condecoraciones, posiblemente el más importante de Europa, pues en él se vendían todas las condecoraciones del mundo. Ello podría servir auténticamente lo mismo al esplendor de una fiesta de gran gala, que a la caricatura que con sus placas y bandas se hiciese en un baile de máscaras. Blasco se detenía muchas veces ante las vitrinas y me decía, señalando con el dedo:

-Ésa la tengo yo, y ésa también? -pero con una naturalidad que correspondía, más que al vanidoso, al coleccionista.

Yo, que no poseía ninguna condecoración, ni posiblemente las he merecido, las contemplaba, bien sabe Dios que sin envidia, como una colección de objetos curiosos, más bien para mujeres que para hombres, que demostraban hasta qué punto llega la puerilidad humana. Me parecía aquella tienda como un almacén de regalos para la distribución de premios en un colegio. Cerca estaba la calle de Montpensier, una calle sin tránsito, que tiene en sus casas, ya viejas y en apariencia humildes, no pocos recuerdos históricos, y en la que había un renombrado restaurante, el de monsieur Ravel, en el que Blasco y yo almorzábamos no pocas veces. A él acudían actores y actrices del Palais Royal, y señoras y caballeros del cuerpo diplomático. Era uno de estos restaurantes que hay en las grandes ciudades, y que son desconocidos de los turistas. Monsieur Ravel había sido cocinero del señor Quiñones de León, y por esto confeccionaba muchos platos españoles, excepto la paella, pues decía que el agua de París no servía para paellas. Había traído agua de Valencia, pero con ella tampoco salían bien. Sería cuestión del aire, decía el cocinero. Monsieur Ravel, con su gorro blanco y sus bigotes caídos, ofrecía a sus clientes una larga lista para que eligiesen los platos que deseaban, más una vez revisada minuciosamente, y puestos los comensales de acuerdo sobre lo que habían de comer, monsieur Ravel desechaba aquella elección con argumentos convincentes, y terminábamos comiendo lo que él quería. La especialidad de la casa no podía encontrarse en ningún otro sitio de París sino en ése: los huevos fritos con chorizo. Poseía este hombre un álbum en el que elogiaban su cocina las celebridades más eminentes del mundo en el arte, la ciencia y la política. Y también de individuos que fueron célebres una temporada y cayeron después en el olvido. En este álbum había asimismo dibujos de los mejores pintores de la época.

A Blasco, a quien fortalecían los ataques políticos, le afectaban mucho las críticas literarias que le eran adversas. A él no le hubiese gustado ser un escritor de minorías, como ahora se dice, pues pensaba que Shakespeare y Cervantes no escribieron nunca para pocos, sino para todos. Entre los críticos que más le habían censurado estaba Jean Cassou, en el Mercure de France. Como yo era amigo de Cassou, le propuse organizar una cena para que el crítico y el novelista se conociesen. La madre de Cassou tenía en su casa un salón literario al que acudía yo algunos sábados, pero era preferible que se conociesen estos dos adversarios y dialogasen largamente en la intimidad. Blasco me preguntó que en qué restaurante me parecía bien que cenásemos, y yo le indiqué que en La Tour d´Argent.

-Ése es el más caro de París- me dijo Blasco-. Iba mucho a él en mi época americana, cuando yo era un poco rastacuero. Entonces el dinero no tenía valor para mí. Yo soñaba con empresas fabulosas, que me convertirían en multimillonario. Pero la fortuna me vino por donde menos pensaba, por la literatura. En todo lo demás fracasé. ¡Cuántos recuerdos tiene para mí ese restaurante! Por aquella época yo era amigo de todos los millonarios argentinos, y, como ellos, algunas veces me asomaba a París desde Buenos Aires, no más que una semana. ¿Vamos a París? Vamos Y regresábamos a América en el mismo barco que nos había traído a Europa. Nos conformábamos con pulsar la civilización y la cultura de París en el centro mismo de la plaza de la Concordia, a la sombra del obelisco egipcio. Para ello hacía falta mucho dinero, pero América lo tiene esto muy bien organizado. En Buenos Aires hay una calle en la que están todos los Bancos de la ciudad. Estos Bancos se han creado para facilitar dinero a la gente. La técnica de pedirlo era muy sencilla: se llega al Banco y se forma cola frente al despacho del director. Todos los que estábamos allí, íbamos a lo lismo: a pedir dinero. El director va recibiendo por turno, de pie, recostado en una esquina de su mesa. La entrevista ha de ser muy rápida, nada de fórmulas de cortesía ni de palabras inútiles. Se pide el dinero lisa y llanamente, y puede ocurrir una de estas cosas: que se lo den a uno o que con la mayor naturalidad diga el director: No me interesa la operación. En ester caso, no hay sino hacer una reverencia, dejar plaza al que sigue y marchar corriendo a otro Banco. Cuando yo me enteré de esto, pensé que me hallaba en el país más admirable del mundo. Un hombre emprendedor, como yo, tenía lo más importante para triunfar, la primera materia, el dinero. Pero llegó la guerra, y todo vino a caer por el suelo. Mis negocios iban muy mal, el capital argentino comenzaba a retraerse, y un buen día recibí avisos de todos los Bancos que me habían dado crédito, en los que me daban un plazo para reponer fondos. Yo quedé desconcertado, y no bien me vestí, me encaminé al Banco que era mi principal acreedor. ¿Qué es esto? ?pregunté al gerente, presentándole el aviso. Esto es ?me respondió-, , que tiene usted que devolvernos el dinero que le hemos dado. Yo vacilé unos segundos. ¿De dónde iba yo a sacar tanto dinero? Todas las tiendas en las que se vendía dinero estaban cerradas. No me es posible, señor, por el momento ?le dije-. Pero voy a advertirle algo importante. Ustedes no tienen aquí ninguna ciudad como Brujas o com Toledo; ningún Museo como el Louvre o como el Prado; ninguna catedral como la de Burgos o Reims; ningún escritor como Anatole France o como Kipling?¿Po qué creen ustedes, entonces, que he venido aquí? Porque tenían dinero, sola y exclusivamente por eso. Ahora resulta que no, que tampoco tienen ustedes dinero. Ya no me interesa el país. Me marcho mañana mismo.

Blasco diceesto con una naturalidad encantadora, como un hombre que viviese más allá del bien y del mal. Después de una pausa, agrega:

-Afortunadamente, ya he podido pagar mis deudas.

Todas las conversaciones de dinero le sugestionan a Blasco. Así, me cuenta su amistad con los reyes del dinero. Los hombres más ricos del mundo le festejan con una comida en Nueva York, a raíz de su triunfo en los Estados Unidos con Los cuatro jinetes. Aquellos hombres se maravillan de que haya podido entrar en la cofradía de los dominadores del dólar un novelista. Blasco Ibáñez no habla inglés, y el fabricante Ford le pregunta:

-¿Cómo es posible que habiendo obtenido usted su mayor éxito como novelista en América, no se haya decidido a aprender el inglés?

Blasco, imperturbable, le responde:

-Para hablar el inglés tendría que invertir un año de trabajo. En este año no podría escribir ninguna novela; una novela puede valerme medio millón de dólares?

-Comprendido, comprendido ?le ataja Ford-; no es negocio. No aprenda usted inglés en la vida.

Cassou y yo convinimos un día para cenar con Blasco. A las ocho fuimos a buscarle al hotel. No estaba cerrada por dentro la puerta de su cuarto, y entramos. El novelista, tendido en la cama, se retorcía de dolor. Estaba a medio vestir, en mangas de camisa, con el cuello desabrochado. El smoking tirado sobre una butaca, y sobre una mesa una jeringuilla de inyecciones.

-¿Qué le pasa?- preguntamos.

-Un maldito cólico hepático, que me da con frecuencia. Muy doloroso, pero poca cosa. Ya me he puesto una inyección de morfina, cargadita. Estas cosas me las curo solo.

Nosotros le dijimos que podíamos dejar la cena para otra noche, pero él protestó. Y dijo que de ningún modo, que ya empezaba a sentir los efectos de la inyección.

-He esperado a última hora para no frustrar la comida.

En este día comprendí lo que significaba la voluntad de Blasco, y su temperamento arrollador. Un hombre que hacía frente al dolor y a la muerte para hacer lo que se había propuesto hacer. Allí tendido en la cama, parecía un boxeador al que había derribado el adversario y que, mientras el árbitro contaba los segundos, se disponía a levantarse para emprender de nuevo el combate. Un detalle de Blasco descubre la firmeza de su carácter. En un cajón del cuarto del hotel tenía siempre pan y queso. Siendo como era un gran comedor, la mayor parte de los días, cuando en la mesa tenía interlocutores, de tanto hablar ininterrumpidamente se quedaba sin comer. Cuando regresaba al hotel, sentía que no había comido. Y entonces se encerraba en su cuarto y se daba un atracón de pan y queso. Se puso, al fin, de pie y nos obsequió con una sonrisa.

-Ya estoy en caja. Salgamos.

Yo le ayudé a hacerse el lazo de la corbata. Más advirtió que, en su lucha con el dolor, se le había arrugado la camisa. Se la quitó a tirones y buscó otra en un armario. Entonces advertimos que tenía el torso de un Hércules.

Decide que vayamos a Prunier para comer una buena langosta. No ha podido limpiarse del todo de los aires de rastacuero que él mismo declara haber tenido alguna vez. Conoce bien el ritual de los grandes restaurantes, pero concede a este rito demasiada solemnidad. Nos deja a nosotros elegir en la lista, reservándose él la autoridad de discernir sobre los vinos. El sumiller, con su delantal azul, le contempla como aun gran inteligente, y no por sus novelas, sino por su experiencia en vinos. Después se cala el monóculo para investigar lo que nosotros hemos elegido. Pero lo importante no es la comida, sino la conversación, o, mejor dicho, el monólogo de Blasco. Nos hemos reunido a las ocho, son las once y continúa hablando. Desde allí vamos al Café de los Italianos, donde hay buen café y buen coñac. A las doce y media marchamos a lo largo de los bulevares, hasta el faubourg Montmatre. Es la una y media y continúa hablando. Ha comido él solo media langosta termidor, y no se acuerda del cólico.

-¿Tú no me conoces? ?le pregunta.

-No ?contesta ella, con un rostro inocente e inexpresivo.

-Estás hablando ?dice Cassou- con uno de los hombres más famosos de nuestro tiempo. Con monsieur Blasco Ibáñez. ¿No has leído ninguna novela suya?

La muchacha no se molesta en recordar. Dice que no ha leído ninguna novela suya, y que nunca ha oído hablar de tal señor. Blasco hace un gesto de disgusto. Sin duda es la primera persona con que se encuentra que no le conoce de nombre. Y esto ocurre en París, que dicen que es la sede de la cultura del mundo. La muchacha dice sencillamente:

-Pues entonces, si eres novelista, podrías hacer una buena novela con mi vida.

-¿Y cuál es tu vida? ?pregunta el novelista.

-Me llamo Georgette, ahí tiene el argumento ?contesta.

Y dicho esto, viendo que allí no hay negocio, da media vuelta y se va, repiqueteando el suelo con los tacones.

-Estas francesitas de la vida galante no saben una palabra de nada ?dice Blasco-. ¿Han visto que contestación? Me dice su nombre, y me dice que un nombre de mujer es suficiente para un argumento.

Cassou, cuando nos quedamos solos, me dice:

-Blasco Ibáñez es más de lo que me figuraba. Pero esta muchacha del bulevar me ha dado a mí la razón como crítico. Blasco se encuentra por la calle una muchacha que hace su vida galante, y le da su nombre. Con estos antecedentes, ¿para que quiere el novelista más argumento? Pero este novelista es tosco, y, por lo tanto, incapaz de percibir los matices del esprit francés.

Las dos de la madrugada nos dan en la avenida de la Ópera, y en todo este tiempo apenas ha interrumpido el relato de su vida. La vida de Blasco es sobradamente conocida, y, sin embargo, hay que escuchársela a él para darse cuenta de su valor. No es el hombre, es el novelista el que habla; no puede haber nada, como él mismo, que dé a su expresión verbal un colorido más vivo. Se ven los paisajes, se conocen los hombres, se tocan las cosas; llegan a nosotros ruidos, olores, luces? Es siempre la pantalla de cinematógrafo que él procura poner delante de sus palabras. Étas proyectan como un haz de rayos luminosos.

Cassou me dice en un aparte:

-Nunca he dedicado un estudio serio a la obra literaria de este hombre. Declaro, no obstante, que no creo que exista en nuestra época una vida de acometividad y de aventura más maravillosa.

Blasco es incansable. Ocho horas de monólogo, y no se rinde. A la puerta del hotel, cerca de las tres de la madrugada, aún sigue hablando. Ha dejado para lo último su exaltación por las cosas de España. A este hombre, que afirma que no cree absolutamente en nada, que blasona de poseer un concepto materialista de la vida, se le humedecen los ojos de lágrimas cuando nos refleja sus impresiones de Filipinas. Aún no ha publicado el tomo que falta de su viaje, mas nos repite casi literalmente el capítulo que dedica a este país, que fue de España. Blasco es un ferviente defensor de la colonización española.

-Sin la colonización española ?dice-, el filipino hubiese llegado a los tiempos modernos en un estado de cultura elemental. Ahora, que a España, en su dilatada colonización, le correspondió el trabajo más ingrato y menos agradecido: el de poner cimientos. Llegaron después los pueblos modernos, los últimos que triunfaron, y se encargaron de los adornos de la fachada, de todo lo que supone refinamiento suntuario y atrae la admiración del transeúnte. Un edificio, para remontarse, ha de reforzar sus cimientos.

Así, estos pueblos, si quieren hacerse más grandes, tendrán que ahondar en la tierra, y entonces hallarán las virtudes del primer constructor: la paciencia, la tenacidad, el desinteresado espíritu de aventura y la fe de los españoles.

Quien habla así ha llevado el nombre de su patria a los más apartados lugares del planeta; sus obras se han traducido a todos los idiomas del mundo. Hasta veinte novelas suyas tiene traducidas al japonés. En la bolsa de colaboraciones, su firma se cotiza, en los Estados Unidos, a la par que las de Kipling y Wells; en la cinematografía universal es una de las primeras potencias? Sólo de España ha recibido desaires, sinsabores, menosprecio?, y, sin embargo, Blasco, en todas las partes del mundo, no ha tenido sino palabras de devoción para su patria.

Por ello, por lo que él creía su dignidad y su libertad, sacrifica la paz de su vida, un sillón académico, el premio Nobel? Y una parte de la opinión española, la única que puede hablar en una época en que la que el Gobierno cierra todas las válvulas de la expresión, excepto la de la adulación al poder público, califica a Blasco Ibáñez de mal español. Pero ante esto sonríe, sonríe siempre.

Dice a pulmón lleno que no cree en nada, y yo confieso que no he tratado a un hombre de una fe más infantil: cree en la República española.

A través de la verja del hotel, le vemos subir la escalera: juraríamos que va hablando solo.

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