Año VI - Número 33
Actualizado a 29/05/2011
José Luis León Roca Octubre 2005

El cuarto o quinto centenario de El Quijote ha llenado las páginas de los periódicos y de escritos en alabanza de esta obra, sin que ninguna de ellas mereciese para mí el aplauso por su clara y elocuente definición.
Por mero pasatiempo, con el fin de adaptar mis pensamientos sobre la novela de Cervantes, que yo digo no es tal novela, sino una sucesión de cuentos perfectamente claros y bien definidos, escritos como aventuras de un loco a quien Cervantes, desde el primer cuento tinta con una ligereza en la que el Quijote es un personaje que produce una sonrisa agria y festiva.
Dicen que el personaje desequilibrado se lo inspiró un vecino de la localidad del autor. Creo que están en un error.
Cervantes se metió a escribir sobre don Quijote siguiendo lo que desde joven había hecho: cuentos. Lo que él titula Novelas Ejemplares no dejan de ser cuentos, algunos muy buenos, otros no tanto. Es un autor que no tiene el aliento de escribir una novela. Parece que sea un contrasentido decir que los dos tomos del Quijote no son una novela. Pues no lo son. Es una hábil colección de cuentos, muy bien hilvanados entre sí, toda vez que su autor no era capaz de escribir una novela como eran las novelas densas, y a apasionadas como eran las de todas las épocas.
La misma construcción del Quijote, bien observado, es una obra de relatos cortos unidos por el mágico poder del genio capaz de crear una pareja de vivos personajes que pasean por dos volúmenes con la movilidad propia de andantes caballeros.
Desde el primer capítulo hasta el último es una serie de cuentos hábilmente unidos por un accidente funesto para el principal personaje.
Siempre he dicho que el primer capítulo era un cuento que podía vivir como una más de las ya mencionadas Novelas ejemplares
. Quien escribió La gitanilla
, El amante liberal
, Rinconete y Cortadillo
, La española inglesa
, El estudiante Vidriera
, La guerra de la sangre
, El coloso extremeño
, La ilustre fregona
, Las dos doncellas
, La señora Cornelia
y El coloquio de los perros
no podía escribir una novela como la entendemos en el Romanticismo o en el siglo XX en pleno naturalismo.
La novela de Cervantes debía ser, y así fue, una sucesión de relatos cortos, intercalados, algunas novelistas más extensas, que si bien contaban la hilación del relato principal, dejaban paso a la expansión del novelista dándole paso al ejercicio del cuento nato, ajeno a la trama del Quijote.
Estas Novelas Ejemplares de Cervantes nos llevan forzosamente a traer a colación la estancia del autor en Italia, antes y después de la batalla de Lepanto.
Si Cervantes tenía alguna disposición a la literatura, en Italia pudo saciar su curiosidad y seguir el camino o el sendero de los literatos que entonces privaban en la fecunda Italia.
Uno de los personajes boyantes en el tiempo en que permaneció en Italia fue Torcuato Tasso, el autor de Jerusalén Libertada
(1581), un autor tan desdichado como pudo ser Cervantes en España y tan regateado fue su éxito en las obras teatrales.
Cervantes, que admiraba a Tasso como poeta, casi pudo decir lo mismo que el autor.
Tan desdichado como Tasso puede compararse Cervantes vuelto a España después de ser rescatado de la prisión en Argel tras cinco años pasados para el yugo de Barbarroja.
Escribe Tasso:
Es cosa ciertamente desgraciada verse privado de su patria y despojado de sus bienes, andar errante entre necesidades y peligros, ser traicionado por los amigos, ofendido por los parientes, por los servidores y tener a un tiempo el cuerpo enfermo y el alma atormentada....
Triste es, en verdad la vida de Tasso con su frustración en la poesía que le lleva en 1581 a ser tenido por loco e ingresado en el Hospicio de San Baudilio, para morir en 1595.
El Quijote comienza a escribirlo Cervantes en 1498, seis o siete años antes de la primera edición.
Y el libro acredita su intención de cuento acomodando en principio a una fórmula característica de los cuentos informales. Había una vez un rey
..., había en una ciudad un personaje llamado
... El Quijote tiene en el primer párrafo toda la característica de que asistimos a la lectura de un cuento: En un lugar de la Mancha, de cuyo nombre no quiero acordarme, un hidalgo manchego llamado Alonso Quijano, el Bueno...
Si el principio del Quijote tiene todas las características de un cuento, ya dibujado el personaje eje de la producción, el relato siguiente, la descripción de los pertrechos de guerra con que se viste, así como el caballejo esquelético que le lleva al campo en la primera aventura, es todo un cuento, hasta el encuentro con los cabreros y la paliza que le prodigan, hasta la recogida de un vecino suyo, que D. Quijote cree estar a manos del Duque de Mantua, le lleva a su casa de donde salió, y encuentra al cura y a Simón Carrasco expurgando la copiosa biblioteca del hidalgo que con el beneplácito de su sobrina ha llamado al cura y al barbero para que expurguen los libros que sean perniciosos y que consideran que han sido los causantes de su manía persecutoria, como la que Cervntes vió en Italia en la persona de Tasso.
El primer cuento es la salida, el encuentro con los cabreros, y la paliza que de ellos recibió. La vuelta a casa y el encuentro de la biblioteca pasto de las llamas, excepto dos o tres obras salvadas del fuego por la predilección que tenía Sansón Carrasco.
Aquí se hubiera podido terminar la primera salida del hidalgo y aumentar en una más la colección de las Novelas Ejemplares
.
Pero algo sorprendió al autor y le hizo comprender que lo que se inició como cuento exigía una continuación, pues el personaje estaba tan extraordinariamente natural y vivo, que parecía reclamar prolongar su vida en otras aventuras en las que podía intervenir el hidalgo emulando las que habían hecho famosos a Amadis de Gaula o Tirant lo Blanch.
Cervantes, cuando puso las manos sobre el Quijote hacía muchos años que había dejado lejos su juventud. Era si no un octogenario, un hombre experimentado y vapuleado como su admirado poeta Tasso.
Su suerte en el teatro no podía decir que fuera brillante. El teatro estaba bajo la presión personal de un monstruo que se había abierto camino como un genio de la escena que la dominaba tanto por la originalidad como por la fertilidad incansable.
Donde Lope de Vega podría ofrecer doscientas o trescientas comedias, Cervantes apenas llegaba a presentar cinco comedias que habían servido para cansar a los actores y aplaudir blandamente a los espectadores.
Su instinto, más que su genio, le indicó que el Quijote había sido una revelación ya viva, podía salir por segunda vez, y desoyendo las voces de protesta de su sobrina se dispuso correr más y más aventuras. Era un personaje exótico y podía llevar sus excentricidades a toda la península. Podía salir disfrazado de caballero, tomar los molinos de la Mancha como gigantes, y las manadas de borregos como legiones de soldados. Como caballero andante `podía tener su Dulcinea del Toboso que los vencidos caballeros que el apresaba parasen en el Toboso rindiendo pleitesía a su dama del corazón.
Cervantes era demasiado irónico para no llegar a ser humorista en aquella ocasión. Había tropezado en sus lecturas con una obra que era un puro festín, de humor y de jovialidad. El caballero tenía el raro nombre de Tirant lo Blanch, y su dama, en la corte de Grecia era la princesa Plaer de ma vida
y la madre de ella La viuda regalada
. La dama era una parodia de la realidad. Los nombres ya movían a la risa con solo leerlos. Además, la libertad de lenguaje casi llegaba a la descripción sicalíptica de la princesa Plaer de mi vida
. Aunque el héroe era en verdad Roger de Lauria en su conquista de Grecia el Tirant era una copia de Roger pero en risa.
Cervantes no buscaba la burla. Le bastaba la ironía. Había acertado desde el principio a dar el tono preciso para que el texto fuese fluido y elegante. La elocuencia italiana, aplicada al castellano, adquiría éste la calidad de un injerto asombroso. La prosa tenía el ritmo oculto de la poesía. Era un poeta que en prosa hacía gala de su ingenio y de una socarronería que solo la edad le permitía usar. Era un escritor demasiado curtido en adversidades y desengaños como para escribir en plan profundo. Su espíritu estaba saturado de malicia. Las mazmorras de Argel, la prisión en Sevilla, el dinero de los impuestos, los disgustos de la familia, los corchetes que le ataban las manos y le acusaban de haber matado a un portugués, una hija, una cualquiera capaz del deshonor toda la familia. Demasiado viejo para no reírse del cúmulo de desaciertos que le rodeaban. El bálsamo tranquilizador estaba en el Quijote. Si lograba mantener el tono del principio, haría una obra universal.
Tenía la rudeza de burlarse de un loco. Era el arte el que empujaba a llevarlo hasta las últimas consecuencias del ridículo. Don Quijote ante los cabreros, Don Quijote librando a los galeotes, Don Quijote entre los leones. La sorna, la ironía era el cascabel festivo de la obra. Como el Tirant que admiraba. La vela abierta en una pelea, la sonrisa en la vela nocturna de la noche, ante un ventero guasón y extrañamente divertido.
Lo mismo que el entierro de noche. Las conducción de un cadáver entrte velas y capuchas de monje.
La vena del jolgorio no respetaba nada. Ya no era el artista el que hablaba. Era la personalidad. El frío de la insensibilidad.
Tuvimos en Valencia, en el siglo pasado, un sainetero del Cabanyal, Escalante. Su ofra fue extensa. Sus cuadros tienen la gracia por arrobas.
Estaba casado y su mujer le admiraba. Decía de él que cuanto más se enfadaba más risa causaba.
Así, pues, cuando se le resistía un personaje de sainete y más se encolerizaba, más gracia tenía la obra. No había artificio alguno. Era el espíritu que rezumaba hilaridad, gracia, contento.
Algo de esto debió poseer Cervantes. Una ironía que nacía de su espíritu, que contagiaba todo cuanto hacía, y que como todo artista grande sabía que las aventuras del hidalgo de la Mancha, por sus muchas tropelías que de él escribía, iba a ser la hora que le haría inmortal. Que como maliciosa e irónica su obra, cubriría con su humor el secreto, el misterio de si era esto o aquello, una crítica contra los libros de caballería, o un juego de un espíritu verdaderamente burlón.
Redacción, administración y publicidad
Guillem de Castro 121, 2ª - 46008 Valencia
Tel. y Fax: 96 338 11 33 - Movil: 686 91 46 44
E-Mail: arteylibertad · hacemosciudad