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Número 61
3 de Abril de 2011

Oro Viejo

Fragmentos de Blasco Ibáñez, Fundador de Pueblos

Vuelta al mundo de un novelista. Tercer tomo.

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Año X - Número 61

Actualizado a 20/09/2012

Fragmentos de Blasco Ibáñez, Fundador de Pueblos

Julio Cola.

“Desde que Blasco Ibáñez hendió su planta en América pudo decirse que había conquistado el país. El novelista español (…) pudo apreciar que la dársena era insuficiente a contener los miles de almas que se apiñaban en sus andenes; que el paseo de Julio rebosaba de una multitud entusiasta; que la playa y la avenida de Mayo, hasta el hotel España, constituían un hormigueo de gente ávida de aplaudir al literato español”. (pg. 7)

“Su entrada en Santiago de Chile puso a prueba una vez más el temperamento de lucha de este notable hombre (…) Los irreconciliables enemigos del político laico quisieron exteriorizar su desagrado y (…) emprendieron violentísimas campañas contra el literato visitante (…) Llegaron hasta movilizar gentes, las que, inconscientemente, se produjeron promoviendo manifestaciones callejeras de hostilidad a Blasco Ibáñez (…) Pero Blasco (…) no se arredró ante ello El gran tribuno consiguió adueñarse con su cálida palabra de la muchedumbre que le era hostil, y poco a poco se produjo el milagro de trocar la gritería por aplausos y hasta entusiásticas ovaciones (…) Sus conferencias, pues, con tal expectación pública, alcanzaron un éxito sin precedentes. Blasco se adueñó del país, reduciendo a sus irreconciliables enemigos al silencio”. (pgs 9-11)

“Yo no podré olvidar nunca cierta noche que en la habitación del Royal Hotel, de Buenos Aires, me dictó de un tirón una novela corta que tituló Doña María Padilla. Comenzó a dictarme a las diez y, sin descanso, siguió haciéndolo hasta las dos de la madrugada. Más de ochenta cuartillas brotaron seguidas de su cerebro. Mi mano ya no respondía a la pluma, ésta se hallaba casi pegada a los dedos, y mostrábanse estos insensibles a mis pulsaciones nerviosas. Había que ser todo oídos, estar pendiente de sus palabras y recogerlas sin equívoco, sin proferir una interrogación que pudiera irritarle” (pg. 16)

“Cuando nos hallábamos más atareados en Corrientes, preocupados en la instalación provisional de los colonos valencianos en Nueva Valencia, y al mismo tiempo buscando domiciliarnos en la ciudad y salir del hotel Centenario para poder dar un impulso serio a los trabajos colonizadores, Blasco Ibáñez recibió una comunicación del presidente de la República en aquel entonces, doctor Roque Sáenz Peña –muy amigo suyo-, rogándole fuera a visitarle urgentemente” (pg. 22)

“Con motivo de la colonización de Nueva Valencia, y ante los insidiosos comentarios del diario oposicionista (…) Blasco Ibáñez consideró tan grave aquella ofensa para su prestigio y su credo económico que, violento e iracundo, no pudo menos que aprovechas la solemnidad de un banquete “para despacharse a su gusto” (…) El león se había manifestado, y con habilidad de artista dio zarpazos a diestro y siniestro, hasta conseguir despedazar la presa. Ante aquel gesto airado del novelista, los descontentos de la obra del Gobierno quedaron tan amargados y contritos que ya no volvieron a ocuparse más de su empresa colonizadora…” (pg. 27)

“…En cambio, con el que de buena fe criticaba su obra, Blasco lo disculpaba, no titubeando en descender y demostrar, si fuese preciso, el error del ataque inferido. Tal le ocurrió con motivo de un suelto que se permitió un importantísimo diario porteño –La Razón, en el que, por cierto, estuve de redactor-, y a indicación de Blasco fui a ver a mi antiguo jefe para anunciarle si podía recibir al novelista. Blasco no tardó en comparecer ante Morales, director del populoso periódico, y sin sentir agravio ni resentimiento, por el contrario, con efusión admirable, le demostró lo injusto del comentario” (pg. 27)

“Al amanecer me despertó Blasco con fuertes gritos. Miré hacia su lecho y observé que algo se agitaba a su alrededor. Llamé a Cancio a grandes voces, y al acudir éste, Blasco le pidió que cazasen aquella fiera que con su hamaca se había enredado. El vasco indicó a los indios que lo hiciesen con precaución, sin que matasen al animal, como era deseo del novelista. No tardó la fierecilla en verse enlazada (…) La fiera fue atada con una soga, y conducida por un indiecito hasta la Residencia. Allí se le improvisó una jaula y se le embarcó, días después, para Buenos Aires (…) La noticia del tigre cazado por Blasco Ibáñez esparciose por toda la Prensa, y la fantasía periodística aumentó el suceso, considerando una arriesgada hazaña del novelista” (pg. 34)

“Blasco Ibáñez era de una actividad sorprendente, un trabajador infatigable (…) Levantábase a las ocho, aunque se acostase de madrugada, y si alguna vez no despertaba a la hora de costumbre se enfurecía por no habérsele llamado (…) Pasaba muchas horas reconcentrado en sus pensamientos, pero cuando hablaba era infatigable; de igual suerte se mostraba cuando se dedicaba a la escritura: de un tirón escribía un capítulo de novela (…) Cuantas veces se le obligó a hablar en público lo hizo sin preparación previa. Jamás le vi tomar notas ni aderezar discursos. Dependió siempre de la inspiración del momento, fiando su acierto a su estado de ánimo”. (pg. 36-37)

El primer crédito que Blasco obtuvo en el país, al iniciar su empresa colonizadora, lo avaló D. Braulio Bilbao, un gran amigo y admirador suyo, y fue de 30.000 pesos, en el banco de Galicia. Con este dinero pudo hacer frente a los primeros gastos de destroncamiento de las tierras de Río Negro, crédito que pudo cancelar mediante una hipoteca que más tarde pudo hacer en el Banco de la Nación. Con el sobrante de ésta emprendió los trabajos en Nueva Valencia. Pero (…) necesitábase mucho más dinero. Pensó entonces, ante las dificultades del mercado monetario argentino, marchar a París y resolver allí una operación favorable a la realización de su empresa colonizadora. (pg. 40)

“¿Pero a qué seguir más hablando de Blasco Ibáñez y de mi convivencia con él? Cuanto queda dicho dará idea de la magnitud de la empresa colonizadora que se propuso llevar a cabo en la Argentina, y que consiguió ver coronada con éxito. Blasco Ibáñez, por su temperamento de lucha, por su imaginación, por sus especiales dotes, propúsose fundar pueblos, y lo consiguió, con la misma facilidad que tenía para crear bellas novelas. Fue literato, conquistador y colonizador. Su fama se extendió por el mundo entero. Sus obras fueron traducidas a todos los idiomas, su opinión política levantó extraordinaria expectación” (pg. 49)

“Blasco decidió, pues, marchar a Norteamérica, y de su recorrido triunfal, de sus éxitos literarios y económicos, la Prensa nos dio amplias informaciones. El novelista vio agotarse el millón de ejemplares en inglés. La cinematografía yanquilandesa le pidió filmar Los cuatro jinetes del Apocalipsis, y esta película recorrió el mundo triunfalmente (…) Tribuna, de Chicago, suscribió con el novelista español un contrato de colaboración por millares de dólares. El escritor regresó a Europa millonario y halagado por la fama y popularidad alcanzada en aquel país. Y, como hijo pródigo, vino a España (…) Blasco compareció con la satisfacción propia del triunfador (…) pero sin que asomasen a sus labios la jactancia ni el orgullo” (pg. 50)

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