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Arte y Libertad

Año X - Número 59

Actualizado a 29/05/2011

Seis Surrealistas Iberoamericanos

“Todo induce a creer que existe un cierto punto del espíritu a partir del cual la vida y la muerte, lo real y lo imaginario, lo pasado y lo futuro, lo comunicable y lo incomunicable, lo alto y lo bajo dejan de ser percibidos contradictoriamente. En vano se atribuirá a la actividad surrealista otro móvil que la esperanza de determinar ese punto”. André Breton. Second Manifeste Surréaliste, 1929.

Isabel Albert. Valencia, abril'10.

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Uno de los cuadros de la exposición

Uno de los cuadros de la exposición

Galería Muro. Hasta el 30 de abril'10.

La exposición presenta las obras de los cubanos Jorge Camacho, Joaquín Ferrer, Lázaro García Medina, el argentino Julio Silva, el chileno Miguel Ángel Huerta y el español Vicente Arnás.

Se representan las impresiones surrealistas de cada uno de los artistas, remitiendo a un universo temático específico que cada autor desarrolla en el cuadro.

Jorge Camacho llegó al surrealismo y se relacionó con sus mayores cultivadores en La Habana de los años cincuenta, comenzó a interesarse por el movimiento surrealista a través de la lectura de revistas y de los libros de Breton, Éluart o Péret. Pero fue la obra y la vida de Paul Gaugin quién determinó su vocación, del que siempre ha pensado fue “un surrealista del color”.

Decidió no ingresar en la Escuela de Bellas Artes de La Habana y afrontó su aprendizaje de forma independiente, “observando y estudiando la obra de los grandes maestros”, lo que le llevó a emprender varios viajes por el extranjero.

En México vio un arte politizado. Su contacto con el surrealismo se produjo en París en 1959, donde conoció a Breton y se sumó a las actividades del grupo, fue “el comienzo de una nueva vida artística e intelectual”.

Pertenece a la Tercera Generación de pintores cubanos, su espíritu, ávido de conocimientos, le induce al estudio de la alquimia, que refleja en su obra así como el estudio de las aves, la música y la literatura.

A través del tratamiento de la línea y el color desarrolla una pintura enraizada en su inconsciente, tradiciones y culturas americanas que se manifiestan en el misterioso metamorfismo de sus seres y configuraciones óseas y estructuras con carácter totémico.

La presencia de formas racionales y aspectrales de Joaquín Ferrer, se asemejan a laberintos lúdicos, planos superpuestos en los que interviene la nitidez del color. Expresión lírica y geometría espacial de sus estructuras alambricadas dentro del espacio del cuadro, donde se aprecia la renovación de la expresión plástica de Ferrer, un juego entre el equilibrio y el espacio. Líneas que se bifurcan terrenales, ondulan, se parten, se diluyen y se repiten en recurrentes laberintos, más inconscientes que conscientes.

Entre la abstracción y la figuración, Lázaro García, presenta un arte surrealista con busto clásico.

Figuras carnavalescas y deformadas que nos sugieren lo grotesco, una intuición hacia el expresionismo en la obra de Miguel Ángel Huerta.

En Buenos Aires, “lo que allí llegaba era todo en blanco y negro”, decía en una entrevista Julio Silva, “ese mundo de la imagen traída del inconsciente que tiene una fuerza atávica no estaba, la pintura nacional carecía de ese mundo mágico...La imagen, en la pintura clásica, estaba reducida”. En 1955 marcha a París en busca del color, llegando a soñar ver el Guernica coloreado. En París tuvo la posibilidad de leer libros, ir a la biblioteca, conseguir manuscritos de Antonin Artaud. Su trabajo junto a Julio Cortázar fue poner la imagen al texto, la imagen abría la puerta al texto, La vuelta al día en ochenta mundos y Último round fueron ilustrados por el artista surrealista.

El universo taurino del madrileño Vicente Arnás destina ironía. Con una iconografía claramente personal, participa tanto del realismo mágico como del surrealismo crítico.

Importante trayectoria pictórica de Arnás a la que hay que sumar su faceta como ilustrador. Grabados y dibujos exclusivos que expresan el patetismo que contiene el arte de torear y su heredero carácter sagrado.

Se aprecia en todas las obras esa huella surrealista, la investigación de las formas, ese mundo del inconsciente.

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