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Arte y Libertad

Año X - Número 60

Actualizado a 29/05/2011

De Gaudí a Picasso

Manuela García. Valencia, marzo’10

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Albans del Bany, 1892. Ramon Casas

Albans del Bany, 1892. Ramon Casas

IVAM. Hasta el 27 de junio

En los años ochenta del siglo XIX se inicia un periodo que podemos llamar modernista en cuanto que su actitud fundamental es la ruptura con la tradición. Esta actitud engloba planteamientos estilísticos muy diversos, todos ellos incluidos bajo el título genérico de modernistas. La vigencia de esa actitud, la articulación de diversas propuestas estilísticas, la existencia de una no total ruptura con las formas finiseculares, son rasgos que caracterizan la época del modernismo.

El modernismo se asentó en la Península Ibérica sobre todo en Barcelona lo que da lugar a que el arte catalán a finales del siglo XIX sea uno de los más importantes de nuestro país. En esta época se dan en Cataluña una serie de factores específicos que lo hacen posible. Entre otros podemos señalar el gran desarrollo industrial que dio pie a la aparición de unas capas importantes de burguesía de corte europeo dispuesta a comprar arte; un movimiento de resurgimiento cultural, la Renaixença;  y una incipiente búsqueda de la identidad nacional catalana. Todas estas circunstancias producen un elenco de artistas de primer orden que se aprovechan de la cercanía geográfica con el resto de Europa para  viajar y conocer y asimilar las nuevas corrientes culturales y artísticas europeas, como el prerrafaelismo y el impresionismo.

La presente exposición nos da una interpretación de ese movimiento modernista catalán centrándose en la pintura y la escultura, aunque introduciendo también parte de la obra de Gaudí cuya presencia es absolutamente indispensable ya que fue el genio más importante de todo el Modernismo. Se presta una atención especial a Julio González y Joan González,  y en distintos apartados se analizan aspectos tales como Casas y Rusiñol, pintores de la vida moderna; Els Quatre Gats; El Simbolismo en Cataluña; El fenómeno Gaudí;  Mir y Anglada Camarasa; Picasso y la comunidad catalana en París; Nonell y el miserabilismo; La inflexión clasicista y el final del modernismo. Las obras expuestas proceden de diversos museos, fundaciones, entidades públicas y privadas y coleccionistas particulares, todo ello hace que la muestra sea irrepetible y que nos permita  ver obras a las que difícilmente tendríamos acceso.

Antonio Gaudí (1852-1926) comenzó practicando una arquitectura de carácter medievalista, a partir de la cual fue evolucionando hacia una arquitectura más funcional y valorando la integración en la misma de la escultura, pintura y artes aplicadas. Prodiga las superficies ondulantes y los arcos parabólicos, las columnas inclinadas, etc. En sus temas decorativos destaca el amor a la naturaleza (formas vegetales, animales, etc.) y la utilización de todo tipo de materiales: cemento, piedra, hierro, mosaicos, algunos de los cuales están presentes en esta muestra.

Ramón Casas (1866-1932) había viajado a Francia en 1881 y el posible que conociese la pintura impresionista, pero no se deja llevar por ella. En su obra se pueden diferenciar dos tipos de cuadros, aquellos que son de multitudes y aquellos en los que representa, sobre todo, a mujeres en interiores o realizando distintas actividades como Madelaine, 1892 ó Interior a l’aire lliure,  1892. En la exposición también se pueden ver los retratos que hizo al carboncillo de toda la intelectualidad catalana.

Algunas de las primeras obras de Pablo Picasso, (1881-1973) muestran influencias de Anglada Camarasa. Cuando el pintor llega a París se convierte en un devorador de todo lo que ve. Le interesa tanto Degas como Casas y pasa de un estilo a otro. Absorbe todo lo que le interesa. Entre las obras expuestas hay un boceto de un menú realizado por él para Els Quatre Gats, obra modernista con protagonismo de la línea, en la que destacan la planitud y la simplicidad en el dibujo.

En su obra, Santiago Rusiñol (1861-1931) sintetiza las aportaciones impresionistas y postimpresionistas que conoció en su estancia en París. Aquí podemos ver su Café Montmartre (1890), una escena que está tomada desde  un punto de vista alto y va conduciendo a la mirada hacia el exterior por un salón que en esos momentos está vacío y desolado lo que junto con el contraste cromático, contribuye a darle un aspecto sórdido. El Retrato del músico Eric Satí (1891), que representa a este artista en su casa es algo más que un retrato.  Sati, amigo del pintor, aquí aparece en una esquina de su habitación, junto a la chimenea y sus objetos más íntimos (cama, zapatos, libros, espejo, etc.). Lo que retrata Rusiñol es un símbolo de la bohemia soñadora que intentaba abrirse paso en el París de la época.

Santiago Rusiñol  visitó Valencia,  donde tenía un amigo, Eduardo López Chavarri, crítico musical, comprometido con el modernismo e introductor de la corriente wagneriana en Valencia. En 1907, López Chavarri escribió un libro de cuentos que se considera como la primera obra modernista valenciana y en el que Rusiñol escribió el prólogo. En 1901 Rusiñol pinta un cuadro luminista titulado El mercado central, en el que aparece la iglesia de los Santos Juanes con sus típicos tenderetes.

El escultor Josep Llimona, (1864-1934) perteneció a la asociación católica del Cercle Artístic de Sant Lluch, que promovía un arte que nada tenía que ver con lo que se hacía en el resto de Europa en ese tiempo. Es un arte regionalista, ruralista y conservador que conecta con el simbolismo y que promueve una cierta espiritualidad como se puede apreciar en las obras expuestas Modestià (1891) y  Desconsol (1907).

Hermenegildo Anglada Camarasa (1871-1959) inicia su actividad artística en la escuela de la  Lotja. En 1897 marchó a París donde su pintura evoluciona de forma considerable. En torno a 1900 pinta escenas parisienses, especialmente interiores de cabaret y casinos. Su pintura es exquisita, muy personal, de gran habilidad, muy osada en el cromatismo y de gran sofisticación. En 1904 viene a Valencia y descubre una nueva temática basada en la expresión del tipismo valenciano  pero alejada de los esquemas de la pintura regionalista, La novia de Benimàmet (1906) responde a esa temática. Para Anglada Camarasa la realización técnica en la pintura domina siempre sobre el tema. Su pintoresquismo es, ante todo, de las formas y los colores, de la composición y de la luz, de la idealización sofisticada de los temas populares, que se convierten, en él, en pretexto para una pintura como en Danza gitana (1900). La importancia que el color adquiere en la obra de Anglada se pone de manifiesto en la sustitución de la linealidad por masas de color.

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