Año X - Número 60
Actualizado a 20/09/2012
Emilio Gascó Contell.
Capítulo III del libro "Genio y Figura de Vicente Blasco Ibáñez. Agitador, aventurero y novelista". Editora: Murta.
Una nueva etapa de su existencia. Estamos en 1909. Blasco acaba de cumplir 42 años y ya se encuentra en posesión de un importante bagaje literario. Sus facultades peculiares, las que fueron elaborando y caracterizando su personalidad, conocen la plenitud.
Esa personalidad de Blasco, impetuosa, violenta, fecunda, ha sido discutida, aclamada, vituperada, admitida, combatida... ; pero lo cierto es que hay un considerable tipo, cada vez más universal, que se llama Vicente Blasco Ibáñez, y lo que más importa, un hecho literario : Blasco.
La ocasión de aquel nuevo viaje, cuyo contrato inicial prometía sin duda más amplios horizontes, no podía presentársele más a tiempo. Empezaba a fatigarle el forzoso sedentarismo de su vida madrileña, sin otras emociones fuertes que algún desafío más o menos político, y tenía en los nervios una sensación de asfixia. Necesitaba aires y ambientes nuevos, aunque no por el deliberado propósito de acopiar materiales para sus futuras novelas, sino para inhalar la vida a pleno pulmón.
«Cuando acabo de escribir — decía Blasco — me sumo inmediatamente a la vida y me codeo con el público de la calle, con las muchedumbres buenas o malas. Es como si reviviera yo a la vez, e insensiblemente me asimilo de nuevo las mil variedades diversas de lo real. Eso es lo que devuelve al novelista la tonicidad perdida en el transcurso de sus largas horas de escritura en el gabinete; eso es lo que torna a crear la actividad productora...»
Pero hablemos del viaje que se disponía a emprender por Sudamérica.
El entonces empresario del Teatro Odeón, de Buenos Aires, Faustino Da Costa, que ya había contratado anteriormente para dar conferencias a Jaurés, Clemenceau, Guillermo Perrero y otras personalidades europeas, puso aquella vez sus miras en Anatole France y Vicente Blasco Ibáñez.
El objeto de dichas conferencias era, sobre todo, poner las ideas y las literaturas más salientes de Europa en contacto con los países hispanoamericanos. Blasco aceptó alborozado la proposición y poco después emprendía su primer viaje trasatlántico.
Para apreciar la importancia que el nombre de Blasco tenía entre el público bonaerense hay que hacer notar que, durante muchos años, el ambiente literario había vivido allí bajo la poderosa influencia de la escuela naturalista, y que al novelista valenciano le atribuían la más alta representación española de dicha escuela, cuyo pontífice había sido Emilio Zola. Cañas y barro, La Catedral, La bodega, El intruso, eran las obras más difundidas entre el público argentino, y éste sentía por Blasco Ibáñez una admiración muy viva. Por otra parte, Buenos Aires tiene tantos españoles como habitantes cualquier ciudad española, a excepción de Madrid y Barcelona. Sus innumerables sociedades regionales y sus enormes corporaciones mutualistas, sus centros de cultura y su nutrida población laboriosa, daban a la colonia española los elementos indispensables para tributar a su célebre compatriota un imponente recibimiento popular. Añádase que el público nativo sentía en aquella coyuntura la misma simpatía, y nadie extrañará que el día de su llegada, un día “radioso”, como dicen los argentinos, una inmensa multitud se aglomerase desde muy temprano en las calles para ver pasar al célebre novelista español.
“El día presentaba el aspecto de un día de fiesta —ha referido un testigo de la llegada, el periodista argentino Enrique Villarreal—; multitud de pequeñas embarcaciones empavesadas con oriflamas y gallardetes salieron hasta la rada exterior a esperar y acompañar al trasatlántico, donde llegaba el ilustre huésped. Serían las diez de la mañana cuando el vapor atracó en uno de los diques, y tan pronto como las amarras se echaron a tierra, un alarido de júbilo hendió los aires. El recibimiento público de Blasco Ibáñez fue uno de los más grandes que se tributaron en Buenos Aires a extranjeros ilustres. La multitud acompañó al escritor en todo su trayecto, y allí se oían las aclamaciones regionales más variadas del pueblo español. Desde el puerto hasta la Plaza de Mayo, frente al Palacio del Gobierno, el coche en que iba el novelista no podía casi avanzar, tanto era el público que se apiñaba a su alrededor sobre la calzada del Paseo de Julio. Al llegar su coche a la Plaza de Mayo, el gentío abrió paso y Blasco se sintió como abrazado por Buenos Aires. Había penetrado en el turbión de vida y de trabajo de la gran ciudad y su primera visión fue la de la Avenida de Mayo, artería que a esa hora mostraba toda la fuerza laboriosa del pueblo. Y esa visión se grabó en sus ojos tan profunda y nítidamente que años después la reproducía para cerrar el último capítulo de Los Argonautas.»
Á esta descripción entusiasta del periodista bonaerense podemos añadir otra que, aunque de tono sarcástico, no es menos significativa del buen pie con que desembarcaba el novelista valenciano en tierras de América.
Se trata de las notas de viaje de Jean-Jacques Brousson, el secretario de Anatole France, que acompañaba a éste en su excursión literaria y cuyas sesiones de conferenciante en el Odeón iban a alternar con las de Blasco (i) :
«Competencia : ha llegado a Buenos Aires otro conferenciante, Blasco Ibáñez. De llegada ya nos da jaque-mate. Una multitud inmensa y delirante ha ido a esperarle, llevándole en triunfo hasta su hotel. Desde el balcón, el célebre novelista ha improvisado una furiosa arenga que ha precipitado, bajo él, como oleadas, la turba convulsionaría. Con sus potentes manos modelaba el hierro de la barandilla. Le echaba a la multitud el corazón, el pañuelo, los puños de la camisa. Había en él algo del matador que brinda en el ruedo, del tenor que «bisa» un aria, del capuchino que se agita en el pulpito, del rey de los «camelots», del poeta que improvisa, del sacamuelas... El pueblo ha permanecido largo tiempo bajo el balcón vacío. Hasta hubo sus conatos de motín. Y para apaciguarlos, el escritor español ha tenido que recomenzar cinco o seis veces su calurosa arenga. El programa de Blasco Ibáñez nos hace mucho daño. Hay que confesar que su minuta es más copiosa y variada que la nuestra. Nosotros no tenemos más que un solo plato : «Rabelais», bastante duro de roer. Blasco Ibáñez hablará sucesivamente de Napoleón, de Wágner, de los pintores del Renacimiento, de la Revolución francesa, de Cervantes, de cocina, de filosofía, del teatro contemporáneo, de la Cuestión Social, de la Ciencia, de la Argentina...
—Es el hombre-orquesta —ha murmurado Anatole France...— No me pueden exigir, a mi edad, que yo haga otro tanto.»
La flecha de «Monsieur Bergeret», sacada por Brousson de su carcaj, llevaba veneno; pero no había lugar a que diera en el blanco. El fracaso de las conferencias sobre Rabelais fue, sin duda, injusto, pero real; como reales fueron los clamorosos éxitos de Blasco en el despliegue de sus extraordinarias facultades de orador.
Su estancia como conferenciante en Sudamérica había de prolongarse durante nueve meses, y en todo este tiempo circuló a través de la Argentina, el Paraguay y Chile, pronunciando un centenar de discursos. Innecesario será decir que una campaña oratoria de tan considerable magnitud, realizada en semejantes condiciones, carecía en absoluto de preparación, y que las improvisaciones eran las más de las veces el producto virgen de la facundia imaginativa. Cualquier tema local o nacional, nacional o exterior, político o puramente artístico, constituía para aquellos públicos una oración apasionante. El propio Blasco me refería muchos años más tarde—y con ello confirmaba ingenuamente el fondo de parecido que conservaba la cruel caricatura del viejo France—que a su llegada a cual-quier ciudad nueva se enteraba por los periódicos o por las autoridades del tema sobre el cual deseaban que disertase. Con frecuencia le señalaban un asunto de interés local. Y entonces, unas simples lecturas técnicas, una rápida información bastaban al orador para estar hablando aquella misma noche durante hora y media..., pero sin aburrir jamás al auditorio.
Así iba Blasco coleccionando ovaciones y pesos, más necesitado, sin duda de lo segundo que de lo primero. Pero la preponderancia exclusiva que estaba dando a las facultades oratorias tuvo por resultado atrofiar momentáneamente las dotes del escritor. «Cuando regresé a Europa—habla Blasco—había olvidado por completo mi oficio. En aquellos nueve meses de discurseador, cuando me ocurría tener, que escribir, había de apelar al dictado. Y todo lo que dictaba lo hacía con un acento espantosamente declamatorio y enfático...»
No faltaron los incidentes. Aquel mozo audaz, dinámico, arrogante... y soñador, ((llevaba el escándalo consigo», y su espíritu aventurero que, a los 42 años conocía la plenitud de su vigor, halló ancho campo donde desbordarse.
Un periodista también valenciano, Julio Cola, que acompañó a Blasco Ibáñez en aquella circunstancia sirviéndole de secretario (y que había de asistir como tal a los subsiguientes avalares colonizadores de don Vicente) publicó un vivo y nutrido anécdotario de tan inolvidable periplo. Entre esas anécdotas recogeremos una de su estancia en Chile :
"Su entrada en Santiago de Chile —ha escrito Julio Cola— puso a prueba una vez más el temperamento de lucha de este notable hombre, que supo afrontar cuantas graves dificultades se le presentaron en su vida.
Don ocupaba la presidencia de la República de Chile, y tanto el primer mandatario como su muy culta señora figuraban entre los admiradores de Blasco Ibáñez. No obstante contar con tan elevadas amistades y con el grandioso recibimiento que se le dispensó al novelista español por el pueblo chileno a su arribo al país que baña el Pacífico, los irreconciliables enemigos del político laico quisieron exteriorizar su desagrado, y, en efecto, en la Prensa afecta a sus creencias religiosas emprendieron violentísimas campañas contra el literato visitante. Pero, por si esto fuera poco, llegaron hasta movilizar gentes, las que, inconscientemente, se produjeron promoviendo manifestaciones callejeras de hostilidad a Blasco Ibáñez.
En vista de tan desagradable contratiempo, y ante tan inquieta situación, Blasco no pudo menos de sentirse zaherido, e inquieto y malhumorado llamó a su representante y organizador del ciclo de conferencias en Santiago, y, con ánimo resuelto, le habló de este modo:
—Iglesias, es necesario afrontar esta situación difícil que se nos ha creado, cueste lo que cueste, y para ello he de decidirme y dar el pecho, pase lo que pase... Ahora mismo anunciará usted una conferencia pública, que yo daré mañana a ese pueblo chileno que públicamente protesta, y a él le pediré explicaciones de su conducta.
El representante quedóse perplejo oyendo al novelista, y tan absurdo le parecía lo que le proponía que no se atrevía ni a contestar. Tras una pausa prolongada, rompió en una interrogación como para salir de su asombro:
—¿Pero sabe usted lo que me ordena, don Vicente?
—Sí, ciertamente —se apresuró a contestarle el literato, enfurecido—, sencillamente que anuncie una conferencia pública que daré yo gratuitamente. ..
—Temo pueda ocurrir—balbuceó el empresario, contrariado—... ¿No sería más prudente—añadió con abnegación—renunciar a las conferencias y regresar a la Argentina, visto el cariz...?
— ¡Cómo...! Regresar a Buenos Aires impotentes, cabizbajos y fraca¬sados... ¡Eso, nunca; esas palabras no rezan en mi credo...! —Y añadió resueltamente—: Haga sin vacilación lo que le digo... Créame.
Hubo tal firmeza en las palabras del novelista que Iglesias le obedeció al fin, entre dudas y temores. Fuese a ejecutar las órdenes de Blasco Ibáñez, enviando notas a los periódicos y anunciando en la cartelera del teatro Municipal el acontecimiento de una conferencia gratuita: "Blasco Ibáñez comparecerá ante el pueblo chileno para explicar los motivos de su viaje a este país."
Jamás experimentamos más emoción los lugartenientes de Blasco ante el gesto de este hombre. ¿Que irá a ocurrir mañana?, nos preguntábamos ávidos, inquietos y azorados. Temíamos hasta un atentado personal... ¿En qué acabaría aquella situación difícil...? ¿Cómo saldría el novelista de tan dura prueba? Realmente, era peligroso comparecer ante un auditorio hostil que así se manifestaba públicamente. Realmente, Blasco Ibáñez era un temperamento inquieto y nervioso, y cuando le acontecía un hecho desagradable en su vida exaltábase y poníase de un humor verdaderamente imposible. Los que vivíamos a su alrededor soportábamos pacientes sus iras y furores. ¿Pero los extraños soportarían de igual modo sus exaltaciones? Al amanecer de aquel día memorable, Blasco se hallaba de pie, paseando de un extremo a otro del hotel, nervioso, pero reconcentrado, abstraído a veces en sus reflexiones. No había medio de sacarle a veces de su ensimismamiento, ni siquiera lo intentamos. Tal era nuestro temor. Veíasele consumir cigarrillos uno tras otro. Absorber la pipa a fuertes chupadas, encender cigarros que parecían deshacerse en grandes bocanadas de humo... Comimos silenciosamente, sin levantar la mirada, sin que el novelista pronunciara palabra alguna. Sus ojos apenas se fijaron en nosotros. Se acercaba la hora de la conferencia, y observándolo así, diligente Blasco vistióse con pulcritud y esmero, sin preocupación inquietadora. Reclamó su chaquet, sus zapatos acharolados, aderezó las guías de su bigote, rizadas en frío... Y canturreando algo de Wágner paseaba, paciente, el momento de peligro. Notábase que Blasco conservaba más serenidad, más sangre fría, a medida que se acercaba la hora del acto. No hablaba, pero sus ademanes y resoluciones eran naturales, resueltas, afirmativas. Al fin consultó el reloj, y viendo que se acercaba la hora de la anunciada conferencia exclamó animoso:
—Vamos al teatro. No hay que hacer esperar a la gente...
Cuando llegamos al coliseo éste se hallaba rebosante de público, totalmente lleno. Desde el escenario percibíase un fuerte murmullo de expectación, un griterío sordo, pero encendido de pasión hostil.
Nuestras dudas y temores se acentuaron entonces extraordinariamente.
Pero Blasco Ibáñez, resuelto y decidido, compareció ante el público sin ceremonia previa, sin más presentación que su propia palabra... Los hostilizadores aprovecharon el momento para armar con su gritería un alboroto grande, y el desconcierto en el primer momento fue extraordinario... ¡Quién iba a poder hablar! —nos decíamos azorados ante tal confusión de público, y en su mayoría hostil al novelista.
Pero Blasco, el tribuno de las multitudes, no se arredró ante ello; por el contrario, acostumbrado a dominar a las masas, se adelantó más al proscenio, llegó a las candilejas, y allí, enérgico y viril, levantó su voz y su brazo, exclamando frenético:
"Pueblo chileno, yo he venido a Chile en son de paz... La guerra que se me provoca es innoble, no propia de una raza valiente y aguerrida como la vuestra y sería negar que descendéis de aztecas y de godos. Ha llegado ante vosotros el literato español, el novelista, jamás el político ni el revolucionario... Pero éste, tenedlo presente, no se esconde ni huye: si de nuevo se me hace percibir el olor a pólvora sabré responder... Pero ésta no fue la intención que me llevó hasta aquí. En tal caso tendría que substituir los temas de mis anunciadas conferencias literarias por otras de ideas políticas y dogmáticas... Y no aspiro a eso. Vengo en son de paz..."
El gran tribuno consiguió adueñarse con su cálida palabra de la muchedumbre que le era hostil, y poco a poco se produjo el milagro de trocar la gritería por aplausos y hasta por entusiastas ovaciones... Aquel público, que con desagrado le había recibido, acabó por aclamarle, frenético.
Lo que ocurrió después fue más significativo... Aquella multitud, enardecida por las palabras de Blasco Ibáñez, salió del coliseo en compacta manifestación, y por las calles de la ciudad imperial de Santiago iba aclamando al literato visitante. Ante la Prensa que censuras había expresado, jue había atacado al novelista, se dejaron sentir los efectos de aquellas; gentes, entusiasmadas por las palabras del tribuno. Al día siguiente los comentarios que esta Prensa hacía eran muy diferentes de los que se había permitido días anteriores... Blasco Ibáñez, con aquel gesto viril, consiguió triunfar en Chile.
Sus conferencias, pues, con tal expectación pública, alcanzaron un éxito sin precedentes. Blasco se adueñó del país, reduciendo a sus irreconciliables icmigos al silencio, al fracaso, a la derrota."
Durante aquella gira, que en el ánimo de Blasco iba a durar dos o tres años, había proyectado recorrer todos los países americanos de lengua española ; pero de pronto se sintió aburrido, y el aventurero que latía con fuerza en el fondo de su ser le impuso un inaudito viraje en el que naufragaron todos sus planes de conferenciante. De pronto, y por amor a la acción, Blasco Ibáñez acometió una empresa colonizadora y se puso a cifrar todo su empeño en ser un roturador de tierras vírgenes.
«Comenzaba—ha dicho Blasco Ibáñez—la más hermosa de mis aventuras. Mi viaje de conferencista no iba guiado únicamente por un interés pecuniario. Obedecía al programa de mi empresario cuando se trataba de grandes ciudades. Pero siempre que tenía que emprender a través de la Argentina uno de esos largos viajes de que nuestro viejo mundo no puede formarse una idea exacta, volvía a ser el escolar caprichoso de antaño; o, por mejor decir, el artista se superponía al orador, y a fin de contemplar una maravilla de la naturaleza o de estudiar una colonia agrícola interesante, violentaba sin escrúpulo el itinerario fijado. Así pude ver la Argentina mejor que ningún otro conferencista, e incluso mejor que ningún otro viajero europeo, desde la zona tropical hasta los territorios helados del extremo sur. A veces, el empresario que dirigía mis desplazamientos desde Buenos Aires me creía ocupado en arengar tal o cual auditorio de una capital de provincia, cuando una noticia de los periódicos le enteraba de que yo me había desviado del camino y estaba en una toldería del norte observando las costumbres de los indios. Parecía que resucitase en mí el alma vagabunda de los viejos conquistadores. Sentía la tentación de los territorios primitivos, la fiebre de luchas con la tierra salvaje, entreteniéndome en evocar con melancolía la obra de los primeros hombres blancos llegados para civilizar las Indias Occidentales. Algunos argentinos ilustres, que adivinaban mi pensamiento, no tardaron en tentarme con sus ofertas. ¿Por qué no me quedaba en la Argentina y levantaba una fortuna en el oficio de cultivador de tierras ? Al principio me negué; pero luego me fui dejando ganar por la quimera. El ensueño de hacerme millonario, aunque no fuese más que por una temporada; la perspectiva de mandar en un ejército de trabajadores, de transformar el aspecto de un rincón del mundo, de crear lugares habitables en el desierto, eran visiones demasiado brillantes para que no aceptase correr los riesgos de una empresa tan gigantesca.»
Total: que Blasco, aunque vagamente inquieto ante un cambio tan radical de existencia, acabó por cancelar sus compromisos de conferenciante y regresó bruscamente a España con el fin de organizar una emigración de colonos hacia las tierras argentinas.
No le fue difícil hallar en Valencia lo que buscaba: campesinos de la región, avezados a establecer los más eficaces sistemas de regadío y a trabajar la tierra con amor y rendimiento. Más de un «Batiste», tan poco afortunado, al cabo, en la aventura ar¬gentina como lo fuera en La barraca, acompañó a Blasco participando al principio de sus ilusiones, de sus esfuerzos después y, finalmente, del fracaso en que había de hundirse «la más hermosa de las aventuras».
Hasta aquel momento no habían sido ciertamente la previsión y la mesura virtudes que pudieran atribuírsele a Vicente Blasco Ibáñez.
Marchó éste a Madrid y, mitad por gratitud hacia un país que tan bien le había recibido, mitad por el provecho que iba a reportarle, escribió de enero a junio de 1910 una obra de proporciones monumentales: La Argentina y sus grandezas, editada en cuarto mayor, profusamente ilustrada y que constituía una descripción muy completa y entusiasta de la gran República del Plata.
Al regresar, poco después, a la Argentina, la transformación del novelista en colonizador era completa. Testimonio elocuente de esta metamorfosis nos han dejado unas fotografías del Blasco de aquel tiempo : Blasco a caballo, en las estribaciones de los Andes y vistiendo el poncho campesino ; Blasco fraternizando con unos indios casi antropófagos; Blasco enfundado en un casacón de pieles y dirigiendo la apertura de unos canales de riego en pleno invierno patagónico; Blasco en su rancho de Corrientes, despachando con su intendente, bajo una piel de puma; Blasco dirigiendo la fabricación de ladrillos a máquina para ir levantando edificios en la colonia; Blasco en la selva, empuñando un rifle...
Testigo presencial, mejor aún, elemento activo de la nueva empresa a las órdenes de Blasco, nuestro ya mencionado Julio Cola, «compañero de letras y de aventuras americanas» de Don Vicente, va a referirnos los curiosos preliminares de estos planes colonizadores :
"Había terminado Blasco Ibáñez su tournée de conferencias y también su libro sobre la Argentina, cuando el doctor José Figueroa Alcorta, presidente de la República y gran amigo suyo, le propuso una concesión de tierras en Río Negro para que las colonizase. Siempre recordaré aquel día. Blasco llegó al hotel entusiasmado; por su imaginación se agitaban fantásticos pla¬nes colonizadores, y al trazar sus proyecciones se reflejaba el artista vigoroso y creador.
—Se me conceden dos leguas de tierras —exclamó entusiasta— en territorio hirsuto, y para obtener su propiedad tengo que destroncarlas y prepararlas al cultivo de riego. Hay que dotarlas de maquinaria y canales para la irrigación.
El doctor Carlos Malagarriga y Justo López de Gomara, director de El Diario Español, asistieron a la exposición hecha por el novelista. Este último había fundado un pueblo en territorio de Mendoza, San Rafael, y a pesar de ser hombre curtido en tales menesteres y poeta a la vez, permaneció como extasiado oyendo al novelista trazar sus futuros planes.
Blasco, en sus proyecciones, estaba insuperable... "Todo esto—decía señalando en el plano las dimensiones del territorio objeto de la concesión— será algo grande, maravilloso... Por aquí haré construir canales para que absorban las aguas de Río Negro y puedan regar las dos leguas de tierras, que dedicaré a cultivo intenso. Con ello se acabará el atraso en que viven estas sedientas y vírgenes tierras. ¿Ven ustedes esta línea de ferrocarril? Pues aquí se impone un apeadero, que en el futuro, cuando este territorio se halle intensamente poblado, llegará a ser estación populosa. Esto lo dedicaré a calles, donde se construirán las viviendas de los colonos. En el centro, la Plaza Principal. Los colonos tendrán su cooperativa, el mante¬nimiento durante todo el año, libres de explotación de los particulares. No faltará, con el tiempo, su casino, campo de deportes..., etcétera, etcétera..."
Había en las palabras del novelista tal convicción y firmeza que los que le escuchaban no podían por menos que dar su asentimiento, como sugestionados por la realidad de la exposición.
Blasco siguió proyectando a grandes trazos las características que iba a tener la ciudad imaginaria, hasta que hubo que interrogarle por el nombre que daría a esta colonia, a lo que respondió rotundo y afirmativo el novelista:
—Esta fundación se llamará "Cervantes". En estos países de nuestro idioma aún no se le ha hecho justicia al autor del Quijote... Hace falta, pues, perpetuar su nombre en el país por una eternidad, para que viva siempre siquiera en labios de estas gentes... visitar Paraná y Corrientes para firmar las propuestas de adquisición y el cobro de ejemplares de La Argentina y sus grandezas.
Aquellos días los dedicamos a la adquisición de prendas de uso. El Blasco colonizador requería de polainas, de leguis, de trajes de brin, de poncho, facón y hasta revólver..."
Todo esto podría parecer disparatado si nos empeñamos en considerar que Blasco Ibáñez fue un trabajador exclusivamente intelectual, lo que Julien Benda ha llamado un «clerc». Pero ocurre que en Blasco el «hombre de letras» no anuló jamás al hombre de acción. Hasta en sus últimos años tuvo que ceder a esa tiranía temperamental que le empujaba a descuidar su oficio de escritor y a mezclarse en aventuras que en nada favorecían, a la postre, su renombre.
Ya fuese en la política, o en la oratoria de masas, o en los viajes, o en la empresa colonizadora, Blasco Ibáñez siempre dejó en libertad el dinamismo, la agitación, las exaltaciones que le caracterizaron desde su primera juventud.
No era hombre para soñar en la sórdida tertulia de cualquier botillería madrileña, cual le ocurría por ejemplo al excelso Valle Inclán, una brillante ristra de fantasías localizadas en tierras exóticas y más o menos calientes; ni consumir así las horas y los años describiendo sus propios excesos de imaginación con desaforados gestos de pueril «(heroísmo» ante unos contertulios por lo común discretos, que pasaban socarronamente la velada oyendo relatar, cual en un teatrillo, una sucesión interminable de episodios, todos muy bellos y amenos, pero todos inventados.
Cuando Blasco decidió trocarse en hombre de los campos y afrontar los peligros de una naturaleza indómita, y convivir con indios y mestizos semicivilizados, a fin de dar realidad a su deseo, se fue a vivir, a trabajar y a luchar en pleno desierto, en unos terrenos jamás roturados que se le concedieron en el territorio de Río Negro, en plena Patagonia.
Algo de lo que pretendía realizar en aquellas regiones desérticas hubo de pintarlo luego cuando describió al centauro Madariaga de sus Cuatro jinetes, personaje estupendo que responde, sin embargo, a una realidad constantemente creada y vuelta a crear en tierras americanas por tantos y tantos emigrados españoles, los cuales renovaron y siguen renovando, en unos u otros confines, de acuerdo con las exigencias y el estilo de cada época, la gesta primitiva del conquistador.
La nueva colonia, a la que Blasco puso el nombre de «Cervantes», se hallaba en la margen izquierda del río Negro, del que tomaba su nombre una Gobernación o Territorio poblado por unas 10.000 almas y cuya capital, Viedma, contaba poco más de 1.500.
Los aspectos esenciales de esas regiones salvajes y grandiosas, interminables soledades donde se ensañan las trombas de tierra; donde, como en el Sahara, falaces espejismos acechan a las caravanas de muías en su ruta incierta, igual que en los desiertos africanos a las de los camellos, en medio de los mismos tormentos del hambre y de la sed, fueron descritos posteriormente por Blasco, con la emoción de lo vivido, en La tierra de todos. Y también pudo decir en las primeras páginas de La vuelta al mundo:
«Yo, que he vivido en terrenos desiertos de América, sufriendo las penalidades del colonizador... sé por experiencia que la Naturaleza sólo es madre cuando el hombre la ha vencido y esclavizado, haciéndola saber que existe. Donde los humanos no la pisotearon en masa durante siglos, y no la golpean y desgarran todos los años con millares de brazos y de máquinas, es una madrastra que nos ignora y nos abruma bajo sus exuberancias crueles más aún que a los seres inferiores, mejor preparados para amoldarse a sus asperezas.»
Pero en aquella quijotesca aventura que Blasco —escritor de éxito que ya contaba con una veintena de libros célebres— afrontaba con todas sus consecuencias, no sólo tuvo que sostener una lucha con la tierra y con los hombres, sino también con los Ban¬cos que le habían prometido patrocinar su obra de colonizador, y a quienes era preciso acudir con frecuencia para que continuaran prestándole su ayuda financiera.
La obra prosperaba a pesar de todas las dificultades. Las tie¬rras se iban roturando y fertilizando merced a un sistema de riegos tomado del que existe en la huerta de Valencia. Iban levantándose viviendas de albañilería a las que podía accederse por medio de una estación, simple edificio de madera donde campeaba este nombre «Cervantes».
Pero aún hubo más : En plena construcción de esta colonia patagónica, casi en el extremo sur y que conocía temperaturas invernales de dieciocho grados bajo cero, Blasco se comprometió a realizar una segunda empresa colonizadora en el extremo norte de la Argentina, en otros terrenos enclavados en plena zona tropical. La nueva colonia, bautizada por Blasco con el nombre de < Nueva Valencia», se hallaba en las fronteras del Uruguay y del Paraguay, en la provincia de Corrientes. Entre una y otra colonia había cuatro días y cuatro noches de ferrocarril, y Blasco tuvo que realizar este viaje infinidad de veces, durante todo el tiempo que vivió entregado a su aventura. El mismo ha contado que:
«...a veces llegaba en la mañana a Cervantes, desde Nueva Valencia, después de cuatro días y cuatro noches de tren, y en la misma tarde emprendía el regreso, pausando así ocho días y ocho noches consecutivos en ferrocarril. Asombra, y hay motivo para asombrarse, que mi salud haya podido resistir semejantes viajes, no sólo a causa de la fatiga que implica, sino por el brusco salto que suponían en dos temperaturas opuestas. Más de una vez me ocurrió apearme en Cervantes, viniendo de Nueva Valencia, con la ligera indumentaria del poncho tropical de vivos colores, en medio de un viento glacial que barría aquellas soledades desérticas, o a la inversa, descender en Nueva Valencia, la de tempe¬ratura paradisíaca, en traje patagón, capucha de piel de zorro y pesado arreo antártico. Pero ¡qué prodigiosa variedad de impresiones y de sensaciones recogía en el curso de tales correrías! Mi colonia del norte tenía enfrente el Gran Chaco, vasta región comprendida entre los Andes de Bolivia al oeste, el río Paraguay al este, la meseta de Matto-Grosso al norte y el río Salado al sur.
¡Que vida tan intensa la mía en aquella época! A una tem¬porada pasada en medio del confort refinado de un Palace de la capital argentina, sucedía una estada en la casa de madera de Río Negro. Allí, cuando no tiritaba de frío, galopaba entre torbellinos de polvo levantados por el huracán patagón, que con frecuencia desmonta a los jinetes más diestros. Otras veces, por el contrario, me adormecía en un rancho de Corrientes, donde, antes de cerrar los párpados, veía centellear el incendio sideral de un cielo del trópico a través de los troncos de árboles sin desbastar que servían de muros a mi albergue rústico, o en mis insomnios oía a las ratas chillar de espanto afuera durante las cazas sanguinarias con que las acorralan las serpientes.»
Hablando Blasco Ibáñez, en una de sus últimas obras (i) de ciertos reptiles temibles, evocaba así cómo vivía en aquellos tiempos ((Conozco esta cabeza triangular, conozco su lengua de hilo bifurcado ; conozco sus ojos salientes, que parecen empañarse de blanco al descender sobre ellos el velo membranoso de sus párpados... Mi casa era un rancho de estacas y barro. Un doméstico indio untaba con ajo las patas de mi catre para que no subiesen por ella los reptiles que cazan de noche y se introducen en las viviendas buscando la sociedad del hombre. Al romper el día, antes de calzarme unas botas altas de cuero de cerdo, había que ponerlas boca abajo, por si alguno de estos visitantes se había adormecido en su interior. Más de una vez, al encender luz en plena noche, sorprendí por un momento esta misma cabeza en un agujero del techo o del suelo.»
Bruscamente, en 1913, hubo un nuevo viraje, éste decisivo, en el rumbo de su carrera. Habiendo muerto su entusiasmo de colonizador, Blasco decidió dejar Cervantes y Nueva Valencia y volver a la literatura. Para explicarse bien semejante cambio conviene recordar que, aquel año, la República Argentina sufrió una gran crisis financiera que ocasionó numerosas quiebras; y todos los Bancos dejaron de conceder nuevos créditos, exigiendo al mis¬mo tiempo la devolución de los préstamos anteriores, de lo que nació un enorme pánico.
Al recordar melancólicamente, años después, este triste final de sus empresas agrarias, Blasco me decía que en cualquier otra circunstancia habría luchado con una energía centuplicada, excitada por el obstáculo, conforme a una ley de su temperamento. Pero a la sazón se sintió sin voluntad para reanudar la batalla, y desde hacía ya varios meses experimentaba una laxitud inquietante. Era que en cinco años no había tocado su pluma, como no fuese para alinear cifras o redactar fastidiosos balances. Esta traición a la literatura le ponía nervioso y triste, como a esos enfermos presa de males misteriosos que ningún médico logra diagnosticar. Y he aquí la confesión que me hizo cuando, en el transcurso de una conversación, evocaba yo aquel sueño climatérico de su existencia
«Una mañana, a la hora en que se ve la vida bajo su aspecto verdadero, con todo su relieve, sus contornos y sus formas, me dio vergüenza mi situación. Ganar una fortuna es tarea que exige toda una existencia. Hay buenas gentes que se imaginan que la cosa es fácil. ¡Error profundo! Un premio de lotería, una jugada feliz de Bolsa, bastan, y se ha visto a algunos mortales enriquecerse de tal suerte; pero a muy pocos. Ganar una fortuna con la industria o con la agricultura —en una palabra, con el trabajo— repito que es cuestión de años y de aplicación tenaz. Yo estaba abocado a ser un precursor, como los hay en el origen de cada familia de millonarios de América. ¿Valía mi sacrificio la pena de efectuarlo? Aunque hubiese de llegar a ser algún día un capita-lista auténtico, se podía perdonar el bollo por el coscorrón. ¿A santo de qué sacrificarme para que mis nietos gastasen en Montmartre los capitales reunidos por la labor del abuelo, como ocurre en tantas familias sudamericanas? Y sobre todo, lo que yo no podía admitir era la renuncia definitiva a la literatura, ese acercamiento progresivo a la rusticidad de los colonizadores... ¡No, no, era preciso terminar con eso!»
Blasco vendió, pues, «Cervantes» a una sociedad de colonización. La vendió con pérdida, a causa de la crisis antes mencionada. Tras de pagar sus deudas a los Bancos, quedaron en sus manos acciones de otras empresas coloniales, pero no retiró de la operación final ningún dinero líquido. « ¡Ya veréis —decía a sus íntimos— cómo saldré sin un céntimo de este país donde tantos imbéciles han ganado millones!» En efecto, cuanto dinero trajo de Europa se había volatilizado, y no conservaba, como resultado de su inmenso esfuerzo, más que algunas acciones y obligaciones, <<pedazos de papel» de un valor más que incierto, dadas las fluctuaciones económicas de la Argentina.
La liquidación de su colonia «Nueva Valencia» fue más laboriosa. Un banquero se encargó de ella, reservándose la mitad de la propiedad, y Blasco, creyendo sus asuntos en orden, se embarcó para Europa instalándose en París, donde continuó la redacción de la novela que había de servir de prólogo a la serie de obras que había proyectado sobre Hispanoamérica : Los Argonautas.
Estaba en plena labor de gozosa creación cuando le llegó de la Argentina la noticia inesperada de que su consocio, el banquero que administraba Nueva Valencia, acababa de quebrar. Tuvo que salir inmediatamente para Buenos Aires, a principios de 1914, y allí pasó algunos meses absorbido por toda clase de engorrosas gestiones, pues en aquella quiebra perdió también una cantidad suya que había dejado depositada en dicho Banco.
Regresaba ya a París dispuesto a olvidar sus quebrantos financieros y la dura respuesta que la realidad había dado a sus ambiciones de colonizador, y no pensaba sino en el gran ciclo de novelas que había concebido.
¡Esto será una obra magna —decía el maestro con asombrosa naturalidad—. Deseo abarcar en una gran serie de novelas todas las manifestaciones de la vida presente en los pueblos americanos de habla española y todas las esperanzas del porvenir, evocando al mismo tiempo la gran epopeya de los conquistadores, olvidada por unos y desconocida por otros. Como las novelas de Balzac en La comedia humana, o los «Rougon Macquart» de Zola, estos libros formarán por separado un relato novelesco independiente, pero todos juntos tal vez constituyan algún día una construcción ciclópea que equivalga a la novela de la raza.»
¡Gran labor!
Blasco emprende el trabajo como de costumbre, es decir, con furioso entusiasmo, y, meses después, la aparición de Los Argonautas (libro prólogo que es la novela del Atlántico, de la muchedumbre internacional, y al propio tiempo una evocación de la epopeya del Descubrimiento) devuelve al novelista sus actividades predilectas.
En el segundo volumen iba a hablar de Alonso de Ojeda y de Vasco Núñez de Balboa ; en el tercero, de la conquista de Méjico por Hernán Cortés ; el cuarto lo dedicaría a Francisco Pizarro, el hombre del Perú...
Iba a ser prodigiosa esta «novela de la raza».
Blasco ya ha anunciado otras tres obras que han de seguir in¬mediatamente a Los Argonautas. Son : La ciudad de la esperanza, La tierra de todos y los Murmullos de la selva.
Su serie de novelas americanas iba a ser, según el prospecto, < lo más exacto, lo más completo y emocionante de cuanto se había escrito sobre la epopeya del Nuevo Mundo».
Pero estalla la Guerra Europea.
(*) Fotos: Libro Argentina y sus Grandezas.
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