Volver a la portada de este número

Número 59
18 de Enero de 2010

Literatura

El Camino Hernandiano: 1ª Etapa

El Camino Hernandiano: 2ª Etapa

El Camino Hernandiano: 3ª Etapa

Opinión

Sociedad

Actividades

Entrevista

Nuestra historia y costumbres

Plató

Música

Oro Viejo

Enterarte

ARCOmadrid 2010

EnterArte International

Fotografía Publicidad Centro Histórico

Arte y Libertad

Año X - Número 59

Actualizado a 29/05/2011

3ª Etapa: Albabera-Granja de Rocamora-Cox-Callosa del Segura-Redován y Orihuela

Rubén López Morán.

1 2 3

Huerta del Camino de la Serrana

Huerta del Camino de la Serrana

Este pasado octubre se cumplió 70 años del cierre del campo de concentración de Albatera. “De él no queda nada”, señalaba Enrique Gil Hernández, arqueólogo de la Universidad de Alicante, en una información publicada en el diario EL PAÍS al respecto.  “Porque fue debidamente desmantelado y el propio espacio donde estuvo situado”, añadía, “fue dividido para crear un nuevo asentamiento humano, San Isidro”. Es decir, que estamos prácticamente encima de un anticipo de los campos de exterminio nazis. Instalaciones ordenadas, con el fin de concentrar y clasificar gente y con el denominador común de la proximidad del ferrocarril, que fue utilizado como “una gran cinta transportadora” de seres humanos, explicaba el arqueólogo en dicho reportaje.

Aquí no hubo cámaras de gas ni chimeneas humeantes, pero sí fusilamientos y ruedas de reconocimiento por parte de muchas autoridades franquistas venidas desde distintos puntos de España para llevarse a “los suyos” y ser ajusticiados en su pueblo o ciudad de procedencia. Todo un detalle. Para desanimar las evasiones se fusilaba tanto al fugado como al número anterior y posterior a la lista. Por si las moscas. El campo de Albatera llegó a reunir a más de 12.000 personas, según la misma fuente. Y formó parte de los 188 campos de concentración habilitados tras la Guerra Civil Española.

Ese es nuestro pasado, aunque hayamos mirado para otro lado durante demasiado tiempo, dictadura y transición al margen. En la actualidad, queda un monumento en memoria de las personas que permanecieron detenidas: dos vigas de hierro con cadenas enrolladas, colocadas por la CNT y la AIT en 1995, junto al siguiente texto: “En recuerdo de todos los seres humanos que sufrieron y murieron por un mundo más justo y más libre. Campo de Albatera, mayo 1939”. El caminante dio con él, cruzó la vía del tren por el puente peatonal, lo observó, y regresó a la ‘Senda del Poeta’: a su refugio, al campo abierto, al camino.

A Miguel Hernández no le gusta el mundo en el que vive, aunque estaba obligado a vivir en él como todo hijo de vecino. Sin embargo, si hubiera podido recoger sus bártulos, su hatillo de pertenencias, sus versos, y reunirse con su esposa y su hijo en un lugar libre de servidumbres de buena gana se hubiera marchado. Pero le toca sufrir uno de los periodos más convulsos de este país. Y su conciencia le conmina a no quedarse al margen. ‘Cantando espero la muerte, / que hay ruiseñores que cantan / encima de los fusiles / y en medio de las batallas’, mientras las balas le silban por encima de la cabeza en primera línea del frente.

Mucha de su poesía es un arma cargada de futuro, de un futuro más justo y honesto, mejor, en el sentido literal del término, pero otra remite a esa desazón interna que le provoca no poder volver al camino, ser camino, donde ‘la vida es pormenor: hormiga. / Muerte, cariño, pena, / piedra, horizonte, río, luz, espiga’. De no poder regresar en cuerpo y alma a su lugar en el mundo, cuando un rebaño de ovejas era ‘un valle de almidón’; el azahar, ‘la ártica flor del sur’, y la granada, ‘enciclopedia de rubor, revolución de los huertos’. Y las veletas, amigos y amigas del poeta, las veletas no eran otra cosa que  ‘danzarinas en vértices cristianos / que hacen a los vientos planos / índices de sus dudas’.

De lo que no hay duda es que estamos muy cerca del comienzo. Del nacedero. Donde un 30 de octubre del año de gracia poética de 1910, en Orihuela, lugar situado a 50 kilómetros de Alicante y 20 de Murcia, nació un poeta llamado Miguel Hernández. El que escribe no puede sino sentir un cierto escalofrío. Es del todo comprensible, porque la Senda le ha refrescado muchos de sus versos, y todo recuerdo, no lo olviden, es el presente. Pero ahora ese presente se hace más palpable, porque en la comarca del Bajo Segura, su patria chica, no sólo somos capaces de recordarlos en voz baja, sino que además podemos verlos, escucharlos y tocarlos. Convendrán conmigo que es un salto cualitativo, porque ahora caminamos, respiramos y vemos lugares que él pisa, respira y mira, aunque hayan sufrido lo suyo con el paso contumaz del tiempo. En definitiva, vislumbramos la tierra que le hiere gravemente de vida. ‘¡Contemplad; esta es mi tierra!’, parece decirnos a cada paso. Y nosotros, rendidos, la disfrutamos camino de Granja de Rocamora, Cox, Callosa del Segura, Redován y...Orihuela.

Pero no corramos tanto, que la puerta de su casa siempre está abierta, incluso en domingos y festivos. La partida de la Huerta del término municipal de Granja de Rocamora hace honor a su nombre. Los campos están hechos un primor. La tierra es oscura y fina. Se deshace entre las manos de tantas veces que ha sido arada, sembrada y alisada, para de nuevo volver a escribir sobre ella rectos renglones de una agricultura secular. Presenciamos el arte de la tierra, y el agua corre desde la boca de las acequias oscureciéndola. No hay huella que no quede impresa. Necesitaríamos de una espátula para enlucirla de nuevo. Aquí se presencia escenas de otro tiempo, donde el tiempo no es oro, sino luz. Un labrador pedalea en una bicicleta que le queda abiertamente pequeña, con la camisa abotonada hasta el cuello. Un carro es tirado por una acémila, el aire huele a sazón, y ‘los nuncios de los días’, los campanarios, pautan las horas del día.            

La ‘Senda del Poeta’ no tiene pérdida. Ahí está la sierra haciendo esquina; el  castillo de Cox coronando su último escollo, mientras la undosa huerta lame sus orillas. Hoy, sin embargo, los municipios le han ganado mucho terreno a ese mar de sembrados. Se han despegado de la montaña derramándose en el llano mediante espigones de adosados. Aun así, estas poblaciones continúan ganándose la vida doblando el espinazo sobre el campo y se nota en el camino de la Serrana que circunda Cox. Según la Topoguía, el poeta vive aquí su etapa familiar y de mayor compromiso político. Nos lo imaginamos volviendo del frente, de permiso, para ver a su esposa y a sus hijos:  Manuel Ramón y Manuel Miguel. El primero se le muere con 10 meses de edad, ‘flor que no fue capaz de endurecer los dientes’; y el segundo, apenas pudo disfrutar de su compañía, porque al término de la guerra fue detenido y encarcelado. ¿Cuántas ausencias tuvo que afrontar este hombre bueno? ¿Cuál fue su pecado?

Una vez el caminante logró doblar la sierra, decide hacer un alto en el camino en un bar del Rincón de Redován. Se acoda en la barra y pide un bombón: un café con un dedo de leche condensada. Está cerca del final y por una vez va bien de tiempo. Observa el paisanaje. Hombres jugando al dominó y a las cartas; una pareja de dudoso aspecto, y un goteo constante de clientes comprando tabaco. Muchos de ellos de origen magrebí. El bar hace también las funciones de estanco. Con marcas de cajetillas que el caminante creía ya desaparecidas: Sombra, Celtas, Philip Morris. Le entran ganas de comprar un paquete y fumarse un cigarro. Pero se contiene, saca de su mochila una barrita energética y la parte en pedazos mientras a sorbos cortos toma el bombón. Para su salud una decisión acertada, para su alma otra renuncia. Una más.

En Redován nació el padre del poeta. Con el que se las tuvo prietas. Tampoco conviene ser muy estrictos con la actitud paterna, ante un retoño, reconozcámoslo, que le sale rana. Es decir, con veleidades artísticas. No tuvo que ser fácil para él. No obstante, en su descargo, le permite estudiar hasta los 14 años, un hecho excepcional en la España de principios del siglo pasado. Y aunque es muy probable que le indicara en más de una ocasión donde tenía la puerta si no entraba en razón, le acoge de nuevo en su casa tras un primer viaje a Madrid que no cumple con las expectativas. Seguramente Miguel soportó más de un  “ya te lo dije”, pero allí tenía un techo y un plato caliente que llevarse a la boca. Parece ser que una vez muere el poeta, el padre manifiesta un crudo “él se lo había buscado”. Son cosas que se dicen en caliente, y que muy a menudo se está muy lejos de sentir de corazón.                     

Sólo nos queda cubrir el Camino Viejo de Callosa del Segura. Vamos, que estamos a cuatro pasos de Orihuela. Campos de naranjos, limoneros, hortalizas y casas de postín nos flanquean hasta la antigua puerta de la ciudad, junto al colegio de Santo Domingo. Sin embargo, antes de traspasar el umbral de la casa natalicia del poeta, y dar por terminada la jornada y por tanto la tercera y última etapa de este particular Camino Hernandiano, el caminante decidió acercarse a la plaza donde el 14 de abril de 1936 se organiza el homenaje a Ramón Sijé. El compañero del alma de Miguel Hernández, quien fallece repentinamente a los 22 años a consecuencia de una septicemia de corazón.

Miguel se encontraba en Madrid. En su segundo viaje a la capital. El distanciamiento ideológico era patente desde hacía tiempo, lo que había provocado un enfriamiento en lo personal. En cierta forma, el poeta comienza a volar solo. No está bajo el ala protectora del amigo y compañero de juventud. Cuando por boca de Vicente Aleixandre se entera del deceso, algo se le rompe por dentro. Porque en cierto modo el amigo se marcha sin haber aclarado las cosas entre ellos. El poeta nota que tiene una deuda pendiente. Y eso le quema por dentro. Su Elegía es todo eso y más. Es un canto a la amistad, al dolor inconsolable de la pérdida, al remordimiento también, de que las ideas sean capaces de socavar una gran amistad. De ahí la fuerza de los últimos cuatro versos de la Elegía a Ramón Sijé: ‘A las aladas almas de las rosas, / del almendro de nata te requiero, / que tenemos que hablar de muchas cosas, / compañero del alma, compañero’.

En la actualidad, la plaza en cuestión se llama Marqués de Rafal. En su momento fue rotulada con el seudónimo que utilizaba José Ramón Marín Gutiérrez. Muchas han sido las voces que han pedido que se restablezca el nombre como acto de justicia y reconocimiento a su figura. Y más cuando se cumple en este 2010 el 75º aniversario de su muerte. Sería un gesto más que bien podría incluirse en la agenda de actividades que se llevarán a cabo dentro del centenario del nacimiento del poeta oriolano. Porque en definitiva, Miguel no hubiera sido quien fue sin la aportación de su mentor, compañero y amigo. El poeta era consciente de ello. En la propia casa natalicia está colgado el testimonio gráfico del momento del homenaje. De la declamación por el poeta de una de las Elegías más conmovedoras que ha dado la lengua española.

En las paredes de la casa museo hay numerosas fotografías. Instantáneas de la vida de Miguel. Vamos recorriéndolas con la mirada, enmarcándolas en la memoria. ‘Algún día se pondrá el tiempo amarillo sobre mi fotografía’, observa. Ahí el poeta se equivocó de todas todas. Ni siquiera se ha puesto el tiempo amarillo sobre su retrato. Quizá porque el suyo fue hecho a lápiz. Del cual hay uno en la misma casa que puede ser tomado por el que le realiza Buero Vallejo, su compañero de celda en la cárcel de Conde de Toreno de Madrid. Un retrato que se lo hace a instancias del propio Miguel el 25 de enero de 1940. “No quiero dejar de cumplir en lo que puedo mi palabra”, escribe en una nota a su mujer Josefina acompañando al mismo. “Y ya que no puedo ir de carne y hueso”, añade, “iré a lápiz, o sea, dibujado por un compañero de fatigas, como verás, bastante bien”. “Se lo enseñarás al niño todos los días para que vaya conociéndome, y así no me extrañará cuando me vea”, apostilla.

La cabeza rapada. Los pómulos marcados. La barbilla perfilada. Y una mirada transparente, sin doblez, una mirada de verdad. Ese era el poeta. Estamos próximos a la despedida. Hace rato que hemos entrado en la casa. A las afueras de Orihuela, en la calle Miguel Hernández, número 73, pared con pared con la sierra homónima. Ya le hemos puesto rostro a las palabras contenidas en sus versos. Ya hemos visto al hombre que está detrás de todo. Y uno no puede menos que emocionarse. Hay un libro de visitas donde cualquiera puede expresar por escrito sus impresiones.

Antes de despedirme de ustedes lectores, antes de dejar en libertad al caminante para que haga lo que le venga en gana, les confesaré el verdadero motivo que llevó a un servidor a remontar el curso de la vida del poeta oriolano en vez de realizar la Senda tal y como está dispuesta por la Asociación de los Amigos del Poeta, entre los cuales quiero y deseo encontrarme, a pesar de que la haya hecho a la inversa. Lo que se conmemora el año que viene es el centenario de su nacimiento, por tanto, qué mejor homenaje que acabar donde nace, con toda la vida de Miguel por delante. Desgraciadamente fueron sólo 32 años. Pero como todos ustedes saben en uno de sus versos cabe un siglo entero. Es lo que tienen las palabras hermosas: que son para siempre. Si no les importa, yo aquí me quedo un momento, descansando bajo la sombra hospitalaria de la higuera de su huerto, ‘donde la avispa tiene su manida. / Donde ¡Aquí vuelve a empezar todo! Eva. La vida’. Adiós, amigos míos.

Horario de visitas Casa Museo:

Entrada gratuita. Ofrece servicio de visitas guiadas previa cita concertada.

Mañana: 10:00h a 14:00h

Tarde: 17:00h a 20:00h     

Domingo y Festivos: 10:00h a 14:00h

Invierno tarde: 16:00h a 19:00h

Lunes cerrado

Telf. de información: 965 30 63 27

Casa Museo C/ Miguel Hernández, 73

03300 Orihuela

 

(*) Capilla situada en el Camino Viejo de Callosa del Segura.

Lea más:

www.arteylibertad.org/articulo-2741/el-camino-hernandiano-1-etapa

http://www.arteylibertad.org/articulo-2761/el-camino-hernandiano-2-etapa-

Ver comentarios Enviar a un amigo Imprimir