Año X - Número 59
Actualizado a 29/05/2011
Rubén López Morán.
Si la vida da vueltas, qué dará la historia. Si algún pájaro de buen agüero le hubiera cantado a Miguel Hernández que una Universidad iba a ser bautizada con su nombre y apellido, y que un año más tarde, en 1998, ese mismo templo del saber iba a nombrarle Doctor Honoris Causa a título póstumo, como poco hubiera arqueado las cejas, un mohín irónico hubiera reflejado su cara, y sin dar crédito hubiera vuelto a sus asuntos. A él, que su amigo y compañero del alma José Martín Gutiérrez, esto es, Ramón Sijé, llama alumno de bolsillo pobre; él, que procede de una familia de pastores y campesinos de la España de principios del siglo pasado, y que se ve obligado a dejar la escuela a los 14 años para conducir un rebaño de ovejas y así contribuir a la modesta economía familiar.
Evidentemente uno es su yo y sus circunstancias. Para bien y para mal. A Miguel las circunstancias le proporcionan la materia de sus versos, la escena; su yo, en cambio, le colma de voluntad y talento para convertir lo cotidiano en poesía. No nos cabe la menor duda que los poetas nacen poetas, pero se hacen también, porque nadie nace aprendido. Por tanto, bien nombrada está la Universidad, ya que nadie como él para encarnar el triunfo de la voluntad de ser sobre un origen siempre azaroso. Miguel Hernández se quiere y se cree poeta y así lo pregona a los cuatro vientos a expensas de que se rían de él por su ilusa pretensión, al fin y al cabo venida de un cabrero. ‘Me dirijo a vosotros / para deciros: que me he creído ¡vamos! Que tengo pasta de poeta’. Y válgame Dios si la tenía.
Es en Elche, por otra parte, donde recibe el primero y último premio literario en vida. El único reconocimiento público de las bondades de sus versos. Le fue otorgado por el Orfeón Ilicitano en marzo de 1931. Y es a Elche adonde se traslada su esposa Josefina Manresa y su hijo Manuel tras su muerte en el Reformatorio de Adultos de Alicante debido al agravamiento de la tuberculosis contraída en su periplo carcelario. No en vano, es en la capital ilicitana donde aún permanecen depositados sus manuscritos, enseres, objetos como los juguetes que hacía en la cárcel a su hijo, las cartas a Neruda, a Lorca y a su gran amigo Buero Vallejo, desde que en 1982 su viuda los cediera al Ayuntamiento.
Decimos aún, porque la polémica está servida en éste el centenario de su nacimiento. Y no será el caminante quien se meta en camisas de once varas. Pasa entonces de puntillas, pero no sin sentir cierto sonrojo al leer las distintas informaciones aparecidas en los medios de comunicación sobre el tira y afloja que se llevan unos, por ser los depositarios permanentes de su legado; y otros, por sacarle el mayor provecho crematístico al mismo. Pero no nos detengamos más en estas miserias, y regresemos a la senda que nos ha traído hasta aquí: la ‘Senda del Poeta’.
Según los estudiosos de su obra, Miguel Hernández olvida deliberadamente sus poemas precoces por ingenuos e infantiles. Pero a buen seguro que fueron éstos los que inclinaron al tribunal de turno a concederle el premio. Quizá no haya habido otro poeta que haya cantado tanto a la palmera y sus perfiles. Amén de que en Elche por palmeras que no quede. Sólo hay que asomarse a su apreciado skyline desde el puente del Ferrocarril, por ejemplo, para darse cuenta de la magnitud del paisaje que domina ‘la palmera levantina’, esas columnas que parecen tener por tocado ‘un desenlace de surtidor’. Las mismas que hacen crecer al poeta de tanto mirarlas.
Estamos ante una de las regiones más secas de España que sin embargo origina una de las huertas más fértiles de todo el Mediterráneo. Mucho tuvieron que ver en ese milagro esas palmeras que se alinean a cordel en el interior de la ciudad, formando huertos, parques, bosques interminables, mares incluso como gusta en decir a los lugareños. Resultado de la técnica del oasis implantada hace un milenio por los campesinos andalusíes. Y en cierto modo eso parece Elche: una isla verde interrumpiendo la marcha indolente del desierto. Que aquí en la comarca del Bajo Vinalopó está a la vuelta de la esquina. Una ciudad que se cubrió de un manto de cuadros terrosos hilvanado mediante puntadas datileras. Unos campos de autor, que no necesitaban de ‘puntas hirientes’ para abrir párrafos de una agricultura de todo género. Esa era la postal que el caminante esperaba camino de Crevillente. Pero como ustedes lectores supondrán, y suponen bien, la realidad y el deseo corren muy a menudo por caminos separados, paralelos incluso, que sólo se cruzan en el horizonte de cada cual por mera ilusión óptica.
No obstante, antes de toparse con ella debía de encontrar el Camino del Canal. Tras preguntar a unos policías locales, “está lejicos”, le advirtieron, logró dar con él y por ende con la ‘Senda del Poeta’ a la altura de las obras del nuevo Hospital de Elche, junto al flamante Corte Inglés de la Avenida Baix Vinalopó. Tras dejar atrás el percutir de los martillos neumáticos de las obras, el caminante se preparó para recibir su dosis de campos lustrosamente trabajados. ¡Bendita inocencia!, porque lo que se encontró no fue precisamente eso, sino una sucesión interminable de segundas residencias de toda laya. Y ocupando el terreno intermedio: barbechos perpetuos, explotaciones semiabandonadas y un palmeral disperso haciendo corrillos, como si alguien se hubiera preocupado de agruparlo.
Aun así quedan algunas estrofas escritas hace siglos. Vislumbres de un mundo rural hoy desmantelado. Ahí están las alquerías amenazando ruina y las omnipresentes palmeras, la mayoría íntegras, aunque un buen número decapitadas o directamente tumbadas en el suelo. Y como telón de fondo el rumor constante de la Autovía Murcia-Alicante que sólo enmudece al paso del tren. Tanto el canal que da nombre al camino, como los azarbes que nacen de él, están tapados a cal y canto. Es evidente que el progreso trae silencios más ruidosos que ‘las líricas acequias de antaño’.
Ahora bien, el caminante es de naturaleza optimista, aunque atraviese un presente escoltado por carteles que rezan “Obra paralizada por infracción urbanística”. O la condena llegó con los hechos consumados o sus moradores hicieron la vista gorda, reflexionó para sí, porque las viviendas están hechas y derechas. Con su respectiva cuadrilla de vigilantes con muy malas pulgas. Menos mal que los cercados estaban perfectamente sellados porque si no que al caminante le pillasen confesado. Realmente la tierra es tan sufrida como el papel. Aguanta lo que le echen: como esos dos rectángulos con las que se topó el caminante. Uno emplazado al borde del camino; el otro, prácticamente en medio de un barranco. Para su tranquilidad en el primer terreno de juego constató las primeras marcas rojas y blancas del GR-125. Por lo menos iba bien encaminado, se dijo.
La 2ª etapa cuenta con siete indicaciones expresas de la ‘Senda del Poeta’, lo que facilita mucho las cosas. Esta transita en su mayor parte por asfalto puro y duro. Seguramente que el poeta hubiera expresado: ‘¡Asfalto!: ¡qué impiedad para mi planta!’; un hombre acostumbrado a los ‘mundos de arcilla, cuyo contacto imanta, / paisajes de cosecha / caricias y tropiezos de semilla’. Unos paisajes que pueden dominarse desde el puente que salva las vías del tren próximo a la Estación de Crevillente. Es una modesta atalaya, pero constituye un mirador privilegiado de lo que hemos dejado atrás y lo que nos espera. Un lugar para aplicarse el tópico de dónde venimos y a dónde vamos. Así como para abarcar las sierras adustas, de orografías complejas, que cierran el llano, y para divisar en la lontananza ‘unos lamparones tremendos de agua’ pertenecientes al Parque Natural de El Hondo. El cual rozaremos tangencialmente en la próxima etapa. Pero hasta ese momento aún quedan por zanjar varios kilómetros hasta la barriada del Realengo, una población de profundos aires africanos, de casas bajas y muros encalados, al arrimo de mil y una palmeras. Y una vez atravesada, todavía restarán más de un par de miles de metros de carretera pegada a la vía en dirección a San Isidro-Albatera.
Según la topoguía del Camino Hernandiano, nada más llegar a la estación de ferrocarril, justo enfrente, se encuentra el monumento en recuerdo a los que permanecieron detenidos en el campo de concentración ubicado en esta zona tras la Guerra Civil Española. El caminante lo buscó por activa y por pasiva. Preguntó incluso al vendedor de billetes, el cual no supo darle razón, ni por el monumento y mucho menos por el campo en cuestión. Como si aquello fuera impensable en una localidad que ha sido capaz de recuperar para disfrute del pueblo el Palmeral de la Dehesa. Sin embargo, todos tenemos un pasado, aunque permítanme ustedes lectores que éste en concreto lo deje como punto de partida de la tercera y última etapa de la ‘Senda del Poeta’. ¡Ah! y gracias por haber llegado hasta aquí.
(*) El Camino del Canal atraviesa un paisaje paradójico en ocasiones.
(**) La llanura del Bajo Segura, con las lagunas de El Hondo justo en medio.
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