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Número 59
18 de Enero de 2010

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Año X - Número 59

Actualizado a 29/05/2011

Recordando a Francisco Ayala

M. Corachán. Valencia, noviembre’09

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Francisco Ayala

Francisco Ayala

Parece que últimamente los grandes hombres son longevos. Como ejemplo tenemos a Francisco Ayala, uno de los grandes escritores españoles del siglo XX, muerto en plena lucidez a los 103 años y al antropólogo francés Claude Lévi-Straus (del que hablaremos en otro artículo), uno de los intelectuales más relevantes del pasado siglo que nos dejó a la edad de 100 años.

Alguien ha dicho de Ayala que “si la juventud está en el alma, él ha muerto a sus 103 años siendo un hombre joven, antes había sido un joven viejo con una mente lúcida que fascinaba a todo el que se acercaba a él”. Dicen que cuando se le preguntaba por el secreto de su longevidad contestaba en tono jocoso: “Un vaso de whisky diario, una dieta frugal, un poco de genética y muchas dosis de buena suerte”.

Víctor García de la Concha, director de la Real Academia Española, cuenta que el día de su muerte, después de desayunar, Ayala le pidió a Fátima, la mujer marroquí que le cuidaba desde hacía seis años, que le quitara la mascarilla de respirar. “Me voy a morir”, le dijo. “No diga usted eso, don Francisco, ¿cuándo se va a morir?”, le replicó Fátima. “Ahora”, respondió Ayala. Entonces, el escritor le pidió perdón por las molestias que hubiera podido causarle, inclinó la cabeza y se fue.

Para que vean como era este gran hombre les voy a transcribir algunas de las cosas que dijo en una entrevista concedida al periódico El Mundo con motivo de su último cumpleaños. Refiriéndose a su edad: “Lo cierto es que tengo una vitalidad superior a mis deseos. Mi edad ya no es cierta, sino incierta. Lo correcto sería hablar de mi incierta edad. No sé cuándo se terminará, cuándo bajará el telón. Pero el caso es que sigo aquí. Y he vivido intensamente en todos los sentidos. Las he pasado canutas de muchas formas. He sufrido momentos duros, amargos, muy difíciles de llevar...Y si he sobrevivido a eso, ya estoy prevenido para cualquier cosa. Incluso para las entrevistas”. A la pregunta de cómo iba a celebrarlo contestó: “Yo ya no celebro, yo lamento”.

Sobre como recordaba sus 37 años de exilio decía:  “Ahora que miro hacia atrás y aún contemplo con algo de claridad, creo que al exilio le debo todo. En realidad he sido un exiliado toda mi vida, como si esto fuera en definitiva una condición natural de mi biografía. Incluso desde mis inicios literarios. Siempre he estado en una cierta postura contraria. No pertenezco exactamente a ninguna de las generaciones que coexistieron en el primer tercio del siglo XX. Pero estoy en medio de todas. Y eso, creo, ha determinado mi existencia. Digamos que, de esta manera, he estado siempre mirando de costado, con cierta sospecha”. Años antes, hablando sobre este tema rechazaba que hubiera una literatura del exilio, ya que éste “no fue homogéneo, había puntos de partida diferentes y situaciones distintas. (...) Hay que desmitificar el asunto del exilio, porque hubo personas que incluso ascendieron en su escala profesional y no lo pasamos tan mal".

Volvió a España en los años sesenta y se instaló aquí definitivamente en 1976. Poco después se publicaron sus escritos, fue elegido académico de la Lengua, investido doctor honoris causa por las universidades de Madrid, Sevilla y Granada, y recibió el Premio Nacional de Literatura; en los noventa le concedieron el Cervantes y el Príncipe de Asturias de las Letras.

Sobre su forma de pensar afirmaba: “Yo nací escéptico del todo. Ésa ha sido mi fuerza y mi debilidad. Nunca creí demasiado en nada. Siempre he estado en la duda, qué le vamos a hacer. Y la mejor forma de manifestar esa duda, o de aprovecharla, ha sido, en mi caso, a través de la escritura. Es la manera en que uno piensa más lentamente, con más reposo. Soy hombre de escritura más que de palabra dicha”.

Francisco Ayala  nació en Granada el 16 de marzo de 1906 y murió en Madrid el 3 de noviembre de 2009. Él nos ha dejado, pero su obra perdurará siempre. Una extensa producción en la que hay novela, cuento, ensayo, crítica literaria y dos tomos de memorias publicados el primero, Recuerdos y olvidos, en 1982 y el segundo, El Exilio, un año después. El mejor homenaje que podemos hacerle es leer cualquiera de sus libros.

 

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