Año X - Número 58
Actualizado a 29/05/2011
J. l. León Roca.Vicente Blasco Ibáñez. Biografía. Enero 1967. Valencia (págs. 375 a 391)
En Portugal, hacia Amércia
No lo fue en España donde se decidió mi viaje a la Argentina, sino en París. »
Así explicará, algún tiempo después, esta decisión, que derivó hacia el alejamiento total de la política.
«En Madrid me hice amigo de Sáenz Peña, el presidente de la República, que era ministro de la Argentina en España. También tuvo amistad con Augusto Coello, el que fue presidente del Banco Español de Río de la Plata; con Figueroa Lavain, el representante de Chile, y con varias personalidades americanas. Por ellos comencé a apreciar los valores de América, su vida y su progreso vertiginoso... En París fui presentado a Emilio Mitre, el director de La Nación, de Buenos Aires, y como yo era corresponsal político de su diario, una noche que cenábamos en Chateau-Madrid, Mitre me propuso que hiciera un viaje a la Argentina. Y efectivamente, a este admirable argentino debo haber venido a este continente. »
El empresario del gran teatro Odeón, que había contratado anteriormente para dar conferencias en su coliseo a Jaurés, Clemenceau, Guglielmo Ferrero y Enrico Ferri, puso aquella vez sus miras en Anatole France y Vicente Blasco Ibáñez.
Ruiz Contreras, el fiel traductor de las obras de Anatole France, dice en el prólogo de la Vida de Rabelais:
«En uno de los libros que sacó el secretario de la piel de su maestro, se halla esta nota oportuna:
»El programa de Blasco Ibáñez nos perjudica. Es más copioso y variado que el maestro. Nosotros ofrecemos un solo asunto monótono: Rabelais. Blasco Ibáñez hablará sucesivamente de Napoleón, de Wagner, de los pintores del Renacimiento, de la Revolución francesa, de Cervantes, de cocina, de filosofía, de teatro contemporáneo, de la cuestión social, de las ciencias, de la Argentina... »
»Colorido, animación, deslumbramiento. Así era Blasco Ibáñez. Brousson, el secretario infiel, acertaba. »
Decidido ya el viaje, Blasco parte de Madrid el jueves 14 de mayo. En la estación le despiden Moya, Roberto Castrovido, Vicente, Mariano Benlliure, Luis Moróte y gran número de periodistas y amigos.
Llega a Lisboa al día siguiente y sé encuentra con la sorpresa de un recibimiento apoteósico, como jamás hasta entonces se le había tributado.
O'Mundo y Vangarda relatan con toda minuciosidad la llegada del tren y enumeran las personalidades que acudieron a la estación de Rocío. Representantes del gobierno y del municipio, de entidades y sociedades culturales y polí¬ticas forman a la cabeza de un imponente gentío.
Cuando Blasco aparece en la plataforma del vagón, los vítores y aplausos se mezclan con los gritos de »! Viva el gran escritor! ».
O'Mundo dice de él: «Es una figura insinuante y viril. Sus ojos sonríen, sonríe su boca. »
«Una gran emoción se transparenta en los ojos del ilustre republicano, quien, sonriente, va saludando a la multitud. »
«Luis Filippe da Mata, en nombre de la Cámara Municipal de Lisboa, saluda al insigne viajero. »
Se forma la comitiva que lo ha de llevar al domicilio de Justino Guedes, en la avenida del Marqués de Abrantes.
«Suben al coche el gran novelista, acompañado de los señores Magalhaes Lima, Riveiro de Carvallo y Justino Guedes. De pie, dentro del carruaje, Blasco Ibáñez, agitando el sombrero y respondiendo a las aclamaciones, exclama: « ¡Viva el pueblo portugués! »
El coche atraviesa la plaza de San Pedro, en dirección a la avenida del Marqués de Abrantes, siempre rodeado de las manifestaciones de simpatía de los lisboetas.
En el domicilio de Justino Guedes recibe a las comisiones que van a testimoniarle su admiración. Un alumno de la Escuela Superior de Letras le saluda en nombre de la juventud académica.
Los periodistas le arrancan las primeras manifestaciones:
«Tengo vistas muchas capitales y las impresiones de ellas recibidas las he traducido en sentido entusiasta en todos mis libros; pero lo que he experimentado al entrar en esta hermosa tierra es superior a todas las recibidas.
Y luego, con la franqueza en él característica, dice:
«Lisboa es una ciudad arrebatadora. »
Los admiradores y amigos de Portugal han organizado un programa de festejos que durará hasta el día 20, fecha en que ha de embarcar en el vapor alemán «Cap Vilano.»
El programa comprende una serie de visitas y excursiones a las que Blasco no se sustrae. Es más, accede a visitar el Centro Geográfico de los estudiantes.
Mientras tanto, después de almorzar, en el mismo día de su llegada, visita, acompañado de Lima y Guedes, la ciudad.
Por la noche, en el Teatro de la Trinidad, asiste a una función dada en su honor. Se representa la ópera Serrana. Y en el teatro, lo mismo que en la calle por la mañana, se reproducen los aplausos y vítores al gran novelista.
Esta gloria estrepitosa y estas manifestaciones de afecto entre gentes a las que no le ata ningún vínculo, han de serle gratamente satisfactorias. El mundo que se ensancha ante su paso, se alza trémulo de fervor para testimoniarle la admiración que siente por su obra. A medida que se aleja de Valencia —con las burlas de sus enemigos, con las censuras violentas que no dejan de traslucir la envidia—, va apreciando qué camino más amplio y placentero es el que la fama de sus novelas le ha abierto. Cuando él escribía La Barraca, en un ambiente de política combativa, ignoraba que tales páginas iban a conmover al mundo entero.
Al día siguiente va en excursión de Lisboa a Cintra, en vapor hasta Cascaes.
«Se almorzó en casa de don José de Figueiredo, y a 1 hora del champagne, inició el brindis Magalhaes Lima, que saludó al artista, al camarada, al hermano. »
Blasco se levanta, a su vez, y dice:
«He visto muchas cosas bellas, pero como naturaleza como paisaje, no he visto nada superior a Cintra; me habéis llamado aquí ''nuestro Blasco", y vuestro soy. Portugal tiene una personalidad acentuada como España tiene la suya pero la historia es común. La mejor impresión que me llevo de esta visita es la de que Portugal es digna de su historia y de su leyenda, y tiene fe en su raza y orgullo en su nacio¬nalidad. »
Asiste a la sesión que en su honor celebra el Centro Democrático Académico, y dice:
«Portugal y España, dos naciones con carácter propio y con individualidad propia, están todavía llamados solida¬riamente a grandes destinos. De hecho, Portugal y España sirvieron a la civilización como ningún otro país. ¿Qué son las portentosas conquistas de Alejandro, las grandes guerras de Roma, comparadas con las proezas de portugueses y españoles?
»Las literaturas portuguesa y española son tan grandes que no caben en las fronteras. Camoens no es un poeta portugués, es un poeta universal. Nosotros triunfamos por nuestros escritos y nuestros artistas. Portugal triunfa con pensadores como Teófilo Graga, poetas como Guerra Junqueiro, novelistas como Eça de Queiroz. Son la literatura, el arte, la ciencia, los factores genuinos del prestigio de un pueblo. »
Acude, más tarde, al banquete que le ofrece la «Compañía Editora», la casa que ha traducido y publicado todas sus novelas.
En la decoración de la sala resalta un retrato de Blasco Ibáñez. En el brindis, pronuncia las siguientes palabras:
«El arte transforma a los hombres en dioses. La Revolución francesa, sin arte, sin los intelectuales, nada hubiera sido. Los que derribaron la Bastilla fueron instrumentos. En Rusia, ¿quién provoca los movimientos? Dos novelistas: Gorki y Tolstoy. Bastó un hombre: Zola, para conmover a Europa. »
«El arte es más que arte: es una religión. Camoens, naufragando, salva Las Lusiadas. Los sacrificios por el arte tienen la inmortalidad. Van camino del nuevo mundo para derramar luz. »
Todos los asistentes, puestos en pie, aplaudieron al orador.
Tras los agasajos previstos, llega el día 20 y con él la apoteósica despedida que se le tributa al partir el vapor que le lleva a América.
Portugal ha escrito para Blasco Ibáñez la primera página triunfal del novelista.
Jamás escritor alguno de su época ha llegado a conocer fervor tan encendido, manifestación tan cálida, entusiasmo tan vivo. El mundo hacia el cual camina, le aclama con el estrépito de la fama pregonera.
Blasco Ibáñez Conferenciante
El juego de las luces y la fosforescencia mágica de la popularidad está deslumbrando a Blasco Ibáñez. ¿Es realmente así, tan embriagadora, la representación de la fama? Lo que en otros escritores, que han ido a América exactamente como Blasco va, no ha sido más que una travesía más o menos apacible, para él se convierte en tumulto de admiración.
Aún vibran en sus oídos las exclamaciones, los vítores aplausos de la muchedumbre apiñada en el muelle de Lisboa, cuando en Santa Cruz de Tenerife se reproduce el clamor. Admiradores y correligionarios le tributan un entusiástico recibimiento y ha de aceptar un banquete al que asisten cien comensales. La última escala en tierras europeas se desvanece, al fin. Europa queda lejos, estremecida por los vítores a Blasco.
Durante la travesía tendrá tiempo para considerar el valor intrínseco de esas manifestaciones. ¿A quién aplauden? ¿Al artista o al político? Difícil es contestar a esta pregunta. En último término, siempre será a un hombre cuya dualidad de empresa se condensa y cierra en él.
El juego del deslumbramiento aún no ha terminado. Diríase que todavía no ha comenzado. Pues el júbilo de Lisboa por tenerle como huésped unos días y la satisfacción de Santa Cruz de Tenerife por verle durante unas horas, no son nada comparados con el recibimiento que Buenos Aires le prepara.
En los primeros días de junio llega el «Cap Vilano» a Montevideo. Periodistas y personalidades de los centros culturales suben a bordo para compartir con Blasco Ibáñez la entrada triunfal en Buenos Aires.
Hay un aspecto de fiesta en esta mañana bonaerense en que el vapor inicia su arribada al puerto. Más de treinta mil personas contemplan la llegada del ilustre viajero.
Este ha de darse cuenta que el eco de su palabra y la noticia de su batallar en la pequeña ciudad de provincia, han trascendido hasta la inmensidad de la Argentina.
El acto de darle la bienvenida, no por ser protocolario, es menos emocionante. Delegaciones y representaciones de la ciudad le esperan en la dársena. Y todos los dirigentes, los designados por las escuelas de estudios literarios, por las asociaciones de artistas, pronuncian, unos tras otros, las pa-labras de salutación. Al final, Blasco ha de responder a tan buenos deseos de amistad, y éstas son las primeras palabras que pronuncia:
«Señores: Al poner pie en el suelo argentino, no siento, no, la indecisión del que se considera en un lugar extraño, del que se ve en un mundo nuevo, con el que no le liga ninguna relación de parentesco, de sangre ni de afecto. Yo he puesto aquí mi planta con completa seguridad, con completa tranquilidad, como el que viene a su propia casa, a sentarse en la mesa de su familia, a comulgar en compañía de sus hermanos, en ideales que nos son comunes y amores que nos son comunes.
«Mis queridos amigos: os agradezco todas estas muestras de cariño, de cortesía y de gentileza que tenéis conmigo; pero yo sé perfectamente cuál es su alcance y no puede engañarme en aquello que se refiere a lo que yo represento en estos momentos. Mi personalidad es escasa, mi personalidad es muy poca, no está en armonía con el homenaje, tan imponente, tan sublime, tan hermoso. Comprendo que este homenaje que me tributáis en este instante, no es a mi persona, sino a lo que represento.
»Yo no soy más que un soldado del gran ejército inte¬lectual, que no es únicamente de España, sino de todo el globo terráqueo.
»Yo no soy más que un humilde soldado de ese ejército; no soy más que un escritor; no soy más que un artista; pero yo, contra esta modestia, recibo con agrado vuestros homenajes, porque, repito, no son para mí, son para lo que represento.
»Yo vengo aquí en representación de algo que está ligado íntimamente con vuestra historia; yo vengo aquí en representación de una España intelectual, de una España nueva, como decía muy bien el orador que me ha saludado en nombre del pueblo argentino, es el verdadero y legítimo tronco de que ha brotado ese retoño nuevo que promete las más grandes floraciones del progreso.
»Aunque España haya visto escribir páginas tristes que a ningún pueblo regateó el destino, tenía en la sangre, en el espíritu que inculcó a sus hijos el germen de estas admirables grandezas del presente y con orgullo las contempla como madre amorosa que ve rejuvenecer sus mejores gallardías.
»De ahí procedéis vosotros, de esa España grande, porque las naciones no mueren, las patrias no perecen; las patrias, las naciones, se transforman, y la España, cumpliendo esa ley de renovación, ha revivido después de todos los desastres y conflictos y esa España moderna, liberal, progresista, os mira con ojos de inmenso cariño, piensa continuamente en vosotros y considera su mayor mérito, su mayor título de gloria, no las glorias de la historia pasada que, al fin y al cabo son humo que se ha desvanecido, sino ser la madre de dieciocho naciones americanas que están llamadas, en el porvenir, a ser las depositarías de la humanidad y, sobre todo, ser la madre de la hermana mayor, de la más gloriosa, de la más avanzada, de la República Argentina, altísima representante y depositaría del porvenir de la raza latina.
»Queridos amigos: vamos a estar mucho tiempo juntos; muchas veces pondremos en comunicación nuestras almas, y en este momento me limito a manifestaros que en nombre de España moderna, de esa España que os ama y admira, yo os saludo, y cuanto hagáis por este modesto representante, no lo hacéis por él, lo hacéis por esa España que nos está contemplando. »
En manifestación, en imponente manifestación que interrumpe el tráfico, por el Paseo de Julio y la Avenida de Mayo, es acompañado hasta el Hotel España en que se aloja. Y aún allí, ha de salir al balcón para dirigir al pueblo argentino su saludo y reiterar su agradecimiento por tan fervorosa acogida.
¡Ya está Blasco Ibáñez en América! El «tirón», del que más tarde hablará, ya se ha producido. Y ¡cosa fantástica! Lejos de sentirse desarraigado de España, lejos de cerrarse a oír la voz de la patria que late en su sangre, se vuelve hacia la lejana España, avivado y enardecido como nunca su amor patrio.
Recorre la ciudad, y la grandeza de lo que ve, la inmensa urbe levantándose poderosa, lo hace sentirse orgulloso de ser español. Lo dirá una y otra vez, sin afectación, con sinceridad, seguro de que habla con el corazón conmovido.
Los agasajos, como en Lisboa poco antes, se suceden en Buenos Aires. El Diario Español, que ha llevado toda la campaña de su recibimiento, le dedica artículos encomiásticos. Se habla de Blasco con la indiscreción propia de los periodistas. Se citan sus andanzas políticas por Valencia y se recuerda al Blasco que era el terror y espanto de las beatas, cuando todas decían que Blasco era el «dimoni».
Los centros culturales y las asociaciones rivalizan en agasajarle. Primero es el Círculo Valenciano, luego, el Círculo Catalán. En la prensa siguen apareciendo elogiosos artículos. Anatole France, que ha llegado a la Argentina poco antes que él, comparte la gloria de aquellos homenajes. En un brindis, Anatole France, dice: «Saludo en Blasco Ibáñez al hijo de Cervantes, yo, el hijo de Moliere.»
Y ya en el teatro Odeón, cuando Anatole France va a dar prin¬cipio a su tercera lección acerca de Rebeláis, dice:
«Vamos a proseguir el estudio emprendido acerca del hombre más ilustre que produjo Francia en su más ilustre siglo. Pero antes, debo, agradeceros la bondadosa fidelidad con que atendéis a un conferenciante sin otros méritos que su trabajo de investigación y sus buenas intenciones.
«Veo entre los que tan bondadosamente me escuchan, a un hombre que debiera, desde luego, sustituirme en este lugar, y que no tardará en ocuparlo. Entonces, yo le sustituiré complacido en el de oyente, que él ahora ocupa, y todo quedará en orden. Pero, entre tanto, saludo al escritor que sostiene con brillantez el viejo prestigio de las letras españolas, que sabe dar a la novela emociones dramáticas y amplitud épica, y valiéndose lo mismo de la palabra que de la pluma, siembra las más nobles ideas a través de los mundos.
«Creo, señoras y señores, interpretar vuestra voluntad al darle a Blasco Ibáñez la bienvenida en este momento »
El Club Español de Buenos Aires celebra, en honor del novelista, una recepción que adquiere caracteres de homenaje nacional. Blasco responde a las palabras de bienvenida y pronuncia un discurso.
Comienza enalteciendo la obra de los españoles en la República Argentina «Son ellos —dice— los que a través de los mares perpetúan en las nuevas tierras, donde las nuevas naciones surgen, el espíritu de España.»
Refiriéndose a la emigración de los españoles, dijo que no se oponía a ella cuando la comente de las masas se dirigía a la República Argentina. Encomió el espíritu del emigrante. Contra la idea más generalizada, sostuvo que el emigrante era un ser fuerte, de indómitas energías, porque se necesitaba mucha fuerza y espíritu moral para arrancarse del lugar de nacimiento, dejando la patria y la familia para ir a otras tierras a realizar ilusiones y ensueños. Dijo cómo esa emigración no debía entristecer a España, porque los que de allí salen no son fuerzas perdidas, sino elementos que se incorporan a la hija excelente, como durante el período de la lactancia las fuerzas del organismo de la madre se incorporan al nuevo ser.
Exaltó las virtudes de la Argentina, tierra hospitalaria, donde el español vive en comunidad de afectos con el argentino. La comparó a una bellísima matrona de la Edad Media que, desde lo alto del torreón de su castillo, contempla a los bardos y a los guerreros que van a conquistarla con la narración de sus arrogancias. Esta vez son las restantes naciones del mundo las que vienen a hacernos el amor.
Contestando a la alusión del doctor González acerca de que no se había inventado aún la teoría de que los mares o las cordilleras separen el espíritu de la raza, tuvo una brillante peroración. «De España —dijo— no nos separa sino el Atlántico, y los mares no son nada ni son de nadie. Si a alguien perteneciera el Atlántico, fuera a España, por-que las quillas de los débiles barcos de Colón fueron las primeras en surcarlo.» Finalmente, hablando del idioma como gran lazo de unión, dijo que imperaba e imperaría por siempre un rey a quien nadie destronaría: Miguel de Cervantes Saavedra, el autor del inmortal Quijote.
El comentario del periódico era elocuente al decir:
«Blasco fue aplaudido con delirio. Es la frase. Su entusiasmo se comunica al auditorio y arrebata.»
Se acordó enviar un telegrama a la esposa del novelista, concebido en estos términos:
«María Blasco-Blasco. Malvarrosa. Valencia. Recepción grandiosa Club Español honor ilustre esposo acordóse entusiasmo enviarle afectuoso saludo. Fermín Calzado. Presidente. »
Al día siguiente, 11 de junio, ocupa Blasco Ibáñez la tribuna del Teatro Odeón. Hay enorme expectación por oírle. El lleno de esta primera sesión fue completo. Se repitió en las sucesivas jornadas y este ciclo constituyó uno de los más grandes éxitos de Blasco Ibáñez.
La primera conferencia la titula América vista desde España. Durante este mes de junio de 1909, pronuncia hasta cinco conferencias en el Teatro Odeón. Se titulan, respectivamente: La leyenda negra de España, Las grandes figuras del descubrimiento, Balzac, Víctor Hugo, Emilio Zola y sus obras; Pronuncia una en el Teatro Argentino, de La Plata, el día 30. Regresa a Buenos Aires e inicia la segunda serie de conferencias, cuyo temario es el siguiente: Cervantes, España en el siglo XIX, El teatro español: Lope de Vega, El Greco, Velázquez y Goya.
El día 12 de agosto va a Salto. Su llegada constituye el más alto índice de aprecio que en la Argentina le pueden conceder: los barcos fondeados en el puerto izan la bandera española en el sitio de honor.
Parece ser que el plan de conferenciante se ha alterado un poco. Cumplido el contrato con el empresario, Blasco Ibáñez se convierte en el organizador de sus conferencias. Va a Chacabuco, Chivileo y Mercedes.
Regresa a Buenos Aires y el 23 de agosto, en sesión orga¬nizada en su honor por la Asociación Patriótica Española, se le hace entrega de una valiosa medalla de oro y de un pergamino en el que se le nombra socio honorario.
En el mismo sentido se pronuncia la Academia de Literatura de Buenos Aires que, en sesión del día 31 de agosto, le nombra Académico Honorario de dicha corporación.
Blasco se somete a un plan de intenso trabajo. Marcha a Rosario, donde pronuncia cuatro conferencias. Luego pasa a Pergamino, Santa Fe, Paraná, Santiago de Estero, Tucumán, Malta y Jujuy.
La geografía argentina va haciéndose familiar a los que siguen las andanzas de Blasco. Se prepara, hacia fin de agosto, su viaje por el sur de la provincia de Buenos Aires y Córdoba: Villa María, Río IV, Bell Ville, Villa Mercedes, San Luis, Mendoza, San Juan, Corrientes, Asunción, Iguazú...
«Yo era a modo de un tenor ilustre, de un Caruso, con la diferencia de que no necesitaba para mi trabajo de decoraciones ni de trajes. Un simple frac me bastaba para presentarme en público; pero debo reconocer que, al final de mis viajes, casi había perdido la voz.»
Aún ha de recorrer gran parte del territorio argentino antes de dar el salto con que ha de pasar los Andes. El último punto de su recorrido por América ha de ser Chile. ¿Precisamente Chile? Hay razones de índole sentimental que le llevan hacia la nación del Pacífico. En el fondo de toda esta aventura americana, ¿no existirá la tentación de la mujer que lo arrastra hacia su tierra? ¿No habrá la fascinación de querer contemplar la ciudad en que «ella» vivió?
El influjo es demasiado poderoso para que prescinda de este viaje.
Pero mientras tanto se realiza, mientras Blasco vive para su gloria y para el público que le aclama, la patria, que él tantas veces evoca, se ve desgarrada por cruenta lucha.
Chile
El humo del Gurugú se eleva, trágico, para desparra¬marse, amenazador y siniestro, por toda la península.
Es de nuevo el estruendo de la guerra el que acalla todas las voces para no dejar oír otra voz que la de los cañones. Pero esta vez —caso inaudito— parte de la prensa y todas las organizaciones republicanas y obreras adoptan una actitud insólita. « ¡Abajo la guerra!», es el grito que se imprime en la primera página de algunos periódicos. Y « ¡Abajo la guerra!», gritan los obreros en los puertos —en Barcelona, en Valencia, en Málaga—, donde diariamente embarcan compañías de soldados hacia Marruecos. Se organizan manifestaciones de protesta en Madrid y Barcelona. Y Barcelona da la nota más alta de su protesta produciendo esa devastación colectiva y que se conoce con el nombre de «la semana trágica».
Aciagos son los días que vive la patria presidida por el gobierno del señor Maura. Desde África, la guerra; en el interior, la revuelta. El clima es hondamente dramático. Una guerra impopular es impuesta. Y la intensidad de la conmoción es tan profunda que deja huella a través de los anos. Los nombres de la geografía de Marruecos pasan a ser tristemente familiares a los españoles.
El viento de la tragedia azota, desbocado, a España. Y el incendio de Barcelona apenas si logra sofocarlo ese otro incendio pasional que levanta el fusilamiento de Ferrer Guardia.
Los más significados políticos y revolucionarios son perseguidos. Primero Lerroux, Azzati después, han de comparecer infinidad de veces ante los jueces. Y cuando más tenaces y enconadas son las represiones, Blasco Ibáñez —como si la mano que dirigiese su destino le protegiese— se halla lejos de España, suspirando por ella, hablando de ella corno ningún otro escritor ha hablado nunca.
Tampoco le llega a su debido tiempo, sino con un retraso considerable, la noticia de la muerte de su padre, ocurrida en este verano trágico de 1909, el 27 de agosto.
Blasco Ibáñez está, por estas fechas, en la provincia de Mendoza. Proyecta, como última hazaña, llegar a Chile. Pero no adopta el sistema más cómodo, sino que opta por el más azaroso: a través de los Andes.
A Chile hay que ir lo más románticamente posible, pues no se trata de otra cosa sino de narrar proezas cuando la hora de contar aventuras llegue.
El paso de los Andes ha quedado grabado en unas fotografías en las que se aprecia el efecto de la ventisca.
«Causó asombro en Chile —dirá después— que estuviera al mediodía en los Andes en medio de una tempestad de nieve y que por la noche, en la amable compañía de los concurrentes al Club Social, formado por gente muy distinguida, contase tan tranquilo anécdotas y episodios de España.»
En este paso de los Andes hallaron la fuente ferruginosa llamada Karlbalbina, en el Valle de Venus, cuyas aguas recubrían de espesa capa cualquier objeto que en ellas se sumergiese. Blasco Ibáñez sometió a este experimento un ejemplar de La maja desnuda que consigo llevaba. Al cabo de cinco días, de regreso, retiraron el libro, que apareció hecho un bloque de hierro. Este ejemplar curiosísimo lo donó Blasco Ibáñez a su editor y se conserva todavía en poder de los herederos de don Francisco Sempere.
La llegada a Santiago no es tan placentera como el novelista asegura. Julio Cola, su fiel biógrafo de este tiempo, habla de su estancia en Santiago en estos términos:
«Don Pedro Montt ocupaba la presidencia de la República de Chile, y tanto el primer mandatario como su muy culta esposa, figuraban entre los admiradores del novelista. No obstante contar con tan elevadas amistades, los irreconciliables enemigos del político quisieron exteriorizar su desagrado promoviendo manifestaciones callejeras de hostilidad a Blasco Ibáñez.»
»Al día siguiente, cuando llegamos al coliseo, éste se hallaba rebosante de público. Blasco Ibáñez, resuelto y decidido, compareció ante el público sin ceremonia previa, sin más presentación que su propia palabra. Los hostilizadores aprovecharon el momento para armar con su gritería un alboroto grande.
«Pero Blasco, el tribuno de las multitudes, no se arredró ante ello. Se adelantó más al proscenio, llegó a las candilejas,, y allí, enérgico y viril, levantó su voz y su brazo, exclamando:
«Pueblo chileno: yo he venido a Chile en son de paz... Ha llegado ante vosotros el literato español, el novelista,, jamás el político ni el revolucionario... Pero éste, tenedlo presente, no se esconde ni huye.
«El gran tribuno consiguió adueñarse con su cálida palabra de la muchedumbre que le era hostil. Aquel público que con desagrado le había recibido, acabó por aclamarlo.
«Al día siguiente, los comentarios de la prensa eran muy diferentes a los que se había permitido días anteriores. Blasco Ibáñez, con aquel gesto viril, consiguió triunfar en Chile.»
Poco más ha de durar esta gira por tierras americanas. Muy otros serán los planes que cautiven a Blasco Ibáñez. En enero de 1910 llega a Lisboa, silenciosamente, sin pregón de periódicos o mensajes.
Este es el Blasco fabuloso, el de la fortuna amasada en una corta temporada, el de la anécdota con Fuentes, el torero, que él mismo relata al periodista de El Liberal - Madrid, que le entrevista:
«Le contaré un detalle curioso. Hace quince días, a mi regreso, me encontré con Fuentes en Montevideo. "Por primera y única vez, desgraciadamente —le dije—, un escritor ha superado en ganancias por una tarde de trabajo a un torero". Yo di, al poco tiempo de llegar a Buenos Aires, una conferencia en el Coliseo. El público llenaba totalmente el teatro. Estuve hablando durante cuatro horas y media, y el producto líquido de aquel discurso alcanzó la cifra de dieciséis mil pesetas.»
Es el Blasco que viaja rodeado de un equipaje heterogéneo.
»—Me han dicho que trae usted un cocodrilo.
»—Sí, pero disecado. Me lo regalaron en el Paraguay. Y dos pieles de tigre. También me ofrecieron un jaguar precioso, con el que yo jugaba; pero pensé que era peligroso traerle, porque al crecer resultaría intratable.»
Pero donde el mismo Blasco se sublima es al exclamar con su característica sinceridad:
« —¡Qué orgullo sentí al conocer Buenos Aires! Buenos Aires es un París que habla castellano.»
París sigue siendo el ideal de este viajero incansable. La medida que valora todas las cosas es París. El mayor elogio que jamás Blasco Ibáñez ha pronunciado es éste de consi¬derar Buenos Aires como un París de habla castellana. Por esto, los polos de sus preferencias serán al capital de Francia y la capital de la Argentina. Dos repúblicas entre las que tra¬zará la trayectoria futura de sus viajes. El centro de gravedad de España —Madrid— ha quedado desplazado. De ahora en adelante su vida ha de situarse en este triángulo: Valencia-Buenos Aires-París. Porque a medida que se extranjeriza, ya no es Madrid la ciudad que simboliza la Patria, sino Valen¬cia, «mi querida Valencia», como dice siempre.
En Blasco Ibáñez, la distancia despierta en él añoranzas patrióticas. La Argentina hace el prodigio de desbordar en él su entusiasmo por lo español. La grandeza —es su pala¬bra— de la Argentina, la considera como resultado de los conquistadores y pobladores de antaño. Ve resabios de civilización española por doquier. Y se inflama ante la magna epopeya que escribieron guerreros y navegantes españoles. Su oratoria se enciende cuando vibra en él el patriotismo. América, con la evocación de las hazañas de los españoles, produce un profundo impacto en el corazón de Blasco Ibáñez.
El literato, que iba a convencer literariamente, ha quedado convencido.
Tiene imágenes felicísimas cuando dice que el Océano Atlántico viene a ser como un gran río en cuyas dos orillas se habla un mismo idioma. Y cuando dice que la Patria es el idioma, y añade que España no posee veinte millones de habitantes, sino ochenta, y que las veinte naciones americanas forman con España una sola Patria, que rige «un hombre que en su tiempo fue un bohemio y que se llamó don Miguel de Cervantes Saavedra.»
Todo este españolismo de Blasco Ibáñez es muy significativo y ha de valorarse para juzgar su futura obra novelesca. Porque todo su hacer está impregnado de esa esencia española-americana, que diluye en él los resabios de un mal entendido revolucionarismo. Porque es —lo dice él— la revolución individual interna, la que es más urgente que se produzca que la otra. «No basta con gritar vivas a tal o cual forma de gobierno, sino hay que estudiar, perfeccionarse. »
Blasco Ibáñez está en Madrid el 10 de enero de 1910.
"—Tengo grandes proyectos —repite—. Necesito empezar en seguida un libro que quiero terminar para mayo o junio que se titulará Argentina y sus grandezas.
"Volveré a la Argentina. Volveré para ser agricultor.»
Tal proyecto debió pasar inadvertido para todos. «Ser agricultor». El mismo no creyó demasiado en ello. Pero le guiaba una ambición grande, desmesurada. Y ella hizo el prodigio de que miles y miles de personas leyesen después, sombradas, hasta dónde puede llegar la decisión y la voluntad de un hombre.
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