Año X - Número 58
Actualizado a 18/07/2010
Fernando Millán Sánchez. Valencia, octubre'09
El siglo XIV se presenta, en el contexto de la historia valenciana, como un puente tendido entre la época del gran cambio, el siglo XIII cristiano, y el momento esplendoroso de poder que significa el siglo XV.
Pero, más allá de ese papel secundario que los historiadores habitualmente le otorgan, la centuria nos ofrece para el análisis acontecimientos que sin duda marcan indeleblemente el ser y el futuro del joven reino de Valencia.
El primero, la defensa de sus Fueros frente a las apetencias de los aristócratas aragoneses.
Aprovechando la menor edad de Alfonso III y la necesidad de recibir el juramento de fidelidad de Aragón para confirmarse en el trono, las Cortes reunidas en Zaragoza solicitaran del nuevo monarca que declare la sumisión de los Fueros valencianos a los Fueros de Aragón.
La cuestión no era baladí. Jaime I había concedidos Fueros al nuevo reino ocupado a los musulmanes justamente para significar su autonomía, al tiempo que lo preservaba de las apetencias de los caballeros aragoneses deseosos de considerar las nuevas tierras ocupadas como una simple extensión de sus señoríos.
Alfonso III acosado, intentó arbitrar una solución de compromiso. Aceptaría la petición aragonesa siempre que las ciudades y villas valencianas estuvieran dispuestas a aceptar los Fueros de Aragón.
La consulta realizada ofreció unos resultados sorprendentes. Ninguna ciudad valenciana votó por la supremacía de los Fueros aragoneses, prefiriendo los de su propio reino. Solo pequeñas villas de señorío apostaron por Aragón.
Una muestra de la identidad valenciana ciertamente singular.
El segundo envite sobre su identidad lo recibirían los valencianos de Leonor de Castilla, la esposa de Alfonso IV de Aragón.
La historia es, ciertamente, atractiva. La reina, que era la segunda esposa del monarca y cuyo hijo Fernando estaba separado de la sucesión por los mejores derechos del hijo primogénito Pedro, habido del rey y de su primera esposa, trató de igualar a su vástago en poder, exigiendo del rey que le cediera el señorío de todas las villas y ciudades de la comarca de Orihuela.
La apuesta era fuerte porque las ciudades nombradas perdían su condición de ciudades de realengo, dependientes exclusivamente del monarca, para convertirse en dependencias directas de un señor y sometidas, en consecuencia, a sus usos, costumbres y deseos.
Pese al menoscabo que la cesión significaba sobre los derechos reales, Alfonso IV cedió a los deseos de su esposa y entregó Orihuela y su comarca a su segundogénito. Ante la victoria conseguida, Leonor se consideró fuerte para seguir pidiendo. El poder de su hijo Fernando se completaría con el señorío de la propia ciudad de Valencia y sus tierras colindantes. Un señorío que, en esencia, le igualaba al heredero.
No fue el rey sino los jurados valencianos, los de todo el reino, los que representaban a las ciudades cuya autonomía estaba al márgen de los viejos derechos feudales, las que protestaron ante el monarca.
Francesc de Vinatea fue el encargado de exponer ante la corte reunida en Valencia las razones de la protesta.
Ante el rey y la reina, en el salón del trono, el jurado valenciano expuso las razones del desafuero que la reina planteaba. Las ciudades dependientes del rey, de acuerdo con los Fueros otorgados por Jaime I, de él querían seguir dependiendo y no de señores que menoscabasen los derechos que tenían otorgados.
La reina exigió de su esposo la vida de quien se atrevía a contrariar a la reina, recordando al monarca aragonés que nunca hubiera osado tal atrevimiento ante su hermano el rey de Castilla.
Alfonso IV, que contemplaba con agrado la defensa que de sus derechos hacían los valencianos, le recordó a la reina con palabras mesuradas pero firmes que, a diferencia de Castilla donde solo existían súbditos sin derechos, en los reinos de su corona era la voluntad de los vasallos, de sus representantes, las que juntamente con el rey gobernaban los reinos.
Una declaración de monarquía democrática que, en muchas centurias, se adelantaba a su tiempo.
El tercer acto lo vivirían las disputas de Pedro IV el Ceremonioso con los caballeros de la Unión.
Dispuesto el rey aragonés a terminar con los privilegios otorgados a la nobleza por sus antecesores, derechos de rango feudal que menoscababan su autoridad, decidió abolir los Privilegios de la Unión. Los nobles aragoneses y valencianos se alzaron en armas proclamando al infante Fernando su adalid. Vencieron en los primeros compases, pero ayudado el rey por nuevas fuerzas mercenarias, por la falta de cohesión entre los nobles aragoneses y valencianos, y por la indecisión del pretendiente, acabó derrotando a los nobles aragoneses en la batalla de Épila.
Más tarde en Mislata dio la batalla final a los valencianos. Tras la derrota de estos obligó a sus cabecillas a beber el plomo fundido de la campana que servía para convocarlos.
Un siglo, el XIV, que se arrastraba entre las acometidas de la peste que mermaron su población y arruinaron sus ciudades. Algunas, como Barcelona, descendieron por debajo de los diez mil habitantes.
Valencia, la más fuerte por la riqueza de su huerta, por la multiplicación de una higiene que los musulmanes nunca habían olvidado y por un clima que permitía mejores condiciones de vida, se alzó como la única ciudad de España que no solo no menguó su población sino que la aumentó a lo largo de la centuria.
Una fuerza que le abrió las puertas del nuevo siglo como cabeza indiscutida de la monarquía de los Trastamaras que reinaría en Aragón.
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