Año V - Número 30
Actualizado a 18/07/2010
Francisco de Cossío. (Madrid 1959) Cap. XXXI

Cuando llega Blasco Ibáñez a París, acaba de dar la vuelta al mundo. Comienza, pues, en su vida una nueva era. Hay en la existencia de Blasco una división secundaria, pero a la que él no deja de conceder importancia.
-Esto ocurrió ?decía algunas veces- cuando yo tenía barba.
Hay, pues, un Blasco con barba y otro sin ella. Pero la división fundamental la hace su viaje alrededor del mundo. Queda, así, del otro lado, el Blasco viejo, el de Europa y América, y del lado de acá, el Blasco nuevo, el de Asia, África y Oceanía. Cuando Blasco dice mi viaje en torno al mundo
, sentimos materialmente, bajo los pies, la esfera del mundo, así como esas grandes bolas que manejan los equilibristas. Entonces Blasco Ibáñez era como un enorme atlas vivo con muchos mapas complementarios.
Al aparecer en París, ya tenía escritos los dos primeros tomos de su viaje; su casa de Menton estaba llena de recuerdos de todas las ciudades del mundo, y él no deseaba otra cosa que descansar una temporada en París gustando amablemente de las sugestiones de la gran ciudad, y apartándose de todo lo que significara inquietud, preocupación, movimiento. Tras un breve descanso terminaría su libro del viaje y prepararía su discurso de recepción en la Academia Española. Los inmortales
le habían ofrecido un sillón, y lo único que le exigían era que prometiese apartarse, definitivamente, de las luchas políticas. Sus amigos sabíamos que en cuanto le otorgasen esta merced, la Academia de Estocolmo le otorgaría el premio Nobel. Esta gran novela viva que se llama Blasco Ibáñez iba a tomar la cima de su desenlace. Un desenlace a gusto de los burgueses, que en toda novela de aventuras desean que el héroe, en el último capítulo, se pase al bando del lector.
Blasco, pues, se disponía a enterrar a su inseparable compañero el hombre de acción. Bastante había batallado en la vida; hora era de tomar unos años de descanso. Iba aproximándose a los sesenta; tenía dinero, consideración social, gloria; había levantado para el invierno una residencia en la Costa Azul, que era un recuerdo de lo que soñara en su adolescencia; acababa de adquirir un palacio en París para la primavera y los otoños; poseía buenos libros, buenos vinos y buenos quesos, sus tres grandes placeres?¿Qué le faltaba? Blasco piensa, para el caso de que le concedan el premio Nobel, destinarlo íntegramente a la creación de una recompensa a la mejor novela española que se publique cada año. Algo parecido al premio Goncourt de Francia. No se conforma con su fama. Quiere estimular a los demás para que la conquisten, quiere ayudar a los novelistas que empiezan. Tal es el panorama que Blasco nos ofrece a sus amigos, recién llegado a París.
Y un día toma distraídamente un periódico, y se entera de que en España existe como gobierno una dictadura militar.
-¿Qué es esto?- pregunta Blasco.
Sus amigos se lo explican. Todo ha pasado en tanto que el Franconia tomaba rumbo hacia el Extremo Oriente. Blasco no sabe nada de lo que durante un año ha pasado en este pequeño rincón occidental que se llama España. En el gran transtlántico no viajan sino tres españoles: una mujer de Zaragoza al servicio de una dama argentina (¡chilena!); un cocinero del barco, natural de Valencia, y él. Los millonarios ingleses y americanos no pierden el contacto con sus países: la política, los deportes, la moda, las diversiones, los negocios?Solamente las notas políticas de Primo de Rivera se pierden en la inmensidad del mar sin que las antenas del buque se estremezcan. Al año de dictadura, pues, él no saba absolutamente nada de lo que ha ocurrido en su patria. Sus primeras palabras son de incredulidad. A Blasco no le cabe en la cabeza que el ejército derrotado en Annual se haya hecho dueño del país. Pero la realidad se impone, y el novelista se entera en una hora, un poco desordenadamente, de todo lo acaecido en doce meses de dictadura.
-¿A quién han fusilado? ? pregunta
-A nadie- le responden.
-¿Qué sanciones han impuesto por las responsabilidades militares?
-Ninguna.
-¿Quién ha tenido la culpa de la fuga de Annual?
-Los viejos políticos.
-Entonces, ¿qué se ha hecho con los viejos políticos?
-Nada, como sea injuriarlos, calumniarlos y echarles la culpa de todos los desastres de España.
Blasco, en el primer momento, no comprende lo que le dicen; después, con su sagacidad de novelista, va urdiendo la novela de la Dictadura. Ya no necestita más informaciones, no las quiere; se ha dado cuenta de todo.
Blasco ya no escucha, en aquel momento ha adoptado una resolución irrevocable: tomar plaza en el combate. El silencio en momentos tan graves para la dignidad y el prestigio del país significa una cobardía. Sólo le resta formular una última pregunta:
-¿Qué hacen los catedráticos, los escritores, los periodistas?
La respuesta no tarda:
-Nada, absolutamente nada.
Entonces, Unamuno y Blasco se miran largamente, y Blasco se levanta como en sus mejores tiempos de juventud. Es otra vez el Blasco político, el que removía a las multitudes valencianas; el que las hacía clamar por la república; declararse por el partido de Zola en el proceso Dreyfus; apasionarse por la nueva música de Wagner. Es el hombre de acción acostumbrado a dar el pecho el primero de todos; el gran director de orquesta en las sinfonías políticas, sin que el silbido de las balas le haga perder ni un solo compás. Blasco se olvida de su dinero, de su sillón académico, de su premio Nobel, de la apacible quietud que le brinda Menton.
-Yo sí opinaré ?dice-. A ningún hombre que puede tener eco en España y en el mundo le es lícito callar en estos momentos. El que calla, debiendo hablar, sabe por qué calla; pero no olvide que, en su día, así lo reclama la justicia, se exigirán todas las responsabilidades por acción, y también por omisión. Si en España no se puede hablar ni escribir, hablaré y escribiré fuera. No se me tache de mal patriota si expongo ante la faz del mundo las vergüenzas políticas de mi país.
Cuando se queda solo, habla en él la sensibilidad y el amor a la vida amable. ¿Para qué quijotismos? ¿Acaso no ha luchado bastante? Además, ha prometido al presidente de la Academia Española no volver a intervenir en las contiendas políticas. Pero la suerte está echada; hay que espantar las tentaciones. Y aquella misma noche escribe a don Armando Palacio Valdés una carta de disculpa. Pide perdón a la Academia, y pide también que le revelen de la palabra que ha dado. Él no pensó nunca que España podía caer en una dictadura; él tiene el deber de intervenir en la contienda y de abandonar por algún tiempo la literatura para dedicarse a la política. Le contestan los inmortales: la Academia reconoce loable el motivo; don Antonio Maura aplaude el acto de civismo; la pluma amable de Palacio Valdés escribe: ¿Usted cree que con la república se arreglarán las cosas?
Blasco Ibáñez cree que sí, que con la república se arreglaría todo. Es toda la fe de sus años mozos, cuando iba a París, desde Valencia, para recibir órdenes de Ruiz Zorrilla, emigrado.
Unos días más tarde, Blasco comienza su propaganda. Es un acto de protesta organizado por la Liga de los Derechos del Hombre. Hablan en él Eduardo Ortega, Unamuno y Blasco. Los dos primeros hablan en francés; Blasco, el último, en español. A pesar de que la entrada es de pago, el teatro está absolutamente lleno, hasta en los pasillos hay gente. En la calle han quedado muchas personas sin poder entrar. En el auditorio hay un grupo muy nutrido de obreros españoles. Se ven también algunas damas elegantes, inglesas y americanas, apasionadas por el autor de los cuatro jinetes del Apocalipsis. Aun los que no entienden el castellano, se sienten arrebatados por el fuego y los ademanes del orador. Es todo su pasado de agitador político el que resucita en un momento. Se ha olvidado absolutamente de lo que es, para pensar nada más que en lo que fue. En el auditorio hay un grupos de adversarios. Unos dicen que son los amigos de Soriano, aunque este ya se ha marchado de París; otros que los socialistas; otros, que las huestes reducidas del portugués Homen Christo, único defensor que en París tiene el Directorio. Aún no han llegado como refuerzos Manuel Bueno y José María Carretero. A las primeras acometidas, Blasco domina a los interruptores. Habla de que hay que hacer una revolución, y un oyente le ataja con voz vibrante:
-¡En seguida!
-¿Quién ha dicho enseguida? .pregunta Blasco. Y tras una pausa, en un silencio expectante, continúa-: los españoles todo lo esperan del milagro. Haremos la revolución pronto o tarde, cuando se pueda o cuando se deba.
En aquellos momentos, Blasco Ibáñez, más que un orador, es un domador. Cada uno de sus ataques suena en la sala como un trallazo, y cuando termina, el público, puesto en pie, le aclama. En el escenario le estrujan, le zarandean, quieren elevarlo en hombros. Blasco sonríe a todos, y no se cansa de estrechar manos. Goza de nuevo su juventud política; es posible que sueñe con que al día siguiente hay unas elecciones que quizá terminen a tiros a la hora del escrutinio. Las damas inglesas y americanas le asaltan también. Demandan la firma del escritor en el programa.
Blasco, que suda copiosamente, se refugia en un café, y, después de apurar de un trago un bock de cerveza, comienza a hablar de nuevo. Pero ahora no es de política; habla de la vuelta al mundo. Van a cerrar el café y aún está contando las excelencias de la civilización japonesa.
Ha compuesto su folleto contra el rey en tres o cuatro tardes. Lo dicta a Luis de Benito. No quiere ningún dato documental, y cuando no recuerda bien un hecho o una fecha, no se detiene por ello, y sigue adelante. Su lema es nada de Primo de Rivera ni de Martínez Anido: si queremos echar a pique el barco, debemos tirar al casco, no desperdiciar proyectiles para destruir la arboladura
. Comienzan unas semanas de agitación. Blasco vivía modestamente en el Hotel Louvre. Tan sólo un dormitorio y el cuarto de baño, y en esta pequeña estancia concentra en estos días una gran actividad. El teléfono funciona cada paso, y desde las diez de la mañana una larga fila de visitantes espera en el corredor. En el hall del hotel aguardan los que aún no han hecho sino anunciarse. En aquel barullo de gente advertirá un observador perspicaz, un poco de incoherencia. Se entremezclan en la espera la política, la literatura y la cinematografía. Los reporteros se suceden unos a otros; Blasco, en las pausas, cae en una butaca agotado con tanta solicitud. Todos los periódicos franceses, ingleses y americanos publican diariamente sus declaraciones. Cuando alguien pide su retrato, advierte a su secretario: Si quien lo pide es una mujer, déle usted uno de los que no tienen barba.
El esfuerzo de Blasco es muy grande, porque delante de él nadie puede hablar. Su egocentrismo se diferencia del de don Miguel en que éste se cree superior a todos los seres que le rodean, en tanto que Blasco se cree único. Su egolatría es tan desinteresada, que, lejos de molestar a sus oyentes, les resulta agradable. Nadie se esfuerza por quitarle la palabra. ¡Es tan interesante y tan pintoresco todo lo que dice! El mismo Unamuno, delante de él, calla. No está conforme con nada de lo que dice el novelista, pero calla. Una tarde, Blasco canta las excelencias de París. Amablemente empuja a Unamuno hacia la vidriera del balcón. La perspectiva es magnífica: todo lo largo de la avenida de la Ópera a las cinco de la tarde, cuando el sol pone reflejos de oro en las grandes lunas, y el majestuoso edificio de la música transforma en violeta sus grises cenicientos. Diríase que en aquella avenida se ofrece un compendio de nuestra civilización.
-¿Qué tiene usted que objetar a esto, don Miguel?- pregunta Blasco-. Éste es, sin duda, uno de los lugares más hermosos del mundo. ¿Qué echa usted aquí de menos?
Don Miguel se vuelve de espaldas, se mete las manos en los bolsillos del pantalón y dice, con la mayor naturalidad:
-¿Qué es lo que echo de menos en este lugar? ¡Gredos!
Al día siguiente, comentando esta réplica de don Miguel, me dice Blasco:
-Comprenda usted que es un hombre absurdo. ¿Qué tiene que ver Gredos con la avenida de la Ópera? Es como si quiere comparar la cabra hispánica con una de estas mujeres tan graciosas que aquí, en París, nos sonríen sin conocernos.
Blasco, por las mañanas, recibe a sus visitas vestido con un pijama rameado. La cama está aún sin hacer. Sobre una silla, tirados, la camisa y el smoking de la noche; la mesa, abrumada por el correo, y en primer término las invitaciones del día. Sobre la mesilla de noche, amontonadas, cuatro o cinco novelas. A veces se reúnen en el cuarto ocho o diez personas. Agotan las sillas y se sientan en la cama o sobre un baúl de cuero. Acuden muchachas que demandan una recomendación para trabajar en el cinematógrafo; poetas hispanoamericanos que piden prólogos para sus libros; vendedores de naranjas establecidos en París, que entran sólo un momento para darle un abrazo?
Cuando Blasco anuncia que repartirá su folleto por medio de aeroplanos, comienzan a acudir, para ofrecérsele, aviadores de la Gran Guerra, propietarios de aviones que quieren deshacerse de ellos o alquilarlos. De vez en vez, Entra Esplá y pronuncia al oído de Blasco algunas palabras. Es el anuncio de algún español indigente que solicita del novelista una ayuda pecuniaria. ¡Inolvidables mañanas del Louvre., en las que Blasco, poseído de una verdadera fiebre, presentaba a sus oyentes las más bellas fantasías y los proyectos más audaces! Cuando Blasco, ya vestido, salía para almorzar, era como un emperador. Todas las conversaciones del hall se suspendían; se detenía la gente en la escalera para verle pasar; doblaban los criados el espinazo?Blasco descendía en silencio, sin inmutarse; sólo cuando descubría algún grupo de mujeres, se calaba el monóculo para contemplarlas a su sabor.
La vida de Blasco corresponde íntegramente a la cinemática. Hasta su reposo se proyecta como el paisaje en el cinematógrafo, en virtud de una serie de imágenes superpuestas. Digamos que la vida de Blasco es un film. Quizá por esto, los Estados Unidos de América ha sido el primer país del mundo que ha sabido comprenderle. Con la simple lectura de sus obras no es posible que le conozcamos. Después de tratarle íntimamente, sus libros, en una nueva lectura, comienzan a descubrirnos secretos que ni sospechábamos siquiera. En realidad, es que, a través de la novela fingida, vislumbramos retazos de la novela viva y real del escritor.
Ha comenzado a circular el folleto por España, y empiezan a llegar a París sus efectos. Blasco permanece indiferente a la campaña que se hace en contra suya. Le llegan los periódicos difamatorios, y ni rompe su faja siquiera. Un día le anuncian que el general Aguilera va a venir a desafiarle. Blasco sonríe y dice:
-Perderá el viaje. Yo no me desafío más que con el rey o con el dictador. ¿Aguilera? Que se desafíe primero con Sánchez Guerra.
De izquierda a derecha: Mariano Alcón, Dunyach, Carlos Esplá, Vicente Blasco Ibáñez, Miguel de Unamuno, Corpus Barga, el doctor Torra, Francisco Madrid, Eduardo Ortega y Gasset, José Fernández, García Faria, Sánchez Torija, y delante el biólogo José Luna. En 1925 emprende desde París la campaña contra el Directorio Militar del General Primo de Rivera, y en el mes de abril publican en el semanario España con honra su ideario lo que será la república española
. Café La Rotonde, París.
La perspectiva es magnífica. Todo lo largo de la avenida de La Ópera
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