Año X - Número 57
Actualizado a 18/07/2010
Fernando Millán Sánchez. Valencia
Durante años la historiografía más conservadora, y muy especialmente la procedente del condado de Barcelona, ha presentado la figura de Jaime de Aragón como la del gran conquistador que tomó el reino musulmán de Valencia por la fuerza tras librar cruentos combates, apoyado por sus caballeros aragoneses y catalanes, y expulsar de sus tierras a los moros herejes. Una versión de la historia centenaria que vemos representada en las fiestas de Moros y Cristianos.
La realidad histórica que hoy conocemos, gracias al trabajo del profesor Ubieto y de sus discípulos y colaboradores, nos permite afirmar que nos enfrentamos con una de las mayores falacias de la historia oficial. Ni hubo grandes batallas, ni hubo grandes tomas de ciudades, ni hubo expulsión masiva de la población musulmana. Lo cierto es, de acuerdo con la documentación que manejamos, que la conquista de Valencia fue el resultado final de un “pacto entre caballeros”.
Estos son los hechos.
En 1212, en el paraje conocido como Las Navas de Tolosa se enfrentaron los ejércitos cristianos de los distintos reinos de la península, excepción hecha del reino de León, dirigidos por Alfonso VIII de Castilla, contra las huestes guerreras musulmanas de los Almohades dirigidas por el “Emir-l- Muminin”, el príncipe de los creyentes, el Miramamolín de las crónicas cristianas…
El triunfo en la batalla se decantó por la coalición cristina, gracias fundamentalmente al imprevisto ataque de Sancho VII de Navarra contra las tiendas residencia del propio Emir que huyó del combate. Aunque pocas ventajas territoriales se obtuvieron de modo inmediato. Durante veinte años la peste que asoló a España mantuvo inactivos a los ejércitos.
Pero la derrota almohade provocó unos resultados políticos inesperados. Falto de la aureola de la victoria que acompañaba sus acciones contra los infieles, el imperio de los defensores del Profeta se derrumbó. Primero en Marruecos, fracturado en reinos casi familiares. Inmediatamente en la península con una nueva edición de los conocidos reinos de Taifas.
En Balansyya, específicamente, Zayyan ben Mardanix, descendiente del rey Lobo, encabezó desde sus tierras de Alcora, una revuelta de la nobleza musulmana contra el gobernador almohade Zeyt abu Zeyt que, derrotado, tuvo que refugiarse en sus dominios patrimoniales de Segorbe.
Zayyan fue aceptado como rey de Balansyya por la nobleza y por el pueblo, y se instaló en la ciudad del Guadalaviar. Pero el gobernador almohade decidió no descansar hasta recuperar su antiguo territorio, manteniéndose fiel a los últimos representantes de un imperio que desaparecía en el África.
Para llevar a cabo sus planes Zeyt abu Zeyt ofreció al joven rey de Aragón las rentas de su reino a cambio del ejército que necesitaba para recuperar el territorio perdido y castigar a los rebeldes.
Jaime, que había fracasado en un intento anterior de conquistar Peñiscola empujado por las pretensiones del obispo de Tortosa, le planteó una contraoferta. El respeto a todas sus tierras patrimoniales, el aumento de las mismas con nuevas donaciones, a cambio de su ayuda para conquistar el famoso reino de Valencia de cuyas riquezas inmensas todos hablaban.
Zeyt aceptó la propuesta, en cuanto que no tenía alternativa, y puso a disposición del cristiano sus fuerzas y su conocimiento de la situación. Los musulmanes valencianos no tenían un ejército con el que enfrentarse al rey de Aragón. Apenas los servidores de los grandes aristócratas y la guardia del nuevo rey.
Sin una verdadera oposición, más allá del respeto a la vida de los moradores, el rey de Aragón tomó Burriana y llevó sus fuerzas hasta el Puig de Sebolla, más tarde rebautizado como Puig de Santamaría, que los exiguos defensores musulmanes habían abandonado.
La campaña se detuvo porque los ricos-hombres que acompañaban al rey, aragoneses en su mayor parte, abandonaron al monarca una vez cumplida su obligación de vasallos, prestarle sus fuerzas en los meses del verano, volviendo a sus territorios. Una acción que obligó a Jaime a volver a sus reinos patrimoniales en busca de ayuda para la conquista de unas tierras generosas que añadir a la Cristiandad. Una empresa que se convertía en una cruzada por disposición del Papado.
Pese a las prédicas, pese a las bulas prometidas, apenas nadie se apuntó a la cruzada. Con sus propias mesnadas, y con la ayuda de los caballeros que aceptaron sus propuestas de donación de territorios conquistados, el rey volvió a Santamaría del Puig donde su tío Berenguer de Entenza, que había quedado al mando de la guarnición, había muerto. Y prometió que no abandonaría la campaña hasta rendir al adversario.
Jaime puso sitio a Valencia. Zayyan, que se había refugiado tras sus murallas, pidió ayuda al Bey de Túnez que, en la opinión de los creyentes, sustituía como autoridad del Islam a los depuestos almohades.
Las naves tunecinas vinieron, en cumplimiento del vasallaje ofrecido, hasta las cercanías de las playas valencianas, pero ante la presencia de las tropas cristianas que dominaban todos los accesos posibles, variaron su rumbo volviendo a Túnez.
Zayyan, antes de ver sometida su ciudad a un asedio que la destruiría, decidió pactar con el cristiano y entregarla rindiéndole vasallaje.
Las condiciones fueron estrictas y cumplidas por ambos. Jaime tomaba Valencia con el compromiso de respetar la vida y la religión de todos sus moradores, de la ciudad y del campo, hasta la raya del Xuquer. Zayyan seguía siendo el rey, durante los próximos siete años, de todas las tierras comprendidas entre el Xuquer y la frontera con el reino de Murcia.
El pacto se firmó el día de San Miguel del año de gracia de 1238. El rey aragonés no entró en la ciudad hasta el día 9 de Octubre. Tiempo que la familia de Zayyan necesitaba para trasladarse a Cullera, su nueva residencia.
Nace así el reino de los hombres de las tres religiones puesto que cristianos, musulmanes y judíos convivieron en el mismo convirtiéndolo, en el plazo de poco más de un siglo, en el más importante de la Cristiandad.
Hasta cumplida la tregua de los siete años, Jaime, que se apresuró a dotar de una nueva Constitución a su reino para preservarlo de la avaricia de los aragoneses y catalanes, no ocupó, pacíficamente, las tierras de más allá del Xuquer y hasta la raya que marcaba el puerto de Biar.
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