Año V - Número 30
Actualizado a 23/08/2010
Lucila Talens

El aragonés Juan Bautista Pérez Castiel está considerado como el gran arquitecto del barroco valenciano. Una de sus primeras creaciones vino a ser el fastuoso presbiterio de la catedral. Adornado con profusión de ricos mármoles y bronces que le otorgan una deliciosa policromía fue montado entre los años 1674 y 1682.
El interior de la catedral y el presbiterio habían quedado ennegrecidos debido al humo de las velas y las lámparas de aceite, por ello el arzobispo Luis Alfonso de los Cameros decide encargar la redecoración a Pérez Castiel. La reorganización barroca de la capilla mayor tuvo desde el principio la intención de crear un nuevo espacio en el presbiterio dentro del viejo gótico. En él descubrimos un deslumbrante lenguaje ornamental que ocupa, con abigarramiento y consistencia, todo el espacio, en especial la bóveda, cuyos arcos cruceros se encuentran invadidos por medios relieves con figuras de niños enroscados en sinuosos festones.
Las portadas incorporan a su estructura todo el repertorio barroco: columnas salomónicas, volutas recurvadas como alas de murciélago, ángeles, guirnaldas y cartelas con cabeza de querubín. Los relieves de mármol, obra del genovés Gabriel Solavo se dibujan con acierto. El entablamento entero proyecta, en imponente molduración, unos tremendos modillones que rivalizan con pilastras que lucen graciosos colgantes. Toda esta recargada decoración se ve compensada por el refinado sentido de lo policromo, al conjuntarse a la perfección los cimbreantes oros con los pulidos jaspes y las nacaradas piedras. Adornos y colores brillan en la media luz de este espacio reservado, pensado como contrapunto lumínico del resplandeciente cimborrio gótico.
Siglo XVIII
En su segunda etapa el barroco valenciano empieza ya a romper cornisas y a curvar el paramento de las fachadas, como vemos en la portada meridional de la catedral.
La Puerta de los Hierros:
La popularmente llamada Puerta de los Hierros es una puerta barroca obra del alemán Konrad Rodulf (1703), artista muy influido por el gran Bernini. Se trata de una especie de retablo en piedra con cornisas rotas y relieves agitados. Decorada con estatuas en actitudes palpitantes sacudidas de movimiento, hay que constatar que las esculturas de trazo más sereno son obra del buen hacer de Francisco Vergara, mientras que las más movidas corresponden al maestro alemán Franz Stoff.
Ya en época neoclásica se renuevan y redecoran las capillas y las naves. La austeridad gótica no era del gusto de los valencianos de aquellos años que preferían una decoración más vistosa. Así pues, el arquitecto Antonio Gilabert, durante el último cuarto del siglo XVIII, reviste el interior de la catedral de un paramento neoclásico que le da unidad y suntuosidad, aunque desfigura el noble espíritu de la obra primigenia. Las capillas adyacentes, que eran cada una diferente a la otra, son ahora unificadas por el exterior mediante encantadoras cúpulas de tejas azules típicas del barroco valenciano las cuales, al pasear por la calle del Miguelete, podemos contemplar.
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