Año X - Número 58
Actualizado a 18/07/2010
Alejandro Lillo Barceló. Valencia, jul'09.
El Paseo de la Alameda
Desde el siglo XIX, pese a la existencia de los jardines de la Glorieta y del Parterre, ubicados muy próximos al lugar de residencia de los familias más acaudaladas, el paseo con mayor tradición y arraigo en la ciudad, y el predilecto de los burgueses valencianos para dejarse ver en los días festivos, era el de la Alameda.
Situado al otro lado del río, este lugar fue conocido, durante el siglo XVI, con el nombre de El Prado, siendo ya famoso por sus agradables arroyuelos, sus arriates de flores, su césped y sus árboles. Rodeado de huertas y muy cerca del Palacio Real – situado en los actuales Jardines de Viveros –siempre fue un lugar frecuentado por las clases más acomodadas. Sobre todo desde que a mediados del siglo XVII el duque de Arcos, virrey y capitán general de Valencia, ordenara urbanizarlo y plantar dos filas paralelas de álamos a lo largo de un pretil, construido poco antes para detener las constantes crecidas del río. Este suceso hizo que, poco a poco, el nombre de El Prado fuera cayendo en desuso, siendo sustituido por el de la Alameda.
Algunos años después, en 1714, el intendente corregidor de Valencia, Rodrigo Caballero, efectuó otra reforma, convirtiéndolo en un frondoso paseo de 825 metros de longitud compuesto por dos calles de 15 metros de ancho cada una para el tránsito de carruajes, separadas por una tercera calle de 7 metros de ancho destinada a uso peatonal. Asimismo, ordenó construir una ermita conocida como de la Soledad y dos torres de vigilancia en el extremo del paseo más cercano al Palacio Real que todavía se conservan, aunque muy transformadas. Las torres, de dos cuerpos con balcones en todas sus caras, han perdido su policromía original, pero mantienen el remate formado por alegres chapiteles de teja azul. El panorama, durante el siglo XVIII, se completaba con dos rotondas en los extremos del paseo. La más próxima a las torres se adornó con dos columnas sobre las que se colocaron los bustos de Felipe V y de su esposa la reina María Luisa de Saboya. En la rotonda del otro extremo se ubicó una tercera columna con el busto de Luis I, el hijo mayor de ambos.
A principios del siglo XIX la Alameda quedó prácticamente destruida. Aparte del derribo del Palacio Real y de la ermita de la Soledad, ordenado por los militares españoles que defendían Valencia, hubo que sumar los desperfectos que causaron los soldados napoleónicos en el arbolado y demás vegetación. Sin embargo, cuando la ciudad cayó en manos francesas, el general Suchet ordenó reconstruirlo, plantando además en toda la zona numerosas variedades de árboles.
Así remodelado, se convirtió en el lugar favorito de la nobleza y la burguesía valenciana para ver y dejarse ver los días festivos en sus coches de caballos paseando con la debida parsimonia. Una de las anchas calzadas era utilizada por los carromatos que, viniendo del camino del Grao, conducían las mercancías del puerto hacia la ciudad, entrando, como ya hemos visto, primero por la puerta del Mar y la calle del mismo nombre, y, más tarde, ya derribadas las murallas y concluida la Calle de la Paz, por esta misma vía en dirección al centro. La otra estaba reservada para los carruajes de lujo. Las familias adineradas tenían así otra oportunidad más de hacer ostentación de sus costosos coches de caballos, aunque una vez en el lugar, siempre podían elegir entre seguir montados o apearse, multiplicando de esa manera las posibilidades del encuentro social.
Era tal el éxito del Paseo de la Alameda, tal la importancia que los burgueses otorgaban a estos encuentros, que a partir de 1840 la zona comenzó a ser el lugar elegido por algunos de ellos para asentar sus casas de recreo ajardinadas. Así, los anfitriones podían invitar a quienes frecuentaban la Alameda a sus cercanos jardines privados, una forma más de expresar el poder y la riqueza con que contaban, y que evidenciaban con la exhibición de una propiedad. Dos de las villas que más fama adquirieron en la época fueron el palacete y los jardines de Monforte, y el Palacio de Ripalda, hoy lamentablemente desaparecido.
Lo que en la actualidad se conoce como los Jardines de Monforte, era un antiguo huerto que fue adquirido en 1859 por el industrial sedero Juan Bautista Romero y convertido en jardín privado. Allí construyó un palacete en estilo academicista que aún se conserva. Sus dos plantas se coronan por una gran terraza decorada con jarrones, desde donde se puede acceder, a través de una escalera de hierro, a una torrecilla octogonal acristalada. Sin embargo, lo más destacado del recinto es el parque, declarado Jardín Artístico en 1941. Dos leones de mármol blanco, esculpidos en el siglo XIX para el Congreso de los Diputados en Madrid, donde no llegaron a colocarse nunca, comparten espacio con diversas criaturas y dioses de la mitología griega y romana. Allí, entre nenúfares y rosas, fuentecillas y enredaderas, magnolios y laureles, el aire parece ensimismado y romántico, embriagándonos con innumerables aromas y sensaciones. Hoy, sin embargo, el ensueño se desvanece por el estrépito automovilístico que asfixia al visitante. Pero entonces… Entonces no es de extrañar que fuera uno de los jardines privados más famosos de la Valencia del Ochocientos, y que el prestigio de Juan Bautista Romero se acrecentara con aquella adquisición, pues incluso hoy en día, y aun perdida su escala respecto a la arquitectura de los enormes edificios que rodean al jardín, es un lugar que impresiona y maravilla por su belleza.
Otra villa destacada de la zona, que no ha llegado hasta nuestros días por derribarse en el último tercio del siglo XX para construir un edificio conocido como la Pagoda, es el Palacio de Ripalda, erigido por el arquitecto Arnau Miramón entre 1889 y 1891. La impresionante y exótica residencia, recreación de un verdadero castillo medieval que parecía traído de Cornualles o la Bretaña francesa, no desentonaba con el ambiente de la Alameda. Fue encargado por la viuda del Conde de Ripalda, presidente de la Real Academia de San Carlos, senador y diputado conservador fallecido en 1879. Su evidente carácter romántico y la ausencia de precedentes en la ciudad, hicieron de él, hasta su vergonzoso derribo, uno de los símbolos de la ciudad.
La Alameda quedaba configurada así como un paseo extraordinario, jalonado de esculturas, fuentes, numerosas variedades de árboles y algún que otro templete para escuchar música en directo; allí se realizaban paradas militares, carreras ciclistas y se celebraban carnavales. Por eso no sorprende que se eligieran los alrededores de este prestigioso paseo para ubicar la sede de la Exposición Regional Valenciana.
La Exposición Regional Valenciana de 1909
Durante la segunda mitad del siglo XIX, las exposiciones artísticas y tecnológicas, organizadas por ciudades y países con el objetivo de mostrar el nivel de desarrollo alcanzado en las distintas ramas del saber y de la industria, proliferaron por doquier. La Gran Exposición de Londres en 1851 sirvió para demostrar cómo Inglaterra se había convertido en el país más avanzado del mundo. En 1867 París organizó una Exposición Universal de gran éxito, aunque fue la celebrada en 1889 la que legó a la humanidad uno de sus monumentos más grandiosos, la Torre Eiffel. Valencia, convertida ya en una ciudad burguesa e industriosa, también celebró sendas exposiciones en 1867 y 1883. La primera la organizó la Real Sociedad Económica de Amigos del País en el antiguo convento de San Juan de la Ribera, donde se exhibieron distintos productos de Valencia, Castellón y Alicante, así como algunos de las vecinas provincias de Murcia y Albacete. La segunda se localizó en los Jardines del Real y fue mucho más completa que la primera, pues el abanico de mercancías expuestas se amplió considerablemente, reuniendo, junto a artículos relacionados con la agricultura, utensilios mecánicos, tejidos, muebles y gran variedad de accesorios. El certamen resultó un éxito, siendo visitada por el rey Alfonso XII.
Aprovechando el éxito y la relevancia que a principios del siglo XX tuvieron las exposiciones de París y Turín, y en especial la efectuada en Zaragoza durante 1908, Tomas Trénor Palavicino decidió realizar un evento en Valencia que eclipsara a todos los celebrados con anterioridad en la urbe. El propósito era dar a conocer los productos que se estaban fabricando y cultivando en la región para abrir así nuevos mercados. Pero también debía servir para dar un impulso decisivo a la modernización de la ciudad, acelerando muchas de las reformas y mejoras que aún estaban pendientes, como el adoquinamiento de la Calle de la Paz y del camino del Grao. Con la ejecución de este proyecto se pretendía, además, expresar el grado de riqueza, progreso y avance artístico y económico que disfrutaba Valencia.
El primer paso para transmitir una imagen de opulencia y magnificencia era construir unas instalaciones acordes con esas ideas. La arquitectura no es ajena a la ideología, y la que se levantó para la Exposición Regional Valenciana de 1909 se caracterizó por su triunfalismo expreso. Eran edificios muy vistosos, con profusión de ornamentos, monumentales, que atraían las miradas y fascinaban, por su hinchada modernidad, a los visitantes y a quienes los contemplan en la actualidad en estampas o fotografías. Los burgueses que promovieron la Exposición, encabezados por Tomás Trénor, querían transmitir, por tanto, una imagen muy concreta de la ciudad. Por eso encargaron a arquitectos jóvenes la tarea de alzar la mayor parte de los pabellones, argumentando que así le proporcionarían al conjunto mayor realce. Sin embargo, importantes arquitectos valencianos, innovadores y de tendencias realmente adelantadas, como José Camaña Laymon, Joaquín María Arnau Marimón, Demetrio Ribes Marco o Vicente Ferrer Pérez, fueron excluidos por la organización, poniendo de manifiesto la pose de sus pretensiones, pues se hablaba de progreso e innovación, pero al mismo tiempo se aseguraba la permanencia del conjunto dentro de los cauces de la tradición y la moderación. Esta idea quedó reforzada con el nombramiento de Francisco Martorell, de concepciones muy tradicionales, como el arquitecto encargado de supervisar el adecuado acabado de los edificios.
Como se sabe, la Exposición Regional se inauguró el 22 de mayo de 1909, articulándose en torno a un espacio cerrado, con un solo acceso pegado al Paseo de la Alameda. La entrada la formaba un gran arco de ángulo rebajado en el que destacaban, cortándolo, dos enormes pilonos decorados con banderas y guirnaldas de flores. Muy cerca de allí se levantó un puente, el de La Pasarela, que debía unir directamente los terrenos de la Exposición con el centro de Valencia. La realización del puente ya representó todo un alarde técnico, pues el material empleado para su montaje fue hormigón armado. Era tal su novedad que tuvieron que efectuarlo trabajadores franceses. La Pasarela fue seriamente dañada por la riada de 1957, siendo restaurada sin gracia, lo que llevó a su derribo en la década de los 90, y a su sustitución por otro puente diseñado por Santiago Calatrava. Para facilitar el acceso al conjunto también se dispuso una línea de tranvía colgante sobre el río Turia, lo nunca visto hasta entonces en Valencia.
Nada más ingresar al recinto, junto a numerosas fuentes, estatuas, y pequeños pabellones expositivos privados, se encontraba, a mano izquierda, el Palacio Municipal. El encargado de construirlo fue Francisco Mora Berenguer, famoso arquitecto saguntino que ejecutó la obra en apenas tres meses causando gran impacto en la sociedad valenciana del momento. Sus intenciones al proyectar este edificio eran las de homenajear a los más bellos y significativos monumentos góticos valencianos, época ésta considerada como la de mayor magnificencia en la historia de la ciudad. Así, en la fachada del Palacio Municipal se distinguen claramente tres secciones. Una primera representada en las esquinas por torreones almenados que evocan a las Torres de Serranos; otra, junto al chaflán de entrada, en la que se reproduce una torre-campanario con claras referencias al Micalet; y una tercera que emula al gótico civil a través de una estructura palaciega con doble galería que recuerda a la Lonja de la Seda. Este homenaje al gótico civil, militar y religioso valenciano no fue bien recibido por algunos sectores de la población, más interesados en transmitir una imagen cosmopolita, internacional y moderna de Valencia. Sin embargo, su éxito ha llegado hasta nuestros días. Recargado y ostentoso por dentro, como todos los erigidos para la Exposición, fue utilizado por la Corporación Municipal, pudiéndose apreciar en su interior el artesonado del Salón de Recepciones y la preciosa vidriera que destaca sobre la escalinata de mármol del vestíbulo.
A mano derecha, donde en la actualidad se encuentra el hotel Westin pero ocupando un área mucho mayor, se construyeron el Gran Casino y la Gran Pista. Ésta última era una enorme explanada ovalada de 300 metros de perímetro –una superficie similar a la que hoy en día ocupa el cercano Estadio de Mestalla–, en la que acontecían los actos multitudinarios, como conferencias, festivales, conciertos o fiestas automovilísticas. El aforo de la Gran Pista rondaba los doce mil espectadores, que se ubicaban, rodeando la explanada, a lo largo de dos galerías porticadas. Si la ocasión lo requería podían añadirse sillas. La decoración general del lugar, con abundancia de estatuas de escayola, le daba al conjunto un aire clásico y triunfalista.
El Gran Casino era el pabellón más suntuoso de la Exposición, combinando elementos del neoimperio francés con otros neobarrocos y modernistas. Su grandiosidad se ponía de manifiesto en la entrada, formada por dos torres rematadas con cúpulas entre las que se levantaban unas elegantes y amplias escaleras al final de las cuales se erguían dos altas columnas neoclásicas, divididas en su mitad por una balaustrada de hierro con funciones de balconada. Su interior aún era más espectacular. Junto a las diferentes estancias, ricamente decoradas y lujosamente amuebladas, destacaba el Salón de Baile, realizado en blanco y oro, y con una espectacular cúpula de estructura metálica y enriquecida con luminosas vidrieras. El lugar era de acceso exclusivo a los miembros del casino de Valencia, es decir, a la elite política y económica de la ciudad. Allí se celebraron, nada más y nada menos que cuarenta y cinco fiestas-baile para regocijo y disfrute de las clases más acomodadas. El recinto también contaba con un cuarto de baño dotado de los más modernos adelantos (espejo, duchas, lavabo, calentador de agua, e inodoro completo). Según parece, su instalación tuvo muy buena acogida, agradando mucho a los acaudalados burgueses del casino, que lo copiaron para ubicarlo en las nuevas fincas que irían realizando a partir de entonces.
Un poco más al fondo, entre la Gran Pista y el Palacio Municipal, en medio del conjunto de la Exposición, se encontraba el Palacio de la Industria. La sede de este pabellón fue la Fábrica de Tabacos, confeccionada entre 1905 y 1909 para trasladar allí la vieja, situada en la antigua Aduana ocupando poco más de 3.000 m². La nueva fábrica, en cambio, rondaba los 24.000 m², lo que pone de manifiesto la creciente actividad industrial de Valencia a principios del siglo XX. El enorme inmueble, por tanto, de 75 metros de anchura por 120 de profundidad, se convirtió en el mayor de la ciudad, y en el más logrado ejemplo de arquitectura industrial en España. La construcción, de ladrillo visto, destaca por su sobriedad y funcionalidad, sin apenas motivos ornamentales. La excepción se presenta en la fachada principal, neoclásica y con un severo arco de piedra, donde se aprecia, junto a la elevación de su parte central, el remate con un reloj que realza la simetría del conjunto. Cuando se concluyó fue cedido al Ateneo Mercantil para albergar temporalmente el Palacio de Industria. Como contrapartida, el Ateneo se comprometió a sufragar las obras del Asilo de la lactancia, de clara influencia neomudéjar, destinado a guardería para los hijos de las trabajadoras de la tabacalera y que todavía subsiste adosado al Palacio Municipal. Aunque la ubicación del Palacio de la Industria había sido pensada para ocupar una posición destacada dentro del conjunto de las instalaciones, la sobriedad con la que fue realizada la Fábrica de Tabacos no encajaba con la grandiosidad que los organizadores deseaban. Por esta razón se optó por disimular su centralidad resaltando otros edificios en los laterales.
Una de las construcciones empleadas para reducir la centralidad de la Fábrica de Tabacos, fue el Pabellón de Agricultura, hallándose sus límites en la actual calle Armando Palacio Valdés, y el cuerpo principal de este palacio en la Plaza de Polo de Bernabé. El recinto, concebido como una alargada galería con tres entradas monumentales en cuyo interior se exhibían los distintos productos agrícolas de las tierras valencianas, servía de límite meridional a la Exposición, ahorrándose con ello los costes del establecimiento de vallas y muros para cerrarlo adecuadamente.
Junto a este pabellón, en lo que hoy es la Calle Doctor Moliner, se encontraba el Teatro-Circo, donde se realizaron 46 funciones, algunas de ellas de cine. Su interior estaba formado por una pista circular en la que se podían añadir asientos para aumentar el aforo en caso de representaciones teatrales, y una galería de dos pisos con profusión de detalles y ornamentos.
Entre este último inmueble, la parte trasera del Pabellón de Industria y la Fuente Luminosa, situada en el extremo más alejado de la Exposición con respecto a la entrada, se encontraba el Parque de Atracciones, formado por un gran tobogán coronado por un toldo y numerosas banderolas; por una montaña rusa, evocando las cúpulas acebolladas de la catedral de San Basilio en la Plaza Roja de Moscú; así como por los Urales, una atracción con ascensor en el que los vagones se deslizaban por unos raíles hasta un estanque.
Frente a ellos se alzaba, majestuosa, la Fuente Luminosa, justo en la intersección de las actuales Calles Artes Gráficas con Rodríguez Fornos. Contenía una torre cilíndrica escalonada, transparente e iluminada desde su interior. En su cúspide, un hueco con forma de concha albergaba unas esculturas de ninfas y tritones de las que manaba el agua, cayendo como una cascada sobre la torre iluminada. El monumento, que solo se ponía en funcionamiento los jueves y los domingos dado su elevado coste de mantenimiento, se completaba con una terraza a la que se accedía por dos escalinatas laterales bellamente decoradas, y desde la que podía admirar una panorámica general del recinto. De hecho, el conjunto de fuente y mirador se convirtió en uno de los espacios más significativos y apreciados de la Exposición.
Otro lugar notable era el Salón de actos y conciertos, situado muy cerca del actual Estadio de Fútbol de Mestalla. Con capacidad para dos mil quinientas personas, gustó tanto que se barajó la posibilidad de no derribarlo, aunque finalmente sufrió el mismo destino que la mayoría de los palacetes. Su entrada estaba enmarcada por dos cúpulas rematadas con otras dos esculturas simbolizando a la Victoria; y sobre el arco de ingreso al recinto, destacaban las numerosas vidrieras y una serie de figuras representando a Valencia, las Artes, la Industria y el Comercio.
Además de todos estos edificios, había pabellones de música, de automóviles e incluso uno realizado para mostrar a los ciudadanos los avances de la industria abaniquera. El recinto también contaba con un umbráculo, un cinematógrafo, cuadras, un palacio --a modo de templo greco-romano-- de las Bellas Artes y otro de Fomento, así como numerosos cobertizos y almacenes. Por todo el recinto se colocaron numerosos expositores. La mayoría estaban dedicados a productos agrícolas y sus derivados, como aceites, vinos, licores o dulces; destacaban los destinados a la industria textil, muchos de ellos provenientes de Alcoi. En total acudieron a la Exposición Regional Valenciana ciento diez localidades, ocupando un espacio de más de 16 hectáreas. Pero pese a todos los esfuerzos organizativos y la suntuosidad del evento, el balance económico se saldó con un déficit muy elevado, lo que provocó que al año siguiente, para intentar paliar las pérdidas, la Exposición Regional pasara a convertirse en Nacional. Pero esa ya es otra historia.
(*) Grabado. Archivo José Huguet.
(**) Foto: Martín Vidal Romero. História Gráfica de Valencia. Levante.
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