Año X - Número 59
Actualizado a 18/07/2010
Isabel Oliver. Valencia, jul'09.
Presentación de la conferencia (*)
Conferencia impartida en el LXX Aniversario II Encuentro de Escritores en Defensa de la Cultura. Valencia, 25 de octubre de 2007.
Como ya habrán observado, la mesa dedicada a Vicente Blasco Ibáñez tiene un defecto cronológico. Estas jornadas que inauguramos el día veintidós, han nacido de la idea de conmemorar el II Encuentro de Escritores en defensa de la Cultura, rindiendo homenaje a los eruditos republicanos que en el año treinta y siete, en plena guerra civil española, quisieron en Valencia, capital de la República, mostrar su repulsa y dejar claro su compromiso como demócratas, en cuanto a su postura ideológica se refiere. Y, es que en tiempos revueltos, la política y la cultura están obligadas a darse la mano.
El título de esta ponencia es “Blasco Ibáñez, político y escritor comprometido”. Él no formó parte de este evento que hoy estamos conmemorando, ya que físicamente nos dejó nueve años antes, pero por su figura y espíritu republicano, sin duda habría sido el abanderado de dicho encuentro.
La figura de Blasco Político y Blasco escritor es indisociable. Si tuviéramos que discernir en profundidad qué faceta de las dos nació antes, yo diría que la de político; aunque todos sabemos que se estrenó primero como escritor.
Blasco nace el día veintinueve de enero de 1867 en el número ocho de la calle de la Jabonería Nueva. Sus padres, Gaspar y Ramona, son inmigrantes aragoneses. Tienen un pequeño comercio de ultramarinos que les permite vivir sin demasiadas estrecheces.
Veintitrés años más tarde, en su artículo titulado “Gracias a todos” escribe: “… Cerca del mercado hay una calle habitada por industriales modestos, zapateros, tenderos de comestibles…” y más adelante continua: “…Esta calle es mi vida. La primera emoción de mi existencia fue verla lóbrega y desempedrada en una noche de 1869 cerrada por montones de adoquines, sobre los cuales, hombres barbudos y valerosos, con kepis gris y el fusil preparado, se disponían a pelear por la república federal”.
Blasco sólo tenía dos años de vida, y sin embargo, veintiún años después recordaba en este artículo la impresión que le produjo ver a unos hombres, muchos de ellos vecinos suyos, defendiendo una plaza; una calle, y con ella a sus habitantes.
Él con dos años no sabía lo que quería decir la palabra republicano; pero el mensaje subliminar que le llegó identificando como “los buenos” a los hombres barbudos que protegían su calle, fue determinante en el nacimiento de la conciencia política republicana de Vicente Blasco Ibáñez.
El general Prim había ordenado el desarme de todas las milicias; el veinte de septiembre era asesinado en Tarragona el secretario del gobernador, Raimundo Reyes, seis días más tarde salía publicada una circular en la Gaceta, prohibiendo las manifestaciones republicanas, ya que atribuía a las libertades de imprenta y de reunión la muerte acaecida.
Se sublevaron los batallones milicianos de Asturias, Galicia, Barcelona, Zaragoza y Alicante. Valencia lo hizo cuando el capitán general procedió al desarme.
Cuando llegamos a la España de la Restauración (1875), Blasco tiene ocho años. Es un niño avispado que gusta de escuchar las conversaciones de los mayores. Lleva tiempo oyendo hablar de las ventajas de la soberanía popular frente a la opresión monárquica. La gente habla de libertad de prensa, de sufragio universal, de la Ley Benot sobre el trabajo infantil y de la mujer, de la abolición de la esclavitud en Cuba, de la supresión de quintas y de consumos, de la libertad religiosa etc.…. Ve a la gente esperanzada e intuye que todo eso es bueno. Blasco político se parirá a sí mismo años más tarde a través de sus escritos y sus manifestaciones activas. Porque un político no lo es sólo desde el momento de la obtención de un carné de militante en un partido político, ni desde que ocupa un cargo medio en la directiva del mismo, ni cuando obtiene el acta de diputado, ni cuando llega a Presidente de la Nación.
Una persona se convierte en político cuando toma conciencia de que sus convicciones han crecido tanto dentro de ella, que le obligan a comprometerse activamente en defender los derechos de la sociedad.
Blasco Ibáñez comienza su compromiso político desde la universidad: las frecuentes huelgas de los trabajadores gremiales por un salario más justo, suma la adhesión estudiantil. Blasco es un abanderado, un conductor de masas, que en esta y otras manifestaciones estudiantiles pone al servicio de la causa republicana su ardor juvenil.
Decía al principio que en Blasco la palabra escrita y la política son indisociables: Con diecisiete años ya se sentó en el banquillo de los acusados como reo de lesa majestad, por escribir un soneto contra todas las monarquías. Y le seguirán otras ocasiones a lo largo de vida en las que sería encarcelado, y otras en las que se exiliaría para no serlo.
Su ardor republicano le llevará en 1887, con veinte años de edad, a ser elegido Presidente de las Juventudes Republicanas.
Blasco es un admirador ferviente de Ruiz Zorrilla, jefe del Partido Progresista. Zorrilla es un hombre admirado por todos y tenido como ejemplo a seguir por su republicanismo puro, imbuido de austeridad y honradez; pero su pensamiento político tomará partido por la doctrina de Pi i Margall, que predicaba una República federal. Blasco Ibáñez escribe:” La afición al estudio me llevó a buscar nuevos horizontes, leí las inmortales obras de Pi i Margall, vi en ellas que la República sin el sistema Federal es la Democracia incompleta, me convencí, después de grandes reflexiones, que en la realización de tales doctrinas consistía la revolución necesaria para España, y entré en el Partido Federalista”.
El poco tiempo de que disponemos no permite hacer un análisis en profundidad de la personalidad humana, política y literaria de Vicente Blasco Ibáñez. Sirvan estos breves apuntes como homenaje a un hombre republicano que desde su más tierna infancia escogió los ideales democráticos de la Revolución Francesa: libertad, igualdad y fraternidad; y puso al servicio de estos tres sagrados valores su talento como escritor denunciando las grandes carencias precisamente, de libertad, igualdad y fraternidad que sufría la capa española más modesta de la sociedad.
Para ello, fundó dos periódicos: la Bandera Federal y El Pueblo. Para ello escribió primero las novelas regionales, y después las sociales.
A un escritor comprometido no le basta con airear las situaciones vergonzantes e injustas. Se va implicando tanto que llega un momento en que se da cuenta que la crítica por sí sola no basta frente a los argumentos legales del poder: Tiene que formar parte del juego político de ese poder, para desde la legalidad favorecer el cambio. Sólo que Blasco Ibáñez es capaz de llevar sendas tareas parejas.
En 1899 fue elegido diputado a Cortes. Ya tenía publicadas Arroz y tartana, 1894, y la Barraca, 1898. Presenta en la primera el retrato de la clase burguesa valenciana, rodeándola de un ambiente festivo, y de falso fausto que esconde, muchas veces, las miserias de una clase económicamente desheredada que se niega a descender en su posición social.
Con la Barraca presenta la doble lucha de la gente del campo: por un lado el orgullo vengativo de los labradores hacia los terratenientes, que a menudo eran insensibles a las demandas de aplazamiento de pagos de sus arrendatarios, que tras un hecho dramático , deciden dejar yermas unas tierras. Y por otro lado, la lucha de una familia que llega a labrar esas tierras prohibidas y se ve repudiada y amenazada hasta el desenlace más desesperante.
Le sigue Entre Naranjos (1900). Donde presenta el problema de la comercialización de los cítricos en una zona acaparada por estructuras caciquiles nacidas de la riqueza que genera la exportación. En Cañas y barro (1902) presenta la vida de la gente de la Albufera. Gente preocupada por el sustento diario; representada por una familia de pescadores y los conflictos internos que genera el rompimiento de una tradición: el tío Paloma, pescador, quería que su hijo, el tío Toni, lo fuera; pero éste se esmeraba en lograr un terreno artificial en el que plantar arroz, y trabajaba de sol a sol para lograrlo. Su hijo, Tonet, ni quiere ser pescador ni labrador. No quiere trabajar tanto como sus mayores; sólo que no está preparado para ser otra cosa, y de su fracaso le sobreviene su tragedia.
En estas novelas en las que Blasco importa el Naturalismo francés de Zola, presenta a los trabajadores del campo y del mar como seres faltos de cultura, embrutecidos por el vino y esclavizados por el excesivo horario laboral ante la necesidad de traer el sustento a casa, en una situación extrema que raya en la miseria.
El compromiso político de Blasco pasa por procurar cultura a esas gentes. Lo hace instituyendo la Universidad Popular y fundando las Escuelas de Pescadores. Blasco creía, y así trataba de hacerlo entender, que en una sociedad culta es más difícil la manipulación. Que a través de la cultura se adquiere la capacidad de comparar y, por tanto, de elegir. Que una sociedad culta hace a sus componentes libres.
Continúa con las novelas sociales. La Catedral, El Intruso, La Bodega y la Horda. No es que las regionales no fueran también sociales, es que ahora el escritor va más lejos: Ahora sale de la región valenciana y se adentra en los problemas nacionales. Escoge las provincias de Toledo, Bilbao, Cádiz y Madrid, para hablarnos de las situaciones adversas sobrevenidas en el periodo de la Restauración.
Vendrá su ciclo de conferencias en Argentina, donde en nueve meses pronuncia más de cien discursos. A los que seguirá su malogrado intento de colonizador.
La I Guerra Mundial le estalla a Blasco casi recién llegado a París. Blasco ama a Francia por ser la de los Derechos del Hombre, por ser ella la impulsora del republicanismo más romántico.
A Blasco le duele en lo más hondo de su humanidad verla invadida por los alemanes, los enemigos de la Democracia.
Blasco domina el periodismo de compromiso, y una vez más escribe artículos que envía a su periódico El Pueblo. Como corresponsal de guerra envía crónicas desde el frente. En un rápido viaje a Madrid y Barcelona, para arreglar unas cuestiones editoriales, se da cuenta del gran poder político que conserva: Un sector de la sociedad española teme que debido a sus escritos como corresponsal, España entre en guerra.
Cabe preguntarse si Blasco no hubiera muerto tres años antes de la llegada de la II República, si España habría conocido la última Guerra Civil, y si habríamos soportado cuarenta años de dictadura franquista; ya que sin ninguna duda dado su carisma y carácter universal que alcanzó su persona, habría sido él el encargado de formar gobierno, y por tanto, el dirigente del nuevo destino de España.
De la experiencia vivida en este viaje, y de su participación activa como corresponsal de guerra nacerá la novela que le hará universalmente famoso: Los cuatro jinetes del Apocalipsis.
No voy a extenderme haciendo un repaso por esta y otras novelas, ya que el objetivo de presentar a Vicente Blasco Ibáñez como político y escritor comprometido creo que está logrado: Desde muy joven fue político. Y lo fue desde sus protestas revolucionarias, desde sus pasquines republicanos, desde su militancia en política, desde sus actas de diputado.
Y fue un escritor político porque desde su compromiso con los valores de la libertad, la igualdad y la solidaridad, empeñó su talento con la pluma en luchar por los derechos humanos con el noble deseo de elevar el estado de bienestar de la gente más desfavorecida.
Ahora detrás de mí, clausurará estas jornadas El Presidente de honor del Ateneo.
Durante estos cuatro días todas las voces que hemos pasado por esta mesa hemos coincidido en hablar del compromiso adquirido como defensores de la Cultura, por aquellos a los que venimos homenajeando.
Pero llegado el final de este congreso resultaría algo baladí y meramente vanidoso, el esfuerzo invertido, si todos cuantos hemos hablado de compromiso, somos incapaces de manifestar el nuestro.
Creo que este es un buen momento, para sin dejar de abrazar la memoria de aquellos que nos dieron ejemplo, continuar nuestro propio camino en el compromiso por la defensa de la Cultura.
Y la defensa de la Cultura no debe de quedarse, a mi modo de ver, diluida en una crítica social acompañando a una historia ficticia novelada. Ese fue el compromiso de nuestros antecesores, porque vivieron en una época de dura represión y de secuestro de la libertad de expresión, y no podían hacer más sin comprometer seriamente su libertad física e incluso la vida, como sabemos que ocurrió a los que saltaron a la arena de la rebeldía con la cara descubierta.
Pero este momento no es aquél. La palabra Democracia es hermosa. Ahora gozamos de las libertades por las que ellos lucharon, y por eso, la medida de nuestro compromiso debe de ir más allá, para no caer en el vicio de la repetición y el anquilosamiento.
Yo por mi parte deseo proponer que el Encuentro de Escritores en defensa de la Cultura lo celebremos cada tres años. Que elaboremos trabajos de vigilancia cultural, y que emitamos nuestras conclusiones ante la sociedad.
Hay temas candentes de ámbito cultural en España a los que se les da una solución política muchas veces errónea, y donde la voz del intelectual debería de estar presente, avalada por su labor de investigación que demostrara documentalmente quién está en posesión de la verdad.
Dije al principio que en tiempos revueltos la política y la cultura están obligadas a darse la mano. La idea es que la cultura ponga en su sitio aquello que la política descoloca.
Las constituciones democráticas están inspiradas en los valores de la Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano de la Revolución Francesa que otorgó la soberanía al pueblo. Por tanto, independientemente de que en un país democrático haya o no, monarquía parlamentaria, la Democracia es republicana.
Nosotros, los intelectuales republicanos tenemos el deber de velar por esos valores constitucionales; de vigilar de cerca la formación cultural de nuestros jóvenes. De cuidar de las raíces históricas de nuestras regiones, de procurar mantener la unidad de España respetando y haciendo respetar nuestras diferencias y nuestra identidad, y, sobretodo, repudiando todo aquello que vaya en menoscabo de la dignidad del ser humano. Creo que tenemos mucho trabajo por delante. Yo lanzo el reto y estoy segura que todo aquél que ame la libertad, la igualdad, y sea solidario aceptará comprometerse por la defensa de la Cultura, que no es más que uno de los derechos protegidos en nuestra Constitución. Muchas gracias.
(*) De izquierda a derecha en la mesa: Pedro J. de la Peña, Presidente de CLAVE; Isabel Oliver, Presidenta del Ateneo Republicano Blasco Ibáñez y Andrés Sorell, Presidente de Cedro.
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