Año X - Número 56
Actualizado a 29/05/2011
Montse Fayos. Valencia, jul'09
Es una ironía abrir una sección de obituarios con este tópico pero no deja de ser cierto que la muerte siempre nos pilla desprevenidos. Ya sea la de una persona de edad avanzada, ya sea la de alguien que vive al límite, ya sea la de alguien como Michael Jackson, que se había convertido en un fantasma del que hace tiempo, mucho tiempo, parecía una persona más o menos normal.
Ha muerto Jacko, el de las mil caras. El niño que sorprendía con su voz y su sentido del ritmo acompañando a sus hermanos mayores en los Jackson Five. El joven que subió los bailes urbanos negros a los escenarios e impactó al mundo entero con su movimientos. El autor de discos que son ya clásicos o de singles que no se pueden escuchar sin empezar a bailar: Thriller, Bad, Black and White y tantos otros. El pionero del videoclip que marcó un antes y un después en este género con esa pequeña obra maestra que fue Thriller. Ha muerto el personaje oscuro que coleccionaba porcelanas, dormía frente a un retrato de Shirley Temple y abusó, presuntamente, de varios menores con los que le gustaba compartir cama. Ha muerto el negro que quiso ser blanco y se desfiguró por completo. Y ha muerto, en resumen, un genio, apodado “el rey del pop” que, nos gustara o no, compuso brillantes canciones y, de la mano de Quincy Jones, ha pasado a formar parte de la historia de la música negra, blanca y de todos los colores.
Nacido en 1958 en el seno de una numerosa y ultracatólica familia de Indiana, Michael Jackson formó grupo con sus hermanos a los 10 años y rápidamente se convirtieron en un éxito más de la mítica Motown, con un sonido fresco, sencillo y muy directo. Fue el mago Quincy Jones el que tomó las riendas de su errático inicio de carrera en solitario, ya pasada la adolescencia, y le ayudó a vender sus primeros millones de copias con “Off the Wall”, aunque la revolución llegaría en el 82 con “Thriller”, del que se calcula que en la actualidad lleva vendidos 100 millones de copias. Jacko cantaba brillantes temas cuyo muy bailable sonido no dejaba indiferente a nadie, además de abrir un capítulo en la historia del videoclip y marcar estilo propio con sus coreografías. Michael ya era una estrella mundial y su trilogía del éxito se cerraría con “Bad” en 1986. La estrella ya comenzaba a desvariar y conocimos la existencia de su rancho Neverland, sus operaciones para blanquearse la piel, sus excentricidades para no verse contaminado con bacterias o sus ansias de juventud que le llevaban a dormir en una cámara de aire comprimido. Michael Jackson ya no era normal.
Los 90 estuvieron marcados por un bajón cualitativo en su carrera pero sobre todo por los escándalos y los presuntos abusos contra los mismos niños por los que tanto había hecho, con cuantiosos donativos. Luego vendría un marketiniano matrimonio con la hija del rey del rock, con la que se dice que nunca tuvo relaciones, y los hijos concebidos previo contrato y de los que hoy en día se duda que sean suyos. Jackson ya iba a la deriva. Lo vimos delgado, pálido, con unos rasgos deformados por el bisturí y solo, siempre muy solo.
Tras su muerte se ha desencadenado el inevitable circo mediático. Parece ser que el artista pesaba 50 kilos y tenía el cuerpo lleno de costuras de la cirugía y pinchazos de los analgésicos que se inyectaba. Ahora sus herederos deberán afrontar los 400 millones de dólares en deudas que se le calculan y la gira que había prometido a sus fans nunca se realizará. Ha nacido un mito, pero un mito terrorífico y siniestro si nos tenemos que quedar con los últimos años de su vida.
De manera que el mejor homenaje que podemos rendirle a alguien que ha hecho muchísimo por la música negra es poner alguna de sus canciones más brillantes y dejar que nuestros pies nos lleven al tiempo en el que el joven negro nos hacía disfrutar sin más pretensiones.
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