Año X - Número 56
Actualizado a 23/08/2010
“Muhamad ibn Mardanix, Lope Martínez o LLop Martí”
Fernando Millán Sánchez. Valencia
De cuantos personajes aparecen en el devenir de la historia del Reino de Valencia, ninguno tan extraño, tan desconcertante, tan apasionante, como Muhamad Ibn Mardanix, Lope Martínez en el testimonio de Ramón Menéndez Pidal, LLop Marti en los documentos de los cronistas mozárabes.
Corría el año 1140. El imperio Almorávide, que había unificado el Al-Andalus, se derrumbaba ante el empuje de los Almohades, la nueva corriente religiosa del Islam que proclamaba la llegada del Mhadí.
En las tierras del antiguo reino de los amiríes, un oficial del ejército almorávide se levantaba contra el último gobernador de Balansyya y conseguía reunir tras de si a todas las ciudades del reino. Primero la gran ciudad del Guadalaviar, más tarde los grandes puertos marítimos del reino de Denia, hasta poner bajo su mando todas las tierras que se extienden entre el río Ebro y el río Segura.
Pero el caudillo muladí, musulmán de reciente conversión, de conocida familia mozárabe, decidió llevar sus armas más allá de la frontera y atacó el antiguo reino de Murcia. Poca resistencia ofrecieron los restos de las tropas almorávides, y las nuevas conquistas del rey valenciano ampliaron su reino hasta los confines de Almería, el puerto más importante del imperio musulmán español.
Muhamad prosiguió sus conquistas por la costa mediterránea, y solo la resistencia encontrada en Málaga, parte del poderoso reino de Granada, y la amenaza latente de los almohades que pretendían recuperar todas las tierras del Al-Andalus, le detuvieron.
Su reino de Balansyya era, en el corazón del siglo XII, el más poderoso de todos los reinos taifas nacidos tras el derrumbe del imperio de los almorávides.
Tan poderoso que el propio Alfonso VII, el rey-emperador de los cristianos, señor de Castilla y de León, y protector de los hombres de las tres religiones, judíos, musulmanes y cristianos, le contaba entre sus amigos y aliados. A su corte acudía como uno más de sus ricos-hombres.
La fama de soldado invicto de Muhamad ibn Mardanix no tenía, entre juglares y trovadores, fronteras.
Y no obstante el reinado del gran caudillo musulmán, o mozárabe, fue, en los últimos años, especialmente convulso.
Primero fueron los faquíes, los doctores de la ley del profeta, los predicadores de las mezquitas, los guardianes de la ortodoxia, de las viejas y buenas costumbres, los que se le enfrentaron.
Muhamad, para mantener un poder que se cimentaba básicamente en el poder de las armas, completaba sus huestes musulmanas con fuertes contingentes de mercenarios cristianos, mucho más aguerridos para la batalla. Su propia guardia personal estaba formada por ellos.
Para contentarlos, para hacer frente a sus costumbres, el rey valenciano permitió la apertura de tabernas en las calles más céntricas de sus ciudades. Tabernas donde los cristianos del ejército y los mozárabes residentes acudían para beber alcohol cuando las tardes declinaban-
Un insulto a las costumbres del Islam, y a sus mandamientos, que prohibían expresamente la toma de bebidas alcohólicas y mucho más cuando esta se producía en lugares públicos.
El anatema de los faquíes cayó sobre el rey. Y los cronistas árabes, y los poetas valencianos, pusieron en entredicho su pertenencia al Islam.
Era una historia antigua que hundía sus raíces en sus propios orígenes, pero que adquiría una enorme trascendencia política cuando las huestes de los grandes emperadores almohaces llamaban a sus puertas.
Primero tuvo que ceder las tierras de Almería y situar sus fronteras en el reino de Murcia. Allí, y con la ayuda cristiana mantuvo en jaque a los nuevos creyentes africanos demorando durante años su conquista de Al-Andalus.
Y las conjuras en su propia corte dieron comienzo. Unas conjuras que tenían como objetivo asesinar al rey infiel y entregar sus tierras a los verdaderos creyentes. A los almohades que habían prometido derrotar a los cristianos y recuperar todas las tierras de la Hispania que un día estuvieron en poder de los califas.
Muhamad descubrió la conjura. Y descubrió al hombre que la dirigía. Era su propio suegro. Uno de los hombres más ricos de su reino, miembro de su consejo privado, que, con la traición, servía a los faquies, a la ortodoxia del Islam al tiempo que preparaba su futuro junto a los Almohades.
La sentencia dictada por el rey fue ejemplar. Y sus palabras quedaron grabadas Toda la estirpe del traidor sería ajusticiada para que ningún brote de ella pudiera atentar, en el futuro, contra el señor de Valencia.
Y la sentencia se cumplió. Y la esposa y los hijos tenidos con ella de Muhamad ibn Mardanix corrieron la misma suerte que el hombre que encabezó la revuelta.
Unas muertes que forjaron una leyenda. Nadie volvió a levantarse en armas contra el rey de Balansyya, aunque los doctores de la ley, los cronistas musulmanes de las tierras conquistadas por los almohades, los juglares cristianos, forjaron desde entonces la leyenda del rey Lobo. El hombre que no dudó en matar a su propia mujer, a sus propios hijos, para cumplir la sentencia que el mismo había dictado. Nadie, impunemente, pretendía su trono.
Hasta 1170 se mantuvo el reino y el mito. Solo en su vejez, cuando llevaba más de treinta años al frente de su reino, cuando la muerte, finalmente, vino a visitarle, cedió ante los almohades. Y solo entonces, tras su muerte, estos, los nuevos servidores del profeta, conquistaron Balansyya.
Demasiado tiempo perdido Vencieron a los castellanos de Alfonso VIII en Alarcos aunque no recuperaron ningún territorio cristianos. El propio rey castellano, en 1212, los derrotó definitivamente en las Navas de Tolosa.
Los cristianos, tras su muerte, saludaron al rey Lobo. El Islam lo repudió. Pero nunca el reino de Balansyya fue tan poderoso como en los tiempos del rey extraño a quien unos llamaron Muhamad ibn Mardanix, otros Lope Martínez y los más próximos LLop Martí.
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