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Arte y Libertad

Año X - Número 56

Actualizado a 18/07/2010

De visita en el cuarto de los sueños de Constante Gil

Laia Anguix Vilches

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El estudio de Constante Gil. Foto: Paco Carsí

El estudio de Constante Gil. Foto: Paco Carsí

Artículo editado en el nº11 de Arte y Libertad. 20 de febrero de 2002.

Nos miran deslumbrados, hieráticos, como heridos por el fogonazo de un flash o desconcertados por una sorpresa. Tienen la mente ausente, el gesto distraído, los ojos enrojecidos por el humo. Por un momento, tengo la sensación de que, al abrir las contraventanas de su estudio para dejar entrar la luz del mediodía, Constante Gil acaba de arrancar a sus criaturas de un letargo de siglos. De una noche sin fin ni retorno posible. Figuras del pasado, náufragos de una tertulia infinita. Incomparable galería de rostros macilentos ilustrando medio siglo de la vida de un lugar que fue reflejo de la inquietud cultural y política de toda una ciudad. Fielmente plasmados en expresivos retratos, los habituales del Café Madrid se han convertido ya en piezas de un particular rompecabezas de la Historia. X por si no bastara con eso, Constante ha hecho sus "instantáneas pictóricas" deliberadamente ingenuas, intencionadamente ambiguas, provocativamente irónicas. Puerta abierta hacia un millón de lecturas, dialéctica tela de araña... hacen que colgar a esta pintura la etiqueta de "naíf" resulte un gesto más que dudoso. Es cierto, ahí están los detalles minuciosos, la paleta radiante, los hombrecillos- caricatura, pero también toda esa trama de subjetividades y alusiones veladas, y también, por supuesto, una cuidada técnica clásica puesta al servicio de una narración más compleja de lo que parece a simple vista.

Pero el estudio de Constante Gil es también una caja de Pandora llena de sorpresas: allí se esconden y gestan los nuevos proyectos, las nuevas ilusiones y desvelos de este gallego incansable. Se trata esta vez de dos peculiares homenajes: el primero, a la música, en forma de una carpeta de grabados vibrante de garabatos danzarines, poseídos de una deliciosa ambigüedad semántica. La segunda carpeta es, como no, un canto a los paisajes de la infancia, a la dureza de la vida en las minas, a una Galicia lluviosa y onírica convertida en inmortal gracias al prisma mágico del recuerdo. Y es que los viajes a los que Constante nos invita con su pintura son más mentales que físicos: su fuerza es la de la imaginación, y por eso la mirada del espectador se pierde, agradecida, en este regalo de color que aleja el miedo y alimenta los sueños.

Me pregunto qué clase de extraños duendes habitarán en este alegre estudio: al apagarse las luces del taller creo vislumbrar, por un instante, al padre del pintor enviándome un guiño desde su travieso universo de arco-iris.

 

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