Año X - Número 55
Actualizado a 29/05/2011
Estela Rojo Hernández. Burgos, 28 de mayo`09
El Museo del Prado abre sus puertas a la luz de Joaquín Sorolla y es inevitable para mi echar en falta en sus salas algunos de los paisajes invernales que Burgos le brindó. Es cierto, no puedo negarlo, mis raíces burgalesas tal vez influyan en esa búsqueda pero al margen de ello, si alguna vez habéis disfrutado de su visión, me entenderéis cuando afirmo que ofrecen otra manera de descubrir la luz que tan magistralmente Sorolla investigó.
Recuerdo que justo hace un año recorría las salas de exposiciones de la Casa del Cordón visitando otra de las exposiciones de este maestro valenciano, cuando descubrí dos de sus obras sobre la Catedral de Burgos. Fue sin duda un descubrimiento para mi, recordaba haber visto alguna imagen en la facultad pero tal vez entonces no me causaron el mismo efecto Esta vez rodeada de la calidez que desprendían las playas del mediterráneo cargadas de suaves matices de color, las obras sobre la catedral aportaban un contrapunto fascinante dejando entrever el reto que debió suponer enfrentarse a un paisaje tan distinto.
Estas obras despertaron mi interés por conocer algo más de la visita de Sorolla a mi ciudad, lograr descubrir que le motivó a realizar ese viaje y tal vez descubrir que sintió ante aquella, mi catedral y los rincones que la abrazan.
Al parecer fue su asesor artístico Aureliano de Beruete quien le contagió su pasión por los paisajes y tipismos castellanos, unido al interés creciente en aquellos años por estas tierras también en el campo literario, empujó a Sorolla a numerosos viajes por tierras de Castilla. Avila, Segovia, Salamanca, León disfrutaron de su presencia e inspiraron algunas de sus obras pero Burgos me temó le sorprendió doblemente.
Eran finales de Marzo y principios de Abril de 1910 cuando Sorolla se dirige a tierras del Cid esperando encontrar la ciudad que 18 años atrás ya conoció junto a su mujer y su hija. Siguiendo la atracción por algunos de sus insignes monumentos, la Cartuja y Las Huelgas son los primeros lugares testigos de la visita del artista. Sorolla gran amante de la pintura pero también de la familia, escribe a su mujer como en tantas ocasiones para solventar las largas ausencias que le suponen esa manera de pintar al aire libre, comunicándole su intención de comenzar a pintar la Catedral.
El interior del Templo, acoge al maestro ofreciéndole los aspectos más duros de las majestuosa arquitectura, el frio y la humedad empapan el ambiente haciendo difícil la tarea estática de capturar detalles y rincones. Cuenta el propio Sorolla en sus cartas, que los propios sacerdotes le ofrecen un solideo para cubrirse la cabeza, ya que no estaba autorizado el uso del sombrero en el interior del edificio, “…y lo he aceptado pues la coronilla está con esto bien defendida, parezco un rabino” Así empieza a retratar una de las salas más bellas del templo, la capilla de los Condestables, buscando un ángulo que le ofrezca ese encuadre capaz de fascinar su mirada y acaba plasmando uno de los pequeños retablos laterales, obviando la arquitectura mas monumental.
Al día siguiente interesado en completar su visión, decide que serán los exteriores el objetivo de su pincel. Seguramente fue grande la sorpresa cuando esta vez la ciudad se viste de blanco para mostrarle también otras posibilidades de enfrentarse al paisaje y la luz. Burgos amanece cubierto de una inmensa nevada ofreciendo al artista un nuevo reto a su pintura. Para lograr la calidad de plein-air en la nieve hay que pintar bajo unas condiciones metereológicas muy duras.
Sorolla casi nunca había pintado nieve, más allá de la caída en las montañas, por ello debió sentirse doblemente intrigado y fascinado por el instante que se ofrecía ante él. Busca un pequeño rincón como se puede ver en la fotografía donde obtener el mejor ángulo, monta su caballete y sus pinceles y comienza a pintar bajo un cielo plomizo. Trabaja sin duda una imagen inédita para él, donde los blancos no son puros fruto del reflejo intenso del sol sino que se tiñen de matices de ese cielo impregnando su lienzo de amplias manchas casi transparentes en las que va mezclando el blanco, con el gris y el azul.
Una imagen que permanece en mi retina y que me lleva imaginar cada nevada tardía a Sorolla en un pequeño rincón inmerso en su pintura olvidando el frio de la ciudad.
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