Año X - Número 56
Actualizado a 23/08/2010
Manuela García. Valencia, marzo`09
Publicado en la Revista Contrastes, nº 54. Primavera'09.
El periodo de entre siglos en el que transcurre la vida de Sorolla fue para España, y también para Valencia, un periodo de inestabilidad. El nacimiento del pintor coincide con el inicio del reinado de Amadeo I de Saboya, lleno de serias dificultades que le llevan finalmente a abdicar. Tras su marcha, las Cortes proclaman la Primera República en febrero de 1873, que duraría tan sólo once meses, ya que un golpe de estado la derroca y promueve la Restauración borbónica con Alfonso XII. Hacia 1890, el republicanismo, con Blasco Ibáñez al frente, se convirtió en la fuerza más votada de Valencia, gobernando su Consistorio de manera casi ininterrumpida entre 1901 y 1923, año este último en el que se instauró la dictadura de Primo de Rivera.
Un hecho significativo de la cultura valenciana de la época fue el notable absentismo de su tierra natal de los más destacados artistas valencianos del momento. En este sentido, Joaquín Sorolla reconocía que: “Los artistas vivimos en Madrid por ser el centro de todo movimiento ... Yo viviría en Valencia ... si Valencia fuera el camino para alguna parte. Pero vivo aquí amando a Valencia y recordándola constantemente” (1).
Leyendo la correspondencia del pintor se ve claramente que sus grandes preocupaciones eran por una parte el bienestar de su familia; por la otra su pintura. Y así lo recoge Blasco Ibáñez, durante un tiempo gran amigo del pintor, cuando dice que: “Para Sorolla la pintura es lo único serio que existe en el mundo. Lo demás son cosas que indudablemente tienen cierto sentido, pero que no le interesan gran cosa ... Ocupado en su arte, ha pasado por la vida ... sin querer enterarse de que en el mundo hay otras cosas” (2). Y el mismo pintor lo corrobora así: “He vivido siempre en el amor de la familia, apartado de todo lo que no fuera el afecto de los míos y de la labor artística” (3). Nunca adoptó una postura militante que reflejara un compromiso con su momento histórico, ni fuera un mensaje político de denuncia.
Sorolla, para lograr el éxito que ansiaba como pintor, tenía la necesidad de abrirse camino fuese como fuese. Por eso se centró en una meta muy concreta: la de hacerse un nombre dentro de su profesión que le permitiera ganar dinero. En una carta a su amigo Pedro Gil le decía (4): “Los duelos con sol son menos”. Palabras en las que, según Facundo Tomás, “estaba encerrada toda su concepción erótica de la existencia, la afirmación de la España blanca, de la pintura como alegría de vivir y la búsqueda de la felicidad a través del rechazo de la muerte”.
Centrándonos ahora su trayectoria artística habría que recordar que al acabar su formación comenzó a enviar sus obras a concursos provinciales y exposiciones nacionales, como la de Madrid de 1881, donde presentó tres marinas que pasaron sin pena ni gloria al no encajar con la pintura oficial del momento. Esto le hace replantearse su carrera: “Aquí, para darse a conocer y ganar medallas, hay que hacer muertos.” Así lo hace y, por fin, en 1883, consigue una medalla en la Regional de Valencia con la obra Monja de Oración y en 1884 otra en la Exposición Nacional gracias a su cuadro Defensa del Parque de Artillería de Monteleón.
En 1889, instalado temporalmente en Valencia, se relaciona durante algún tiempo con el republicanismo revolucionario de su amigo Blasco Ibáñez, llegando a colaborar con el periódico que este dirigía, El Pueblo, para el que realizó un cartel anunciador. De esta época son las pinturas que contienen cierta carga social, entre las que cabe recordar: Otra Margarita (1892); ¡ Y aún dicen que el pescado es caro! (1894) una de las obras más representativas de su compromiso social, en la que aunque Sorolla lo negaba, parece ser que tanto el tema como su título están inspirados en la novela de su amigo Blasco Ibáñez, Flor de mayo. Otra obra de este género es Trata de blancas (1895), protagonizada por un grupo de pobres prostitutas que van al encuentro de un destino incierto. Completa esta serie el cuadro titulado Triste herencia (1895), del que Miguel de Unamuno, como representante de la España negra, criticaría que: “Hasta en aquellos pobres niños que van, bajo un chorro de luz de sol, a bañar sus cuerpecitos escuálidos en el mar redentor, se ve una tendencia a la salud”.
Felipe Garín y Facundo Tomás señalan que “Los cuadros sociales de Sorolla significaron un momento productivo que fue importante como parte de las búsquedas de distinto tipo que llevó en esta amplia primera etapa ....y proyectaron la figura de Sorolla como pintor popular, enemigo de las injusticias y amigo de quienes deseaban una sociedad mejor organizada” (5). Una imagen que quedaría algo paliada en las siguientes etapas en las que el pintor se recrea en aspectos más amables, embelleciendo la realidad, pero con las que consiguió lo que pretendía, darse a conocer.
Desde las filas del blasquismo se alabo su conciencia social y, años después, el periodista Azzati escribiría que “¡Y aún dicen que el pescado es caro! tiene el sabor trágico de las luchas del proletariado del mar. Equivale en expresión, en intensidad, en valor espiritual a Flor de mayo, de Blasco Ibáñez...Y Triste herencia no es sino la traducción de una sensibilidad en la que palpitan todas las protestas y todas las rebeldías...” (6)
Pero Sorolla no sería siempre fiel a estos ideales blasquistas y cuando convino a sus intereses tomó partido a favor del rey Alfonso XII, llegando a ser el primer pintor de la Corte. Tomás y Garín lo disculpan diciendo que: “En ello intervino algo que afecta a las artes plásticas en su propia esencia..., el producto de los artistas plásticos es un objeto material, de cuya propiedad debe desprenderse el autor cuando lo entrega a un comprador; de ahí que el precio de sus cuadros, la riqueza, en suma, para el pintor sea el metro del éxito. Vicente Blasco entendió esto muy bien y lo contó en La maja desnuda, tratando de los retratos de su protagonista, Mariano Renovales, de los que decía que para sostener su riqueza, compañera inseparable de la gloria, había que pintar a destajo, halagando la vulgaridad del que paga”. Lo cierto es que el pintor dio un giro completo a su actitud política acercándose a “los estratos ricos y poderosos de la sociedad a través de sus encargos pictóricos”.
Javier Tusell comentaba como (7): “La correspondencia de Sorolla...testimonia, a la vez, una cercanía inicial con Blasco a comienzos del nuevo siglo y un posterior evidente distanciamiento, sin verdadera ruptura”. Como dato adicional sobre este tema, cabe señalar que el intercambio epistolar entre Blasco y Sorolla se interrumpe en 1912.
También es significativa la postura de Sorolla frente al que era en esos años su principal cliente, Archer Huntington. En el marco de la primera guerra mundial, Sorolla se debatía entre la posición germanófila que predominaba en las clases altas españolas y la postura de los americanos de apoyo a los aliados, así que en su correspondencia con su mecenas trataba de evitar el tema diciendo “en nada me meto que no sea en mi ente”, aunque al final de la contienda le felicitó por la victoria aliada.
Y cuando al final de su vida realiza sus “Visiones de España” para la Hispanic Society se atiene a una concepción estereotipada del país ajena a la realidad social de aquellos años con la que trata de hacer confortable el mundo, ocultando la maldad que hay en él. En esta obra Sorolla sucumbió, una vez más, a los intereses económicos aún a costa de sacrificar su salud, aunque ciertamente se quejaba por los años y esfuerzos que tuvo que dedicar a esa inmensa tarea en lugar de haber pintado cosas que le atraían más.
Notas:
(1)(3) Entrevista realizada a Sorolla por Francisco Martín Caballero en 1913, “Como viven los valencianos en Madrid. Hablando con D. Joaquín Sorolla”
(2) Nieto de Velázquez, hijo de Goya. Artículo escrito por Blasco Ibáñez en 1907.
(4) Epistolarios de Joaquín Sorolla. Facundo Tomás, Felipe Garín y otros. Anthropos Editorial, Barcelona, 2007
(5) Joaquín Sorolla (1863-1923). Felipe Garín y Facundo Tomás. Tf. Editores, Madrid, 2006.
(6) Felix Azzati en un artículo escrito a la muerte del pintor, La gloria más pura es el llanto de todos.
(7) Javier Tusell. Articulo sobre Joaquín Sorolla en los ambientes políticos y culturales de su tiempo (1998).
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