Año IX - Número 54
Actualizado a 29/05/2011
Alberto Requena. Santander, abril'09
Esta novela de Blasco Ibáñez fue terminada en 1919 al final de la 1ª guerra mundial y es junto a “Los cuatro jinetes del Apocalipsis” y “Mare Nostrum” una de las tres obras que escribió sobre la misma, si bien no tiene la intensidad ni dramatismo en cuanto a las escenas bélicas, que las otras dos.
Los relatos se refieren al paso de trenes hacia los frentes de batalla y a los heridos que convalecen en Montecarlo, que es donde se desarrolla la mayor parte de la acción.
En cuanto a la filmografía, solo existe (que yo sepa) más que una película que con el mismo tïtulo se rodó en 1923 en Estados Unidos dirigida por Alan Crosland, director de la primera película sonora: “El cantor de jazz”.
Aprovechando la ocasión y dirigiéndome, por supuesto a los que no lo conocen, que se dice como si fuera un tópico, que la primera película hablada es la aludida y no es cierto. Esta película es muda y con letreros, lo que se oyen son las canciones de Al Jhonson.
La primera película “hablada” es “Luces de Nueva York” de 1928.
El autor comenta al principio la popularidad que tuvo en Montecarlo cuando se publicó con referencia a los personajes: “Muchos de los que frecuentan el casino de Montecarlo señalan a un gran señor de origen ruso y afirman que es el principe Lubimoff de “ Los enemigos de la mujer ”.En un cementerio que existen junto al camino de Montecarlo a la Turbie, muestran la tumba de la duquesa “Alicia”.
La novela como su nombre indica se refiere a un grupo de misóginos que opinan: “La gran sabiduría del hombre, es no necesitar a la mujer”, y se reúnen habitualmente en “Villa Serena” propiedad del príncipe Lubimoff, principal protagonista, junto con la duquesa Alicia y que mantienen un romance bastante “pintoresco”, pese a la misoginia del primero.
La novela en el fondo es una critica contra la ludopatia y sus consecuencias; una nota curiosa es la opinión de uno de los personajes, poseedor de una especie de amuleto que denomina “El rosario de Satán” que usa para jugar en el casino y que se trata de un rosario como todos, pero de cuentas rojas y con los dieces negros. Lo más importante era el grupo de objetos que colgaban en el lugar de la ausente cruz: Un elefante de marfil, una moneda auténtica del emperador Constantino encontrada en unas excavaciones en Anatolia, y un falo de oro con un resorte engendrador de viles contorsiones. Este opina: “Porque usted debe saber, indudablemente, que el español es la lengua usual del diablo, después del latin. En español están escritos los más poderosos conjuros. ¡¡Oh los nigromantes de Toledo!! , ¡¡Los sabios brujos de Salamanca!!.
Sobre las escenas que describe el autor, referentes al juego y sus consecuencias negativas, voy a destacar algunas que considero interesantes y muy elocuentes: “El principe se acordo del famoso “Banco de los suicidas” en los jardines del casino. Una leyenda para periodicos. No existía. Cuando se mataban varios en un mismo banco la administración lo hacia cambiar de sitio inmediatamente”, dice uno de los perdedores:
“Creyó por un momento que el suelo escapaba bajo sus pies; se sintió flotar, rodeado de fuerzas misteriosas que rompían y ablandaban su voluntad.” Pasó una mano por su frente, como si quisiera repeler muy lejos esta flaqueza momentánea. ¡Ah perra!, exclamó mentalmente, insultando a la fortuna, seguro otra vez de que iba a esclavizarla, y continuó jugando.
También me gustaría transcribir algunos párrafos que por su belleza literaria, me parecen encantadores, por su descripción de paisajes:
“A un lado avanzaba el “Cap Martin” repeliendo el asalto de las olas, círculo de corderos blancos que se sucedían incesantemente surgiendo de las praderas azules; más allá, la costa de Italia, sonrosada por la melancolía de la tarde; y en el extremo opuesto, el Cap d’Ail y el Cap Ferrat, sobre cuyos lomos abullonados de verde por la arboledas y moteados de blanco por las villas, empezaba a extenderse el sudario de oro que debía envolver la muerte del sol, ¡ Hermoso ¡, ¡Muy hermoso!.”
Y por ultimo esta especie de colofón del final de la guerra: “Pero el invierno de la guerra ha terminado; ya llega la primavera de la paz. Y la misma mano verde que pone florecillas y mariposas sobre la tumba anónima cuelga olorosas guirnaldas de los muros ennegrecidos por el incendio, tapiza con el terciopelo vegetal las pendientes abiertas por las explosiones, hace gorjear los pájaros y rebullir los insectos sobre la sepulturas, guía la serpenteante enredadera por el leño negro de las cruces, como si quisiera convertirlos en tirsos... ¡Ay! la tierra ignora los dolores.”
No quisiera terminar este artículo sin hacer mención especial a los comentarios que hace Blasco Ibáñez, (como siempre), al tema de la música, y esta vez no a Wagner:
“Allí, en la entrada de las terrazas que bordean el mediterráneo, se yerguen los dos únicos monumentos de la ciudad, dedicados a la gloria de dos músicos franceses por el simple hecho de que algunas de sus obras fueron estrenadas en el teatro del casino. Labrados en mármol, Berlioz (La condenación de Fausto), y Massenet (Don Quijote, Amadís y El Juglar de Nuestra Señora), saludan vagamente con sus ojos sin pupila a las muchedumbres cosmopolitas que van llegando a la casa de juego “Son croupiers honorarios”, decía Castro.
Massenet, lo acepto – Pensó Miguel - , fue feliz,tuvo dinero, conoció la gloria de la vida. ¡Pero Berlioz, que pasó sus años luchando con la propia pobreza y el desvío del publico, haciendo guardia después de muerto a los millones del casino!.
Como siempre os recomiendo la lectura de esta obra, que si bien no supera a las otras dos aludidas al principio de este articulo, sí, es a mi juicio la mejor de las que escribió sobre la costa azul (El fantasma de las alas de oro y Novelas de la costa azul).
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