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Número 54
14 de Abril de 2009

Oro Viejo

Blasco y la Semana Santa

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Año IX - Número 54

Actualizado a 18/07/2010

Blasco Ibáñez y la Semana Santa

José Aledón. Valencia, abril`09.

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Fotograma de la Película Sangre y Arena, 1916

Fotograma de la Película Sangre y Arena, 1916

El pasado año se cumplió el centenario de la publicación de Sangre y arena”, la novela que sobre el mundo de los toros escribió Blasco Ibáñez. En dicha novela hallamos una de las dos descripciones que de las celebraciones callejeras de la Semana Santa hiciera el escritor valenciano. La otra forma parte de su novela “Flor de Mayo”, ambientada, como es bien sabido, en el Cabanyal y Canyamelar.

Antes que nada convendrá recordar que Blasco Ibáñez fue durante toda su vida un librepensador con fuertes ribetes anticlericales, más o menos subidos de tono en función de su trayectoria política y vital. Podemos pues suponer el tratamiento que nuestro hombre le dispensa a esta manifestación de religiosidad popular que, con la inevitable transformación que impone el paso del tiempo, sigue desarrollándose con plena vitalidad en tantos lugares de España.

Entre las dos citadas descripciones de las procesiones y actos de la Semana Santa media un abismo, no sólo de índole temporal sino psicológica. En los trece años transcurridos entre la publicación de “Flor de Mayo” (1895) y “Sangre y arena” (1908) han sucedido demasiadas cosas, tanto a nivel general como personal, produciéndose grandes cambios en el hombre y en el político, cambios fácilmente predecibles si tenemos en cuenta su carácter y ese vertiginoso modo de vivir en el que “quema la vela por ambos cabos”.

En sus descripciones de la Semana Santa predomina el sarcasmo, aunque eso sí,  entreverado de cierta conmiseración producida por su innata inclinación pedagógica. Todo se arreglará cuando el pueblo esté debidamente formado, cree don Vicente.

Tronaba en las calles del Cabañal, a pesar de que el día había amanecido sereno”. Estas son las primeras quince palabras de las mil novecientas cuatro que contiene el capítulo quinto de “Flor de Mayo”, el dedicado a la Semana Santa.

No estará de más hacer una aclaración que, sin duda, sorprenderá a muchos, y es que aunque Blasco siempre habla en ese capítulo del Cabanyal, en puridad está hablando del Canyamelar. El novelista lo que describe en ese capítulo es lo que sucede alrededor de la cuarta estación (el Santo Encuentro) del Vía Crucis del Viernes Santo. Sitúa el Encuentro en “mitad de la calle de San Antonio, casi a la puerta de la taberna del tío Chulla”. La trama urbana de los actuales Cabanyal y Canyamelar es prácticamente idéntica a la de hace un siglo, salvo la falta de empedrado y  la existencia de las acequias que dividían de una manera casi infranqueable esas dos barriadas del antiguo Poble Nou de la Mar. Las calles, cortadas por dichas acequias, cambiaban generalmente de nombre según estuvieran en uno u otro barrio. Así, la de San Antonio no era otra que la actual  calle de la Barraca en el tramo existente entre la acequia del Riuet (actual calle de Francesc Cubells) y la acequia de Gas (actual calle del Mediterráni), o sea, puro Canyamelar. De dicha acequia de Gas hasta la Pixavaques (actual calle Pintor Ferrandis) tomaba el nombre de Buena Vista, y desde la última acequia a la de la Cadena (actual Avinguda dels Tarongers) era denominada Buena Guía (ver “Historia del Cabanyal. Poble Nou de la Mar (1238-1897)“ de A. Sanchis Pallarés, p. 111).

Cada barrio hacía sus propias procesiones de Semana Santa en esa época, no admitiendo injerencia alguna de los demás.

Aunque algunos sólo vean en “Flor de Mayo” una tragedia amorosa magistralmente bordada sobre el cañamazo de la pesca y el contrabando, con alguna pincelada costumbrista como la referente a la Semana Santa Marinera, se trata realmente de una novela de denuncia, que junto con Arroz y tartana” (1894) y “La Barraca” (1898) constituye un artístico e irrefutable alegato contra la tiranía que la ciudad de Valencia ejercía sobre sus aledaños (huerta y mar) y que se manifestaba en la importante cuestión de los impuestos por consumos, con su corolario de fielatos y consumeros. Tal cuestión generó violentos debates en el seno de algunos partidos políticos de la época, como fue el caso del republicano Partido Federal. Blasco tomó parte en la lucha utilizando el arma que mejor blandía: la pluma.

Volvamos al Cabanyal (bueno… al Canyamelar). Ese pueblo que para no morir de hambre tiene que alternar las redes con los fardos de contrabando celebra a su manera la Semana Santa. Blasco ha visto sus procesiones muchas veces, eligiendo para su reivindicativa obra el momento más dramático de todas ellas: el Santo Encuentro. El dolor que la escena simboliza lo han sentido muchas madres de estos barrios, mujeres que, con el corazón en un puño, desde la escollera han visto a sus hijos – algunos unos niños aún (gats de barca) –, agarrados a un madero, luchar inútilmente con las olas hasta morir estrellados contra las rocas, ahí mismo, casi a sus pies, sin poder hacer nada para evitarlo. Hay seriedad y respeto en esa procesión, y, lo que a otros inspira compasión o resignación a Blasco le provoca indignación, dirigiendo aceradas pullas a los sencillos participantes de la fiesta. Así, conforme pasa revista les va motejando sin piedad: a los judíos (realmente los sayones) les llama “fieros mamarrachos”, los penitentes (la cofradía de vestas) son “negras cucarachas”, constituyendo para él los granaderos de la Virgen “el colmo de la caricatura y el despropósito” y recibiendo las formaciones citadas el nada ortodoxo nombre de “collas”. Remata la faena calificando la procesión de “mascarada”.

No puede faltar, incluso en ese capítulo, el reflejo de la citada tirantez entre la ciudad y su periferia; “Entre los espectadores veíanse caras pálidas y ojerosas, bocas sonrientes, gente alegre que, después de una noche tormentosa, había venido desde Valencia para reírse un poco… ¡A burlarse de una fiesta tan antigua como el mismo Cabañal…! ¡Señor! De Valencia habían de ser para atreverse a tanto”. Omite Blasco que él también es de Valencia y hace exactamente lo mismo cuando escribe lo que piensa.

Once años más tarde aquel revolucionario denodado, que ha pasado por la cárcel más de treinta veces, ha devenido un hombre desengañado de la política y sus profesionales. Su matrimonio ha sido un fracaso y está decidido a tomarse la revancha en el plano más personal e intransferible: hay que vivir. Se ha alejado de las masas para acercarse a una bella mujer de la que se ha enamorado perdidamente. Ella es Elena Ortúzar y Bulnes, procede de una de las más ilustres familias de Chile y está casada con un diplomático destinado en París. La conoce en Madrid en marzo de 1906. Viven un breve y apasionado idilio y deja la política, renunciando a su acta de diputado por la Unión Republicana. Sólo vive para ese nuevo y subyugante amor. Pero no todo son mieles, Elena tiene un carácter resuelto y además profesa un acendrado catolicismo – en el curso de su larga vida realizó tres viajes a Tierra Santa y fue recibida tres veces en la Santa Sede – lo cual supone inevitables choques con nuestro autor. La ruptura tiene que llegar un dia u otro. Ello ocurre en 1907. Blasco está desnortado, llegando a considerar el volver a la política activa, pero antes debe liberarse de un tremendo peso, consiguiéndolo – como no podía ser de otra manera – a través de una novela. En dos meses escribe “La voluntad de vivir”, magnífico y autobiográfico trabajo. Decide reponer fuerzas y marcha a Sevilla para “descansar y conocer la Semana Santa”, según se lee en “El Liberal” de Sevilla del 1 de abril de 1907.

Sale elegido diputado por sexta vez pero… cinco días más tarde recibe un enigmático telegrama. Lo deja todo y parte para Alicante. Unos días después Francisco Sempere, su editor, recibe la orden terminante de destruir la edición íntegra – afortunadamente se distrajeron tres ejemplares – de “La voluntad de vivir”.

Ha habido reconciliación y, para celebrarlo, la pareja inicia un viaje por Europa que llegará hasta Turquía. Al regresar harán también turismo por España. De su paso por Sevilla saldrá “Sangre y arena”, la novela de los toros, escrita entre enero y marzo de 1908. Esta ya no es una novela de combate, es la radiografía de un amor interclasista y caprichoso  con desenlace fatal. Es en ese contexto donde aparece la más famosa de las Semanas Santas del mundo.

Hay que aclarar que la procesión que aquí refiere es “la Madrugá”, celebrada, como su nombre indica, durante la madrugada del Viernes Santo. Es ésta una prolija descripción en la que emplea siete mil seiscientas palabras. Blasco será, como siempre, fiel a sí mismo en la descripción sevillana, pero ya no vemos aquí la acerada ironía aplicada a las procesiones del Canyamelar, sino una crítica sincera aunque algo desvaída y aséptica y, por supuesto, mucho más atemperada y tolerante, producto de su evolución personal, pero, sobre todo, de la influencia del amor profano y sagrado de los que tan devota es su compañera.

Vemos que donde antes dijo “collas” ahora dice “cofradías” (hasta quince veces). Mientras que en la procesión  del Canyamelar aparecen tres anónimas imágenes (“la Virgen”; “Jesús con la cruz” y “Jesús crucificado”) en el caso sevillano se toma la molestia de transcribir con minuciosidad notarial hasta quince pasos “de palio” o “misterio”, como dicen los sevillanos. Cuando en “Flor de Mayo” sólo cita una iglesia innominada (sin duda la de Ntra. Sra. del Rosario), en “Sangre y arena” encontramos las de “San Lorenzo” y “San Gil”. Ya no volvemos a leer aquello de “grotescos figurones”, “fieros mamarrachos”, “cucarachas”, “Carnaval” y demás, sino “nazarenos”, “armados” y hasta “cofrades”… Es cierto que señala el derroche y el lujo manifiesto en los pasos sevillanos: “vestido con amplia túnica de terciopelo cubierta con flores de oro…”; “la cola del manto, con una amplitud de muchos metros, descendía detrás del paso…”; “mostrando el esplendor de sus bordados pesadísimos, deslumbrantes, costosos…”; “mantos de Virgen de aplastante suntuosidad; Redentores coronados de oro, con vestimenta de brocado, todo un mundo de imágenes absurdas, en las que contrastaban los rostros trágicos, sanguinolentos o lloriqueantes con las ropas de un lujo teatral cargadas de riquezas”.

Tampoco silencia la fuerte presencia del alcohol y sus efectos en aquellas celebraciones: “las cofradías populares, en las que la devoción iba acompañada de embriaguez y escándalo…”; “abundaban los borrachos en la multitud…”; “Cuando acababan los cantos, prorrumpía el público en aclamaciones de entusiasmo obsceno…”; ”el vino circulaba en vasos a los pies de la imagen”; “un nazareno con el cirio apagado y una mano en el capuchón se arqueaba ruidosamente frente a una esquina para dar expansión a su estómago revuelto…”. 

Palabras fuertes, sí, pero sin duda las hubiera suscrito igualmente cualquier religioso trabajando en las misiones. Poco queda ya del iconoclasta de los primeros tiempos.

Esta es, en síntesis, la visión que de la Semana Santa tenía Blasco Ibáñez. Nunca fue infiel a sí mismo cuando la describió, a nadie engañó cuando tan duro fue al narrar la de un pueblo que era el suyo, ni cuando, casi asépticamente, retrató el barroco delirio sevillano. De lo que sí estoy convencido es de que ambas pinturas fueron hechas bajo la irresistible influencia del amor, amor juvenil a la Libertad, la Igualdad y la Fraternidad y amor maduro a la turbadora mujer que le acompañó hasta su muerte.

Por nada volvería a esta existencia de sacrificio, de miseria y de continuo combate por un ideal… Pero lo recuerdo emocionado como uno de los períodos más interesantes de mi existencia…” (Prólogo a “Flor de Mayo”, escrito en 1923).

Respeto cosas en que no creo, en que no he creído nunca, sólo porque tú las amas…” (“La voluntad de vivir”. 1907).

(*) Alrededores de Valencia. Una Calle del Cabañal, (Valencia en 1888, José Huguet)

(**) Alrededores de Valencia. Una Calle del Cabañal, (Valencia en 1888, José Huguet)

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