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Arte y Libertad

Año IX - Número 54

Actualizado a 29/05/2011

Juicio Crítico de Sangre y Arena

Andrés González-Blanco, hacia 1920. La Novela Corta.

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Cuadernillo con las críticas de Gonzáles-Blanco

Cuadernillo con las críticas de Gonzáles-Blanco

Había prescrito la españolada a manos de aquel desenfrenado productor que se llamó Dumas (padre), de aquel admirable colorista que se llamó Teófilo Gautier, mago de la descripción relumbrante y vigorosa y de la visión plástica del mundo exterior y por fin, de aquél formidable artista contenido en su sensibilidad, apagado en su estilo que es más estilo escultórico, rígido y de pliegues hieráticos que pictórico, que se llamó Prospero Merimée, en quien anidaba un erudito mistificador forrado de un analista severo y de un emocional concentrado y tartamudo, que sólo a media voz y en tono menor decía su emoción por miedo de hacer reír al público viéndole llorar, siguiendo aquella máxima que de niño aprendiera en un libro griego: Acuérdate de ser desconfiado...

Después de la España de Dumas, del Viaje a España de Teófilo Gautier y de la españolísíma y retrechera Carmen de Merimée que el músico Bizet inmortalizó para siempre, parecía que e! reino de la españolada había terminado y que nadie más podría nunca darnos sin peligro de ser tachado de visión falsa y de arte basado en tópicos, un cuadro de España tan de cromo y de decoración teatral como los cuadros que nos brindaron a mediados del siglo pasado esos tres preclaros artistas de Francia.

Blasco Ibáñez con su arte exquisito, ha querido demostrar a los artistas españoles y al gran público hispano-americano - o mejor dicho, universal — que tiene, que con imágenes ya muy gastadas puede el artista componer escenas admirables. Nadie que no fuera tan gran artista, tan verdadero y selecto artista como es Blasco Ibáñez, podría con elementos de «españolada», con cromos de feria y paisajes de abanicos, llegar a componer una novela tan perfecta como es Sangre y Arena, que ha sido mundialmente estimada y a varios idiomas traducida, popularizándola singularmente entre el gran publico universal la traducción francesa de G. Herelle: Arenes sanglantes.

Los amores de la gran dama exótica y del torero español han sido diversas veces motivo de escenas y cuadros de arte realista. En la misma España con anterioridad a la novela de Blasco Ibáñez, había una novela de don Manuel Héctor Abreu: Niño bonito, novela de torería y de rumbo y de amores de dama extranjera con garboso matador sevillano. Conozco la novela del Sr. Abreu, bien trazada y de plan harmónico, pero pésimamente escrita. ¡Como si Blasco Ibáñez fuese además artista tan escaso y ayuno de imaginación que necesitase pedir prestado a nadie argumentos ni temas de obra o tomar su bien donde lo encontrare, como decía Moliere!... Ciertamente que quien haya leído la novela de D. Manuel H. Abreu y la novela de Blasco Ibáñez no encuentra más semejanzas que en la elección de tipos primaciales de la obra y en el eje central; un argumento corriente y banal como es el del amor basado en la intuición psicológica tan repetida de que las mujeres adoran lo que brilla y deslumbra, las lentejuelas, el nombre, la gloria, mejor dicho, la fama y el oro, lo que brilla y reluce, como las alondras... Y esta no es razón bastante para acusar de plagio a un autor, como hicieron aquí periodistas superficiales, y frívolos.

Los amores de la dama francesa con el torero español están tratados aquí con más emoción y tono dramático y el héroe de Blasco Ibáñez no es—como el del señor Abreu—un torero bonito, un torero de salón, un bibelot de la torería, sino un torero serio y grave, consciente de su arte y de su dignidad profesional, y en la vida corriente muy hombre y muy dueño de sí, poco pagado de vanidades de exotismo y de halagos del lujo... La novela, es una fuerte e intensísima novela, una de las tres o cuatro grandes novelas de Blasco Ibáñez—yo diría: La barraca, La Horda, Cañas y barro y Sangre y Arena—en que la visión del mundo exterior, plástica y luminosa (como la descripción de la corrida de toros) está aliada a una gran penetración psicológica, con un gran dominio del juego de las pasiones y a la tensión de un argumento dramático y emocional admirablemente desarrollado.

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