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Número 53
29 de Enero de 2009

Sociedad

8 de marzo, Día Internacional de la Mujer

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Año IX - Número 53

Actualizado a 23/08/2010

8 de marzo
“Día de la mujer trabajadora”

Caliope. Valencia, marzo’09

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Empezaré confesando que ni soy, ni he sido, ni seré feminista. Lo cual quiere decir que estoy totalmente a favor de la igualdad entre los sexos. También que estoy en contra de que sólo un día al año nos acordemos de los padres, de las madres, de los niños, de los ancianos, de las mujeres..., ya que la mayor parte de esas conmemoraciones son un invento de unos grandes almacenes cuyo nombre no voy a decir porque no quiero hacerles propaganda gratuita. Dicho todo esto me gustaría hacer un poco de historia de lo que el 8 de marzo significa y por qué se celebra en ese día.

Haciendo un poco de historia de las luchas mantenidas por las mujeres  nos remontaremos a la antigua Grecia cuando Aristófanes escribía una comedia, Lisistrata, en la que la heroína cansada de las continuas guerras entre las ciudades griegas reúne a las mujeres y las convence de que no copulen con sus esposos hasta que estos firmen la paz.

Dando un salto en el tiempo nos situaremos en el siglo XVIII para recordar a Josefa Amar, una defensora a ultranza de las mujeres que, por ejemplo, desaprobaba que las niñas se educaran en conventos de monjas y defendió la independencia y dignidad de la mujer traduciendo uno de los libros más famosos sobre el tema en su época, Essay moral and literary, y escribiendo Discurso en defensa del talento de las mujeres y el Discurso sobre la educación física y moral de las mujeres. En ellos defendía la igualdad entre los sexos y la aptitud de las mujeres para desempeñar cualquier función política o social.

Pero sería con la Revolución Francesa cuando las mujeres empezaron a expresarse de manera colectiva. Tras el triunfo de la Revolución en 1789 y ante las contradicciones surgidas en una revolución que basaba su justificación en la idea universal de la igualdad natural y política de los seres humanos ("Liberté, Egalité, Fraternité") pero que negaba el acceso de las mujeres a los derechos políticos y con ello su libertad y su igualdad respecto al resto de los individuos, Olimpia de Gouges (1748-1793) fue la protagonista de la contestación femenina publicando la Declaración de la Mujer y de la Ciudadana, en la que denunciaba que la revolución hubiera olvidado a las mujeres en su proyecto igualitario y liberador y afirmaba que la "mujer nace libre y debe permanecer igual al hombre en derechos" y que "la Ley debe ser la expresión de la voluntad general; todas las Ciudadanas y los Ciudadanos deben contribuir, personalmente o por medio de sus representantes, a su formación". No sólo no tuvo éxito en sus reclamaciones sino que fue encarcelada y ejecutada durante el período de la dictadura jacobina. Pocos años después el Código Civil napoleónico (1804), en el que se recogieron los principales avances sociales de la revolución, negó a las mujeres los derechos civiles reconocidos para los hombres durante el período revolucionario (igualdad jurídica, derecho de propiedad...), e impuso unas leyes discriminatorias, según las cuales el hogar era definido como el ámbito exclusivo de la actuación femenina.

De nuevo un salto en el tiempo nos sitúa en 1910 cuando la Conferencia Internacional de Mujeres Socialistas, reunida en Copenhague, proclamó el Día Internacional de la Mujer Trabajadora, a propuesta de la dirigente comunista alemana Clara Zetkin, como una jornada de lucha por los derechos de las mujeres que se celebró por primera vez el 19 de marzo de 1911 en Alemania, Austria, Dinamarca y Suiza con mítines en los que se exigieron para las mujeres el derecho de voto y de ocupar cargos públicos, el derecho al trabajo, a la formación profesional y a la no discriminación laboral. Menos de una semana después, el 25 de marzo, (hay que decir que sobre la fecha exacta de este suceso hay muchas contradicciones), más de 140 jóvenes trabajadoras, la mayoría inmigrantes italianas y judías, murieron en el trágico incendio de la fábrica Triangle Shirtwaist en la ciudad de Nueva York. Este suceso tuvo grandes repercusiones en la legislación laboral de los Estados Unidos, y en las celebraciones posteriores del Día Internacional de la Mujer se hizo referencia a las condiciones laborales que condujeron al desastre.

En 1917 y como reacción ante los 2 millones de soldados rusos muertos en la Primera Guerra Mundial, las mujeres rusas escogieron el último domingo de febrero para declararse en huelga en demanda de "pan y paz". Los dirigentes políticos criticaron la oportunidad de la huelga, pero las mujeres la hicieron de todos modos. El resto es historia: cuatro días después el Zar se vio obligado a abdicar y el gobierno provisional concedió a las mujeres el derecho de voto. Ese histórico domingo fue el 23 de febrero, según el calendario juliano utilizado entonces en Rusia, o el 8 de marzo, según el calendario gregoriano utilizado en otros países.

En España las mujeres tendrían que esperar hasta la proclamación de la República, en abril de 1931, para que la igualdad de los sexos pasase por fin a ser una posibilidad real con la aprobación de la nueva constitución, cuyo artículo 25 decía que “No podrán ser fundamento de privilegio jurídico: la naturaleza, la filiación, el sexo, la clase social, la riqueza, las ideas políticas, ni las creencias religiosas”.

Para terminar haré uso de las palabras que un hombre, Bernardo del Rosal Blanco, escribió con motivo del 8 de marzo del año 2002:  “El 8 de marzo es ya una fecha consolidada para que podamos reflexionar acerca de las condiciones vitales y laborales de la mujer trabajadora en el mundo y en la sociedad en la que vivimos. A buen seguro que si las trabajadoras de comienzos del siglo XX pudieran hoy contemplar las condiciones existenciales de las trabajadoras de comienzos del siglo XXI no dudarían en reconocer que los logros obtenidos se sitúan más allá de cualquier soñada utopía del primer cuarto del siglo que acabamos de despedir. Ahora bien, nosotros hemos de reconocer que la consecución de esa utopía sólo es cierta para determinados lugares del planeta y ni siquiera, en esos casos, se puede hablar en términos absolutos. Porque en el mundo siguen existiendo lugares en los que las condiciones de trabajo de las mujeres las convierten, sin necesidad de más calificativos, en esclavas. Y en nuestro propio país, donde por fortuna hemos avanzado inmensamente en los últimos lustros, aún estamos lejos de conseguir una situación de plena equiparación entre las condiciones laborales o profesionales del hombre y de la mujer... La discriminación laboral por razón del sexo está servida. Por si eso no fuera poco, la mujer destina cinco horas y doce minutos más por jornada laboral a las tareas domésticas que los hombres, de modo que mientras que el hogar sigue siendo para el hombre el “reposo del guerrero”, para la mujer es un segundo centro de trabajo, en el que realiza un trabajo que no está remunerado y que, además, le impide descansar del trabajo que realiza fuera de casa”.

 

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