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Arte y Libertad

Año IX - Número 54

Actualizado a 29/05/2011

MARIO BLASCO

Martín Dominguez

Mario Blasco-Ibáñez

Mario Blasco-Ibáñez

PERIÓDICO HOJA DEL LUNES. VALENCIA, 17/09/1962.

De joven, muy joven, Mario Blasco había conocido la añoranza de España y de Valencia, durante sus años de vida en los campos de la Argentina, acompañando a su padre en aquellas dos fabulosas empresas colonizadoras que Blasco Ibáñez iniciara en la Patagonia y en Corrientes.

Durante su primer viaje triunfal, como conferenciante, por Hispanoamérica —1909—, el presidente argentino, doctor Figueroa, adivinando las calidades de hombre de acción que había en el novelista, le ofreció una concesión de tierras en Río Negro, al sur del país. La imaginación de Blasco, se puso en acción. Volvería a España, buscarla colaboradores agrícolas entre los huertanos de su vergel nativo — los mismos personajes de sus novelas ya universales— y fundarían juntos una colonia que se llamaría Cervantes.

Así sucedió. Ya iniciada la fundación de Cervantes, el Gobierno argentino ofreció a Blasco otra gran extensión de tierras, ahora al norte del país, en la provincia de Corrientes, que el novelista aceptó.

A miles de kilómetros de Cervantes surgía otra colonia española de valencianos, a la que su creador bautizaría con el nombre de Nueva Valencia  dos colonias que son hoy una realidad esplendida.

Pese a todo lo que se ha dicho y escrito en España y en Valencia, con mentalidad de aves de corral, creo que estas dos empresas de Blasco constituyen una de las más bellas páginas de la España contemporánea, una de las pocas que, en un momento español de pacatez, retirada y mesa camilla, recuerdan los mejores vientos españoles 4a la España del XV y el XVI.

Dos hombres absolutamente leales marcharon a América con Don Vicente: su secretario, don Julio Cola, y el mayor de sus hijos, Mario. Nacido en 1893, el 9 de noviembre, Mario andaba por los 17 años cuando desembarcó en América, sin más calor que la compañía no siempre cómoda de aquel volcán de vitalidad en  perpetua erupción que era su padre. Atrás —¡y qué lejos!— quedaba todo un mundo blando y dulce, lleno de luz y suavidades, que se agigantaban ahora, al contraste de aquel vivir duro y aquella naturaleza indomable y felina de las tierras vírgenes: quedaba su madre, doña María Blasco, tan delicada y señora, que Mario adoraba; quedaban los hermanos menores. Libertad, Julio, Sigfrido; quedaba él abuelo Gaspar, que llenaba los mejores recuerdos de su niñez en el barrio de San Nicolás... ¡Quedaba Valencia... y la casita de Burjasot, frente a los Silos, y la casa de la ¡Malvarrosa, frente al Mar.,.!

Mario, que ayer enterramos, era uno de los hombres más delicados que he conocido. No es difícil imaginar sus tremendas añoranzas valencianas en aquellas soledades salvajes del Nuevo Mundo. La empresa colonizadora de Blasco duraría hasta el año 14. Mario, al volver a España, ya jamás viviría fuera de la patria, salvo las pequeñas escapadas a Francia para pasar unos días con su padre. Conmueve esta lealtad moral y física de Mario Blasco al terruño valenciano, pese a todos los vaivenes históricos que ha podido conocer. Sabía él que esta lealtad se paga cara, al precio de mil incomodidades de toda índole. Hombre de finísimo instinto literario, de cultura vasta y alma prócer, jamás se sintió atraído por la política activa ni quiso intervenir en ella.

No he visto jamás un hijo tan devotamente celoso del buen nombre de su padre, en todos los órdenes, y particularmente en aquello que él sentía con verdadera pasión: lo literario. Durante los últimos lustros, recluido en su casa de Burjasot, medio paralítico, habiendo perdido casi por completo vista y oído, gracias a la abnegación de «u esposa, doña Elena Moróte —hija de aquel gran periodista valenciano de talla nacional—, y de su secretario, don Isidro Renau, estaba al día, en todo, sobre todo en literatura. Conocía cuanto se decía y  escribía sobre Blasco Ibáñez en el mundo. Las hostilidades que siguen germinando anticuadas, sobre todo en España, las pasaba por alto con serenidad admirable. Los enjuiciamientos inteligentes y los elogios los agradecía con la emoción y la ternura    de un niño bueno. Recuerdo ahora sus cartas de gratitud a grandes figuras literarias    españolas, como Azorín, o  mundiales, como  algunos novelistas ilustres de Italia o Norteamérica,    que    han afirmado que Blasco Ibáñez el narrador más grande que ha tenido España y uno de los tres o cuatro más grandes del mundo. Si  don Vicente hubiera  sido capaz de beneficiarse con la influencia apaciguadora de quienes más le querían,    la de su hijo Mario, tan ponderado, tan culto, tan sereno, le habría salvado constantemente de    meterse en muchos berenjenales en los que hizo, y se hizo, vanamente, no poco daño. He oído de sus labios, y me lo confirmó por escrito, cómo se esforzaron él y su hermana Libertad, durante una estancia de ambos en Fontana Rosa, en disuadirle para que no se mezclara en la conjura que contra Don Alfonso XIII y don Miguel Primo de Rivera organizaban en París los políticos despechados   de   Madrid, políticos y santones para quienes Blasco jamás había significado nada y que ahora, persuadidos de su renombre  mundial, querían utilizarlo contra el monarca y el dictador. Desgraciadamente, los hijos volvieron a Valencia, y don Vicente, al ponerse en contacto con algunos exiliados, Unamuno en lugar principalísimo, se convirtió en abanderado   —y cotizante— de la conjura.

He conocido pocas personas que hayan sufrido más —física y moralmente— que Mario Blasco. Leal a la tierra natal, ayer, domingo, volvió a la tierra de Valencia que tanto amaba. Escritor fino, hombre bueno, amigo constante, era como una llamita que ardía prodigiosamente, sin apenas combustión material. Muchos que le quisimos en vida hemos rezado en su muerte. Y al mirar el cielo azul y con nubes de este domingo de septiembre, diríamos haber visto aquella llamita volando añora bajo la luz de la mañana…

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