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Arte y Libertad

Año IX - Número 53

Actualizado a 29/05/2011

La serie “Cañas y Barro”, un acierto televisivo (I).

Montse Fayós.

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Neleta y Tonet

Neleta y Tonet

Publicado en el número 13 de Arte y Libertad, el 18 de junio de 2002.

Mencionar la serie televisiva Cañas y Barro es evocar uno de los mejores trabajos que se realizó en Televisión Española, en una época en la que la pequeña pantalla todavía era garantía de una dignidad profesional de la que carece hoy en día. Gracias al ente público, España entera pudo conocer la historia del Palmar y los nombres de Tonet o Neleta son familiares para varias generaciones.

Y es que el relato de Blasco Ibáñez presenta todos los elementos necesarios para atraer al espectador: amor, sagas familiares, rencores, muerte, todo ello en una atmósfera que para los no nacidos en Valencia resulta de lo más exótica. Una vez más, se pone de manifiesto la idoneidad de las historias de Blasco para convertirse en argumentos cinematográficos y ésa es la clave del éxito en casi todas las adaptaciones que se han hecho.

También para asegurarse este éxito, la traslación a la pequeña pantalla edulcora algunos aspectos de la novela e incluso añade escenas en las que Blasco prefirió no extenderse. Así, resulta menos vivo y dramático el escenario del Palmar como un auténtico personaje. Es decir, que en la serie no conseguimos ver ese odio reflejado en las caras de los pescadores, las envidias y pasiones que despierta Neleta a su paso o la opinión del pueblo que tanto importa al Tío Paloma, lo que murmurarán al saber que su nieto es un gandul y su hijo ha renunciado a seguir la tradición familiar de la pesca. El Palmar se vislumbra más bien como un decorado de postal rancia, no como el microcosmos que Blasco describe.

Igualmente, la serie se detiene en el romance entre Tono y su mujer, se recrea en arrumacos y un supuesto enamoramiento que Blasco prefirió resumir en unas pocas líneas: “Tono escogió una: cualquiera, la que menos obstáculos opuso a su timidez. Se verificó la boda y el viejo tuvo en la barraca un ser más con quien hablar y a quien reñir.”

Como dijo alguien, esto es entretenimiento, y por eso surge la necesidad de cautivar a los espectadores con una historia de amor tierna, luminosa y marcada por la pureza, la de Tono y Roseta. Todo lo contrario de lo que sucede con la tórrida pasión entre Tonet y Neleta y ese contraste está muy bien marcado por los guionistas. Todo un acierto, desde el punto de vista televisivo, el definir dos relatos tan distintos, para sugerir aún más el distanciamiento generacional.

Por otra parte, no hay que pasar por alto al revisar esta adaptación televisiva de Cañas y Barro el elenco de actores elegidos, entre los que encontramos registros y calidades interpretativas de todos los niveles. Magistral Manuel Tejada como Tono, no así Luis Suárez como Tonet. Tejada consigue conferir a su rostro y su gestualidad la resignación y la bondad (algo necia) que Blasco imprimió a este personaje. Es precisamente esta falta de ambición y de coraje la que exaspera a su padre, que en esta ocasión está interpretado por el veterano Alfredo Mayo. Un rostro curtido (casi irreconocible) y una técnica irreprochable para el Tío Paloma, permanentemente definido por el mal humor.

En cuanto a Tono, era de esperar un personaje más atractivo y con mayor encanto, algo para lo cual los recursos interpretativos de Luis Suárez se quedan cortos. No vemos esa fuerza que arrastra a su amada a la tragedia, ni ese halo enigmático que envuelve al hijo de Tonet al volver de Cuba.

Por eso y porque haría falta un huracán para detenerla, Victoria Vera se adueña de las escenas en las que interviene y su Neleta ha quedado grabada para siempre en la memoria de muchos. Al leer la novela, es complejo representar mentalmente a la mujer que Blasco describe como la más hermosa del Palmar, vulgar (“se lavaba poco la cara, su piel no era muy limpia”) pero tan turbadora que hasta su perfume “hacía dilatar el olfato con placentera beatitud a los parroquianos de la taberna”. Sin embargo, en cuanto aparece Victoria Vera en la serie, parece que Neleta se ha encarnado y nunca volverá a tener otra figura. Su piel inmaculada contrasta con su mirada lasciva, haciendo que sea muy fácil imaginar a Canyamel y a Tono perdiendo la cordura por esta mujer.

No se puede decir que la serie Cañas y Barro no acuse el paso del tiempo, porque el ritmo del relato, ciertas expresiones y el tono dulzón que se respira en todo momento provocan una sonrisa años después. Sin embargo, la fuerza de una historia trágica y de un personaje en la línea de las grandes heroínas, Neleta, hacen que Cañas y Barro envejezca, sí, pero con la dignidad de los grandes.

De cómo una gran novela se convierte en gran serie (II).

Publicado en el número 14 de Arte y Libertad, el 18 de septiembre de 2002.

A nadie sorprende que de las novelas de Blasco Ibáñez hayan salido tantas buenas series de televisión, un hecho que recientemente se ha vuelto a confirmar con el anuncio del proyecto de Arroz y Tartana. Quizá la clave resida en que Blasco, como la mayor parte de sus contemporáneos, sea un escritor curtido en el estilo de la novela por entregas, cuyo lenguaje y temática se adaptan a la perfección a los relatos por capítulos en formato televisivo.

Cañas y Barro es, en definitiva, la historia de una saga. Tres generaciones de humildes trabajadores unidos en este caso por la pesca en la Albufera. Una dinastía a la manera de los mejores culebrones, cuyo trágico final llegará con el joven Tonet, un seductor pretencioso y vago. Y contiene pues todos los elementos que se pueden detectar en las grandes producciones que han pasado por la pequeña pantalla. Precisamente el reproducir esos elementos con éxito fue el gran acierto de esta producción de Televisión Española, como ya analizamos en la anterior entrega de “Arte y Libertad”.

Cojamos, por ejemplo, los que sin duda constituyen los personajes centrales del relato, ya que incluso los actores de carne y hueso que los interpretan le roban el protagonismo al resto del elenco. Se trata del Tío Paloma y Neleta. El primero es asimilable a los patriarcas que reinan en todo serial que se precie, haciendo gala de temperamento y ese punto de supremacía natural que le hace sobrevivir a su nieto Tonet. La imponente presencia de Alfredo Mayo encarna a la perfección la fiereza del patriarca, un elemento que muchas veces se convierte en tarjeta de presentación de un serial (recordemos cierta serie en la que una pérfida dama gestionaba a su antojo millones de hectáreas de viñedos).

En cuanto a Neleta, sería inútil redundar en la magia que desprende la interpretación de Victoria Vera, pero además hay que considerar su idoneidad en tanto que objeto de deseo, desencadenante de la tragedia que marca el relato. Sin drama no hay historia, y sin ella no hay serial. Si no fuera por Neleta, convertir Cañas y Barro en serie televisiva habría sido harto difícil. Es lo que se suele llamar un personaje que da juego.

No hay que olvidar a Tono, paradigma del hombre bueno al que la vida trata injustamente. En la línea de los héroes televisivos, debe resignarse sin embargo a que su historia no tenga un final feliz.

La Albufera

Si Cañas y Barro fuera una teleserie americana estaríamos hablando de viñedos, negocios de bolsa, hoteles o acres de rancho. Pero no resulta nada extraño que el escenario de esta historia, y en definitiva otro personaje más, sea el lago de la Albufera. Lo que en Lo que el viento se llevó era “la tierra roja de Tara” que obsesionaba a varias generaciones aquí es la pesca en el lago y todo lo que conlleva, de tradición heredada y medio de subsistencia. Otro elemento fundamental que Blasco integra con maestría y cuya relevancia se ve correctamente trasladado a la pequeña pantalla en la serie.

Y, por supuesto, los personajes secundarios que tan importantes son en cualquier teleserie adquieren aquí vida propia, porque un relato se alarga en la ficción televisiva gracias a las historias que transcurren paralelas a la principal. Cañamel o Roseta son claros ejemplos, junto a decenas de personas cuya aportación individual es quizás irrelevante, pero que contribuyen a crear un cuadro colectivo.

Así pues, Cañas y Barro no podía tener otra reinterpretación que no fuera la de convertirse en una teleserie, en este caso con aires de culebrón elegante y realizado con primor. Aunque, insistimos, sin final feliz.

 

 

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