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Arte y Libertad

Año IX - Número 53

Actualizado a 29/05/2011

Christopher L. Anderson: El naturalismo particular de Cañas y Barro

Traducción de una ponencia leída en The University of Alabama, 28 octubre 2008, basada en Primitives, Patriarchy, and the Picaresque in Vicente Blasco Ibáñez's “Cañas y barro”

E.E.U.U., enero`09.

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El Tio Paloma

El Tio Paloma

Texto de la Ponencia.

En las primeras páginas de esta obra maestra, Blasco Ibáñez se refiere literal y metafóricamente a la muerte y la enfermedad con tanta frecuencia que se construye un ambiente de negativismo oscuro y amenazante. El barco-correo es “un gran ataúd” que navega por “el agua muerta” de la Albufera (648), y su pasajero moribundo (“un espectro, blanco, tembloroso”) está tan enfermo que es “como si el mundo hubiese caído para él en eterna noche” (649). La relación directa entre vivir en el Palmar y estar enfermo se manifiesta en “las fiebres, las malditas tercianas de la Albufera,” las cuales ocurren con tanta frecuencia que “los vecinos del Palmar, faltos de medicamentos, tenían realquilados [en Ruzafa] algunos cuartuchos para curarse las tercianas” (650). También se incluyen referencias a la desnutrición, “la miseria de un pueblo privado de carne” (666). El capítulo II ofrece más ejemplos de lo susodicho, como se ve en esta frase en que se vinculan las aguas de la Albufera, la desnutrición, y el parecer físico de las mujeres de la región: “Su perfil anguloso, la sutilidad escurridiza de sus cuerpos y el hedor de los zagalejos les daba cierta semejanza con las anguilas, como si una nutrición monótona e igual de muchas generaciones hubiera acabado por fijar en aquella gente los rasgos del animal que les servía de sustento” (679-80).

 Además de incorporar estos elementos que suelen asociarse con el Naturalismo, Blasco inventa o señala la existencia de otros obstáculos y códigos que los personajes aceptan como aspectos ineludibles de la vida albufereña, o que intentan rechazar o negar. Un tal código se revela en las primeras páginas de la novela, donde se notan corrientes mitológicas. Aquí Blasco presenta un barquero anónimo, un viejo diminutivo cuyo barco pequeño vincula el pueblo aislado con el mundo exterior. Como su contraparte Carón, quien es “old and squalid, but strong and vigorous” (Bulfinch, Mythology 267), el barquero transporta a los muertos a su destino final en su vehículo versátil, “el vehículo de la comida, el hospital y del cementerio” (650). Blasco también reconoce el alter ego de su personaje al incluir entre sus pasajeros a un vivo muerto cuyos dientes rechinantes producen “un escalofrío lúgubre” y quien está envuelto en una manta para hacer su viaje por la Albufera/río Estigio (649).

 Los viajeros se encuentran en una situación más peligrosa cuando el barco-correo entra en el lago propio, puesto que aquí la vegetación submarina se extiende y, como Escila, tira el vehículo y a sus pasajeros hacia una tumba de agua: “Marañas de hierbas oscuras y gelatinosas como viscosos tentáculos subían hasta la superficie, enredándose en la percha del barquero, y la vista sondeaba inútilmente la vegetación sombría e infecta, en cuyo seno pululaban las bestias del barro. Todos los ojos expresaban lo mismo: el que cayera allí, difícilmente saldría” (654-55).

 Después de darle vida a este fondo de mito y misterio en el magistral capítulo I, Blasco fundamenta su novela en tres generaciones de una familia pobre pero prominente que también tienen papeles decisivos en dramas subtextuales, al contemporizar figuras de la mitología clásica y leyendas locales. El Tío Paloma desempeña el papel del protector de la llama de la Edad de Oro/Crono, y al hacer esto exhibe y defiende ideales universales, cuyos orígenes no están en el pasado histórico de la Albufera—el cual es único y se encuentra en documentos escritos—sino en una mítica Edad de Oro. Fundamentales para él son las tradiciones comunales y colectivas (como la arrastrá) que benefician a todos los pescadores, existen por el bienestar de toda la región, y reflejan el deseo de defender su mundo líquido de las costumbres divisivas de los que viven y trabajan en la tierra. A fin de cuentas, “[e]l lago era de los pescadores. Todo de todos; no como en tierra firme, donde los hombres han inventado esas porquerías del reparto de la tierra, y le ponen límites y tapias, y dicen con orgullo: ‘Esto es tuyo, y esto es mío,’ como si todo no fuese de Dios” (768).

 Además, el Tío Paloma comparte con Crono/Saturno el hecho de que el más joven de sus hijos es el único que sobrevive los rigores de la infancia (675). Esta casualidad aparentemente trivial es significativa ya que, cuando su hijo Tono/el Tío Toni se une a las fuerzas de cambio al rechazar los consejos del patriarca y abandonar el lago “para buscar la vida en los campos” (680), éste exhibe la rebeldía de Zeus, único hijo de Crono.

El Tío Toni intensifica su rebeldía cuando intenta re-crear la Albufera según su propia imagen moderna al convertir sus aguas en tierra, una tarea monumental que consiste en sacar barro de las entrañas del lago y luego secar, transportar y depositarlo en su parcela cubierta de agua. De esta manera, el Tío Toni/Zeus amenaza la tradición familiar. Ya que un aspecto de la dedicación de los primitivos a la tradición y al rito es que, según A.J. Gurevich, “all innovation is anathema, precise observance of the rites of existence compulsory” (231), tiene sentido que el pescador anciano pida al cielo que se le castigue a su hijo. También tiene sentido el que el contenido y el tono de los comentarios del padre impliquen el apoyo trascendente del cosmos:

Desde entonces [el Tío Paloma] deseó toda clase de calamidades para las tierras del hijo, como un medio de domar su orgullosa resistencia. . . . Deseaba que se abriesen las cataratas del cielo; que viniera de orilla a orilla aquel barranco de Torrente que desaguaba en la Albufera, alimentándola; que se desbordase el lago sobre los campos, como ocurría algunas veces, quedando bajo el agua las espigas próximas a la siega. Morirían de hambre los labradores; pero no por esto le faltaría a él la pesca en el lago, y tendría el gusto de ver a su hijo royéndose los codos e implorando su protección. (38)

 Sin embargo, a pesar de la maldición de su padre, este “Sísifo valenciano” (Gramberg 318, n. 10) sigue avanzando hacia su meta hasta que la muerte de su hijo se la roba. Pero lo que el Tío Toni considera como un proyecto realizable con un principio, centro, y fin resulta una tarea repetitiva, monótona, al parecer infinita, ya que la Albufera devora sus depósitos de tierra “sin resultado aparente” (751).

 En contraste con los casos del Tío Paloma y el Tío Toni, la relación de Tonet con su antecesor mitológico--”Faunus, the grandson of Saturn [or Kronos],” adorado como “the god of fields and shepherds” (Bulfinch, Age 15)—no se reconoce hasta las últimas páginas de la novela. Aunque Tonet no ha trabajado de pastor en los veintitantos años de su vida, se da cuenta poco antes de matarse de que ha estado caminando por la senda de un legendario pastor anónimo de fama local, quien de niño es amigo de una serpiente pequeña llamada Sancha, sale de casa para luchar en una guerra, vuelve al pueblo, y es matado por un abrazo ferviente y apasionado de su ex-compañera ya enorme y poderosa (capítulo I). Así es que, de una manera oblicua, Blasco establece para Tonet un vínculo con una figura mitológica secundaria, a través de un personaje de renombre local cuyo gesto arquetípico es su muerte horrorosa. Al estudiar las elecciones mal hechas y la decisiones mal tomadas de Tonet, las cuales incluyen el negarse a trabajar, su amorío con la casada Neleta, su infanticidio y su suicidio, el lector se da cuenta de que es apropiado que Blasco le trate así. De esta manera, la incorporación de la mitología clásica divulga otra serie de influencias que contribuyen a la aludida sensación trascendente de “the power of destiny” (Medina, Valencian 74), ya que los personajes repiten antiguos modelos de conducta.

Además de servirse del subtexto de la novela para ayudar a retratar a las tres generaciones, Blasco desarrolla para cada Paloma una historia en cuanto al tiempo. Al principio de Cañas y barro, el Tío Paloma ya está dentro del reino de la atemporalidad, ya que ni siquiera sus paisanos de la Albufera saben si tiene noventa años o cien (658). El hecho de que ha sido un “anciano” desde antes de la muerte de su esposa, la cual ocurrió hace décadas cuando Tono/el Tío Toni tenía siete años (676), sugiere también que para él los años no pasan. Al encarnar el concepto del tiempo no lineal en la persona del Tío Paloma, Blasco da énfasis a su singularidad.

Mientras tanto, el Tío Toni ambicioso intenta librarse de la vida basada en tradiciones de su padre y del concepto no progresivo del tiempo. Al procurar convertir aguas primevas en tierras arables, el Tío Toni ve el tiempo como un vaso que puede ir llenando, imponiendo así su voluntad. Con cada entrega de tierra, el Tío Toni cree que está afirmando su control sobre la naturaleza, que está creando su propio destino personal, y que está acercándose a su meta de seguridad financiera para las próximas generaciones de su familia. Mientras que trabaja inspirado por esta ilusión, sin embargo, el narrador estudia sus esfuerzos desde otra perspectiva, y subraya su aspecto repetitivo y fútil, ya que la Albufera se traga los frutos de su trabajo y parece negar el progreso, como se ha visto anteriormente.

Además, después del suicidio de su hijo, al mirar la Albufera y pensar en los años de vida que le esperan, el Tío Toni llora, “contemplando el vacío de su existencia, la soledad que le esperaba hasta la muerte, lisa, monótona, interminable, como aquel lago que brillaba ante sus ojos” (962). De esta manera, descubre que el porvenir ha sido determinado para él y que el tiempo se extiende infinitamente hacia el porvenir, sin divisiones, como las aguas aparentemente sin fondo que han estado devorando sus depósitos. Por esto, y por la muerte de su hijo, el Tío Toni vuelve al reino primitivo del tiempo repetitivo y no lineal. Al descubrir poco antes de matarse que ha pasado su propia vida repitiendo la del famoso pastor local, Tonet también se despierta de la ilusión de que es un hombre moderno con una única historia personal, y se da cuenta de que ha estado experimentando la plenitud cíclica del tiempo y que ha completado su ciclo.

Así que, desde persectivas distintas, el Tío Toni y Tonet exhiben su disconformidad con la cosmovisión del patriarca. El Tío Toni proyecta una actitud ambiciosa y progresiva que es incompatible con la de su padre, quien preferiría que mañana pareciera un antaño mítico. Tonet, en cambio, no mira hacia la Edad de Oro de su abuelo ni hacia el porvenir de su padre, sino que se coloca cómodamente en el presente donde rechaza la ética de trabajo de su familia (lo cual no es nada fácil, debido a la presión constante de su padre y su abuelo) y donde, borracho, persigue el placer, otro concepto que desafía los valores tradicionales de su familia, como su padre le recuerda antes de abofetearle (738). Tal como se ha visto antes, en los últimos momentos de su vida Tonet entiende por fin que el tiempo en la Albufera no es lineal, y que él ha repetido la vida de un antecesor legendario. Desafortunadamente para él, ya que sufrir una muerte penosa fue el definitivo acontecimiento arquetípico de aquél, también es el destino de Tonet morir joven y violentamente. Así es que, para el fin de la novela, los tres hombres han reconocido la hegemonía del tiempo primitivo y no lineal.

Además de la actitud progresiva que la modernidad manifiesta en cuanto al concepto del tiempo, su perspectiva racional y científica considera el espacio como vacío de significado espiritual o psíquico, de modo que espacios que se asemejan en la superficie son teóricamente indistinguibles e intercambiables. El espacio sagrado, en cambio, como escribe Mircea Eliade, “implies a hierophany, an irruption of the sacred that results in detaching a territory from the surrounding cosmic milieu and making it qualitatively different” (26). Esta división del cosmos en dos partes, lo nuestro y lo ajeno, se nota en que “[t]he former is the world (more precisely, our world), the cosmos; everything outside it is no longer a cosmos but a sort of ‘other world,’ a foreign, chaotic space, peopled by ghosts, demons, ‘foreigners’ ” (29).

El hombre moderno se ve como el árbitro del universo y trata el mundo natural como un ente desalmado que existe para explotarse, mientras que para el primitivo, “all life is sacred because his reality is composed of nature, man, and the numinous,” según Gene M. Bernstein (161). A causa de lo que Ernst Cassirer denomina “the unity of microcosm and macrocosm” (91), el individuo incapaz de separarse de la naturaleza sufre cuando a ésta se le hace daño, como si se violara su propia integridad física. En Cañas y barro, el conflicto de estas perspectivas en cuanto al espacio y la naturaleza forma otra subestructura que apoya la trama.

Dentro de la familia Paloma, cada nueva generación se aleja más de las tradiciones e ideales de antaño y mira hacia el mundo exterior en busca de ayuda, aventuras, consejos y modelos de conducta o comparaciones. Como un “animal acuático” (674) que no ha viajado al mundo más allá de la Albufera, el Tío Paloma tiene un sentido de intimidad con su ambiente natural que se refleja en “el amor profundo que sentía por su madre la Albufera” (696). También indica esta compenetración con la naturaleza el hecho de que el Tío Paloma no considera los árboles de la región como objetos, sino como familiares: “los abuelos del bosque, unos gigantes que le habían visto a él cuando gateaba de pequeño en las barcas” (696).

Al decidirse a trabajar en la tierra, y abrogar así la tradición familiar, el Tío Toni se identifica como extranjero y atrae la ira del cosmos primitivo aunque, como su padre, físicamente no abandona el Palmar para vivir en otra parte. Comete más errores al dedicarse a ser terrateniente y al ponerse en contacto con usureros extranjeros cuyo dinero necesita para aprovecharse de su oportunidad. A causa de este error, sufre mucho: “No era flojo tormento el que le hacían sufrir unos franceses establecidos en Catarroja, . . . y hasta en sueños veía a los tales hombres, vestidos de pana, que chapurreaban amenazas y sacaban a cada paso la terrible cartera en la que inscribían los préstamos con su complicada red de intereses” (784-85). A pesar de esto, el Tío Toni sigue atacando las aguas y parece estar ganando la batalla con la naturaleza, pero al fin de la novela, la región se venga de él, porque la segunda generación descubre que no ha estado creando un futuro próspero, sino una tumba: “¡Tantos años de batalla con el lago, creyendo que formaba una fortuna, y preparando, sin saberlo, la tumba de su hijo...!” (961). Así es que los contactos cada vez más frecuentes con el mundo exterior, los cuales desafían el concepto primitivo del espacio sagrado, llevan a dificultades económicas y dolores personales.

En cuanto a la tercera generación, Tonet siente la influencia negativa del comportamiento hedonista de forasteros, ya que “se imaginaba que cuantos habitaban al otro lado del lago, en los pueblos ricos o en la ciudad grande y ruidosa, le robaban una parte de los placeres que le correspondían por indiscutible derecho” (735-36). Además, bajo la influencia de una pandilla vagabunda de forasteros, Tonet participa en una borrachera de una semana que termina con una paliza de parte de su padre y su partida para Cuba, donde la vida de soldado encaja bien con su desasosiego y su odio al trabajo (737-39).

La desevolución del carácter de Tonet también se manifiesta en su relación cada vez más decaída con la naturaleza. De niño, siente el amor desinteresado de su abuelo por cualquier actividad que tiene que ver con el aire libre, pero más tarde, cuando tiene que trabajar allí, “la diversión fue convirtiéndose poco a poco en esclavitud, y comenzó a odiar el lago” (48). Este cambio de actitud vuelve a atormentarlo, ya que, al cruzar la Albufera para abandonar a su hijo en Valencia, la ve como uno de los “obstáculos infranqueables” (912) de la vida, confiesa que la naturaleza es indomable, y deja de remar. En aquellos momentos, “[r]econocíase impotente para cumplir su promesa” (913). Demasiado débil y cansado para conquistar las aguas imponentes, Tonet las convierte en cómplices al asesinar al bebé lanzándolo dentro de sus cañas y barro. La naturaleza se venga una vez más al devolverle el cadáver en otra visita, lo cual provoca el suicidio del padre avergonzado (952). Después de la muerte de Tonet, la naturaleza sigue vengándose de él, puesto que las aguas que había implicado en la muerte de su hijo llegan a formar su tumba temporánea (952), y después de que el Tío Toni y la Borda descubren y recuperan el cadáver, las tierras que de cuando en cuando Tonet había ayudado a crear son su sepulcro ahora (961).

Así resulta que las generaciones dos y tres pierden en sus confrontaciones con la naturaleza: aquélla sucumbe después de haber cambiado la Albufera y buscado ayuda financiera entre prestamistas extranjeros, mientras que ésta paga muy caro el haber avanzado fuera del aislamiento espacial de la región y el haber abusado de la naturaleza al volver desde Cuba a la región. Entretanto, el patriarca el Tío Paloma vive en armonía con su patria primitiva, ajeno al hecho de que los años van pasando, y contento de vivir aislado del demoníaco mundo exterior.

La revelación de que estos tres personajes tienen perspectivas discordes sobre cuestiones de tiempo, espacio y naturaleza suministra más pruebas de que, aunque por un lado Cañas y barro es una historia regionalista y naturalista de avaricia, desacuerdos familiares e infidelidad matrimonial, también evidencia subtextualmente luchas simbólicas entre lo eterno y lo contemporáneo, lo épico y lo mundano, lo primitivo y lo moderno. Cuando el lector se acerca a la novela desde esta perspectiva, individuos cuyas vidas parecen insignificantes y transitorias al nivel de la trama se convierten en reencarnaciones de figuras mitológicas, y desacuerdos entre generaciones son las manifestaciones más recientes de conflictos sempiternos entre contendientes eternos o entre distintas maneras de concebir/conceptuar el cosmos. Al concluirse estas luchas épicas, Tonet y el Tío Toni—agentes de cambio que han intentado librarse de ideas y valores tradicionales--han sido castigados severamente o mortalmente por haber desafiado la cosmovisión del patriarca, y han tenido que reconocer su fuerza irresistible.

Si las tres generaciones de la familia Paloma experimentan estas nuevas influencias, Neleta tiene sus propios retos. Para comenzar, a lo largo de Cañas y barro, se ve a las esposas como enfermas, enfermizas, o enfermas y moribundas, muchas veces sin que haya referencias a la influencia del ambiente. La esposa del Tío Paloma, por ejemplo, tiene “un cuerpo eternamente enfermo” (675), y después de dar a luz, la esposa del Tío Toni “se consumía lentamente; agonizaba, cual si la vida se derritiese dentro de ella como un cirio” (725). En contraposición con este fondo, Neleta destaca como figura excepcional, ya que desde nacer su parecer físico rompe el molde determinista, “contrastando su hermosura con la pobreza física de las otras hijas del Palmar” (727), sin alusiones al papel de la herencia. Mientras que la piel de otras mujeres exhibe estragos físicos ocasionados por haber vivido en el Palmar, Neleta posee “la piel blanca, de una nitidez transparente, surcada de venillas; una piel jamás vista en las mujeres del Palmar” (741). Tampoco se enferma. Al contrario, es cada vez más fuerte, hasta el punto de que no puede abortar al feto para deshacerse del ser no querido, e irónicamente ella envidia a “las mujeres enfermizas, en cuyas entrañas jamás germina la vida” (888-89). La buena salud de Neleta también está vinculada a la decadencia física de su marido, ya que ella es “cada vez más fuerte, como si al derretirse, la vida del tabernero cayese sobre ella cual lluvia fecundante” (745).

Además de nacer con una belleza que niega la herencia y luego desafía el ambiente nocivo, Neleta es un personaje de mucha voluntad que se crea un presente y un porvenir dentro de las pocas posibilidades que una mujer pobre y huérfana tiene en el Palmar. Después de comenzar a trabajar en la taberna de Cañamèl y descubrir el interés que el dueño tiene en ella, Neleta lo incita, lo excita constantemente, y luego se defiende de sus avances lujuriosos hasta que consigue conducirle al altar y casarse con él (742-43). Ya que Neleta desafía con éxito el código de conducta de la mujer por ser agresiva y manipuladora, ella escandaliza y enoja a la Samaruca y otros parientes envidiosos de la primer mujer del tabernero, un grupo cuyo chismorreo y espionaje señalan su dedicación a convenciones no escritas. Sin embargo, Neleta logra casarse con Cañamèl, y después de haberse alzado al rango de esposa del hombre más rico del Palmar, ella solidifica su puesto de dos maneras: controla a su marido por medio de manipulación sexual, y gobierna la taberna con tanta pericia que la presencia de Cañamèl es superflua (744).

Después de la muerte de su marido, Neleta descubre que, según el testamento, ella tiene que entregarle a la Samaruca la mitad de la herencia si tiene relaciones con otro hombre (874). No obstante, la viuda se porta como si ya no tuviera nada que temer de las instituciones y las tradiciones que ella había retado con éxito durante su ascenso socioeconómico. Cuando el pare Miquèl propone que ella ponga fin a su amorío renovado con Tonet y que se casen, por ejemplo, Neleta es el único individuo—hombre o mujer—que desafía al cura tiránico, ya que niega la existencia de su relación: “Todo eran mentiras. Ella vivía sin faltar a nadie. No necesitaba hombres” (880). Pero cuando Neleta descubre que va a tener un hijo con Tonet, aprende que no está en control de todos los aspectos de su vida y que la naturaleza es un adversario formidable: primero, porque la infertilidad de Cañamèl ha impedido que ella se garantice la posesión permanente de las riquezas de Cañamèl; segundo, porque si se hubiera embarazado cuando vivía su marido, la presencia de éste habría legitimado el embarazo (890-91); y tercero, porque cuando intenta matar al feto, fracasa: “Eran pruebas brutales, atentados contra la naturaleza, sin que los malvados deseos pudieran torcer ni retardar la santa obra de la fecundidad” (887).

 Temiendo la posibilidad de experimentar emociones maternas al nacer el hijo, e incapaz de vencer la cláusula clave del testamento, Neleta le impone su voluntad a Tonet al mandarle que traslade al hijo a Valencia: “la fiera resolución que tantas veces había asustado a Tonet volvía a reaparecer en plena debilidad, después de la crisis anonadadora” (909). Para que nadie sospeche lo que ha pasado, Neleta aparece ante sus clientes en la taberna poco después de dar a luz, un ejemplo impresionante de voluntad que deja asombrado a Tonet (932). Así es que, a causa de su belleza, su salud excelente, su codicia, y su voluntad, Neleta desafía y vence varios códigos, para descubrir después que su capacidad natural de madre obstruye y amenaza su éxito. Debido a las decisiones repletas de responsabilidad que toma después de descubrir este obstáculo, Neleta pierde al hombre que quiere, es cómplice en el asesinato de su hijo, contribuye a la pérdida de honor de la familia Paloma que la cuidó cuando se enfermó su madre, y ahora llevará a cuestas esta información por el resto de su vida, temiendo que salga a luz la verdad.

Al analizar los datos que tienen que ver con varias cuestiones relacionadas al determinismo, se puede concluir que la herencia no es un factor significativo en la vida de los protagonistas locales de la novela. O no sienten su peso debido a las características que exhiben desde nacer, o la conquistan con una voluntad dinámica. La excepción es el pícaro Sangonereta, quien hereda de su padre (y por ello, de la tradición literaria) el alcoholismo, la vagancia, el vagabundeo, su profesión de ladronzuelo, y un apodo que le conviene y le define tan bien que su nombre de pila no aparece en el texto.

En cuanto a influencias ambientales, la relación íntima del pueblo con poderosas fuerzas naturales resulta en enfermedades y muertes, y los sobrevivientes se parecen a, huelen a, y se sienten como criaturas de la región. Las fiebres locales, las tercianas, constituyen una consecuencia directa de vivir allí, pero en las páginas de Cañas y barro las víctimas de tales enfermedades son habitantes anónimos del Palmar, extranjeros—como los cazadores de Valencia que “no podían beber el líquido del lago como la gente del país, por miedo a las fiebres” (900)--, o el inmigrante Cañamèl, como si albufereños incapaces de defenderse de los peligros ambientales no merecieran ni nombre ni consideración como figuras claves. El Tío Paloma parece no haber estado enfermo, y después de sobrevivir las enfermedades infantiles que mataron a los otros hijos del Tío Paloma, el cuerpo del Tío Toni “se la venga ahora de las enfermedades que sufrió de pequeño” (676). Tonet desarrolla una constitución robusta que le permite prosperar en las selvas de Cuba, y como se ha visto anteriormente, Neleta es cada vez más fuerte.

Pero aunque varios personajes desafían a sus antecesores, violan tradiciones y conquistan los efectos perjudiciales de su ambiente, la Albufera responsabiliza a sus habitantes voluntariosos de manera que sus actos de rebeldía terminan en tristeza, tragedia y muerte. Cañas y barro no coloca ante el público lector un universo amoral en que las fechorías de sus personajes se toleran o se explican por una falta de opciones. Eduardo Gramberg tiene razón cuando escribe que el lago no permite más que una clase de existencia, “la del Tío Paloma, casi enteramente integrada con el ambiente” (318), con tal que se afirme que los personajes de Blasco no pierden la libertad de tomar sus propias decisiones.

Aunque los personajes principales tienen que luchar por sus propios destinos, pocas veces se portan como betes humaines naturalistas, seres humanos controlados por sus pasiones animalistas y sus instintos. Al contrario, el Tío Paloma lleva una existencia casi monástica, y el Tío Toni es un padre de familia ejemplar que trabaja para mejorar la vida de las generaciones del futuro. En vez de portarse como animales, los jóvenes Tonet y Neleta se abrazan inocentemente al despertarse al amor adolescente en la selva (718). Cuando la madre de Neleta está demasiado enferma para trabajar o para criar a su hija, ésta se muda a la barraca de su novio, donde los jóvenes se tratan como hermanos, no como amantes lujuriosos (727). Cuando Tonet vuelve de Cuba, la Neleta casada niega sus instintos para no perjudicar su porvenir económico, y Tonet también respeta el sacramento del matrimonio. Después de que su reunión fortuita sobre las aguas de la Albufera resulta en un encuentro sexual--y una descripción discreta del mismo (811-12)--, y después de que Cañamèl descubre el amorío ilícito, Neleta vuelve a rechazar todo contacto con Tonet hasta después de la muerte de su marido, a pesar de las peticiones de su antiguo novio (860, 868).

También al considerar el ímpetu determinista de Cañas y barro, hay que tener en cuenta los papeles del azar y lo improbable, que suelen asociarse con el romance. Si en el capítulo V Cañamèl no decide a última hora no hacer su viaje de negocios, y si el Tío Paloma no vuelve inesperadamente desde Catarroja en barco, Tonet y Neleta no se encuentran solos en la Albufera, y no inician su adulterio, ya que de día respetan el sacramento en el espacio público de la taberna, y de noche no se buscan. Por casualidad, en el capítulo VIII Tonet da con Sangonera cuando Neleta está para dar a luz, lo cual le da la oportunidad de cohechar y amenazar al pícaro para que éste le sustituya como guía de don Joaquín, un cambio que le permite volver a la taberna. Por casualidad, su hijo nace a una hora que hace posible que Tonet lo saque de la taberna e inicie el viaje a Valencia sin que nadie le vea, pero la misma hora hace imposible que termine el viaje sin que otros barqueros se fijen en él. Esta serie de casualidades deja al padre agotado y miedoso, atrapado en el centro de la Albufera con un niño que llora. También por casualidad, en el capítulo IX Tonet, frecuentemente terco y díscolo, se siente vulnerable y complaciente después de haber matado a su hijo, y por esto cede ante el Tío Paloma cuando hablan de adónde deben llevar a don Joaquín para cazar. Esto es importante, ya que si Tonet le convence, la perra Centella no descubre los restos del bebé, y Tonet no experimenta el remordimiento profundo que lleva al suicidio. En una escena final inesperada y melodramática, la Borda besa el cadáver de Tonet apasionadamente y divulga así su amor (962). De estas varias maneras Blasco da énfasis al papel de la casualidad y lo inesperado hasta el último momento textual.

Al considerar el patetismo de la conclusión, es bueno recordar la manera en que se le ocurre a Blasco, como indica Eduardo Zamacois:

 ese desenlace fue una ‘improvisación.’ Blasco Ibáñez . . . empezó a escribir su novela sin  saber aún cómo la concluiría. Comenzaba la estación otoñal. Muchas noches, desde un  balcón de su  finca de la Malvarrosa, Blasco miraba al mar tranquilo, susurrante, plateado  por la luna, mientras tarareaba la “Marcha Fúnebre” de Sigfrido. Entretanto, meditaba el  último capítulo de su libro. De pronto ‘lo vio’; fue una emoción tan eficaz que casi la sintió  en los ojos; acababa de sugerírselo el recuerdo del cadáver del héroe wagneriano, tendido  sobre su  escudo y llevado por sus guerreros... (49-50).

Por lo tanto, el desenlace es el último ejemplo de cómo en Cañas y barro Blasco Ibáñez exhibe su propia clase de naturalismo, en que la lucha no es sólo por sobrevivir, sino para cambiar las circunstancias, y existe el concepto de la responsabilidad particular. Además, para destacar más los conflictos de los personajes, Blasco recompone el paquete de fuerzas deterministas, ya que además de considerar la pobreza, la malnutrición, y las enfermedades que sus personajes conquistan, hay que tener en cuenta las perspectivas primitivas sobre el tiempo y el espacio, tradiciones locales, leyes, respeto por la naturaleza, y vínculos con la mítica Edad de Oro, fuerzas poderosas que ni siquiera el hijo y el nieto del Tío Paloma pueden resistir o conquistar.

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