Volver a la portada de este número

Número 56
6 de Julio de 2009

Nuestra historia y costumbres

Valencia una realidad histórica cap. VI

El Guerrillero Romeu

Portada

La dos

Sociedad

Actividades

Literatura

Cómics

Plató

Música

Oro Viejo

Enterarte

EnterArte International

Fotografia 2009 Publicidad Centro Histórico

Arte y Libertad

Año X - Número 56

Actualizado a 29/05/2011

El Guerrillero Romeu
o la Plaza del Mercado (12 de junio de 1812)

Alejandro Lillo Barceló. Enero`09.

1 2 3

Portada de la edicción del Ayuntamiento de Valencia: 2001

Portada de la edicción del Ayuntamiento de Valencia: 2001

La mañana del 12 de junio de 1812 un batallón de soldados franceses condujo a tres hombres hasta la Plaza del Mercado. Aquel lugar, configurado en época islámica, se había convertido en uno de los más animados de la ciudad tras la conquista de Jaime I, pues allí se reunían comerciantes y campesinos, vecinos y forasteros, para comprar o vender sus productos. Hasta el siglo XIV el Mercado se hallaba fuera de la ciudad, junto a la poderosa muralla musulmana, pero cuando en 1356 se amplió el recinto defensivo que rodeaba Valencia, la plaza pasó a ocupar una posición privilegiada dentro del entramado urbano, convirtiéndose en el centro neurálgico de la ciudad, en un foco de actividad frenética y animación constante. Aquella mañana, sin embargo, la plaza permanecía vacía. Sólo la soga de una horca se enseñoreaba, solitaria y muda, en medio de la terrosa explanada del Mercado.

Unos días antes, a principios del mes de junio, cuando aún faltaba un siglo para que se construyera el enorme edificio del Mercado Central, cientos de puestos abarrotaban aquel irregular espacio. Aunque Valencia llevaba cinco meses ocupada por el ejército napoleónico tras ofrecer una tenaz resistencia, la Plaza del Mercado seguía siendo el corazón de la ciudad. Grupos de mujeres, frente a la Lonja, vendían melones, higos y granadas; los campesinos tiraban de burros cargados con tinajas y grandes fardos de paja; comerciantes venidos de distintos lugares ofrecían arroz y pasas, mantas y especias. Se percibía el aroma de la madera, húmeda por el rocío, y un ligero tufo a pescado, potenciado de vez en cuando por el sudor de los tenderos. Entre empujones, apretones, bromas y risas todos competían por vociferar más alto en medio de aquel bullicio tan propio de los mercados, tan seductor y multitudinario. Pero aunque se escucharan los juegos de los niños entre los capazos y la gente viviera por fin tranquila tras largos años de guerra, un poso de indignación enturbiaba el ambiente que se respiraba por aquellos días en la ciudad.

Bachilleres y burgueses formaban corrillos y discutían, envalentonados por el anonimato que confería la plaza, sobre las hazañas de un saguntino que, durante cuatro años y con tan solo un puñado de hombres, había derrotado a cuantos generales franceses osaron hacerle frente. Algunos afirmaban con la cabeza, otros hacían gestos airados con las manos, pero todos se lamentaban de que hubiera sido capturado y fueran a ejecutarlo, dentro de unos días, en esa misma plaza tan rebosante de vida. Las criadas y sus señoras comentaban entre suspiros, mientras esperaban turno en los tenderetes, la intensidad de su mirada cuando llegó a Valencia y su porte orgulloso al ser conducido a la cárcel de la Ciudadela. Las tenderas las escuchaban con gesto serio mientras abrazaban a sus hijos fuerte contra el pecho, y los campesinos maldecían, mesándose los cabellos, a aquel aldeano que lo traicionó en Sot de Chera, en la montañosa comarca de Los Serranos. Hasta los ricos mercaderes, comedidos en sus juicios, se atrevían a ensalzar, tras las columnas de la Lonja, la valentía de aquel hombre que había recorrido las tierras de Alicante organizando, pueblo a pueblo, el levantamiento contra el ejército napoleónico y lo injusto de su destino.

Así, entre lamentos y discusiones, llegó la mañana del día 12 y, rodeados por la infantería francesa, tres hombres fueron conducidos al patíbulo. El primero de ellos, el que marchaba delante con la cabeza erguida y las manos atadas, era José Francisco Romeu y Parras, guerrillero y comandante, alma y corazón de las milicias urbanas de Sagunto, Cheste y Chiva., terror del francés y ejemplo admirable de la resistencia frente a la invasión napoleónica. Un batallón entero - seiscientos soldados - emplearon los franceses a la hora de apresar a aquel guerrero audaz, capturado, junto a dos de sus hombres, mientras dormía en una casa con un par de pistolas y una espada de montar. Y un batallón lo escoltaba aquella mañana al cadalso. Tal era el pavor que provocaba.

Cuando la comitiva arribó a la plaza encontró los toldos caídos y los puestos desmontados. Las puertas de las casas que daban forma al lugar estaban cerradas. Los postigos de las ventanas echados. Nadie en la ciudad quería presenciar aquella ejecución, aunque todos, en aquella hora, tenían el alma en vilo.

José Romeu, de pie junto a la soga, sintiendo en su rostro la brisa que recorría el mercado desierto, tenía la boca seca cuando el sacerdote comenzó la plegaria. Se acordó de su mujer y sus hijos. Rogó para que no les faltara de nada. Al concluir la oración tomó aire. Un oficial se acercó y le ofreció una vez más la libertad y la vida si se unía a su causa y reconocía a José Bonaparte como rey de España. Su voz, rígida en la quietud de la plaza, sonaba sincera. Romeu no contestó. Le miró a los ojos y el francés retrocedió un paso haciendo crujir la arena. Alguien hizo una señal y el verdugo le rodeó con la soga. Las fibras ásperas de esparto le apretaron la garganta produciéndole un repentino escozor. Las venas de su cuello palpitaban desbocadas. Un perro lanzó un gañido. Luego volvió a reinar el silencio. La orden tardó un minuto en rasgarlo, pero a él le pareció un suspiro.

En la Plaza del Mercado terminó su vida el glorioso guerrillero. Las manos le temblaban a la espalda. Sus ojos brillaban sin dejar de mirar al frente. Sin dejar, nunca, de mirar al frente.

(**) Plaza del Mercado. Ca. 1830

A.S. Aulaire. Publie par Aubert & C. Place de la Bourse nº 29. Imp. d´Aubert & C.

Cromolitografía

233 x 186 mm.

Museo de la Ciudad. Archivo J. Huguet.

(***) Plaza del Mercado. Ca. 1850

Rouargue del et sc. F. Chardon ainé 30 r. Hautefueille, Paris

Grabado calcográfico. 168 x 256 mm.

Museo de la Ciudad. Archivo J. Huguet. Biblioteca M. Bas Carbonell.

Libro: Valencia en el Grabado 1499 - 1899, de Miguel Ángel Català.

 

Ver comentarios Enviar a un amigo Imprimir