Año IX - Número 53
Actualizado a 23/08/2010
Manuela García. Valencia, enero´09.
Una de las pocas constancias escritas que hemos encontrado que nos induzca a pensar que Blasco (1867-1928) y Chapí (1851-1909) se conocieron es una cita en el “Diccionario de la Zarzuela. España e Hispanoamérica” en la que refiriéndose al entierro de Chapí se dice que “fue uno de los mayores acontecimientos nacionales, con decenas de miles de personas siguiendo el cortejo fúnebre por Madrid (donde falleció), presidido por el ministro de Instrucción Pública, con la participación de figuras como Pérez Galdós o Blasco Ibáñez y que pasó por los teatros donde Chapí había representado sus obras más celebradas.”
La otra aparece en la historia de la Casa de Valencia en Madrid, cuya existencia se remonta a finales del siglo XVIII cuando se constituyó en Madrid la Cofradía de Nuestra Señora de los Desamparados como una sección del Hospital de la Corona de Aragón que albergaba a aragoneses, valencianos y catalanes. Durante el siglo XIX la cofradía fue abandonando su originario espíritu religioso para ir aglutinando a cuantos valencianos iban fijando su residencia en Madrid. En una relación de sus socios más relevantes aparecen los nombres de Vicente Blasco Ibáñez y de Ruperto Chapí, por lo tanto no es superfluo suponer que ambos coincidirían en numerosas ocasiones en las que, seguramente, hablarían tanto de su tierra como de la música que a ambos, desde distintos puntos de vista, apasionaba.
Ruperto Chapí abandonó muy pronto su pueblo natal, Villena, para ir a estudiar a Madrid, ciudad en la que residiría hasta su muerte. Por su parte Blasco frecuentó con asiduidad esta ciudad en donde, a veces por gusto y otras por obligación, residió durante algunos años especialmente entre 1896, año en el que un destierro le obliga a trasladarse a la capital y 1909 cuando, cansado de la sedentaria vida madrileña, emprende el viaje del que surgiría su gran aventura colonial en la Argentina.
Precisamente en estos años, última década del siglo XIX y primera del XX fueron de gran importancia para Chapí el cual, según el “Diccionario de la Música Valenciana”, concibió algunas de sus mejores obras entre 1894 y 1898, en plena madurez y al máximo nivel en su dominio de los medios. Sirvan como ejemplo que en 1891 estrenaba El rey que rabió; en 1894 El tambor de granaderos en el Eslava; en 1897 en el teatro Apolo La revoltosa, una de las creaciones máximas en la historia del género chico; en 1902 se estrena su ópera Circe en el teatro Lírico de Madrid y El puñaó de rosas en el teatro Apolo; y en 1909 Margarita la Tornera en el teatro Real.
Si tenemos en cuenta por una parte que los grandes polos de atracción del ocio de los madrileños en estos años fueron los cafés literarios -no se concebía la creación artística, ni siquiera el hacer política, sin acudir a alguna tertulia-, y los teatros, y por otra la gran afición a la música de Blasco Ibáñez y que Chapí fue uno de los grandes compositores de la época, no nos cuesta nada imaginárnoslos de tertulianos en alguna de las muchas reuniones a las que, casi con seguridad, los dos asistirían o en el estreno de cualquiera de las obras del gran músico valenciano en los que el insigne escritor sería uno de los incondicionales. Sabemos, porque Alberto Insúa hace referencia a ello en sus memorias, que Blasco asistía a diferentes tertulias en las que, según Insúa, “se impacientaba con la elocuencia ajena” y a las cuales acudía “para beber, masticar y oír”. Por qué no, pues, imaginárnoslo sentado codo con codo junto a Chapí en el Nuevo Café de Levante, café de melómanos donde se daban las más importantes tertulias literarias y artísticas y del que Valle-Inclán decía que “ha ejercido más influencia en la literatura y en el arte contemporáneo que dos o tres universidades y academias”.
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