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Número 54
14 de Abril de 2009

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Año IX - Número 54

Actualizado a 29/05/2011

Blasco Ibáñez. Silueta con Detalle

LEVANTE, 2 de abril de 1978.

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Retrato de Don Vicente Blasco Ibáñez

Retrato de Don Vicente Blasco Ibáñez

Todavía en las proximidades del cincuentenario de la muerte del gran escritor no me parece improcedente dar desde aquí una versión que me parece que ha quedado un poco, o un mucho, desvanecida, porque tanto en las necrologías como en la hora de componer efemérides ponemos el termómetro en la axila de la grandeza y en otros lugares del organismo donde la temperatura es mucho menos exacta y apreciable. La imagen del termómetro me sale a la pluma, o a la máquina, que es mejor decir, cuando he estado durante estas fiestas pendiente de este pesadísimo instrumento de medición que me quitaba todos los días la esperanza de haberme restablecido.

Y digo que en la rapidísima convalecencia que me pasé entre sudores, pedí un libro de Blasco –“Flor de mayo”- publicado en edición de 1923, porque el original se escribió en 1895 y tropecé con un hombre bastante distinto del que nos han glosado como político, como escritor, como hombre de partido. Es un ser tan sencillo y tan humano que el prólogo a la edición de 77.000 ejemplares –que es una buena cifra para la época- cuenta sus cuitas y me sirven éstas para hacer una silueta menos envarada que las que he visto y leído recientemente: muy estimables por otra parte por otros datos que nos acostumbran a dar a conocer la totalidad de la figura.

Blasco nos habla que escribió la estupenda novela sorollesca ; él le saca tanta luminosidad al mar y al cielo como Sorolla, su amigo, que pintaba por allí. La escribió, nos dice, para el folletín de “El Pueblo”, el periódico en que como director lo hacía todo, ya que por penuria no podía encargar trabajos más que a algunos amigos, que, algo menores que él, pero seducidos por su personalidad, le seguían como maestro. Pero recojamos lo que dice en este comunicado al lector en 1923. “Lo mismo que mi primera novela, “Arroz y tartana”, fue escrita “Flor de mayo” para folletín de dicho periódico. Mi idea de periodista no me permitía un trabajo asiduo y concentrado… Fue aquella época de mi existencia la más quimérica, más desinteresada y de mayor pobreza… Como el diario no cubría sus gastos perdí en mantenerlo toda la fortuna, modesta, heredada de mis padres, viéndome en una pobreza que casi rayó en miseria. Dediqué muchas veces al sostenimiento de “El Pueblo” lo que necesitaba para el sustento de mi familia y además tuve que fingir prosperidades para que nadie se enterase de mi situación… Como si esto no fuera bastante, mi republicanismo romántico y temerari me hacía ser objeto casi todos los meses de procesos y encarcelamientos, y cuando me veía libre era para reanudar mi batalla económica desesperada y ardorosa… 

Y ahora reproduzco el relato de lo que tenía que hacer aquel gran hombre para poder dirigir un periódico sin apenas ayudas y a la vez engrosar su obra novelística. “Permanecía hasta altas horas de la madrugada redactando en forma exageradamente amplia, los escasos telegramas que podíamos recibir de Madrid y del extranjero, “hinchándolos”, como se dice en el lenguaje periodístico.” Antes, por supuesto, Blasco había hecho el artículo de la primera columna o editorial, que suscitaba la persecución de las autoridades a los sueltos más insignificantes. Cuando la luz del alba iba blanqueando las ventanas de la redacción daba por terminada mi vulgarísima labor para ser al fin novelista. “Arroz y tartana”, “Flor de mayo”, “La barraca” y “Entre naranjos”, han sido escritas de este modo, al apuntar la aurora, en la pobre redacción de un periódico de vida todavía incierta, arrullado su autor por el estrépito de la máquina que rodaba en el piso bajo los primero ejemplares del diario y oyendo los mil ruidos de una ciudad que despierta para vivir un día más… “Mi trabajo de novelista se iba prolongando hasta bien entrada la mañana, o sea, hata que la fatiga física y los avances de un sueño menospreciado acababan por rendirme. Otras veces, antes de acostarme vagaba por la huerta o por la playa mediterránea, para estudiar directamente los tipos y paisajes luego descritos en mis novelas… Estos paseos dr noctámbulo, que prolongaban una existencia anormal en las esplendorosas mañanas eran, para mi, ocasión de ver el sol como los demás mortales. Me acostaba ordinariamente cerca de medio día, y al despertar, la tarde estaba en u ocaso, reanudando ya la noche mi vida fatigosa”.

He querido, aun cuando las fiestas del cincuentenario hayan pasado, y puesto que difícilmente se ha podido entender –hay estupendos biógrafos que recogen esta verdad de Blasco en sus libros- darles un testimonio justo y cabal, a través de su propia narración, cuando ya a costa de tantos esfuerzos era rico y sólo faltaba un lustro para su muerte lo que dice con sinceridad este gran escritor, para añadir a las palmas triunfales que se han exhibido en las jornadas, esta confesión del autor: de su infatigable trabajo, de sus penurias, de sus miserias, celadas para no desacreditar su prestigio. Pero que noble es proclamarse pobre y decir que le faltaba en casa a veces lo que él tenía que dar al periódico: una menguada fortuna familiar para seguir adelante. Este era un director de periódico y político. ¿Cuántos escritores de hoy podrían, ahora mismo, con la mano en el pecho, decir idéntico de su existencia?  

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