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Arte y Libertad

Año IX - Número 53

Actualizado a 29/05/2011

¡Recordones!

Martín. El LEVANTE. 31 marzo de 1978

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Alfredo Mayo (El Tio Paloma)

Alfredo Mayo (El Tio Paloma)

El “recordons” que Blasco pone una y otra vez en boca del tio Paloma se ha convertido en el plural castellano que los oidos valencianos hemos tenido que aguantar no sé cuantas veces en boca de Alfredo Mayo durante la primera sesión televisada de “Cañas y barro”.

El “recordons” literal con que el novelista veló otro plural autóctono de análoga sonoridad y más recio contenido, con su magnífica y resonante o abierta –la lengua valenciana posee, además del teclado blanco de la castellana, el teclado negro de las vocales abiertas, que son los bemoles-, caso de que el actor elegido hubiera podido pronunciar potablemente esa vocal del tamaño de la O de los Santos Juanes, ¿no lo habrían entendido en Venta de Baños o Ruidera?

Traduttore, traditore…”, dicen con muchísima razón los italianos. La traición, grave en el terreno idiomático, lo es mucho más si se trata de verter un relato literario a la fotografía cinematográfica. Sobre todo si el relato tiene gran fuerza o garra, como ahora se dice. Y, a mayor garra, mayores riesgos insuperables de traición.

Si lo que e quería era televisar algo de Blasco –ahora que se puede- , es decir llevar a la pequeña pantalla un “nombre” famoso a través de alguna obra de resonancia mundial, ¿por qué en vez de pretender  fotografiar la “letra” no se hizo un “film” “inspirado” en ella,  pero llevado a un escenario menos intraducible –el escenario lacustre de Ruidera, por ejemplo- , donde hubiese sonado menos hirientes, menos falsos, esos reincidentes “recordons” de Mayo, y donde el tío Canyamel hubiera podido apodarse Cañamiel o Caña de Azucar, liberándonos de esa prosodia que cierra en esfínter una e más abierta que un arco gótico de nuestros puentes sobre el Turia?

¿Sería justo no reconocer los muchos quilates de buena intención, de autenticidad, incluso de afecto al novelista y a la tierra valenciana, por pare de los realizadores y de Televisión, al rodar en la propia Albufera y que se evidencian a través de tantas y tan  bellas fotografías? Pero el paisaje, en toda poesía dramática, es siempre un fondo: la corteza, la pulpa, la molla, el corazón, la entraña, el “peço”, el “pinyol”, están en lo humano: los tipos, los gestos y, sobre todo las voces, la palabra. Blasco, con su instinto creador y su horror a lo falso, en sus obras valencianas eludía el diálogo literal. Salvo alguna exclamación restallante en lengua valenciana, sus personajes no hablan; es él, el novelista, el que nos cuenta lo que van diciendo. Y esa técnica se le enraizó tanto, que la hizo suya en gran parte de sus novelas posteriores, las “sociales”,  las historicistas, las aliadófilas, cosmopolitas y mundanas. Además, su vocabulario era escrito, pura tinta; sus interjecciones , sus apodos, sus onomatopeyas valencianas, se dirigían al ojo. La oreja no padecía, pero la televisión es fotografía fílmica… ¡y sonora! Con lo cual, la falsedad medular de un simple “recordones” contagia y derrumba al conjunto por si solo, haciendo más patentes otras falsedades envueltas en profesionalidad y que resaltan más por el contraste  con la autenticidad del natural escenario albuferense.

¡Qué misterio el de la palabra! Hay textos literarios llenos de luz y de aire libre pero que si se les saca del papel y se les pone al aire libre y a la luz, se constipan.

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