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Arte y Libertad

Año IX - Número 52

Actualizado a 29/05/2011

Argel: El Viaje

Crónicas de Viaje. Recopilación de artículos editados por José Luis Leon Roca

Blasco Ibáñez

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Escenas del Rodaje de Flor de Mayo

Escenas del Rodaje de Flor de Mayo

Al entrar en la hermosa cámara del vapor «Pérez», experimenté la misma impresión del que repentinamente se ve en un lugar que le recuerda algo íntimo de su pasado.

Pisaba por primera vez la cubierta de dicho barco y, sin embargo, algo encontraba en él que evocaba en mi memoria el recuerdo de la adolescencia con sus entusiasmos y sus fogosas admiraciones.

En los barnizados tableros de la cámara, entre los dorados espejos y los grupos de frutas y flores de colores jugosos y brillantes, encontraron mis ojos a los héroes del gran poema de la Escocia: el valiente Fingel, hercúleo, soberbio y arrogante como un dios, con el casco sobre los ojos de águila y el membrudo brazo levantando la gigantesca espada; a la tierna y sencilla Morna, la amada por los valientes guerreros de la verde Erin; el caballeresco Gual; y junto a todos los personajes de la sublime epopeya, a su autor, el ideal Ossian, mirando al cielo con los luminosos ojos de poeta, al aire la revuelta barba, envuelto en el blanco manto de los druidas y tañendo distraídamente la lira de férreas cuerdas, como si llamase con preludios a la inspiración, para cantar los tiernos amores de los paladines y los fabulosos combates en que las espadas, golpeando las armaduras, sacan del  bronce  regueros de fuego.

Extrañábame encontrar en un buque español, y por añadidura valenciano, un recuerdo tan saliente de la poesía escocesa, de esa inspiración osiánica, ruidosa, aterradora y gigantesca como un trueno, que a todos nos ha hecho gozar en la juventud; pero pronto mi extrañeza se desvaneció al saber que el vapor (que dicho sea de paso, es magnífico y con una velocidad de buque correo) fue construido por un armador de Escocia, y que al adquirirlo los hermanos Pérez, de Valencia, llevaba el título de «Morna», sin duda porque su primitivo dueño, como buen escocés, era un admirador ferviente de Ossian, el fabuloso poeta nacional, y quiso poner una parte de su fortuna bajo la salvaguardia de sus admiraciones literarias.

Tengo la certeza de que el bravo capitán del «Pérez» no está muy enterado de quienes son esos monigotes blancos armados y con expresión fiera que ve todos los días en las paredes de la cámara a las horas de sentarse a la mesa; pero no se ne-casita saber quiénes eran Ossian y sus héroes para dirigir bien un buque, y esto último sabe hacerlo a la perfección el citado marino, robusto mocetón de facciones enérgicas, barba rojiza y ademanes resueltos, que es un tipo acabado de esos hombres de mar que produce la costa valenciana, y que salen de Benidorm o de Villajoyosa con el título de piloto para pasarse la vida tan pronto en Cuba como en Filipinas, lo mismo en la India que en los Estados Unidos, corriendo el mundo sin enterarse de otras cosas que las de su oficio; esclavizados al barco por el deber y la costumbre; conociendo todos los puertos y entrando en muy pocas ciudades; enterándose de las curiosidades de los países por lo que dicen los pasajeros y hablando un poco de cada idioma como políglotas instintivosA esta clase de marinos, víctimas de la vocación por la más penosa de las profesiones, pertenece D. Tomás, el capitán del «Pérez», el responsable de la suerte de ese hermoso barco, dentro del cual todos obedecen a la menor de sus miradas, desde el «Nostramo» encargado de la tripulación, al último de los camareros.

Empieza la navegación y ante el barco va desarrollándose como risueño panorama toda la hermosa costa que se extiende desde Valencia al Cabo de San Antonio.

Estamos ya camino de la Argelia, de esa región que está casi en nuestras puertas y que tan poco conocemos la mayoría de los españoles. Un país vecino y, sin embargo, de costumbres distintas; un mundo nuevo, un pedazo de ese continente misterioso del cual la civilización sólo posee los límites y con el que no nos unen otras relaciones que la barca del contrabandista que bordea su costa esperando el alijo o el criminal que se escapa «al moro» buscando entre la gente de «chilaba» y jáez un refurgio que le libre de la justicia civilizada.

Vamos con rumbo a ese país del tabaco barato y de la tela libre de derechos que la gente de nuestras playas llama familiarmente la «costa de fora», como si se tratase de un país inmediato, de algo que está en las puertas de la propia casa, colocado por la previsora naturaleza para que las gentes de mar honradas y pobres puedan ganarse la vida en las temporadas que no son de pesca, a despecho de los carabineros y demás representantes de la tiranía y los escrúpulos del Estado.

Comienza a anochecer. Los contornos de la lejana costa van difuminándose, se pierden en el ceniciento horizonte; y sobre nuestras cabezas entre el cordaje de los inquietos mástiles, brillan las primeras estrellas con su fulgurante parpadeo de las noches serenas.

Los pasajeros descienden a sus cámaras, la cubierta queda desierta y oscura, la calma augusta de la noche es interumpida solamente por el arrullo de un oleaje manso, los mugidos de la máquina y el incesante traqueteo de la hélice que nos hace hervir el agua en la popa, amontonando sobre el timón los bullentes espumarajos.

Amanecemos en medio del Mediterráneo. Se han perdido de vista las costas de España, y a la izquierda, a ras del horizonte, se destacan como rosadas e indecisas nubéculas del amanecer los altos perfiles de Ibiza y Formentera. El mar parece un lago. Ligeros estremecimientos agitan suavemente su superficie, que presenta los cambiantes y ondulaciones de una inmensa pieza de moaré, sobre la que resbala el buque ensuciando el espacio con sus incesantes bocanadas de negro y denso humo.

Las bandas de delfines juguetean cerca de la popa como tropel de chicuelos revoltosos, y saltan y se entrecruzan moviendo graciosamente su pardo lomo, que tan pronto brilla a flor de agua como se hunde cual negro proyectil, perdiéndose instantáneamente en las aguas profundas, de un color sombrío, que hace pensar en sus horribles abismos.

El sol extiende su luz libre de obstáculos y arranca chispas de la punta de los mástiles, de los cables de hierro, de los dorados de popa, y marca sobre el mar un triángulo de oro que tiene su vértice en el horizonte y se ensancha indefinidamente, centelleando con el hervor de las inquietas aguas.

El Mediterráneo, tranquilo, semeja uno de estos espejos venecianos de azulado cristal, en cuyo fondo se reflejan y resbalan las nubes como interminables rebaños, cuyos blancos vellones trans-parentan las límpidas aguas.

Enormes tortugas pasan con frecuencia junto al vapor, flotando perezosamente con el húmedo caparazón brillante como una coraza de oro y agitando a flor de agua sus rugosas patas y su chata cabeza de serpiente. Es la época de celo para tan extraños animales; les es imposible hundirse por mucho tiempo y nadan o duermen con el lomo fuera del agua, ofreciendo pequeñas islas de descanso a las fatigadas gaviotas, que se posan sobre la flotante concha y agitan con gozo sus blancas alas, paseando la redonda superficie de su animado barco.

Todo es luz, color, poesía, en ese mar augusto, padre del mundo, que surcó la barca de Hornero y vio retratarse en sus tranquilas aguas las obras de las primeras civilizaciones; y por una instintiva tendencia hacia el contraste, se piensa en que ese mismo panorama de inagotables bellezas ha presenciado grandes crímenes, irritantes atropellos que hacen mirar con horror los tiempos pasados.

Por estas mismas aguas pasaban hace un siglo las galeotas de los piratas argelinos, buitres del mar, al aire las triangulares velas como alas veloces, hundiendo en la espumosa ola sus agudas proas como picos voraces; con ambos costados erizados de brillantes culebrinas y bombardas; en el centro el «arráez», artético y brutal negrote, con el látigo siempre preparado para descargarlo sobre los infelices esclavos, macilentos, desnudos, encadenados a sus bancos, doblados por la fatiga y agarrados con mano convulsa a los enormes remos, patas rojizas que arañan sin descanso la superficie del mar: y en la popa, bajo la banderola de la media luna, a cubierto del sol por una tienda de púrpura, el corsario de mirada lúbrica y feroz, atusándose con una mano las luengas barbas, acariciando con la otra la empuñadura labrada del damasquino yatagán y pensando, sin duda, en el dinero y los placeres que representa para él el montón de carne humana almacenado en el entrepuente después de la arazzias; los hombres sombríos o absortos por la desgracia del cautiverio, las mujeres casi desnudas, llorando tal vez recientes atropellos: toda la mercancía, en fin, que a los pocos días ha de venderse en el mercado de Argel.

Afortunadamente aquellos tiempos pasaron. Ya no lucen sobre el Miguelete las fogatas de alarma que indicaban la proximidad de los barcos argelinos, ni los labradores cierran la puerta al anochecer, temiendo que del inmediato cañar salgan los turbantes, las luengas barbas, los arcabuces y la argolla, que han de conducirles como esclavos a la costa de África.

Esa civilización moderna que todo lo arregla a cañonazos y tiene como norma diplomática la ley del más fuerte, tal vez no ha hecho en este siglo nada tan grande, como el exterminio del poderío musulmán en Argel, nido de piratas que Europa no podía consentir en sus mismas puertas.

Justamente en los momentos en que evoco esos recuerdos pavorosos del pasado, márcanse en el horizonte nubéculas de humo, y poco a poco van apareciendo algunos puntos negros que se agrandan hasta mostrarnos como gigantes las construcciones que avanzan rápidamente.

Es la escuadra francesa del Mediterráneo. Once acorazados que van de las costas de África a las de Córcega: un pedazo de la República Francesa que pasea sobre el mar la gloriosa bandera tricolor; ocho o nueve mil hombres que son los descendientes de los marinos que en 1830 destruyeron a cañonazos la piratería argelina.

Los enormes buques marchan maniobrando en diversas direcciones como rebaño de juguetonas ballenas que, en vez de surtidores de agua, arrojan torrentes de humo y entrecruzan sus poderosas moles con la mayor ligereza, corriendo el peligro de que un simple roce arroje al abismo, sobre el que pasan con arrolladora majestad, la vida de algunos centenares de hombres y muchos millones de francos.

El buque almirante, blanco como gigantesca gaviota, marchando cual un oficial instructor fuera de la línea de subordinados, pasa a poca distancia del «Pérez», y a los tres saludos de la bandera española contesta izando el pabellón tricolor.

Se alejan las poderosas moles envueltas en sus nubes de humo, y cuando no son ya en el horizonte más que indecisos puntos, comienza a marcarse por la proa una gran mancha sombría que crece y crece hasta convertirse en gigantesco monte, cuya cresta se confunde con las nubes.

Es la punta llamada «Mala Dona»: el centinela avanzado del África.

A las diez de la noche entramos en Argel.

No creo exista en el mundo una ciudad que de noche presente igual golpe de vista. El boulevard de la República es una interminable fila de apretadas luces, tendida a lo largo del puerto; una línea de fuego tras la cual brillan millares de puntos luminosos, escalándose montaña arriba. Y esta misma profusa iluminación se extiende por las colinas cercanas, por el anchuroso puerto, como si una inmensa banda de enormes luciérnagas cubriese toda la costa.

Al entrar en la bahía un enjambre de bateleros, montando ligeras barquichuelas, rodea el buque. Van con el gorro rojo del país, los anchos zaragüelles, las piernas descalzas y arrollado a las sienes el blanco lienzo. Puestos de pie, reman sin cesar para seguir el movimiento del buque y ofrecen sus servicios en un «patuá» infernal, en chillona algarabía en la cual se mezclan palabras francesas con árabe, inglés y valenciano.

Ya estamos en Argel. A media noche, por el redondo ventanillo del camarote, veo el puerto con sus inquietas aguas, en las que titilan las luces rojas de los barcos.

Los botes que pasan con sus bateleros de encarnado turbante charlando en árabe con agudas voces, producen extraña ilusión.

Percíbese en el ambiente cierto perfume de orientalismo. Se cree estar en el Argel de Barbarroja; los «yatchs» y barcos de guerra anclados en el puerto, parecen en la sombra galeras berberiscas prontas a darse a la mar para la caza de esclavos; y cuando por fin llega el momento de entregarse al descanso, el sueño es inquieto y nervioso, como el de un cristiano apresado que teme de un momento a otro sentir el látigo del arráez para que vaya a ponerse al remo.

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