Año IX - Número 52
Actualizado a 06/09/2010
Estela Rojo Hernández. Madrid, noviembre`08.
Museo Nacional del Prado. Desde 15 de Octubre 2008 hasta 6 de Enero 2009.
Hoy en día es impensable pretender conocer a un artista y su obra sin acercarnos a su contexto histórico y social. Es por ello una oportunidad inmejorable la propuesta que el Museo del Prado nos ofrece sobre la obra de Rembrandt. Su planteamiento va más allá de una apuesta expositiva, invitando al público a conocer o redescubrir al artista a través de un proyecto que engloba proyecciones de cine (el día 13 de diciembre se estrenará “La ronda de noche” de Peter Grenaway), conferencias, recorridos guiados, charlas didácticas y jornadas especiales de apertura del Museo para jóvenes.
Todo ello para sumergirnos en una época, el siglo XVII y un lugar, los Países Bajos, de la mano de un artista que desde los 19 años hasta su muerte a los 63, realizó una extensa obra compuesta por grabados, dibujos y pinturas además de hacer de su taller un renombrado centro de formación de artistas.
El afán inconformista y experimentador de Rembrandt (1606-1669) confrontó con su ambición de triunfo y reconocimiento, llevándole a una vida marcada por la sucesión de éxito y adversidad. Vivió intensamente y su obra estuvo marcada por una intensa búsqueda emocional y plástica que se plasmó en una pincelada matérica, una luz dorada que reinterpretaba el claroscuro y el uso de calidades nunca vistas anteriormente.
Llegó a tocar todos los géneros aunque concentró sus esfuerzos en cuadros históricos de gran formato, en ese deseo de lograr la fama y prosperidad en la sociedad del momento. De esta manera alcanzó el éxito en una época donde por primera vez hay constancia de un incipiente mercado artístico, lo cual permitió a Rembrandt pintar libremente o por encargo, pero nunca sometido a un mecenazgo o para la Corte. Precisamente por esta razón gran parte de sus obras hoy en día se encuentran en manos de coleccionistas privados. De algunas de estas colecciones y de 20 instituciones de todo el mundo provienen las 40 piezas del artista, 35 pinturas y 5 estampas, que configuran la exposición. El Museo del Prado solo ha podido incluir una obra de Rembrandt puesto que es el único cuadro que posee en su colección, titulada “Artemisa” (1634). En conjunto las obras seleccionadas no son tan conocidas pero precisamente este hecho las hace especialmente interesantes y reflejan perfectamente su estilo y trayectoria.
La exposición:
Comisariada por Alejandro Vergara, plantea un recorrido cronológico por distintas etapas de la vida y formación del artista, centrándose en las obras que realizó de tema histórico mitológico y bíblico. Nos acercamos así a sus dotes de narrador donde se evidencia esa influencia de la pintura italiana y española que recibió en su etapa de formación en Leiden y Ámsterdam y que conoció a través de grabados que el mismo coleccionaba y de algunos de los pintores que tomaron parte en su formación. Una narratividad que se alejaba de la tradición descriptiva que imperaba en la pintura de los Países Bajos en esta época.
En la apuesta expositiva se incluyen 6 pinturas de otros artistas como Rubens, Tiziano, Velásquez y Jose Ribera; se plantea así profundizar en el conocimiento de su trabajo, invitando al público a establecer nuevas lecturas y plantear conexiones entre ellos. Una apuesta sugerente envuelta en una luz intima que acompaña el recorrido por algunas de las salas de la ampliación del Museo y que parecen querer remarcar la intensidad emocional que emana de las propias obras.
La exposición comienza y termina con dos autorretratos que recogen a la perfección los cambios que sufrió en la visión de su propia vida y de la vida en general, su aprendizaje, sus ambiciones y el conocimiento que adquirió, en definitiva su biografía pictórica. Mostrando toda la complejidad de sus emociones y los matices expresivos que se produjeron con el paso del tiempo sobre su cuerpo.
Ningún pintor se ha planteado tantas preguntas sobre si mismo, le interesó no sólo la apariencia externa sino reflejar su vida interior, su existencia espiritual y esto se refleja en los más de cien autorretratos que realizó el artista y que se resumen aquí en dos magníficos ejemplos. Desde la teatralizada arrogancia juvenil mostrada en su retrato de cuerpo entero a la manera oriental de 1631, caracterizado con turbante y de pincelada ligera. Hasta la madurez intimista del Autorretrato como Zeuxis (1667) despojada de grandeza y profundamente matérica, donde la mirada y su sonrisa parecen observar al mundo que lo encumbró y que ya en esos últimos años de su vida le daba la espalda. Esa fascinación por la ancianidad que demostró a lo largo de su obra y fue reflejada en su propio autorretrato nos plantea que para él la proximidad de la muerte fue igual al conocimiento.
En definitiva una propuesta única de acercarnos al mundo de uno de los artistas más fascinantes de la historia.
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