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Arte y Libertad

Año IX - Número 52

Actualizado a 29/05/2011

Flor de Mayo de Escrivá, 2008.

Escrivá rinde homenaje a Sorolla y dulcifica la tragedia que escribió Blasco Ibáñez.

Montse Fayos. Valencia. Noviembre, 2008.

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Escenas del rodaje de Flor de Mayo

Escenas del rodaje de Flor de Mayo

Tras el éxito obtenido con Arroz y Tartana, que ha sido líder de audiencia televisiva en su estreno y en sus reposiciones, y que ha obtenido importantes premios entregados por la industria del sector, José Antonio Escrivá siempre mostró su intención de trabajar sobre Flor de Mayo. Aunque recientemente el director había adquirido los derechos para rodar el guión del Quijote que escribió Blasco, finalmente ha sido la novela de pescadores la que nos ha devuelto a la gran pantalla una adaptación de Vicente Blasco Ibáñez. La película, que se estrenaría en forma de mini-serie de dos capítulos en una fecha aún por confirmar, se proyectó el viernes 14 de noviembre en el Palau de les Arts.

Es la segunda vez que este relato se adapta al formato cinematográfico, tras la película del mexicano Roberto Gavaldón de 1957, protagonizada por María Félix y ambientada en la Segunda Guerra Mundial. Así Flor de Mayo era la novela menos explotada de Vicente Blasco Ibáñez y sin embargo lo tiene todo para convertirse en un peliculón al estilo hollywoodiense: la relación cainita entre los dos hermanos protagonistas, el triángulo amoroso que se convierte en un cuarteto en el que no faltan la pescadera atractiva y la tontorrona feúcha y adinerada. Y de fondo, el Cabanyal, los pescadores, el Mediterráneo, la crítica social… José Antonio Escrivá ha dado vida a esta adaptación a la manera de Arroz y Tartana, con un enorme presupuesto y una estética preciosista, deteniéndose en detalles e incluso evidentes guiños a las pinturas de Sorolla. De nuevo nos encontramos ante una excelente producción, de peso y calidad indudables, pero quizás menos entretenida que la película protagonizada por Carmen Maura.

En cualquier caso, es inútil compararlas porque vistas ambas películas, uno se da cuenta de que la novela urbana y la novela de pescadores que Blasco concibió no tienen nada que ver y la balanza se inclina a favor del relato de la ciudad, más vibrante, con un ataque más acerado contra las clases pudientes y con infinitas posibilidades estéticas. Ahora bien, la Flor de Mayo de Escrivá es una adaptación milimétrica de la obra de Blasco y, si bien no sabemos si el resultado sería de su agrado, sí podemos afirmar que el escritor aplaudiría el rigor y la fidelidad con que su relato ha cobrado vida. Un guión en el que no se olvida ni una sola escena (únicamente se añaden algunos personajes y se omiten otros para tensar la acción) y un elenco de actores en el que de nuevo destacan los secundarios. Es decir, todo lo que se pueda afirmar sobre esta producción, a favor o en contra, se puede trasladar a la novela en la que quizás el relato de pasiones toma unos tintes excesivamente folletinescos, eclipsando el habitual retrato de costumbres. En este aspecto, la mano de Escrivá es mucho más sobria y consigue, al centrar gran parte de la acción en el personaje de la señora Tona, limar un poco los excesos telefílmicos en los que sería fácil caer al contar el adulterio de Dolores y Tonet.

El director rueda en las playas de Cullera y Port Saplaya pero, vistos los planos, la historia podría haber estado ambientada en cualquier punto del país, no necesariamente en tierras valencianas. Y esto, pese a que inicialmente pueda generar cierto escepticismo, es exactamente lo que Blasco quiso que subyaciera en sus novelas. Más allá del retrato desde diversos ángulos que el autor quiso realizar (la ciudad, la Albufera, la playa, etc), lo que más le importaba era describir las pasiones de los hombres, los sentimientos, el amor y el odio que han hecho girar el mundo en cualquier rincón del planeta. José Luis León Roca recogía las palabras de Dionisio Pérez en la revista Vida Nueva, que ilustran este mensaje implícito en los textos de Blasco: “Quitad en La Barraca las esplendorosas descripciones, quitad el dialecto, trasplantad aquellos vigorosos personajes a otras tierras, despojadlos de su sangre mora, de su educación, de su historia, de sus costumbres, y […] será siempre una novela que os muestra el alma y el hombre de la tierra, de toda la tierra”. Lo mismo sucede con Flor de Mayo y con la película de Escrivá que, lejos de recrearse en escenas identificables por el público valenciano, se centra en el mar como personaje principal y escenario del drama. Por eso nos encontramos con hermosos planos detalle en los que la cámara se cierra sobre juegos con la luz del sol y momentos casi imperceptibles junto a, cómo no, el homenaje del director a las pinturas del que fue gran amigo de Blasco, Sorolla. De hecho, la amistad de ambos nació mientras el valenciano escribía esta novela, tal y como explica en su introducción. Es fácil identificar en algunas escenas de Escrivá cuadros universalmente conocidos, entre los que destaca el plano final, con el que se cierra la película.

Los actores

La mar es mujer, ya lo dice la Tía Picores, y por eso el Mediterráneo y Tona son las grandes protagonistas de esta película, que resulta ser un homenaje a la figura de la mujer y más concretamente de las matriarcas. Un personaje muy del agrado de Blasco; no hay más que recordar a Doña Bernarda en Entre naranjos o a la propia Doña Manuela de Arroz y tartana. El peso de la acción recae sobre la andaluza Ana Fernández, que cumple eficazmente con su papel, aunque sin el alarde interpretativo que supuso su debut en Solas. Se nota que la actriz no se siente plenamente cómoda en un papel de fuerte carácter local, pero la vemos envejecer y evolucionar de manera muy creíble. En cuanto a sus hijos, Sergio Caballero destaca muy por encima de Antonio Hortelano, que compone un Tonet descarado y atractivo pero sin fuerza. Sus respectivas mujeres también ofrecen una actuación correcta, en un guión en el que lleva la voz cantante Ana Fernández. Vemos también a una Tía Picores muy lograda, aunque lejos del personaje furibundo e impactante que creó Blasco. A modo de anécdota, destaca la breve aparición del televisivo Jesús Olmedo (Hospital Central) caracterizado como el guardia civil que engaña a Tona (Escrivá omite el personaje de la hija bastarda de ambos), que parece sacado directamente de las páginas de la novela.

Asimismo, el director inventa el personaje de Blayet, interpretado por Arévalo, la tradicional figura del “tonto” que aquí inspira una enorme ternura y sirve para añadir notas de color autóctono al relato. Como ya ocurrió en Arroz y tartana, el final de la historia se ve modificado, quizás para abrir una puerta a la esperanza pero el espectador se queda con la impresión de que la tragedia no se consuma. De ahí que el mensaje social quede diluido y aunque sí resuenan en forma de voz de off las palabras de la Tía Picores (“¡a duro debía de costar!”), echamos de menos el puño en alto y el gesto crispado de la anciana, mirando hacia el Miguelete. Por tanto, podemos concluir que de nuevo estamos ante un brillante trabajo de adaptación en el que se han depurado con habilidad los excesos, tanto melodramáticos como críticos.

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