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Número 52
5 de Diciembre de 2008

Nuestra historia y costumbres

Valencia una Realidad Histórica. Cap. II

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Año IX - Número 52

Actualizado a 06/09/2010

La batalla por la Libertad: Sagunto frente a Cartago

Fernando Millán Sánchez

portada de la novela de Blasco Ibáñez

portada de la novela de Blasco Ibáñez

Valencia una Realidad Histórica. Cap. II

Agonizaba el siglo III antes de la Era cristiana. La primera guerra Púnica se había saldado con el triunfo de Roma y la pérdida de Sicilia por Cartago. Amilcar .Barca, el general cartaginés, fue obligado a firmar el tratado de Paz que el mundo conocería como el Tratado del Ebro. Fijaba las zonas de influencia de las dos grandes potencias. Roma mantendría la hegemonía hasta las márgenes del gran río. Para Cartago quedaba el resto de la península ibérica.

Sagunto, una de las ciudades-estado de los íberos, crecía espectacularmente con el discurrir de los años. Su puerto, de una actividad inusitada, exportaba hacia la metrópoli romana, y hacia los principales puertos ribereños del Mare Nostrum, los excedentes agrícolas, cereales, vid, aceite, que las ricas tierras cercanas del Tyris y del Sicania producían, al tiempo que importaba las sedas, los perfumes y los ungüentos que la moda exigía y una adinerada burguesía demandaba.

Aníbal, joven y brillante general cartaginés, había sucedido a su cuñado Asdrúbal, asesinado, en el mando del ejército de mercenarios que Cartago había enviado a la península. Su padre Amilcar, antes de morir, le había hecho jurar ante el altar de MelKart, el supremo dios de Gades, que no descansaría hasta destruir por completo a Roma. Y Aníbal deseaba, ardientemente, cumplir la voluntad paterna.

El tratado del Ebro le permitía dominar todo el territorio de los Tartesios y de los Íberos. Unas veces a través de pactos con los jefes tribales, que se incorporaban con sus hombres al ejército cartaginés forjando la caballería más formidable de su época, alcanzaba su objetivo. Otras, tomando al asalto los poblados de quienes se le oponían. Y en estos casos su justicia no admitía misericordias. Las mujeres, los niños, y los hombres supervivientes, eran sometidos a la esclavitud.

Solo restaba un obstáculo para finalizar su tarea en la península: Sagunto. La ciudad- estado del sur del Ebro que se negaba a obedecerle.

Primero fueron los embajadores los que tomaron contacto con el Régulo y con el Senado de la ciudad rebelde. Aníbal ofrecía la Paz y la integración de la ciudad en el imperio cartaginés que forjaba. Los hombres de armas de Sagunto formarían parte de las fuerzas que desafiaban a Roma. Sus propiedades serían respetadas y todos quedarían bajo su personal protección. En la hora de la victoria, Aníbal sabría ser generoso con sus amigos.

Deliberó el Senado de Sagunto. La propuesta aseguraba la Paz y las propiedades, y tal vez la gloria si el cartaginés vencía en la guerra que preparaba. Pero exigía dos compensaciones: la sumisión de la ciudad a su imperio, y la ruptura de la amistad con Roma.

No fue demasiado larga la discusión del Senado saguntino. Ninguna de las dos condiciones podía ser aceptada. La primera porque obligaba a renunciar a la libertad propia de un pueblo soberano, la segunda, porque rompía la neutralidad que, en la inminente guerra entre las dos potencias, los saguntinos querían mantener.

Aníbal contestó al desaire recibido desplegando ante los muros de la ciudad rebelde a todo su ejército. El más grandioso que los tiempos habían conocido. Y exigió a los saguntinos el cumplimiento del tratado del Ebro. Aquella era su zona de influencia y Roma no vendría a ayudarles.

El cartaginés tenía razón. Roma no vendría a ayudarles. Y por primera vez, en el Senado de Sagunto, se alzaron voces pidiendo el pacto con Aníbal. Eran las voces de los grandes terratenientes, de los poderosos, que intuían que sus riquezas estaban en peligro.

No fueron escuchados. El pueblo de hombres libres votó por la resistencia ante el general cartaginés. Sus muros eran fuertes y sus soldados temibles. La ciudad de Sagunto no se rendiría jamás.

Durante nueve meses el cerco descrito sobre la ciudad se fue cerrando. Ni víveres ni refuerzos de otros poblados íberos podían entrar. El general cartaginés, invicto, eludía la confrontación y el asalto inmediato de la ciudad. Podía esperar. El hambre y las enfermedades serían sus aliados. Cuando se rindiesen, cuando solicitaran misericordia, ni uno solo escaparía a su destino. Les había ofrecido la Paz y la habían rechazado. Ninguna piedad se tendría con ellos. La esclavitud y la muerte sellarían su recompensa.

Los intentos de ruptura del cerco por parte de los saguntinos fueron rechazados  cubriendo los campos de guerreros muertos. Solo tras los muros podían esquivar a la muerte. Y esperar una ayuda que no podía llegar.

Cuando nada quedó para comer, cuando los hombres de armas hubieron sucumbido ante el enemigo, cuando ninguna esperanza era posible, cuando todas las enfermedades se abatieron sobre la ciudad, cuando todos los negros presagios se cumplieron, las mujeres, los ancianos, y los niños se dispusieron a morir. Destruir la ciudad querida antes que entregarla a la esclavitud. Y las llamas tomaron el lugar de las estrellas para romper la negritud.

Aníbal tomó los campos yermos, tomó los muros calcinados, hizo prisioneros a las imágenes de los combatientes, pero nunca pudo tomar el alma rebelde de la ciudad íbera.

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