Año V - Número 28
Actualizado a 29/05/2011
Vicente Blasco Ibáñez 25 de Diciembre de 2004

Había yo leído, no se dónde, que en Argel se había elevado una estatua a Cervantes en la misma cueva donde el sublime ingenio estuvo escondido con trece compañeros de cautiverio esperando oportunidad para escapar de la esclavitud berberisca.
Estando en Argel, en plena África, y por añadidura en un país regido por usos y costumbres tan distintos de los nuestros, siéntese la necesidad de algo, el amor nacional, todo lo que en el extranjero representa la patria y sus glorias. Había que ver la cueva de Cervantes con el monumento elevado por sus admiradores y la colonia española. No todos los días pueden verse los lugares donde los grandes hombres han sufrido terribles desdichas, cuyas amarguras tal vez no resultan compensadas por el respeto y el aplauso que le tributan las generaciones subsiguientes.
En nuestro entusiasmo de españoles y de admiradores del Quijote, creímos empresa fácil encontrar la famosa cueva.
Estábamos en un café de la plaza del Gran Teatro y preguntamos a los camareros por la cueva de Cervantes.
-¿Cervantes?...¿Cervantes?...-murmuraban con expresión pensativa aquellos buenos franceses.
-Sí, hombre; Cervantes, el inmortal autor de Don Quijote
.
-¿Don Quijote?...! Ah, sí! -y después de larga meditación contestaban resueltamente: -Pues no lo sabemos- .
Y se metía en el café para preguntar al dueño y a los parroquianos hijos del país, que resultaban tan enterados como ellos.
Sentíamos cierta tristeza ante una ignorancia tan general. Más que no encontrar la famosa cueva, nos apesadumbraba ver que había en Argel quien ignoraba que una gran parte de la celebridad de la población es debida a haber tenido en sus mazmorras un infeliz esclavo español llamado Miguel, que hambriento, haraposo y quebrantado por los malos tratos, llevaba dentro de su cráneo algo que había de convertirse en el más famoso libro que admira el mundo.
La general ignorancia parecía excitar mi memoria, y recordaba que la estatua había sido inaugurada el año anterior, y que la cueva se hallaba en las inmediaciones de Argel.
Tantos datos íbamos uniendo a nuestra pregunta, que al fin el groom
del establecimiento, un muchacho de Argel hijo de alicantinos, pudo darnos alguna luz.
Sí; él había oído que allá por Mustafá, a unos tres cuartos de hora de la ciudad, había una cueva con un busto, no sabía de quién. La aclaración no era muy tentadora, pero a falta de otros datos más preciosos, había que acoger estos como buenos.
Y subiendo en ligero carruajillo, emprendimos el camino de Mustafá, bordeando las orillas de la hermosa bahía.
Mustafá es una inmensa aglomeración de caseríos sueltos, de frondosos jardines que se extienden por la ladera del monte inmediato a Argel. Un arrabal pintoresco en el cual están los elegantes chalets
de los argelinos ricos, las risueñas villas donde los príncipes rusos y los milords tísicos en último grado van a retardar algunos meses el desenlace de su terrible dolencia.
Por el camino cruzábase nuestro carruaje con los grandes ómnibus cargados de gente mora, que parecían carretones de carnaval; los labradores atezados, de jaique haraposo y deshilachado, montados en los enanos borriquillos de África y arrastrando casi por el polvo las largas zancas; los kabilas del interior, de regreso de la ciudad, encaramados en la jiba de sus pardos camellos, que movían melancólicamente la chata cabeza; y las moras pobres, mostrando por entre su manto de lana burda, algo del rostro negro y lustroso como el ébano, rodeadas de un enjambre de pequeños mulatos con la panza al aire.
Dejamos atrás el núcleo principal de Mustafá y nos hallamos en pleno campo. A la izquierda, la hermosa bahía que brillaba al sol como un lago de esmeralda líquida, y a la derecha tapias de jardines por entre los cuales serpenteaban monte arriba estrechos callejones cubiertos de espesa hierba.
Había llegado el trance más terrible. Ya estábamos en Mustafá; pero, ¿dónde estaba aquella cueva de Cervantes que parecía huir ante nosotros?
Descendimos del carruaje, y como mendigos, fuimos de puerta en puerta por los inmediatos merenderos, solicitando una buena dirección. En todas partes la misma respuesta en un francés exótico:
-¿Cervantes?... ¿La cueva?... No sé de eso.
Para colmo de confusión, el cochero nos decía conocer una cueva donde estaba esculpida en la peña una figura, pero la tal gruta se encontraba a tres horas de Argel.
Por fin, la rubia cabecita de una joven francesa de ojos azules, asomada a la alta terraza de un jardín, vino a sacarnos de dudas.
-¿Qué buscan ustedes?- dijo, contestando a nuestros saludos con una graciosa sonrisa- ¿La cueva de Cervantes?... No la he visto, pero debe estar arriba. El año pasado vinieron de Argel a inaugurar la estatua. Por ese camino a la izquierda? Rectos; y siempre hacia arriba.
Abandonamos el coche, metiéndonos en uno de aquellos caminos estrechos que, monte arriba, se deslizaban por entre tapias de jardín.
La subida era penosa. Íbamos entre altos matorrales que la primavera había cubierto de flores silvestres. Las amapolas brillaban sobre el fondo verde como gotas de fresca sangre. Zumbaban los enjambres de insectos, dorándose en los rayos de sol como inquietas chispas de oro; las mariposas blancuzcas revoloteaban audazmente ante nuestros rostros; sobre las tapias piaban los gorriones dándonos las ¡buenas tardes!, y el tibio vientecillo nos traía el arrullador murmullo de la bahía que quedaba a nuestras espaldas.
No íbamos mal. Por allí, forzosamente, había de llegarse a la mansión de un poeta. Salió ladrando desde un ribazo un mastín enorme; oyóse inmediato el mugido de unas vacas y pasando una revuelta del sendero, nos vimos casi en la puerta de una pequeña granja y en presencia de un hombrón de cuadrada robustez, viejo, con el cano bigote cortado a cepillo, ancho sombrero gris y ocupado en atacar su pipa de barro.
-¿Qué? ¿Vienen ustedes a ver eso?- dijo con cierta expresión de extrañeza-. Pues vamos arriba.
Y metiéndose en la granja, salió a poco con una llave, y precedidos por él, volvimos a emprender la marcha monte arriba, por tortuoso y escalonado sendero, a través de un bosque de pinos enanos.
Al oirnos hablar en valenciano sonrió, no volviendo a hacer uso de su endiablado patuá
argelino. Él también era de por allí, de Menoría, pero hacía mucho más de veinte años que había abandonado su tierra; estaba ya catorce como arrendatario de aquella granja con todo el pedazo de monte que teníamos enfrente. La finca era de madama Sabattier, que acababa de morir, por lo que había pasado a ser propiedad de menores. El año anterior habían llegado unos señores con el prefecto de Argel y el cónsul de España, colocando con acompañamiento de discursos un busto de mármol en aquella cueva que él había mirado siempre con la mayor indiferencia.
-¿Y los visitantes son muchos?-
Se calló el buen mahonés, dejándonos en la duda de si éramos nosotros tal vez los primeros que visitaban el refugio oficial.
Llegamos ante un gran corte de la roca, rasgado por estrecha abertura que guardaba una reja. El esfuerzo que aquel hombre tuvo que hacer para que la llave diese la vuelta y los rechinamientos de la cerradura, delataban las largas temporadas que aquella verja estaba sin abrirse. La cueva es más ancha que profunda, y la luz penetra hasta en sus últimos rincones. Junto a la puerta está enclavada una magnífica lápida de bronce que recuerda una visita del almirante y la oficialidad de la escuadra española.
En el centro de la cueva se yergue el busto en mármol del sublime novelista sobre un pedestal jaspeado, en el que se dice que la obra ha sido por iniciativa del cónsul de España en Argel, Don Antonio Alcalá Galiano, hijo del famoso orador de las Cortes del 20.
Nos descubrimos ante el empolvado busto, y el mahonés, al notar nuestra emoción, tomó en serio su papel de cicerone, y al mismo tiempo que limpiaba el rostro de mármol con un pañuelo de hierbas, chapurreó con endiablado aplomo:
-Contem que era un home molt chistós y que tenia molt de partit entre les dones. La filla del rey de Alger estaba enamorada d´ell y li salvá la vida. Y aquí paró, pues no sabía más de Cervantes.
Yo contemplaba con adoración aquella cabeza marmórea, retrato ideal del famoso manco, y en sus pupilas sin vida, en aquella frente espaciosa, creía encontrar la expresión olímpica de un semidiós.
Con la imaginación evocaba las angustias, los terrores, los anhelos que se habían desarrollado tres siglos antes en aquella cueva. Creía ver a Cervantes con sus compañeros amontonados en el fondo de la gruta durante el día, temblando de inquietud al menor ruido que viniese de fuera; saliendo por la noche cautelosamente, arrastrándose como culebras para robar en los inmediatos huertos algo con que sostener sus fuerzas; los veía también contemplando desde la estrecha abertura el dilatado golfo con su infinito horizonte, que les haría pensar en la libertad; las aguas, de hermosa transparencia, surcadas por naves de triangular vela bogando hacia la España de sus pensamientos; y como contraste terrible, el momento en que, descubierto el refugio de los fugitivos esclavos, caía sobre ellos el tropel de feroces argelinos y de negros hercúleos y los encadenaban como a fieras, conduciéndoles otra vez a las mazmorras de Argel, con la terrible perspectiva de morir empalados, sufriendo antes en el camino los insultos de la curiosa chusma y los tremendos golpes de sus conductores.
¡Y los infelices, rotos, hambrientos, y desfallecidos, tratados como perros, acosados como alimañas, eran los mismos que, poco tiempo antes, en Lepanto, habían asombrado al mundo, y en Francia y en Italia habían elevado el valor español al mayor heroísmo!
Y uno de aquellos hidalgos, modelo de bravos soldados, cuando en las horas de hambre y de abrumadora fatiga, haraposo y cargado como una bestia subía cual nueva calle de Amargura las empinadas cuestas de la Kaasba entre el desprecio y los insultos de la canalla berberisca fanática y soez, sentía bullir dentro de su cráneo algo que había de asombrar al mundo.
¡Desgraciado Cervantes! Si sus obras le atraen universal admiración, las penalidades de su vida dan a su persona un ambiente melancólico que impone profundo respeto.
Después de tres siglos de gloria, de formar la más luminosa de las trinidades con Dante y Shakespeare, de haber enriquecido el patrimonio del mundo con Don Quijote
y las Novelas ejemplares
, de ser traducido a todas las lenguas, todavía ignoran lo más, en el teatro de sus desdichas, cual fue el lugar donde las sufristes mayores; y el guardián que de tarde en tarde pasa su burdo pañuelo por tu empolvado rostro, sólo sabe decir de ti:
-Contem que era un home molt chistós, que tenia partit entre les dones. La filla del rey d?Alger estaba enamorada d? ell y li salvá la vida.
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