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Número 28
13 de Diciembre de 2004

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¿Influyó el Tirant lo Blanch en Cervantes para escribir el Quijote?

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Año V - Número 28

Actualizado a 29/05/2011

¿Influyó el Tirant lo Blanch en Cervantes para escribir el Quijote?

José Luis León Roca

José Luis León Roca

En mi escrito anterior, me preguntaba a mí mismo que había pretendido el autor de dicho libro. ¿Mostrar su prodigioso conocimiento de la literatura clásica o poner al descubierto las fuentes de inspiración de qué se valió Cervantes para escribir el Quijote?

Desde luego, la lectura de este libro pone al desnudo cada una de las escenas de las que están relatadas en El Quijote, con su correspondiente parangón del lugar donde figuran en los libros clásicos, desde Homero, pasando por Virgilio, Petrarca y Dante, hasta llegar a la Jerusalén Libertada de Torcuato Tasso.>

Con la condición que Arturo Marasso demuestra poseer, podría hacer una crítica destructiva de El Quijote. Pero se abstiene de juzgar. Tan sólo expone. Y es curioso conocer los secretos de una obra que alcanzó renombre universal y ha sido objeto de investigaciones tratando de buscar qué crítica o qué alabanza hizo Cervantes de los libros de caballería.

Sólo un conocedor de toda la obra de la Edad de Oro de la literatura universal es capaz de acercarnos a contemplar el esqueleto de una tan ingente obra como es El Quijote. Cada escena, ya lo he dicho, tiene un modelo parecido en un relato de Virgilio o en una frase de Homero, en la Odisea.

Las presunciones que se hayan hecho sobre El Quijote, acerca de lo que pretendió decir Cervantes con sorna mediterránea y con optimismo y alegría, están en parte, equivocadas.

Los cervantistas han creído sorprender en El Quijote más errores de información de lo que realmente tiene.

Y acaba el párrafo con estas palabras:

Cervantes, fino, inteligente, sabio, y sobre todo artista, poeta, crea El Quijote con lucidez penetrante y perfecta.

Cervantes se queja, no sin arte, de sus pocas letras, lugar un tanto ciceroniano, que hoy se usa por convicción o modestia y en aquel cuidadoso tiempo por elegancia, como lo enseña Castiglioni en El cortesano. Hubo algunos excelentes oradores antiguos, que artificiosamente se esforzaban en dar a entender que no tenían letras.

El nombre de Don Quijote proviene según explica el licenciado José Luis Lanuza que al apuntar relaciones entre Apuleyo y Cervantes, escribe: el nombre del héroe cervantino, antes de llegar a ser nombre propio aparece ya en la traducción española de El asno de oro en el pasaje otro iba armado con quijote y capacete y barbera y con su broquel en la mano. Teniendo ya al personaje y el nombre se puede correr el riego de iniciar la aventura de novelar, escribir la novela.

Los años de meditación, de concepción de un plan son casi siempre nebulosos, vagos y sumidos a modificaciones varias. Esos años aún pudiendo ser los más fecundos, el arranque de la novela, en este caso, el arranque con que comienza el cuento y la presentación del personaje, ya son premonitores de la madurez con que pensó en su obra, de la erudición que Cervantes acumuló, y de las decenas de libros de caballería que leyó, consultó y anotó con el único fin de asegurarse la maestría sobre todos los modelos de caballeros andantes con lo que llegó a ser considerado como un maestro singular y autodidáctico en el arte de los héroes de que están llenos los libros de caballería. La librería de Cervantes, no sería de diez o quince volúmenes, sino una bien abastecida biblioteca de obras útiles para poder mover su personaje con conocimiento de causa.

La librería de Cervantes

El cuento de El Quijote -ya lo he dicho- concluyó tras la primera salida; la llegada a la venta, la acción de velar las armas, de noche, a la luz de la luna, y con la colaboración del ventero, socarrón de por sí, al llegar con la burla hasta el último extremo, y tras las pequeñas aventuras, o traspiés, que tuvo con el vizcaíno, los dos frailes que acompañan a una mujer y el encuentro con los cabreros con que topa Don Quijote, molido a palos, en tierra y quejumbroso, hasta que acierta pasar un vecino Pedro Pérez, a quien llama Marqués de Mantua. Este último, reconociéndole como vecino, es el que le lleva a casa, donde la sobrina del hidalgo, el cura y el barbero, considerando que el trastorno es consecuencia de la lectura, a propuesta de la sobrina, hace que tras una breve información condenen los libros menos notables a la hoguera.

La librería desalojada de títulos que el propio Cervantes relaciona con lo que termina el cuento. Y en el capítulo XII, comienza la verdadera historia de Don Quijote, o sea la segunda salida en compañía de Sancho Panza, su inseparable y sentencioso amigo de aventuras.

Algo interesante debo decir, acerca de una obra que Cervantes pone en boca del cura el primer elogio, con lo que logra salvarle de la quema. Y sin querer leer sus libros de caballerías el cura mandó al juez que tomase todos los grandes y diese con ellos en el corral. No se dijo a tonta ni gorda sorda, sino quien tenía más ganas de quemarlos, que de echar una tela, por grande y delgada que fuera, y asiéndo con ocho de una vez, los arrojó por la ventana. Por tomar muchos juntos, se le cayó uno a los pies del barbero, que le tomó ganas de ver de quién era y dijo que decía: Historias del famoso caballero Don Tirante el Blanco.

¡Vela a Dios! -dijo el cura, dando una gran voz- ¡que aquí está Tirante el Blanco! Dázmele acá, compadre; que hago cuenta que he hallado en él un tesoro de contento y una mina de pasatiempos. Aquí está Don Kerieleison de Montalbán, valeroso caballero, y su hermano Tomás de Montalbán, y el caballero Fonseca, con la batalla la que el valiente de Tirante hizo con el alano, y la agudeza de la doncella Plaerdemavida, con los amores y embustes de la viuda Reposada, y la Emperatriz enamorada de Hipólito, su escudero. Digo en verdad, señor compadre, que por su estilo es el mejor del mundo: aquí comen los caballeros, y duermen y mueren sus causas, y hacen testamento antes de su muerte, con estas cosas que los demás libros de ese género carecen. Con todo eso, os digo que merecía el que lo compuso, pues no hizo tantas necedades de industria, que le echaran galeras por todos los días de su vida. Llevadle a casa y leerle, y vereís que es verdad cuanto de él os he dicho.

El elogio que Cervantes pone en boca del cura nos puede llegar de satisfacción a los valencianos por ser valenciano el Tirant lo Blanch, escrito según dicen los autores, Joanot Martorell y Joan de Galba está escrito en lengua vernácula, o sea la valenciana. No obstante, Cataluña se apoderó de la dicha obra y sus editores catalanes alteraron no poco el texto para poder decir que era catalán, como así figura en todas las literaturas.

Este libro se publicó en 1480 y fue conocido por Cervantes. Pero el conocimiento subió mi admiración por el estilo que motivó en él al relatar las ingeniosas tretas en el mar y relatar la entrada de Tirante el Blanco en Constantinopla, que no es otra relación que la entrada de Roger de Lauria.

La admiración de Cervantes por esta novela radica principalmente en el estilo. No copió los hechos, sino el estilo, que es desenfadado, alegre, ligero y que encaja perfectamente con la gracia de los relatos en El Quijote y que llega a tener la mordaz ironía y socarronería valenciana junto con el acento marinero del mediterráneo.

Las dos obras tienen una misma alma que las hermana: un sentido moderado de la jocosidad.

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