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Arte y Libertad

Año IX - Número 50

Actualizado a 29/05/2011

EL FEMATER (II) . (Cuentos valencianos). Blasco Ibáñez. Texto: Alborg.

Juan Luis Alborg.

(*) Plaza del Mercado. foto: Levy 1888.

(*) Plaza del Mercado. foto: Levy 1888.

Introducción de Juan Luis Alborg.

Editorial GREDOS. Madrid

«El femater» es un cuento valenciano por derecho propio; quizá el más valenciano de la serie, porque todo él es una estampa costumbrista de la huerta y de la ciudad. Recordemos que el costumbrismo, según dijimos, en los cuentos de Blasco no es nunca estampa adyacente, más o menos caprichosa y convencional, sino sustancia del relato. Aquí lo es más todavía, porque su costumbrismo es el relato mismo; lo que sucede y por qué y cómo sucede no podría tener lugar en otro marco diferente, y aunque su anécdota fuera la misma, no sería la misma cosa.

El «femater» no es un simple basurero, que es su versión en castellano, sino algo distinto que sólo se daba en la huerta de Valencia. El lector de hoy, si no es muy viejo, no ha conocido lo que aquí se cuenta; si lo es bastante, aún puede recordar la imagen del «femater», que era como un servidor de la casa, tenía su clientela a la que servía y de la que dependía, y llevaba a sus propios bancales el abono con que hacía crecer las verduras que los mismos clientes se tenían que comer luego. Era un ser próximo, que aunque distante por el nivel social, era casi una pieza de la vida de la familia. El propio Blasco ha descrito en La horda, como sabemos, este mundo, que en las grandes ciudades estaba marginado, pero en Valencia no lo estaba. Este contacto familiar entre la huerta y la ciudad se estrechaba más todavía por la frecuencia con que las damas de la capital daban sus hijos a criar a las mujeres de la huerta, que los alimentaban a la vez que a sus propios hijos; no llevándolos a la inclusa, como solía suceder en otras regiones, para amamantar a los ajenos y ganarse un dinero. Así sucedía que muchos niños de la ciudad habían pasado los primeros años de su vida en la huerta con los niños de los huertanos; se tenían por hermanos, pues los había criado la misma madre, y este lazo, nunca olvidado, se mantenía por más o menos tiempo? según las circunstancias de cada familia. Que son las que se cuentan en este precioso relato, como sucedidas al femater que lo protagoniza.

A Nelet, hijo de unos huertanos más bien pobres, lo envían un día a la ciudad con un capazo a la espalda para que inicie su carrera de femater, recogiendo estiércol y basura, y ayude a la familia. Para enfrentar las primeras dificultades, se le ocurre a Nelet ir a la casa de su hermana, Marieta, criada por su madre a la par de él, y esta visita es la entrada en el paraíso. Le aceptan como femater oficial, entra todos los días en la casa, donde no sólo le dan basura sino buena comida que les sobra. Recordando felices tiempos pasados, se reanuda la confianza de la niñez, favorecida por la criada de la casa, que se entusiasma por el travieso niño. Pasa el tiempo, la niña se hace mayor, le alargan los vestidos, y un buen día, inesperadamente, la criada, su protectora hasta el día anterior, se encarga de hacerle las «terribles advertencias», por encargo del dueño de la casa ?la madre había fallecido?, leguleyo de profesión, acostumbrado a dictar sentencias: «El señor se lo había dicho y ella lo repetía por encontrarlo muy justo y para evitarse reprimendas. Cada cual debía ponerse en su lugar. En adelante, nada de tuteos ni de Marietas, y mucho de señorita María, que era el nombre de la única dueña de la casa. ¿Qué dirían las amiguitas al ver a un femater tratando tú por tú a la señorita? Conque ya lo sabía: el hermanazgo había terminado. Y a Nelet, la silenciosa naturalidad con que Marieta, la señorita María, escuchaba todo aquel cúmulo de absurdas recomendaciones, dolíale más que las palabras de la churra. «Ya sabía que lo consideraban como de casa y que toda la cocina era para él. Pero cada cual en su sitio, ¿estamos? No olvidando esto, podía volver cuando quisiera»

Nelet volvió, pero sintiendo espesarse cada día el ambiente de frialdad que la criada había establecido. Nelet aún intentó resucitar en María los recuerdos infantiles, «hablándole del ama y de su familia, que tanto la amaban, de aquella barraca en la que todos pensaban en ella; pero la joven oíale con cierto malestar, como si le causara repugnada la rusticidad de los de allá»75. Todavía resistió Nelet por algún tiempo el creciente despego, hasta que se hizo habitual la presencia de un personaje a quien todos llamaban don Aureliano, «un jovencillo pálido, rubio, enclenque, con lentes de oro y ademanes nerviosos; un abogado recién salido de la Universidad», que se vislumbraba como futuro dueño de la casa. Un día, sin querer, camino de la cocina, sorprendió a la pareja en amorosa proximidad sobre las teclas del piano, y oyó la queja «del de los lentes de oro», que le calificó de «moscón pesado», y las palabras de Marieta: «?Es el hijo de mi nodriza: un infeliz, un bruto?, pero de buen corazón».

El muchacho, vencido el impulso de correr al salón con los puños cerrados, salió de la casa. «No volvió más a Valencia. Odiaba a la ciudad porque ella estaba allí. Y como los fematers no pagan contribución directa, nadie se enteró de que en el gremio se había producido una baja»76.

El cuento es precioso; no sólo es el retrato de un ser humano y de una profesión, sino de todo un engranaje social. Un mundo, una sociedad campesina y ciudadana, en permanente osmosis, son descritas con un verismo sin detalles excesivos, pero con todos los necesarios, justos, bien escogidos, que componen un cuadro realista perfectamente construido, muy bien equilibrado, y humanísimo: modélico.

(*) Plaza del Mercado, se puede ver en primer plano a la derecha, la figura del femater con su capazo y el carro de la basura.

(*) Postal estereocópica de principios de siglo XIX.

Cliché de Levy de 1888. Archivo José Huguet

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