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Arte y Libertad

Año IX - Número 49

Actualizado a 29/05/2011

Ripollés 1980-2006. IVAM, catálogo razonado.

Manuela García. Valencia, julio 2008.

Ripollés junto a Consuelo Ciscar. IVAM

Ripollés junto a Consuelo Ciscar. IVAM

Siguiendo su línea de editar catálogos razonados, el IVAM acaba de sacar a la luz éste dedicado a la obra de Joan Ripollés. El libro, un volumen de casi 700 páginas, reúne una amplia selección, 600 obras, de los trabajos realizados en los últimos 25 años de su carrera y se estructura en seis capítulos dedicados a la pintura, el gouache y el dibujo, la escultura en metal, la escultura en fibra de vidrio, la escultura en cristal de Murano y el grabado. Así mismo escritores y especialistas de la crítica de arte, como Manuel Vicent (que ya en 1980 escribió una novela sobre el artista: 'Ángeles o neófitos'), Michelle Dalmace o Juan Manuel Fabra, han escrito una serie de textos en los que se analiza la obra y la personalidad artística de Ripollés.

Joan García Ripollés, nace el 4 de Septiembre de 1932. A los 12 años empieza a trabajar como aprendiz en una empresa de pintura industrial y acude por las noches a las clases de dibujo en la escuela de Artes y Oficios de Castellón. Pronto descubre que la brocha gorda no es lo suyo y que para ser artista tenía que ser bohemio, vivir en París una temporada y pasar hambre hasta que algún galerista de arte se fijara en su obra. Así lo hizo y desde 1954 hasta 1963 reside en la ciudad de la luz. Después de pasar por distintas poblaciones de la piel de toro, en 1972 adquiere una masía, el Mas de Flors, en Sant Joan de Moro un pequeño pueblo al norte de Castellón, en la que instala su taller-estudio, donde vive y trabaja rodeado por sus pinturas y pigmentos, sus parras de vid y un huerto que abastece su cocina.

Hoy, la obra de Joan Ripollés es conocida en todo el mundo y sus grabados compuestos por tintas, pigmentos y metales han revolucionado unas técnicas que permanecían intactas desde los tiempos de Goya. Con Ripollés pintura y escultura caminan juntas. Todas las técnicas le parecen válidas a este artista que gusta de transgredir las normas de la escultura, cuyo clasicismo, durante mucho tiempo se basó en las proporciones. Y lo mismo que en la pintura su barroquismo a veces se aproxima formalmente al de Picasso, Léger o a Marc Chagall, también en la escultura se pueden establecer filiaciones que lo relacionan con Joan Miró o Julio González.

Ya en 1982, el crítico de arte Aguilera Cerní se refería a él de la siguiente manera: Ripollés puede y no puede sorprendernos. Está bajo la cruda y penetrante luz de una bibliografía ?ya abundante- en la que hay páginas muy bien escritas y certeras como dardos lanzados con excelente puntería. Hasta tiene una leyenda comprobable y auténtica. Sin embargo, poca cosa sería este pintor si se agotara con el anecdotario tan inteligentemente colgado de los escasos salientes que tiene su magra y lineal figura.

Pintor, y pintor culto. Ripollés hace arte vinculándose a su historia, o al menos a determinados ejemplos que le sirven para expresarse, para lanzarse desde ellos hacia aventuras personales... La legitimidad del método parece fuera de duda... Sin necesidad de ser linces, vimos en algunas obras del penúltimo Ripollés el dato llamado Marc Chagall. Bien. Pintar ?leo que ha dicho Ripollés- es algo así como no tener miedo ni memoria, aunque acordándome de todo.. Un todo que son determinados signos ya convertidos en patrimonio común, y nada más (o nada menos)... Y si a ello le agregamos los gruesos perfiles que delimitan formas y campos coloreados (recursos con ecos del arte de las vidrieras, de los esmaltes, del cloisonnisme) y algunos signos picassianos incorporados al repertorio idiomático de tantos lenguajes contemporáneos, estaremos en condiciones de acercarnos al último Ripollés.

Celestinas y ninfas, playas y alcobas, sátiros y cópulas, regodeos y voyeurs, pueden dar paso a cándidas perdices y a palomas acaso sentenciadas por los monstruos de la crueldad. Entre la feliz naturalidad y la sonrisa que contacta con lo popular, pueden surgir lo esperpéntico, lo fantasmagórico, lo descuartizado, lo siniestro...Tampoco faltarán la égloga diversamente erotizada, el dejeuner sur l?herbe en bicicleta, las distintas suertes de una nueva tauromaquia, las secuencias de seducciones y violaciones, brujerías y exorcismos...

Tengo la impresión de que Ripollés nos está contando su autobiografía secreta, el relato subterráneo de un hervidero de ensueños y pesadillas donde se desatan las represiones y se liberan las frustraciones, donde sus varios egos dialogan filosofando. La calidad de su pintura ?donde el color cumple eficazmente fusiones simbólicas- se pone al servicio de encubiertas y maliciosas confidencias. El humor rima con el terror y la vida con la muerte. Los espíritus burlones surgen solapadamente para visualizar fábulas en las que el todo y la nada se identifican.

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