Año IX - Número 49
Actualizado a 29/05/2011
Caliope. Valencia mayo 2008
Portada del libro Platero y yo
Al cumplirse este mes cincuenta años de la muerte del poeta y Premio Nóbel Juan Ramón Jiménez hemos pensado que era una buena ocasión para recordar y reivindicar la figura de uno de los poetas españoles más importantes del siglo XX. Fue un autor muy prolífico, pero en España, muy posiblemente a causa del exilio tras la Guerra Civil y de las instituciones oficiales de la época, que no eran muy proclives al poeta, a Juan Ramón prácticamente se le conocía por ser el autor de Platero y yo y de los primeros romances sentimentales. Un desconocimiento que desde hace unos años intenta paliarse con la publicación de su extensa obra.
Juan Ramón Jiménez nació en Moguer y murió exilado en Puerto Rico. Desde los quince años escribía poesías que publicaba en los periódicos locales y nacionales. En 1900 viaja a Madrid por primera vez, pero debido a su temperamento delicado y nervioso, en menos de un año se cansa de la bohemia madrileña y regresa a Moguer. Más adelante volverá a la capital instalándose en la Residencia de Estudiantes donde entra en contacto con la Institución Libre de Enseñanza dirigida por Francisco Giner de los Ríos y conoce a los escritores más influyentes de su tiempo, como Rubén Darío, Valle-Inclán, Unamuno, Manuel y Antonio Machado, José Ortega y Gasset, Pío Baroja y Azorín. En 1916 se casa en Nueva York con la que será su compañera para toda la vida, Zenobia Camprubí, juntos colaboraran en varias traducciones del inglés al español del poeta Rabindranath Tagore. A su regreso a España, el matrimonio establece su residencia en Madrid. Al comienzo de la guerra civil Juan Ramón, amenazado varias veces y temiendo por su vida, consigue un pasaporte diplomático y marcha con su mujer a Estados Unidos como embajador cultural de España. Los siguientes veinte años él y Zenobia vivieron en Cuba, Estados Unidos y Puerto Rico y ya no regresaron a España. En 1956, tres días después de la concesión del Premio Nóbel, muere su mujer, y dos años más tarde moriría él.
La primera etapa de su obra, marcada por el modernismo de Rubén Darío y el simbolismo francés, se caracteriza por el predominio de lo tenue, la musicalidad suave y la melancolía que dan lugar a una poesía emotiva y sentimental donde se trasluce la sensibilidad del poeta a través de una estructura formal perfecta, Rimas, Arias tristes, Jardines lejanos, Elegías, La Soledad Sonora, Pastorales, Laberinto y Estío, son algunas de las obras de esta época. La publicación, en 1917, de Diario de un poeta recién casado marca un antes y un después en su obra. Con el paso de los años su estilo, siempre en busca de la belleza absoluta sin dejar de ser al mismo tiempo metafísico y abstracto, se hace más original y desaparecen los elementos modernistas decorativos para dar paso a una expresión y una realidad más sobria, más concreta en libros como Primera antolojía poética, Eternidades, Poesía y Belleza, La Estación total, Animal de fondo, Tercera antolojía poética, En el otro costado y Dios deseado y deseante. De su obra en prosa destaca, aparte de Platero y yo, Españoles de tres mundos una colección de retratos literarios que rinde tributo a los escritores y pensadores que más le influenciaron y El Modernismo.
Platero y Yo
'Platero es pequeño, peludo, suave; tan blando por fuera, que se diría todo de algodón, que no lleva huesos. Sólo los espejos de azabache de sus ojos son duros cual dos escarabajos de cristal negro.' Así comienza Platero y yo -el libro español, junto con Don Quijote, traducido a más lenguas del mundo-, su novela más famosa y de la que se ha dicho que es una 'elegía andaluza'. Sin embargo, muchos críticos consideran que es mucho más que eso y que en ella Juan Ramón refleja su 'visión negativa' de la realidad andaluza, ya que además de contar, uniendo fantasía y realismo, las relaciones de un hombre y su asno, va retratando tanto las cosas hermosas del entorno moguereño como las injusticias o la pobreza e ignorancia de la gente, dejando constancia de la decadencia a la que ve abocado su pueblo en esos retratos críticos que hace de las autoridades (el cura o el alcalde) y en las referencias a la crueldad ocasional de adultos y niños, en contraste siempre con la bondad de la naturaleza.
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