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Número 48
3 de Mayo de 2008

Portada

Cien años de Sangre y Arena. Especial COPE VALENCIA

Sangre y Arena. VICENTE BLASCO IBÁÑEZ. (Biografía)

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Año VIII - Número 48

Actualizado a 29/05/2011

Sangre y Arena. VICENTE BLASCO IBÁÑEZ. (Biografía)

José Luis León Roca

portada de Sangre y Arena. Editorial Prometeu.

portada de Sangre y Arena. Editorial Prometeu.

Pág. 358 ? 365

Es ahora después de conocer este período de la viada del escritor, con la experiencia que tiene la versatilidad de las multitudes, cuando podemos comprender perfectamente cada frase que escribe en su nueva novela.

Si el fondo creador del novelista es una revalorización de la experiencia, más o menos disfrazada, disimulada u oculta por la fantasía, o cabe duda de que los elementos de que se sirve Blasco Ibáñez están en relación directa con su vida. No nos interesa e detalle, sino la masa compacta de la novela.

El leiv-motiv de la novela Sangre y Arena es de unos amores: el del torero - ídolo de multitudes, triunfador, famoso ? con la extranjera ? esta vez llamada la Embajadora - veleidosa, enamorada del oro y de la gloria. Pesa sobre el corazón de Blasco Ibáñez la gran tragedia sentimental que se incuba poco antes de la voluntad de vivir y que impregna las obras de este período de una melancolía desperada, que hace recordar otro tiempo: el tiempo en que escribió Entre Naranjos.

Si el eje central de la novela es el amor, hay que reconocer el fuerte pasional que se anida en el escritor valenciano. En sus novelas regionales el amor tenía un sentido de humanidad cósmico, que o se permitía interferencias de ese otro amor-deseo, o amor-placer, que es el que domina en esta época. El amor de las novelas regionales era consubstancial a la naturaleza de los personajes, mientras que aquí aparece como un devaneo.

Se produce la ruptura de doña Sol y de Juan Gallardo más por hastío o cansancio de ella, que por imperiosa necesidad de los caracteres. Cuando Neleta y Tonet en Cañas y Barro, asisten a la destrucción de su amor, no hay diálogos más o menos trágicos como en Sangre y Arena, sino que hay un hundimiento total de sus vidas, o que le concede la grandeza apoteósica de la angustia terriblemente humana.

En cambio, en Sangre y Arena, el diálogo del encuentro en Madrid, tras los cristales de un balcón, mientras la lluvia cae mansamente, es más novelesco que real y no tiene, ni con mucho, la vivacidad relampagueante de las tragedias.

Se apaga el amor y queda a nostalgia, como un hueco en el corazón que nadie volverá a llenar.

El juego del amor-pasión, del hombre persiguiendo a la mujer, de la mujer coqueteando con el hombre, es el mismo que en La Voluntad de Vivir. Solamente que, aquí el novelista encuentra, de golpe, un ambiente adecuado, único para desenvolver sus aptitudes y sus dotes de pintor. Por esto, la trama no tiene otro interés que la de sostener unos personajes para dar cabida a esas rotundas y plásticas escenas del toreo.

¿Pensaba Blasco Ibáñez en Sangre y Arena cuando en marzo de 1907 fue a Sevilla? ¿Precisaba contemplar la Semana Santa Sevillana, como espectáculo característico y famoso, sin pretensión de utilizarlo en sus novelas? Merece la pena insistir acerca de este punto para aclamar hasta dónde llegaba la improvisación y espontaneidad en su arte de novelar.

Terminaba de escribir La Voluntad de Vivir. Había roto, al parecer, definitivamente, sus relaciones sentimentales con la dama extranjera. ¿Es mucho presumir que había imaginado las dos novelas a un tiempo? ¿O es, quizá, más plausible que, visto el fin heroico de la primera, determinase servirse de la semejanza argumental? Las dos novelas, La Voluntad de Vivir y Sangre y Arena, tienen el mismo corte. Todo gira y vuelve y se enlaza con el liev-motiv del amante desdeñado.

No existe una confesión íntima del novelista que nos permita seguir las evoluciones de su espíritu creador. Queda la explicación circunstancial y externa que puso como prólogo en la última edición de sus obras. Pero desconocemos la gestación interna, cómo se forma la nebulosa del argumento y cómo van desprendiéndose jirones de esta nube hasta quedar la obra perfectamente delimitada.

El acierto de Blasco Ibáñez en esta ocasión, fue el ambiente en que desarrolló estos amores. No había razón alguna que hiciera sospechar que, algún día, escribiría la novela de los toros. Era, como progresista y europeizante, enemigo de la fiesta nacional. Y, sin embargo, de repente, al regreso de su viaje por Europa, capta el ambiente de los toros y lo plasma en una de sus novelas más celebradas. ¿Es, tal vez, por el contraste que le ofrece la gran variedad de costumbres que ha observado? Escritores, antes que él ?nacionales y extranjeros- aprehendieron lo que había de típico en la fiesta de los toros. Abreu, con Niño bonito, interpreta la novela de la tauromaquia con ambición restringida, sin la amplitud y grandeza descriptiva que hay en la de Blasco.

Los extranjeros, sí vieron, desde muy antiguo, lo particularmente exótico que había en las corridas de toros. Dumas, Gautier y Merimée, parecían haber agotado el tema de la españolada. ¿Hacíale falta a Blasco Ibáñez recorrer Europa para descubrir lo que había de sensacional en esta fiesta?

Es curioso comprobar que en la temática blasquiana no vuelve a aparecer más la tauromaquia. No insiste en artículos o en alguno de sus cuentos acerca de los toreros. Cuando escribe Flor de Mayo, no agota por completo la materia, sino que insiste en algún que otro cuento; lo mismo ocurre con La Barraca, cuyo tema campesino va apareciendo a lo largo de la vida del escritor. El último cuento campesino valenciano es el titulado La Rabia. De la temática de las novelas sociales, hay cuentos que surgen por necesidad imperiosa de artista y que vienen a agotar, en cierto sentido, el tema inicial.

Con Sangre y Arena no ocurre nada semejante. Ni un solo cuento, ni una pincelada, ni un esbozo, nos volverán a llevar al ambiente de la fiesta nacional. En este sentido, Sangre y Arena se nos presenta como una faceta solitaria en la producción de Blasco.

La novela fue escrita de enero a marzo de 1908; aunque hay que sospechar que la gestación de la misma, así como el capítulo en que se describe la Semana Santa, corresponden a una fecha anterior.

Sangre y Arena obtuvo un éxito sin precedentes. El día 23 de abril comenzó a publicarse en El Liberal, de Madrid. Fue tal la expectación que despertaron las primeras páginas, que se agotaron las ediciones del periódico. El libro salió a la venta seis días después, el día 29.

La novela suscitó enconadas críticas e hizo que corriesen raudales de tinta. Tuvo apasionados defensores y detractores obcecados.

El título de españolada con que la tildaron, pasó luego a designar todo lo que tiene un carácter despectivo, exagerado o bufonesco de lo nacional. Mientras Andrés González Blasco la considera una de las tres o cuatro novelas grandes de Blasco Ibáñez, un tal E. Maestre, en Cultura Española ? número de agosto de 1908 -, declara que la novela de Blasco es la peor de todas las novelas escritas por este maestro.

Tuvo críticas de Morote, Bernardo G. Candamo, Gómez de Baquero, Emilio H. del Villar, Zeda y otros.

ABC publicó el siguiente comentario: Sangre y Arena. Así se titula la última novela que acaba de publicar Blasco Ibáñez, llamada a obtener uno de los éxitos más ruidosos de cuantos ha obtenido el ilustre escritor.

>>Conociendo el temperamento literario de Blasco Ibáñez y sus especiales condiciones de novelista, los que aún no hayan leído esta nueva obra con que enriquece su labor brillante, no vacilarán en predecirle el triunfo con la sola noticia del asunto desarrollado.

>>Sangre y Arena es la novela de la torería. ¿Quién mejor que el popular escritor valenciano puede, entre nosotros, dar viada en las páginas de un libro a las pintorescas escenas de la vida del torero y a las figuras que se mueven en ese ambiente?

>>Ha sido siempre motivo de extrañeza, para los extranjeros aún más que para los españoles, que siendo la fiesta de los toros lo más castizo y típico de nuestras costumbres y el torero un personaje que preside constantemente nuestra actualidad, no hubiese, sin embargo, en España, una obra literaria estimable dedicada a estudiar a ese héroe de las muchedumbres. Contamos, en efecto, con algunas obras notabilísimas de pintura y escultura inspiradas en asunto tan español como interesante; pero hasta ahora nos faltaba una novela que nos presentara no ya al aspecto externo, pero también el espíritu de tales cosas y de tales gentes. Hubo algunos, pero sin llegar al acierto definitivo. Y claro es que no nos referimos a las tonterías y a las ridiculeces de los escritores extranjeros que pintaron el torero de la caja de pasas con frescura inaudita; nos acordamos de los escritores españoles que con mejor intención que fortuna han ensayado esa que pudiéramos llamar epopeya popular, entre cuyos trabajos hay alguno estimables, pero sin llegar a lo exigido.

Y he aquí realizado ese propósito por la maravillosa pluma de Blasco Ibáñez. Sangre y Arena circulará profusamente en España y atravesará las fronteras, llevando a todas partes la visión clara y precisa del espectáculo más nacional y de sus figuras curiosas y admirables. Juan Gallardo, el torero, el tipo representativo de esa vida y de esas costumbres, que simboliza tantas cosas, más admiradas que comprendidas, está estudiado por el novelista con verdadero amor, y por tanto, con arte. Desde sus comienzos fatigosos, hasta su muerte trágica, después de gozar las dulzuras del triunfo y las amarguras de la indiferencia del público, la vida de Gallardo se nos ofrece en Sangre y Arena como un curioso e interesante panorama de luchas y pasiones, de miserias y de gloria. Junto a él se mueven ágilmente las figuras de doña Sol, del apoderado, del médico Raíz, del ganadero, el picador, del banderillero, de la familia del espada. Tipos interesantísimos, acusados en sus verdaderas proporciones por e talento de Blasco Ibáñez y que, aun siendo personajes secundarios, tienen a veces por su propia importancia una fuerza y un vigor considerables.

>> La trama de la novela es sencilla y está llevada con la maestría natural en su autor, con lógico y supremo interés. Y en ella sobresalen, como era lógico esperar de Blasco Ibáñez, soberbias descripciones de cuadros ? tales como la Semana Santa en Sevilla y la corrida de toros ? que tienen ese imponderable poder sugestivo, esa fuerza de evocación de la realidad cuyo secreto sólo poseen los verdaderos artistas.

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