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Arte y Libertad

Año VIII - Número 47

Actualizado a 29/05/2011

DIMONI. crítica de Juan Luis Alborg

Cuentos Valencianos

Juan Luis Alborg

Portada del libro de Juan Luis Alborg

Portada del libro de Juan Luis Alborg

Cuentos valencianos, como ya tenemos sabido, fue publicado en Valencia por Sempere en 1896; lo componen trece relatos, que habían ido apareciendo en las páginas de El Pueblo entre 1892 y 189548.

El primero de ellos se titula «Dimoni», y ninguno tan oportuno como éste para hacer resaltar el prodigioso salto que daba Blasco desde las delicuescentes historias de los dos volúmenes anteriores a esta poderosa estampa, sombría y colorista a la vez, de nerviosa y gráfica prosa, agarrada a la bronca realidad, pero empapada al mismo tiempo de delicada poesía. Dimoni es un dulzainero, popular en toda la vega valenciana «desde Cullera hasta Sagunto», presencia indispensable en todos los pueblos de la región cuando hay fiesta que celebrar, sea profana o religiosa, porque Dimoni se basta para animarla él solo con su vieja y maltratada dulzaina y con su arte prodigioso para extraerle toda la gama de sonidos, como si ella sola fuera una orquesta entera. Dimoni es un borracho sin remedio posible, y los clavarios o festeros que le llaman para alguna celebración han de vigilarle para que no se quede dormido en cualquier lugar y los deje sin música. «La chiquillería pululaba en torno de él dando cabriolas al compás de la dulzaina y aclamando a Dimoni, y los solteros del pueblo se reían de la gravedad con que marchaba delante de la cruz parroquial y le enseñaban de lejos un vaso de vino, invitación a la que contestaba con un guiño malicioso, como si dijera: 'Guardadlo para después'»49. Cuando daban fin las ceremonias religiosas, se metía Dimoni en una taberna, y «ante su público, silencioso y embobado, imitaba la charla de los gorriones, el murmullo de los campos de trigo en los días de viento, el lejano sonar de las campanas, todo lo que le sorprendía cuando, por las tardes, despertaba en medio del campo sin comprender cómo le había llevado allí la borrachera de la noche anterior»50.

De Dimoni no se sabía que alguna vez hubiera trabajado; con su dulzaina no le faltaba el pan, y menos aún el vino, que parecía su único alimento. Había vivido siempre solo en una casa medio derruida en el pueblo de Benicófar; pero un día encontró casualmente a una mujer, que vendía pañuelos por los pueblos, borracha como él, llamada así de apodo justamente, y se la llevó a vivir consigo, sin cuidarse de leyes ni de exigencias religiosas, para vivir en su casa, en un rincón casi sin techo, «su extravagante primavera de amor». «Desde la niñez el vino y la dulzaina habían absorbido todas sus pasiones; y ahora, a los veintiocho años, perdía su pudor de borracho insensible, y como uno de aquellos cirios de fina cera que llameaban en las procesiones, derretíase en brazos de la Borracha, sabandija escuálida, fea, miserable, ennegrecida por el fuego alcohólico que ardía en su interior, apasionada hasta vibrar como una cuerda tirante y que a él le parecía el prototipo de la belleza»51.

Cuando la Borracha quedó embarazada, la gente se moría de risa, comprometiendo la seriedad de la procesión, al frente de la cual caminaba Dimoni, «erguido, con expresión triunfante, con la dulzaina hacia arriba, como si fuese una descomunal nariz que olía el cielo». El escándalo fue creciendo, porque la Borracha, con su vientre a punto de estallar, se empeñaba en acompañar a Dimoni en la procesión, y se pidió a los amantes que se casaran; pero no les hicieron caso. «Y en vista de su tozuda resistencia, si no le quitaron las fiestas, por ser el más barato y mejor de los dulzaineros, despojáronle de todos los honores anexos a su cargo, y ya no comió más en la mesa de los clavarios, ni se le dio el pan bendito, ni se permitió que entrase en las iglesias el día de la fiesta semejante par de hereja-zos»52.

La Borracha no alcanzó a ser madre, porque, cuando llegó el momento, «tras el feto monstruoso y sin vida», murió ella, ante la mirada asombrada de Dimoni. Las poco más de dos páginas que restan del relato son demasiado extensas para reproducirlas por entero, y hemos de prescindir de hacerlo con el dolor de quien renuncia a un intenso goce; porque son páginas memorables, que pueden colocarse a la par de cualquier breve narración que se haya escrito, y que merecerían ser estudiadas por algún diestro comparatista, buen conocedor de los tan ponderados cuentos de la literatura Hispano y Norteamericana de nuestros días. El duelo, compuesto de media docena de amigos de Dimoni, tan haraposos y tan borrachos como él, el velatorio de la difunta que hacen éstos por turno durante la noche, sin que nadie del pueblo se digne o atreva a entrar en la casa, el camino hasta el cementerio, con los amigos de Dimoni que van llorando con el ataúd al hombro dando traspiés, y Dimoni tras ellos con su inseparable dulzaina bajo el sobaco, y el vecindario que presencia el entierro sin acercarse, y los chiquillos que gritan y hacen cabriolas delante del ataúd, como si aquello fuera una fiesta, componen una secuencia extraordinaria de bellos y tremendos contrastes. «Todos vieron a Dimoni volver del cementerio, donde, por compasión, habían permitido el entierro de aquella gran perdida, y le vieron también cómo con sus amigotes, incluso el enterrador, se metía en la taberna para agarrar el porrón con las manos sucias de la tierra de las tumbas»53.

Desde ese día renunció Dimoni a sus gloriosas excursiones artísticas, se encerró en su casa de Benicófar y se negó a tocar en las fiestas. «Ahora sí que estaba solo. Había conocido la dicha para que después su situación fuese más triste. Había sabido lo que era amor, para conocer el desconsuelo: dos cosas cuya existencia ignoraba antes de tropezar con la Borracha. I Entregóse al aguardiente con el mismo fervor que si rindiera un tributo fúnebre a la muerte; iba roto, mugriento, y no podía revolverse en su casucha sin notar la falta de aquellas manos de bruja, secas y afiladas como garras, que tenían para él cuidados maternales. / Como un buho, permanecía en el fondo de su guarida mientras brillaba el sol, y a la caída de la tarde salía del pueblo cautelosamente, como ladrón que va al acecho, y por una brecha del muro se colaba en el cementerio, un corral de suelo ondulado que la Naturaleza igualaba con matorrales, en los que pululaban las mariposas. / Y por la noche, cuando los jornaleros retrasados volvían al pueblo con la azada al hombro, oían una musiquilla dulce e interminable que parecía salir de las tumbas. ?¡Dimoni!... ¿eres tú? La musiquilla callaba ante los gritos de aquella gente supersticiosa, que preguntaba por ahuyentar su miedo. / Y luego, cuando los pasos se alejaban, cuando se restablecía en la inmensa vega el susurrante silencio de la noche, volvía a sonar la musiquilla, triste como un lamento, como el lloriqueo lejano de una criatura llamando a la madre que jamás había de volver»54.

Dimoni es una creación humana de incomparable fuerza y verdad, y la vida de aquellos pueblos, de costumbres muy simples y primitivas todavía, que alegra el dulzainero con sus periódicas visitas, está captada en rápidos cuadros, precisos, sugerentes, llenos de vigor. «Dimoni», muy breve, es, a mi entender, el mejor relato del volumen y uno de los mejores de la total producción de Blasco.

Señala Dalbor55, fijando la referida relación entre cuentos y novelas, que Dimoni aparece en Cañas y barro; también vamos a verlo aparecer en «La cencerrada», en una acción sucedida con anterioridad a la que aquí se narra.

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