Año VIII - Número 46
Actualizado a 29/05/2011
Caliope
(*) Pepín Bello. último por la derecha.
La muerte de José Bello, considerado el último miembro de la Generación del 27, nos ha dado pie para recordar que el pasado año se cumplió el ochenta aniversario de la formación del grupo. La fecha de 1927 hace referencia, como todos sabemos, a la celebración del tercer centenario de la muerte de Góngora en el que se dedicaron al poeta cordobés ensayos, libros, ediciones críticas... Es difícil, ya que hay muchos criterios, establecer quienes forman parte del mítico grupo. Está claro que los poetas fundacionales fueron: Rafael Alberti, Damaso Alonso, Gerardo Diego, García Lorca, Jorge Guillén y Pedro Salinas. Ellos establecieron los primeros lazos de amistad a principios de los años veinte y organizaron el famoso acto de homenaje a Góngora, realizado en el Ateneo de Sevilla, que más tarde les daría nombre. En 1955 Jorge Guillén evocaba así los primeros pasos del grupo: 'Mi nostalgia de aquellos días se complace en rememorar los coloquios entre aquellos amigos. Éramos amigos, y con una comunidad de afanes y gustos que me ha hecho conocer por vía directa la unidad llamada generación. Pedro Salinas y yo, Gerardo Diego, Federico García Lorca, Dámaso Alonso, Vicente Aleixandre, Rafael Alberti. Y Pepe Bergamín, y Melchor Fernández Almagro? Menciono a los sentados tantas veces alrededor de mesas más amistosas aún que intelectuales.... Otros nombres relevantes habría que subrayar --de Juan Larrea a Pedro Garfias-- si esta enumeración, limitada a ciertos momentos gratísimos de mesa y sobremesa, se convirtiese en manual de Historia. No sería posible dejar fuera del cuadro a tres ausentes de algunas de aquellas reuniones en Madrid: Luis Cernuda, Emilio Prados, Manuel Altolaguirre'.
Tampoco hay que olvidar que algunos de sus miembros cultivaron otras ramas del arte, como Luis Buñuel,cineasta; K-Hito, caricaturista y animador; Salvador Dalí y los pintores surrealistas; Maruja Mallo, pintora y escultora; Benjamín Palencia, Gregorio Prieto, Manuel Ángeles Ortiz y Gabriel García Maroto, pintores; Ignacio Sánchez Mejías, torero; o Rodolfo Halffter y Jesús Bal y Gay, compositores, por citar a unos pocos.
Dado que es un grupo muy heterogéneo es, también, difícil establecer unas características comunes y habitualmente se les suele ordenar por parejas o tríos. A pesar de todo se podría citar una serie de coincidencias en sus planteamientos, por ejemplo que, aunque deseaban encontrar nuevas fórmulas poéticas, no rompen con las tradiciones y sienten admiración por el lenguaje poético de Góngora, por los autores clásicos y por las formas populares del Romancero; que las corrientes de vanguardia, sobre todo el surrealismo, ejercen gran influencia en el grupo del 27. Estéticamente intentan encontrar la belleza a través de la imagen. Pretenden eliminar del poema lo que no es belleza y, así, alcanzar la poesía pura (por lo menos en unos primeros tiempos) y representar la realidad sin describirla, eliminando todo aquello que no es poesía. En cuanto a la temática sienten especial interés por los grandes asuntos, como el amor, la muerte, el destino... y los temas cargados de raíces populares.
Como era lógico los presupuestos del grupo variaron a lo largo del tiempo, así Lázaro Carreter distingue tres etapas en la evolución de la Generación del 27:
- Hasta 1927: Influjo de Bécquer y del Modernismo. Orientación hacia la poesía depurada de Juan Ramón Jiménez, al que todos consideraron su maestro. 'Poesía pura es todo lo que permanece en el poema después de haber eliminado de él todo lo que no es poesía'(Guillén). Se depura el poema de todo lo anecdótico, de toda emoción que no sea puramente artística. En este momento se percibe el gusto de estos autores por la metáfora como medio de expresión. Se da, también, una gran admiración por Góngora, cuya obra encaja con sus ideales de precisión lingüística y perfección técnica. La sed de perfección formal los lleva al clasicismo, sobre todo de 1925 al 27. Pero consideran que la poesía no puede ser tan intelectual que se aleje de las inquietudes humanas. Esta tendencia a no perder el contacto con los sentimientos se refleja en el interés que suscitó en ellos lo popular, especialmente en Lorca y en Alberti.
- De 1927 a la Guerra Civil: Comienza a notarse cierto cansancio del puro formalismo. La influencia que estaba ejerciendo el surrealismo y su revalorización del subconsciente y de la intuición fue un paso fundamental en el camino hacia la rehumanización de la poesía. El interés que despertó esta vanguardia supuso un cierto alejamiento de los preceptos de la poesía desnuda. La mayoría de los poetas, sin embargo, evitaron identificarse con este movimiento, puesto que no aceptaban un arte totalmente desligado de la conciencia. Sin embargo, el surrealismo les aportó nuevas técnicas y renovó su lenguaje: es el caso de Alberti, Lorca, Cernuda o Aleixandre. Se dan las primeras obras surrealistas (radicalmente opuestas a la poesía pura). Pasan a primer término nuevos temas, más humanos: el amor, el deseo de plenitud, las frustraciones, las inquietudes sociales o existenciales... En este momento, la poesía acoge los sentimientos personales y atiende a los problemas de su tiempo (que desencadenarán la Guerra Civil). En este proceso de rehumanización y politización de la poesía no puede olvidarse la influencia que tuvo la llegada en 1935 de Neruda, que funda Caballo Verde para la Poesía y que apoya una nueva poesía humana y apasionada.
- Después de la guerra: Ante la llegada de la guerra todos los poetas del 27, salvo Gerardo Diego, se declaran republicanos. El conflicto se convierte en el tema central de la poesía. El fin de la Guerra Civil supone la dispersión del grupo del 27: Lorca había muerto, y el resto, salvo Aleixandre, Gerardo Diego y Dámaso Alonso, marcha al exilio. Jorge Guillén desde el exilio escribe Clamor, obra en la que se aleja de la poesía pura. Dámaso Alonso emprende verdaderamente en esta época su actividad poética con una poesía angustiada, existencial en Hijos de la ira y Aleixandre escribe Sombra del paraíso. Ambos constituyen el puente entre esta generación silenciada por el destierro y la siguiente, que se desenvuelve en la España de los años cuarenta.
Uno de los muchos nombres que se les ha dado a sus componentes es el de generación de la amistad, ya que la amistad parece ser la palabra que mejor define la relación mantenida entre los componentes del grupo. Existió un intenso contacto personal entre ellos en el que siempre primó la amistad por encima de cualquier otra consideración, incluidos el alejamiento físico y la ideología. En las filas del 27 convivieron armónicamente comunistas como Alberti, conservadores como Diego y liberales como Guillén. Comparten, también la educación recibida, así como la herencia cultural y literaria de que son deudores, e incluso una extracción social acomodada y una proximidad en las fechas de nacimiento ya que el mayor del grupo, Salinas, nació en 1891, mientras que los más jóvenes, Cernuda y Alberti, lo hicieron en 1902.
José Bello, Pepín, como le conocían sus amigos, llegó a la Residencia de Estudiantes en 1921. Allí intimó con Federico García Lorca, Salvador Dalí y Luis Buñuel. Personaje curioso, el escritor Enrique Vila-Matas lo define como 'el arquetipo genial del artista hispano sin obras'' ya que ha sido el único del grupo que se ha ganado un hueco en la historia sin haber escrito un libro o un poema, pintado un cuadro o rodado un plano. Su papel fue el de confidente y aglutinador del grupo de artistas que durante los primeros años de la década de los 20 se reunió en la Residencia de Estudiantes de Madrid, aunque su influencia se perciba en algunas de las obras de sus compañeros. Él contaba que tuvo un papel decisivo en Un perro andaluz, la película que consagró a Buñuel como maestro del surrealismo, ya que «el burro putrefacto que aparece en una de las escenas fue ocurrencia mía». También Bello es recordado como «el fotógrafo de la generación del 27», por haber realizado la gran mayoría de las fotos que se conservan de aquel momento, tanto durante el periodo en que convivieron en Madrid como de los encuentros que tuvieron en lugar durante el final de la década de 1920 y el comienzo de la guerra civil en 1936.
En una entrevista realizada hace ya algunos años hablaba así de sus compañeros: 'Nos conocimos a principios de los años 20 y pronto trabamos amistad, creamos nuestra propia pandilla en la Residencia de Estudiantes. El último que llegó fue Salvador... Su habitación estaba en el mismo pasillo que la mía. Había dibujos por todos lados. Eran excelentes. Me dijo que eran suyos. De inmediato se lo conté a Buñuel y a Federico y lo incluimos en la pandilla. Dalí tenía un talento extraordinario para la pintura, pero del resto de cosas no entendía nada. Tampoco le hacía falta. No sabía leer la hora del reloj ni que cinco duros eran 25 pesetas, ni sacar un billete de tranvía o de teatro'. De Federico García Lorca, con el que había compartido habitación en la Residencia, decía: Éramos muy amigos... Él trabajaba mucho, y siempre lo hacía del mismo modo: se sentaba en la cama con una manta sobre las rodillas y un mazo de folios. Escribía unos versos, los tachaba, los volvía a escribir, daba una vuelta por la habitación muy concentrado. La verdad es que escribía despacio, pensando mucho. Era un ser especial, de una gracia inigualable. Ya lo decía Jorge Guillén: ?Cuando está Federico no hace ni frío ni calor, hace Federico?.
(*) De izqa. a dcha., Eaton-Daniel, Juan Centeno, Federico García Lorca, Emilio Prados y Pepín Bello.
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