Año VIII - Número 46
Actualizado a 29/05/2011
Montse Fayos
Fernando Fernán-Gomez con uno de sus últimos premios
En una ocasión escuché una frase que me hizo reflexionar y ha vuelto estos días a mi memoria: 'Damos por hecho que los actores son personas cultas y no siempre es así'. No recuerdo si la dijo un actor o un crítico pero lo cierto es que tras la muerte de Fernando Fernan-Gómez retumban estas palabras en mi cabeza con una vergonzante certidumbre. El 21 de noviembre se nos ha ido un animal escénico, un cómico irreprochable, una personalidad arrolladora y, por encima de todo, se ha marchado un actor culto, refinado, de los que ya no quedan muchos.
Ha querido el azar que este verano cayera en mis manos la novela El viaje a ninguna parte, que prácticamente es un guión de la película que más tarde Fernan-Gómez dirigiría y protagonizaría. 'Las peripecias nostálgicas de la última troupe de cómicos por los pueblos de España' son divertidas y muestran una parte de nuestra historia que prácticamente ha desaparecido, la de los cines que se proyectaban en los pueblos y los sainetes que se representaban en los casinos, con cuatro muebles y unas cortinas viejas.
Fernan-Gómez sabía de esto porque lo había mamado. Nació en 1921 de madre soltera en plena gira de teatro en Lima y desde pequeño realizó pequeños papeles. Empezó a estudiar Filosofía y Letras pero lo abandonó al sentir con fuerza la vocación del teatro, oficio en el que empezó a formarse durante la guerra civil y en el que se estrenó en 1938. Desde entonces Fernan-Gómez, por aquella época larguirucho, feo y desgarbado, participó en decenas de películas y obras de teatro (en total suman más de cien), compaginándolo con una incipiente vocación literaria. No en vano, el actor era asiduo de las tertulias del Café Gijón y solía reunirse a reflexionar junto a Haro Tecglen o Francisco Umbral.
Ya en los 80 se centró más en su faceta de escritor y surgieron títulos como el mencionado El viaje a ninguna parte, Las bicicletas son para el verano o su autobiografía El tiempo amarillo. Fernan-Gómez ingresó en la Real Academia de la Lengua Española en 1998 y no dejó de hacer cine hasta el año pasado aunque ya en una de sus últimas películas, Para que no me olvides, confesaba tener cierta dificultad para memorizar diálogos. De su etapa más madura es imposible no recordar con emoción las interpretaciones de La lengua de las mariposas, Tiovivo, El abuelo o Todo sobre mi madre.
Al igual que le sucediera a su amigo Umbral, Fernando Fernan-Gómez también dio buena muestra de su carisma mediático con el famoso grito a un periodista ¡Váyase usted a la mierda!
. Cuentan sus allegados que era refunfuñón y malhumorado porque era tímido y retraído, y que en las distancias cortas resultaba de lo más afable. Hoy, rememorando el trueno de su voz mandando a la mierda al plumilla en cuestión, no puedo evitar recordar otras palabras, éstas pronunciadas por José Luis López Vázquez en una entrevista reciente: 'No veo casi cine porque no entiendo a los actores jóvenes, no saben declamar.'
Descanse en paz una figura decisiva para la cultura contemporánea de nuestro país.
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