Año VIII - Número 44
Actualizado a 23/08/2010
Antonio Monzonís Guillén
Plaza del Carmen. riada 1957, arch. M.Corachán
El domingo 13 de octubre del año 1.957 se me ocurre decirle a mi novia de ir al cine Astoria, situado en la calle San Vicente (de fuera), antigua Carretera Real de Madrid, a ver una película interesante y que a ella le gustaba, pero teníamos que ir a la sesión de noche ya que por la tarde estuvimos con los amigos y luego cenamos en su casa. Había estado lloviendo mucho esos días, pero ahora, aunque estaba nublado, no llovía. De todas formas cogimos paraguas y nos acompañaba la carabina
correspondiente como en aquellos tiempos era costumbre.
Cuando salimos del cine y comentando la película, nos dimos cuenta que lloviznaba, pero yo haciendo un alarde de pijotez
decidí coger un taxi ya que nos pillaba muy lejos de casa y no había medios de transporte a la una de la madrugada. Vivíamos en la zona de la calle Sagunto, mi novia en Primado Reig y yo en la calle Ruaya. En aquellos tiempos el puente de Serranos era de dos direcciones y el taxista entró en él dirección a la calle de Sagunto, nos dimos cuenta y lo comentamos, que el río venía lleno de agua roja y barrosa que saltaba a la vista, que no era realmente una densidad totalmente líquida y en algunos momentos ésta tropezaba con el final de los ojos del puente y saltaba por arriba.
-¡Vaya riada! - dijo el taxista, añadiendo - esta vez viene fuerte.
-¡Vaya! - comentamos todos a la vez que miramos al exterior y sin pensar nunca que llegaría a más, porque ya hubo varias riadas y yo recordaba la del año 1.948 que arrasó con todas las chabolas que se habían construido pegadas a las paredes del río, que realmente siempre estaba seco, de gentes humildes, abatidos, desahuciados y de etnia gitana. Hubo muchas desgracias y muertes que nunca me enteré, quizá porque era joven con 14 años y precisamente la época no era para saber nada. El taxi recorrió toda la calle de Sagunto y al final, ya en la Av. Primado Reig, paró apeándonos todos. La lluvia había cesado. Pagué al taxista, nos despedimos, entraron en su casa y yo me volví a la mía haciendo el recorrido a pie volviéndome hacia la calle Ruaya. Iba un poco deprisa por lo tarde de la hora ya que al día siguiente, lunes, tenía que ir al trabajo y levantarme a las 7 de la mañana. Llegué pronto y subí, era un primer piso y erámos dos vecinos, nosotros y otra familia. Las puertas estaban encaradas a un metro de distancia. Abrí la puerta y al pasar a la sala que daba acceso a mi dormitorio y comunicaba con el exterior con un balcón, oí una voces fuertes y gritos. Me sorprendí y abrí la contraventana y a través del cristal ví gente que corría, pero cuando desvié la mirada hacia la calle de Sagunto en sentido diagonal, ya que mi casa casi hacia esquina por ser el número uno, me quedé estupefacto, sorprendido e incrédulo de lo que estaba viendo. Por la calle de Sagunto discurría una corriente de agua rojiza y oscura que me llamó la atención.
-Si no hace ni cinco minutos que yo había pasado por ahí - me decía inexplicablemente.
Rápidamente llamé al dormitorio de mis padres y mientras se levantaban me volví al balcón y pude comprobar la corriente de agua que pasaba arrastrando el kiosco de chucherías de la plaza de Santa Mónica, junto a la Iglesia del mismo nombre a la entrada de la calle Sagunto, también pasaban muebles, patos, cosas que no sabría describir, todo arrastrado por una corriente fuerte, flotando todo como si fuese un desfile carnavalesco y subrealista. Mi madre ya más despejada dijo.
-Xiquet...asó es riuà.
Pronto empezamos a darnos cuenta que el agua iba subiendo por mi calle ya que tenía una pendiente hacia arriba. En la calle Sagunto el agua ya tapaba las puertas de los bajos o sea que había tomado una altura de más de dos metros. El momento era espeluznante el alumbrado se había apagado, igualmente el de las viviendas empezando a encender velas y minetas
en vasos de agua con un dedo de aceite. Frente a nosotros daban las galerías de una casa compuesta de bajo y dos pisos de altura con entrada por la calle de Sagunto. El bajo estaba anegado y la familia que lo habitaba esta en el corral encima de una mesa pidiendo auxilio a los vecinos del primero. La escena era alarmante, al poco salieron a la galería y con una escalera de madera pudieron subir un joven y bajo quedaron un hombre y su hija tratándo de subir atada con sábanas a su madre que era bastante gruesa y mayor, por la escalera citada, porque después tenía que saltar la barandilla de la galería y tenían miedo que la mesa de madera se derringlase y se fuese todo al traste. Aquello era todo un espectáculo de temor y de riesgo que junto a la oscuridad reinante, los gritos de gente en los balcones y el ruido de la corriente del agua era dantesco.
Por la calle se veía a gente que acudía acercándose para ver la magnitud de la catástrofe que se estaba originando, acercándose hasta donde el agua empezaba a apoderarse de la calle Ruaya, la oscuridad lo hacia todo más trágico al desastre. Era una visión lúgubre y triste de sombras y gritos. Todos los vecinos hablaban asomados a ventanas y balcones en esa tenebrosa noche cerrada, otros corrían como seres lucífugos. Nos dimos cuenta que el agua llegaba ya a la puerta de nuestra escalera y poco a poco batida por el agua se abrió. El agua la vimos entrar a los escalones, nos parecía como una alucinación, algo como si tuviese vida, algo sucio y monstruoso que se iba haciendo dueño de la escalera. Lentamente su fealdad y forma líquida iba apoderándose de cada rincón, de cada escalón y para nosotros representaba un impedimento a una huida, tampoco había más pisos empezamos a asustarnos, pero teníamos la esperanza que no llegaría hasta arriba. La vecina nos dijo que en la última habitación tenía una escalera de caracol de madera que daba al tejado, supuso que seria con la idea de poder llegar para arreglar las tejas en caso de rotura para evitar las goteras, que nosotros, por cierto, las sufríamos llenando la casa de palanganas y cacharros.
Unos estaban sentados con la mirada fija en la luz de la vela, o en el suelo, otros mirábamos la calle, las gentes que corrían y gritaban, otros mirábamos la corriente de agua, yo estaba más pendiente de la escalera y contaba.
-Ya ha subido otro escalón...y van tres- Parecía que nos iba a engullir.
Así llegaron a los seis escalones, quedaban otros seis para llegar al piso, pero ahí se paró. Suspiramos aliviados ya había avanzado la noche. Mi madre lloraba porque en la calle San Guillem vivían dos hermanas, una en un bajo con su familia y otra en un segundo con la suya y no podía saber nada de ellas. Luego comprobamos, que roncero y mansamente, fue bajando ya en el crepúsculo matutino llegó el alba. El agua había desaparecido dejando tras de sí un lodazal y barro espeso que en la calle era de medio metro. Un légamo que embarraba todo. Luego supimos que el agua había levantado tumbas, anegado e inundado fábricas de productos químicos, de cloro, de abonos, de vaquerías, los desagües fecales. Todo era pestilente y cenagoso, con posibilidades de coger toda clase de afecciones e infecciones. Como fue domingo por la noche, todas las familias estaban con las despensas vacías. Los tiempos no eran como para hacer acumulación de víveres y viandas. No había pan. Los hornos inundados no pudieron trabajar, en casa lo comentamos, no teníamos que comer. Yo decidí como hijo mayor, salir en busca de algo, en zonas donde la riada no hubiese llegado. Me puse unas botas altas de las que se utilizan cuando llueve, para evitar el barro que casi me impedía andar, pero pude llegar a una zona donde compré tres panes, patatas y leche.
La gente comentaba que la radio decía que se esperaba otra riada para las dos del mediodía más fuerte que la primera, debido a que el pantano podría reventar y había que desaguarlo, sino podría inundar toda Valencia, tratarían de ir soltándola poco a poco. Llegué a casa con la alegría para mi familia y nos quedamos a esperar la segunda riada. Yo sabía que en la zona de mi novia no había llegado el agua y estaban bien. Esta segunda riada fue llegando lentamente pero subió más que la primera. Todos lo que tenían radio en las zonas libres de la inundación, podían seguir las noticias y a nosotros nos llegaban tarde y a través de lo que se podía oír por lo que contaba la gente. Era un barrio obrero y de gente paupérrima. Aquel día fue horrible, parecía un mundo afásico, todos callados esperando otro amanecer, comiendo gachas, tortas fritas hechas con harina, hervido de patatas y cebolla. Habíamos conseguido llenar una garrafa de agua hasta que todo se arreglase y que utilizábamos con racionamiento. Por la noche todos caímos en las camas desechos, cansados durmiendo con un sueño pesado.
Las casas viejas aguantaron, en otros barrios supimos que se vinieron abajo muriendo mucha gente, sólo tuvimos goteras. En casa de mis tías en la calle San Guillem, la del bajo fue despertada por la del segundo piso llamándola por la ventana, ella y su marido cuando bajaron de la cama el agua les llegaba por las rodillas y sin esperar más a los gritos de su hermana.
-¡Que vé riuà! ¡De pressa!
Sin llevarse nada cogieron a sus dos hijos y al abrir la puerta de la calle entró una pequeña avalancha de agua que pudieron sortear y justo al lado estaba la escalera para subir al segundo piso. Pudieron llegar asustados y con camisón y pijama completamente mojados, todo lo demás se lo llevó la riada, hasta los muebles y un baúl de la dote de mi hermana que lo guardábamos en casa de mi tía porque al ser un bajo había más sitio. No se recuperó nada.
Después llegó el sol y secó el barro, formando un polvillo irrespirable. La circulación de coches y tranvías comparada con ahora, era poca pero lo suficiente como para levantar cantidades de polvo que podría ser infeccioso, hasta los urbanos que dirigían la circulación llevaban tapabocas, igualmente la mayoría de la gente. El ejército fue retirando poco a poco todos los montones de barro y pudimos ir volviendo a la normalidad. Y empezaron a caer personas enfermas, gripes, virus, fiebres. Yo fui uno de los que cayó enfermo con veinticuatro años, con una especie de gripe que me tuvo una semana en cama bastante mal, con fiebres y cuidados especiales. Luego fue mi madre. Luego su hermana de la calle San Guillem. Y ya poco a poco las noticias iban dando cuenta de todos los desastres, los periódicos llevaban fotografías de verdaderas catástrofes en Nazaret, en la Ciutat vella
casco viejo, en el centro muchas calles se inundaron por el agua que salía de los retretes de los bajos ya que muchas de las aguas fecales iban a desaguar al cauce del río.
Fue muy impactante por lo horrible de la tragedia, por las víctimas, los desastres, las enfermedades, los desaparecidos, los cadáveres de los cementerios sacados de sus tumbas, la pobreza, la miseria. Aquello marcó un antes y un después. Sentimos impotencia primero y emotividad después por las ayudas. Yo me di cuenta, mucho más tarde, que salvé la vida por cinco minutos.
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