Año VIII - Número 44
Actualizado a 29/05/2011
Antonio Monzonís
Tranvía de los años 40 y 50
Cuando era joven y empecé a trabajar, lo hice a la otra parte de la ciudad de donde vivía y utilizaba el único medio que tenía para desplazarme o sea el tranvía, si, esto era en el año 1.948 ya nos podemos imaginar el modelo de transporte eléctrico que en sus entrañas iba recogiendo, de parada en parada, a las personas necesitadas de este transporte, que por cierto siempre iba a las horas punta, como ahora vemos los trenes de la India.
En este tipo de ferrocarril establecido en las calles de la ciudad que circulaba sobre raíles, íbamos los viajeros como se suele decir, como sardinas en lata
, un cobrador con su gorra o sin ella, sin ningún tipo de uniforme y una cartera de piel colgando del hombro donde iba metiendo el importe del viaje que venía a ser de 0,15 céntimos.
Normalmente los agraciados que cogían este transportador de carne humana y se podían sentar, solían coger un libro o novela que para casi una hora de trayecto podías leerte un buen trecho de páginas. Se hacían amistades al coincidir los mismos pasajeros en los mismos trayectos, llegando a intercambiarse los libros o novelas.
Claro allí habían generosos que le ofrecían un cigarrillo al cobrador porque en el trayecto se podía fumar. El aire acondicionado era el de las ventanillas abiertas y las plataformas anterior y posterior, que iban abarrotadas de gente y apretados, y salías más planchado que cuando sacas un traje de la tintorería pero sin quitarte las manchas. En esas plataformas, en las cuales no había puertas, corría el viento según la velocidad que cojía el tranvía, pero claro, como siempre ocurre en todos los medios de transporte donde la gente se aprieta porque tiene que llegar a tu destino hay que tragarse el olor de las axilas sudadas, ya que no se había inventado todavía el desodorante. Las mujeres soportando el armamento de algún incontrolable sexista.
Ese día que subí al principio de la salida del vehículo y encontré asiento fácilmente, me di cuenta que subió la madre de un amigo mío a quien apreciaba bastante, por la parte de enfrente, la saludé y pensé en pagarle el billete como una muestra de mi amistad y aprecio, en ese mismo momento se me acercó el cobrador y le pedí dos billetes, en el preciso instante por detrás de mí pasaba a sentarse una amiga de las que se hacen en estos trayectos y que habíamos intercambiado algún libro, maestra para más señas y al oir que pedía dos billetes, pensó que le estaba pagando el suyo y me oigo:
-¡Ay! ¡Gracias! No tenía el por qué -
Yo un poco confuso y que no me había dado cuenta de la presencia de la citada maestra, no sabía que hacer, si pedir otro billete más para la madre de mi amigo o qué.... y como supuse que no habría oído lo de los dos billetes
decidí no pagar más no sea que entrase otro conocido y al final acabaría pagando a todo quisque
y me quedaría sin dinero para el resto de semana.
En otra ocasión el tranvía lo cogí en una parada y venía lleno hasta los topes y tuve que subir en marcha quedándome en el estribo aunque poco a poco pude entrar en la plataforma quedando apretujado. Yo llevaba unas carpetas tamaño cuartilla y el almuerzo, pues iba primero a dar una clase de matemáticas, de apoyo, a un profesor partícular de siete a ocho, antes de entrar a trabajar, que estaba cerca, para prepararme la clase de los estudios que hacía de seis a nueve de la noche.
El citado profesor, aunque cobraba lo suyo, eso de levantarse tan temprano se ve que le sentaba fatal y cuando llegaba yo y le veía la cara de mal genio que ponía ya se me borraban todas las matemáticas de la mente y no acertaba ni una, no veas los gritos que me daba; en fín a lo que íbamos, como me daba cuenta de la hora que era y pensaba que llegaría tarde a casa del profesor, decidí bajarme en la calle de Colón, en marcha, frente a la calle Hernán Cortés, así lo hice y seguí por la acera caminando apresuradamente para acortar el camino mientras el tranvía daba más vuelta, cuando me veo de frente en el cruce con la calle Cirilo Amorós, al viajero que tenía junto a mí en el tranvía y que me había quedado con su cara, venía con una bicicleta a toda prisa hacia mi y gritando ¡Al ladrón! ¡Al ladrón!, yo miraba por si detrás de mi venía algún otro peatón, pero no, paró junto a mí y me espetó que le devolviera la cartera que le habia robado. Yo estupefacto le dije que se había equivocado, que yo no llevaba ninguna cartera ni dinero alguno, ni había robado nada a nadie.
Y es que el citado personaje, sí, le habían robado la cartera pero yo no, lo que ocurrió es que se dió cuenta al poco de echarme del tranvía en marcha y de inmediato pensó que había sido yo por el hecho de echarme en marcha entre parada y parada y pensó que yo era el carterista, así que cuando llegó a la parada que es la que se bajaba normalmente, le dejaron una bicicleta.... algún compañero, pensé, y se vino para cortarme el camino y cogerme pero después de las explicaciones y comprobaciones se dio cuenta que yo no había sido y se fue echando chispas y con las orejas gachas.
Anécdotas de estos tipos se podrían contar muchas, como lo que me pasó otro día, que estaba esperando en la parada de mi casa y como tardaba el citado tranvía, compré un cigarrillo del Kiosco de la esquina, de los de marca Chesterfield y fumar mientras venía, pero por desgracia para mi antes de encenderlo se oye el trac-a-trac con el tilín-tilín de la campanilla del famoso transporte, que por cierto venía a tope, cojo el cigarrillo entre los dedos pulgar e índice, subo en la plataforma que estaba a reventar, apretando a la gente y levantando la mano que llevaba cogido el cigarrillo para que no se rompiera, pensando que luego ya lo guardaría en el bolsillo de la chaqueta o me lo fumaría si encontraba un sitio vacio.
Precisamente estaba el cobrador en esa plataforma pidiendo ¡Billetes! ¡Viajeros!...¡Billetes! E inmediatamente que me ve el cigarrillo en la mano en alto, piensa que es que se lo estoy ofreciendo como era norma en algunos viajeros. Lo coge y se lo pone en la oreja y dice... ¡Gracias caballero!... y continuando...¡Billetes por favor!... y yo miraba el cigarrilo en la oreja del cobrador y me decía.
-Adios...Chesterfield....hoy ya no te fumaré yo.... -¡Billetes!....¡Viajeros, billetes!....
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